"La izquierda desgarrada: reflexiones en torno a la situación de la izquierda transformadora española" - texto escrito por Albert Escusa y J. Guillén - publicado en radiotirana.es - Interesante

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pedrocasca
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"La izquierda desgarrada: reflexiones en torno a la situación de la izquierda transformadora española" - texto escrito por Albert Escusa y J. Guillén - publicado en radiotirana.es - Interesante

Mensaje por pedrocasca el Jue Nov 22, 2012 3:27 pm

LA IZQUIERDA DESGARRADA: REFLEXIONES EN TORNO A LA SITUACIÓN DE LA IZQUIERDA TRANSFORMADORA ESPAÑOLA

artículo escrito por Albert Escusa y J. Guillén - publicado en radiotirana.es

se puede leer y copiar desde:

http://www.nodo50.org/cc27s/unitarias4.htm

Los datos de la crisis, la realidad cada vez más precaria y difícil de las masas trabajadoras, y la situación de la llamada izquierda transformadora, aquella que se propone transformar la sociedad y superar el sistema actual, hoy en una situación de extrema debilidad y crisis, son argumentos suficientes para que se produzca un debate urgente y amplio sobre la izquierda en nuestro país. Las cifras no dejan lugar a dudas sobre la situación: mientras redactamos estas líneas, el número de trabajadores sin empleo avanza inexorablemente hacia los 4 millones, miles de personas pasarán a engrosar las ya abultadas estadísticas de la pobreza, los bancos arrojarán a decenas de familias a la calle, y el fenómeno del hambre, que estaba reservado hasta hace poco a los países oprimidos por el imperialismo, reaparece con una fuerza preocupante. La respuesta de muchas organizaciones de la izquierda transformadora (entre las que no puede considerarse al PSOE evidentemente) es, salvo excepciones puntuales, lenta, desarticulada y, sobretodo, sin unidad. En estos graves momentos, cuando las masas trabajadoras necesitan la presencia de una izquierda fuerte, con respuestas rápidas y valientes, y con voluntad de luchar para defender sus intereses, ésta se encuentra en gran medida aletargada, dispersa y débil, mientras que muchos de sus militantes y simpatizantes están desmoralizados y sin capacidad de reacción. Por todo ello es urgente analizar la situación de una izquierda, que ha llegado al siglo XXI en un estado lamentable, y que en gran parte se caracteriza por el desmantelamiento ideológico, la desproletarización, el abandono de un lenguaje de clase, la dependencia hacia las instituciones burguesas, y la reconversión de muchos militantes, algunos de los cuales todavía están participando de forma sacrificada en las organizaciones de masas, en simples y pasivos recaudadores de votos.

Es evidente que no se puede hablar de la izquierda sin hacer amplias referencias a Izquierda Unida (IU) y a sus federaciones regionales, ya que todavía es, a pesar de la tremenda debacle electoral y social de los últimos años, y de una práctica orientada casi totalmente a las instituciones burguesas, la mayor formación política de la izquierda transformadora, con capacidad de retener un millón de votos, al tiempo que mantiene una articulación e implantación territorial muy extensa. Antes de continuar, y debido a que hace uno de los autores de este texto abandonó su militancia en la federación catalana de IU, Esquerra Unida i Alternativa, nos vemos obligados a explicar a los que lean con desconfianza, sospecha o indignación nuestras opiniones por proceder de alguien de fuera de la “casa”, que es la propia IU la que pide escuchar opiniones de otros ámbitos de la izquierda, tal y como explica el artículo 7 de sus Estatutos vigentes, aprobados el año 2004: «IZQUIERDA UNIDA debe trabajar de manera muy abierta, intentando atraer a la mayor parte de la población (…) en la participación política a través de opiniones, propuestas o proyectos sobre todo a personas con pensamiento dentro del ámbito de la izquierda y el progresismo, respetando escrupulosamente su afinidad política, religiosa o de grupo». Esperamos entonces, siguiendo el espíritu del artículo 7, que nuestros argumentos no sean percibidos como un ataque a IU, sino como unas aportaciones constructivas para la recomposición de la izquierda.

La izquierda indefinida: entre el desmantelamiento ideológico y la desproletarización.

Prácticamente se ha borrado de la memoria colectiva de la izquierda y de la clase obrera una forma de hacer política que posibilitó que los partidos y organizaciones de izquierda –a pesar de que tuvieran una orientación ideológica o política más o menos equivocada, a pesar de claudicaciones y traiciones de determinados personajes clave- fueran percibidos como sus dirigentes naturales por una gran parte de los trabajadores. Éxitos relevantes fueron la creación por el PCE y su homólogo catalán, el PSUC (desde las mismas entrañas del sindicato vertical franquista), de Comisiones Obreras como sindicato sociopolítico, que influenció a la inmensa mayoría de la clase obrera; o también la densa red de asociaciones de vecinos, dirigidas por militantes de diversos partidos comunistas; o los grupos y asociaciones socioculturales, influenciados frecuentemente por militantes de partidos de izquierda, y en las cuales se intentaba desarrollar una cultura popular alternativa a la de la burguesía. Todo ello no hubiera podido hacerse sin el esfuerzo y el sacrificio de decenas de militantes organizados la mayor parte de ellos en organizaciones políticas clave como fueron los partidos comunistas, que dirigían y organizaban en gran medida a aquellos movimientos de masas. Pero llegó un momento en el que los principales partidos y organizaciones de la izquierda, el PCE y el PSUC, decidieron abandonar sus últimas señas de identidad y abrazaron el llamado “eurocomunismo”.

Al mismo tiempo que estos partidos se despojaban de todas las señas de identidad revolucionarias, sus principales dirigentes pactaban la integración plena de la clase obrera en el sistema creado por la transición monárquica. Fueron las claudicaciones de la transición, la irrupción de la “sociedad de consumo” con su impresionante carga de alienación y las transformaciones internas de la clase obrera producidas por la modernización del capitalismo, las que rompieron la espina dorsal del movimiento popular y de gran parte del movimiento obrero. El PCE y el PSUC, al aceptar la transición monárquica, renunciaron en gran medida a los objetivos de transformación social que decían defender y reajustaron sus programas limitándolos a la defensa del “Estado del bienestar”, deslumbrados por la promesa del paraíso terrenal: el «socialismo en libertad» y la integración de la atrasada España en la opulenta Europa. Por ello, la renuncia a la recuperación de la República iba acompañada de la adopción de las reglas de juego pactadas con las fuerzas de la burguesía (tuteladas desde el extranjero por los poderes imperialistas), que implicaba la lucha por los cargos institucionales (diputados, alcaldes, concejales, etc.) como un fin en sí mismo y no como un vehículo más para defender los intereses de las masas populares. Como consecuencia de todo ello los partidos de izquierda más importantes realizaron una reconversión política, abandonaron en gran medida las organizaciones de masas como las Asociaciones de Vecinos (que fueron rápidamente ocupadas por militantes del PSOE, CiU, etc.) y el militante revolucionario fue reciclado en recaudador de votos. De forma paralela se produjo un intenso desmantelamiento ideológico en muchos partidos de izquierdas: para adecuarse a la presencia institucional y aparecer como partidos responsables y respetables, se aceptó una versión de la historia del socialismo que iba en concordancia con las condenas que, desde la burguesía primero y el anticomunismo de izquierdas después, se había difundido desde sus todopoderosos medios de comunicación. Eso creó el efecto de avergonzar a muchos de su propia historia, impulsando a buena parte de los dirigentes de izquierdas a pilotar sospechosas reconversiones ideológicas.

Es innegable que el papel de Santiago Carrillo y otros dirigentes del llamado “eurocomunismo” en todo ello fue muy importante para colocar al PCE y al PSUC al borde de la autodestrucción y al conjunto de la izquierda en la debacle actual, mientras se perdían por el camino decenas de miles de militantes. No obstante, no vamos a caer en la lógica del anticomunismo de izquierdas que trata la historia del socialismo como una lucha entre grandes figuras mitológicas de leyendas griegas. Los promotores del eurocomunismo y la transición tuvieron gran influencia para desmantelar el PCE y el PSUC (la muerte prematura de José Díaz por una enfermedad irreversible, y la confabulación de ciertos dirigentes, muy famosos durante la transición, para desembarazarse de un comunista honesto y de gran talla política como Joan Comorera, están relacionados con la evolución negativa de estos partidos), pero su actividad se vio ampliamente favorecida por una línea política que convergía con las fuerzas burguesas que promovían la transición monárquica, y por una cultura militante –derroche de sacrificio y heroísmo personal y escasa formación política- muy arraigada en ambas organizaciones (y también en otras), lastradas además por las graves pérdidas de la guerra civil, el exilio, la clandestinidad y las sucesivas escisiones y enfrentamientos que dieron lugar a la formación de otros partidos comunistas por una parte, y por otra, a la fuga por la derecha de notorios “arrepentidos” y tránsfugas, los cuales suministraron abundante materia prima para el discurso anti-PCE y anticomunista en general.

Sin duda alguna, le corresponde el “mérito” al anticomunismo de izquierdas el haber influido con más intensidad entre el PCE/PSUC, por encontrarse en el mismo medio social y político que los militantes de estos partidos. A falta de realizaciones revolucionarias tangibles que poder mostrar, el anticomunismo de izquierdas ha dedicado todas sus energías a demonizar las diferentes experiencias del socialismo histórico, sintetizando todos sus miedos, prejuicios, ansiedades y, sobre todo, sus propios fracasos, en una caricatura que se ha dado en llamar “estalinismo”. El anticomunismo de izquierdas ha sustituido, desde una mirada absolutamente eurocéntrica y occidentalista, la historia documentada basada en el conocimiento de la dinámica de clases y grupos sociales que existían en el socialismo histórico, evitando hablar de las amenazas constantes del imperialismo contra el socialismo, por el retrato psicológico de un monstruo mitológico, encarnación de todos los males y pesadilla de la izquierda anticomunista hasta el fin de los tiempos. Para sus fines ha utilizado, obsesivamente, a los “arrepentidos” y tránsfugas notorios: por la izquierda de los partidos vinculados a la III Internacional y al PCE, como Souvarine, Gorkín, Maurín y Jesús Hernández en los tiempos de la República, la guerra civil y la postguerra (asalariados de la CIA y el imperialismo durante la guerra fría), y por la derecha, personajes como Jorge Semprún a partir de los años setenta. Sus vivencias y testimonios, aunque se demostrara que fueron interesados, inventados o no comprobados, se presentaron como dogma de fe por el anticomunismo de izquierda a unos dirigentes eurocomunistas que estaban deseando navegar hacia las tranquilas aguas de la transición y la monarquía parlamentaria. Por ello a los patriarcas del eurocomunismo español les resultó útil abrazar la leyenda negra del “estalinismo”, concepto que es un puro vacío intelectual pero que puede utilizarse, con fines abiertamente intimidatorios, para equiparar al socialismo histórico con el fascismo sin tener que dar explicaciones a nadie. Para justificar determinadas metamorfosis sorprendentes y extraños cambios de rumbo, había prisa por pronunciarse sobre cuestiones que requieren estudios bien documentados y comprobados que permitan un balance justo de los aciertos y errores, y de actuaciones políticas que sólo pueden ser comprendidas en el contexto de su época. No es extraño que para muchos de los dirigentes actuales de la izquierda, reivindicar el patrimonio del socialismo histórico sea un lastre difícil de ligar con la izquierda «moderna», «responsable» e institucional que se defiende desde la transición. No nos extrañemos pues de que la clase obrera haya perdido su memoria histórica, si sus propios dirigentes naturales se han encargado de borrarla o pisotearla, ni tampoco de que los partidos de izquierda hayan dejado de ser los referentes naturales de los trabajadores.

Otras corrientes telúricas han socavado el patrimonio ideológico de la izquierda y han acelerado su desproletarización. Seguidores de Nietzsche (el filósofo del irracionalismo, el antisemitismo y el antisocialismo) y seguidores de Heidegger (uno de los filósofos oficiales del nazismo), los “empaquetaron” con un envoltorio progresista y se esforzaron en venderlos como pensadores de izquierdas. Entre sus discípulos se encuentran destacados filósofos franceses que desarrollaron las corrientes filosóficas postmodernas, relativistas, irracionalistas, estructuralistas, postestructuralistas, etc. Muchas de ellas tienen el objetivo declarado de dinamitar el conocimiento científico y pretenden ser la “superación del marxismo”. Originarias de París pero puestas de moda desde las universidades norteamericanas, influyeron en los llamados “nuevos movimientos” (ecologismo, multiculturalismo, sexualismo, etnicismo, etc.), los cuales tienen puestas sus preocupaciones en la lucha por la identidad y consideran las luchas de clases como algo anacrónico o totalmente secundario. La influencia de tales corrientes en la izquierda transformadora aceleró su difuminación ideológica, la pérdida de una identidad obrera, el abandono de un lenguaje de clase, y el cambio de prioridades políticas.

Más actuales son los profetas neoanarquistas que primero descubrieron en los gremios la panacea de la organización alternativa frente al «fracaso de los partidos», y después pronosticaron el «fin de la clase obrera», sustituida por la «multitud». Una multitud o plebe convertida en el nuevo sujeto histórico revolucionario que, puesta en “movimiento”, se enfrentaría a un «Imperio» (no al imperialismo) todopoderoso. El «Imperio», a diferencia de los «extinguidos» imperialismos, ya no se encontraba localizado en un territorio ni dependía de los viejos Estado-nación (prácticamente disueltos, según estos profetas). La conclusión era “evidente”: si ya no existía la clase obrera, no había necesidad de partidos políticos, como los partidos comunistas y afines, que defendieran al proletariado. Lo más progresista, lo que pedía la historia era, ni más ni menos, liquidar lo antes posible los partidos que se proclamaban de la clase obrera, y dejar paso a los movimientos que, con una práctica «horizontal», «radicalmente democrática» (a diferencia de los tan odiados partidos) crearían una «sociedad civil alternativa» que traerían la revolución al mundo en un par de horas sin necesidad de tocar un pelo a las fuerzas represivas del Estado. Para desgracia de los profetas, ni el imperialismo ha desaparecido (debe ser muy grotesco para los pueblos oprimidos escuchar semejantes “verdades” de estos intelectuales-profetas), ni tampoco la clase obrera, ya que el proletariado a nivel mundial ha aumentado en las últimas décadas en varios cientos de millones. Por otra parte, los partidos obreros y antiimperialistas siguen dirigiendo procesos revolucionarios (y hasta en Venezuela el Comandante Chávez se ha visto obligado a crear un partido, el PSUV, para impulsar su movimiento político y combatir a la oligarquía), mientras que los tan cacareados “movimientos” como el Foro Social Mundial y otros se han convertido en inofensivos parques temáticos de lo «alternativo», donde nunca se aprueba ninguna acción práctica contra el imperialismo. ¿A quién han beneficiado, sino ha sido a la oligarquía y al imperialismo, los ilustres profetas-intelectuales de los “movimientos” y su cruzada contra los partidos revolucionarios? Toni Negri, el jefe de todos ellos, acabó proclamando su apoyo a la Constitución europea, mientras que sus discípulos “movimentistas” escondieron la cabeza bajo el ala esperando que se olvidaran rápidamente sus profecías…

Las modas intelectuales del «fin del imperialismo» y del «fin de la clase obrera» (versión de la izquierda postmoderna del «fin de la historia»), así como la influencia de los “nuevos movimientos”, han dejado una profunda huella en la izquierda, acelerando el desmantelamiento ideológico y la desproletarización de gran parte de la misma. Si a eso añadimos el perfil «moderno y responsable» que se ha creado la izquierda institucional y el abandono de un discurso de clase, sustituido por un discurso similar al de la socialdemocracia que oculta las contradicciones de clase, la esencia explotadora del capitalismo y el carácter de clase del Estado, no es extraño que una gran parte de los trabajadores perciban a la izquierda de forma similar a los partidos burgueses.

La izquierda institucionalizada: ¿el camino hacia la domesticación?.

El desmantelamiento ideológico de la izquierda ha posibilitado el cambio de prioridades políticas. Si anteriormente la izquierda se caracterizaba por estar unida sólidamente al movimiento obrero y popular, después lo prioritario, cuando no lo exclusivo para muchas organizaciones, pasó a ser la lucha por la presencia institucional como un fin en sí mismo. Eso implica aceptar determinadas políticas, determinadas reglas de juego, determinados límites infranqueables y determinadas complicidades, por más que se pretenda lo contrario. Implica también la pelea en el mercadillo electoral en competencia con otros partidos que tienen recursos infinitamente mayores y juegan con cartas marcadas, como la Ley d’Hont. La estrategia elegida para competir con los partidos burgueses ha sido desastrosa, y la izquierda institucional ha entrado en una espiral diabólica: en estas décadas de derechización absoluta y aburguesamiento masivo, de transformación profunda de la clase obrera, la solución no ha sido hacer un trabajo prioritariamente entre las masas y en explicar de forma pedagógica y paciente, pero sobre todo de forma valiente y sin complejos, el balance del socialismo histórico y ofrecer un proyecto alternativo: para hacer más “aceptable” el mensaje y abrirlo supuestamente a otros sectores sociales, no se ha dudado en vaciar el discurso y las propuestas de sustancia real, dejando cada vez más carcomido el patrimonio ideológico. Tales cambios no han frenado las fugas constantes de electores y de base social, pero se ha persistido en los mismos errores promoviendo una mayor institucionalización y nuevas renuncias ideológicas.

Volviendo a la situación de IU, una de las posibilidades no descartables que se ciernen en el horizonte es que prosiga la tendencia decreciente de la tasa electoral, llevando a IU a ser extraparlamentaria en el parlamento español y retrocediendo o desapareciendo de los parlamentos autonómicos, sobretodo en las autonomías donde forma parte de los equipos de gobierno: Cataluña, País Vasco y Asturias. Todo el mundo sabe que estos gobiernos no pretenden transformar la sociedad (ni siquiera lo proclaman), por el contrario, se caracterizan por impulsar políticas neoliberales y antisociales y, al igual que las del gobierno central, muy dependientes del gran capital imperialista y de la política militarista de la OTAN. Citemos el último despropósito de uno de estos gobiernos “de izquierdas”, concretamente el de Cataluña: la reforma del sector de la enseñanza, que pretende perpetuar el domino de la escuela privada y concertada, para mantener el estado de inferioridad de la enseñanza pública y así perpetuar una desigualdad social realzada por la existencia de los dos circuitos de enseñanza, que hacen más quimérica la pretendida “igualdad de oportunidades”. Afortunadamente, la respuesta sindical unitaria está siendo ejemplar, mientras que la izquierda institucionalizada se ve superada por los acontecimientos. No dudamos de que los militantes vinculados a la IU catalana se contarán entre los primeros que se opondrán a esta grave agresión pero, ¿se puede ser parte integrante de un gobierno neoliberal que defiende a la burguesía y arremete contra la clase obrera, mientras se critica por la puerta trasera las políticas aprobadas por el gobierno del que se es parte integrante? De la misma manera, ¿puede la izquierda posicionarse contra la reforma universitaria del Plan Bolonia mientras forma parte de una coalición electoral (IC-Verds) cuyo máximo dirigente envía a la policía a golpear a los estudiantes que se manifiestan en contra del Plan Bolonia? No parece posible que tal estado de esquizofrenia (por no decir incoherencia política) pueda mantenerse durante un tiempo ilimitado sin sufrir graves daños políticos.

Así pues, difícilmente se puede concebir que una izquierda institucionalizada y rehén de las políticas neoliberales y de las prácticas antisociales que se ve obligada a apoyar, pueda constituirse en referente para las masas populares víctimas de tales políticas. Es esta una izquierda que sólo aspira a influir en las instituciones burguesas, que sólo pretende gestionar dentro de lo posible –el socioliberalismo y las prestaciones sociales cada vez más menguadas–, que no duda en hacer causa común con el “enemigo de clase” en sus demandas nacionalistas –como sucede con las organizaciones de IU en Cataluña y el País Vasco, donde apoyan las exigencias de la alta burguesía catalana y vasca representada por CiU y PNV respectivamente-. Una izquierda que carece de proyecto alternativo de sociedad y que su única razón de existencia parece encontrarse en la pelea por los espacios vacantes de las diferentes administraciones y organismos públicos y en la obsesiva defensa del “Estado del bienestar” como un fin en sí mismo, mientras que carece de un programa movilizador y de superación del sistema, al tiempo que se debilita su vínculo con las masas trabajadoras.

Otro tanto puede decirse de la gestión de IU en el Parlamento español, que ha perseguido insistentemente, desde el relevo de Julio Anguita como coordinador general, el papel de escudo protector y complemento ideal del PSOE. Habrá quienes achaquen exclusivamente a la gestión del antiguo coordinador, Gaspar Llamazares, la causa de todos los males para evitar así la necesidad de un cambio de política y una autocrítica de errores propios. Estas personas deberían recordar que el año 2000, el entonces candidato de IU y secretario general del PCE, Francisco Frutos, y Joaquín Almunia, por parte del PSOE, firmaron un acuerdo electoral por el cual IU se comprometía a «respetar los acuerdos internacionales de España» (entre ellos el Pacto de Estabilidad de la Unión Europea y la permanencia en la OTAN, sobran comentarios), y que contemplaba además la confección de listas unitarias PSOE-IU para las elecciones al Senado. Así pues, en IU la cultura y la voluntad de ser escudo protector y complemento ideal del PSOE está mucho más arraigada, desgraciadamente, de lo que habitualmente se admite desde las instancias críticas de IU y del PCE. Ojalá nos equivoquemos, pero difícilmente con un simple relevo de personas, como el nuevo coordinador de IU, Cayo Lara, por más buena voluntad y capacidad política que éste tenga, se podrá rectificar sustancialmente la situación de estancamiento y declive de IU, así como la tentación permanente de algunos de sus principales dirigentes de poner IU al servicio del PSOE o de los llamados “gobiernos de izquierdas” autonómicos. Se necesita una profunda reflexión interna, la elaboración de un programa de superación del sistema y del protagonismo de dirigentes que representen a los sectores más coherentes y de clase de IU, para que se pueda producir un vuelco en la situación actual. Y eso no significa rechazar todo pacto o acuerdo concreto con fracciones de la burguesía (sin renunciar a los principios), sino saber si éstos benefician o no a las masas populares. En el caso de IU, la respuesta parece negativa si nos atenemos a las pruebas de los hechos: la debacle electoral y social continuada.

¿Militantes de izquierdas o recaudadores de votos?.

Precisamente la realidad del militante de izquierdas es uno de los dramas creado por la evolución de la izquierda, cuya gravedad se hace sentir sobre todo en IU: al pasar a priorizar la implantación en las instituciones burguesas sobre la movilización y articulación de la clase obrera, la figura del militante políticamente activo y presente en los movimientos sociales (los “frentes de masas”), que antiguamente era el ADN o “marca de la casa” de las organizaciones y partidos de izquierda, ha sido relegado prácticamente al museo de la historia. El trabajo del militante comprometido, organizador o dirigente de los movimientos sociales, obreros o populares, se ha visto supeditado a una nueva figura: el recaudador de votos en tiempos de cosecha electoral. Es cierto que la figura del militante consagrado en cuerpo y alma a la causa, con escasa formación política pero con un gran derroche de sacrificio y lealtad a las organizaciones, no puede mantenerse indefinidamente en una situación de derrota y repliegue como la que estamos viviendo. Pero una izquierda que se pretenda transformadora no puede hacer tabla rasa de la figura del militante y reciclarlo como recaudador de votos, de forma similar al Partido Demócrata norteamericano, una especie de adherente útil sólo para las elecciones, cada vez más desilusionado políticamente y cuyos vínculos con la organización se basen más en cuestiones afectivas que en una convicción surgida de un proyecto político correcto. Lo mismo cabe decir del funcionamiento interno, que ha de ser radicalmente diferente al de los partidos burgueses: no es casualidad que, quienes desde las entrañas de la izquierda más han cargado las tintas contra el “centralismo democrático” de los partidos comunistas o contra los partidos en general, hayan acabando defendiendo políticas claudicantes respecto a la socialdemocracia liberal o el imperialismo, o hayan utilizado su espacio de poder dentro de la organización política para crear feudos territoriales con intereses propios.

Sin el militante comprometido y disciplinado, la izquierda no recuperará nunca el protagonismo político que pide a gritos la situación de los trabajadores. Pero no puede concebirse hoy una militancia que no tenga acceso a una formación política e ideológica organizada, que fomente una participación activa en el desarrollo de su organización política, en definitiva, una participación más democrática. La formación se revela hoy más necesaria cuando una gran parte del proletariado tiene su origen entre sectores universitarios, científicos y técnicos, y los problemas que debe enfrentar la militancia en los movimientos sociales exigen una preparación mucho mayor. Para recuperar las señas de identidad, la izquierda debe romper con muchas lacras de la militancia del pasado, y además de la abnegación y el sacrificio, debe contar, junto con la necesaria disciplina y lealtad, con una militancia consciente, participativa y con ideas propias, una militancia que pueda encontrar en sus organizaciones el marco y el estímulo para formarse y desarrollar continuamente su nivel político, ideológico, científico y cultural.

Recuperar el antiimperialismo y el internacionalismo.

Una de las claves de la recuperación de la izquierda pasa por la defensa del internacionalismo, pero no sólo formal, y eso implica revisar la posición de la izquierda ante el “Estado del bienestar”. Surgido como respuesta del imperialismo a la consolidación del bloque de países socialistas tras la II Guerra mundial, su naturaleza es la de un corporativismo imperialista tejido entre el mundo del trabajo y el mundo del capital, que busca despolitizar el movimiento obrero, hacerlo conformista e insensible ante las políticas imperialistas en el exterior, y conducirlo hacia las redes del social-liberalismo a cambio de las prestaciones sociales y de un aumento de la calidad de vida. Pero la financiación del “Estado del bienestar” procede en gran medida de los superbeneficios que las multinacionales depredan de los países oprimidos por el imperialismo, y por la obtención de materias primas con un coste de producción bajísimo, realizado muchas veces con trabajo infantil esclavo y con genocidios espantosos (como en las minas de coltán del Congo). Todos salen ganando: los habitantes de los países imperialistas disfrutan del acceso a una infinidad de productos de alta tecnología y de consumo a precios asequibles, y las oligarquías se enriquecen de forma acelerada. Por ello, una defensa del “Estado del bienestar” como un fin en sí mismo, y no como un paso previo para superar el sistema actual, implica una pasividad cuando no complicidad hacia el imperialismo, que es al fin y al cabo quien garantiza que tal situación se perpetúe indefinidamente. Una izquierda internacionalista y antiimperialista debe romper con el corporativismo y con las ataduras que unen a la clase obrera con la oligarquía imperialista, explicando claramente la naturaleza criminal y las consecuencias del imperialismo en los países oprimidos. Además, la renuncia a luchar por una sociedad alternativa por parte de la izquierda institucional, evita denunciar la esencia de la explotación imperialista sobre la clase obrera de los países desarrollados. Otro tanto puede decirse de la defensa de la “Europa social”, que evita denunciar el carácter imperialista de la Unión Europea, de las injerencias militares en los países oprimidos, del saqueo económico y de la voluntad de constituirse como polo imperialista competidor con EE.UU. y Japón.

Después de todo, no es extraño que el internacionalismo proletario, una de las señas de identidad de la izquierda transformadora, se haya convertido en una práctica similar a la caridad cristiana mediante cientos de ONG, normalmente despolitizadas, práctica a la que la izquierda transformadora se ha adaptado. Tales ONG son las gestoras de los menguados recursos que los gobiernos imperialistas (incluidos los de la “izquierda plural”) otorgan a la política de caridad, que muchas veces esconden proyectos neocoloniales hacia los pueblos oprimidos y contribuyen a su despolitización. A todo ello hay que añadir que el internacionalismo proletario no sólo significa gestos o adhesiones publicitarias hacia dirigentes antiimperialistas y revolucionarios que son admirados por las bases de la izquierda, sino una posición política antiimperialista y de solidaridad que choca con el protocolo de las instituciones burguesas al implicar defender valientemente un proyecto alternativo de sociedad.

La imprescindible recomposición de la izquierda.

La crítica situación de la izquierda, demostrable por los datos electorales y por la cada vez más débil implantación social, requiere, si de verdad ésta pretende defender los intereses de las masas trabajadoras, un profunda reflexión interna mediante un debate amplio y valiente, del que se puedan extraer las causas de la situación actual y las vías para la recomposición de la izquierda, una recomposición que deberá obligatoriamente contemplar dos aspectos: la recuperación del patrimonio ideológico (incluyendo una defensa crítica del socialismo histórico), y la creación de un espacio unitario donde deben participar el máximo de colectivos, partidos y organizaciones que pretenden transformar la sociedad. Indudablemente lU, por su peso, su influencia y su militancia, si consigue recuperarse ideológica y políticamente, y los sectores más coherentes y que representan a los trabajadores se ponen a la cabeza de la misma, jugará un papel importante entre el conjunto de la izquierda. Pero si los sectores más proclives al colaboracionismo con el PSOE y los barones regionales continúan marcando la pauta, difícilmente se puede concebir un cambio positivo en esta formación política y es de temer que siga languideciendo entre batallas internas.

Falta añadir que la unidad y resurgimiento de la izquierda no será viable si no se consigue poner en pie un gran partido comunista unido, fuerte y cohesionado. Para ello se debería poner fin a la mentalidad competitiva e incluso excluyente que en gran medida ha regido la relación entre los diversos partidos comunistas del país hasta ahora. Se deben crear las condiciones para que las diferentes organizaciones comunistas puedan tejer espacios de confluencia, debate y unidad, aspirando a la formación de un gran partido unido y cohesionado, donde el ejemplo de la fundación del PSUC en julio de 1936, a partir de la fusión de dos partidos socialistas y dos partidos comunistas, puede ser una experiencia a tener en cuenta. Sin un gran partido de clase que conquiste, por su prestigio y dedicación la hegemonía entre la izquierda, y la oriente políticamente, ésta difícilmente volverá a tomar impulso y seguirá haciendo eses y golpeándose en la frente al igual que un borracho cuando camina por la calle. Al mismo tiempo, urge repensar de forma autocrítica las prácticas políticas y organizativas internas de IU que debe favorecer, si ésta pretende ser unitaria, la atracción de otros colectivos, con espíritu integrador, voluntad de superar las diferencias y unas formas de hacer política donde lo institucional esté supeditado a la movilización y defensa de las masas trabajadoras. Una estructura democrática debe impedir que los intereses de la mayoría no se conviertan en rehenes de los “barones” regionales o de las “vedettes” políticas que actúan de francotiradores individuales, y en su vida interna el militante formado políticamente sustituirá al recaudador de votos.

El tiempo corre contra la izquierda.

Entre una gran parte de la clase obrera se había instalado la idea de que ya no existían obreros sino que todos habían pasado a formar parte de la indefinida “clase media” y la realidad de la explotación capitalista quedaba así ocultada. La compra de viviendas y segundas residencias, automóviles caros, llevar a los hijos a escuelas privadas y adquirir acciones habían hecho creer a muchos en el sueño del “capitalismo popular”. El terremoto de la crisis ha provocado que la clase obrera se golpee duramente con la realidad, pero la tentación de buscar “culpables” en los lugares equivocados puede crear un campo favorable al fascismo. Por otra parte, la sociedad actual se ha vuelto muy permeable a los valores de la ultraderecha y el fascismo, favorecida por las evasiones de la izquierda. Como señala un investigador de los movimientos fascistas, en cada período de mutación social la ultraderecha ha conseguido integrar más y más elementos y comportamientos que anteriormente eran reprobados por la sociedad y por la izquierda:

«La desintegración de los lazos familiares, la movilidad ligada al desempleo, la destrucción de las solidaridades sociales, aíslan a los individuos. Los programas televisados incitan raramente a la reflexión. Cada uno en su casa, delante de su televisor... El tejido asociativo que, hasta ahora, reparaba mal que bien estas fracturas, se desagrega, falto de motivaciones en un mundo donde todas las utopías se prestan de ahora en adelante a la sonrisa. La soledad social provoca un resentimiento general que se traduce, con los escrutinios electorales, en un aumento de los votos a favor de la extrema derecha, la cual utiliza voluntariamente este tipo de descontento.» (1)

La desestructuración social generada por los valores del individualismo burgués y la crisis, la desculturización de las masas y, sobre todo, el abandono voluntario por parte de la izquierda de muchos espacios sociales así como de la defensa de una sociedad alternativa, han creado las condiciones para la infiltración de la ultraderecha en los medios de izquierda y un campo virgen para el florecimiento de las ideas fascistas entre las masas. Si el militante de izquierdas no vuelve a recuperar los espacios sociales, el vacío lo ocupará, lo está ocupando ya, el fascismo, como puede apreciarse en muchos barrios obreros: que nadie espere que la socialdemocracia pueda frenar al fascismo, más bien lo contrario. Afortunadamente, los grupos fascistas no han conseguido todavía tener una base de masas en nuestro país y deben refugiarse en el PP para conseguir una amplia movilización. Pero ¿durará mucho esta situación? No nos engañemos: el tiempo corre contra la izquierda transformadora. Es posible que llegue el momento en el cual, a la pasividad y falta claridad de la izquierda, se una la desesperación creciente de las masas trabajadoras. Los movimientos fascistas, entonces, podrán presentarse como la única “alternativa” al sistema que oprime y empobrece a las masas trabajadoras, designando a los chivos expiatorios a los que achacar todos los males. Si ese momento llega, la responsabilidad histórica será en primer lugar de la izquierda transformadora por sus incapacidades, limitaciones y miserias propias en el momento crucial de enfrentar la batalla. El relevo de Fidalgo al frente de CC.OO., y la participación de una gran parte de la clase obrera en las movilizaciones convocadas por los sindicatos, demuestran que todavía permanece una voluntad de lucha. La izquierda no puede dejar pasar la ocasión.

Frente al imperialismo y al peligro fascista, otro mundo el posible: el socialismo.

La izquierda transformadora necesita priorizar la unidad de todas las fuerzas y organizaciones políticas que se proponen transformar la sociedad y luchar contra el imperialismo, y la reivindicación de la III República es un importante elemento aglutinador. Pero tal reivindicación no puede quedar en una añoranza del año 1931 o del 1936, como si la historia se hubiera detenido, como si no existiese hoy una elevada interdependencia económica y política con el resto de Europa que requiere la coordinación de esfuerzos comunes con otros partidos y sindicatos europeos. Además de eso, la izquierda transformadora debe plantearse urgentemente una definición clara de los objetivos y del modelo de sociedad que pretende ofrecer a las masas. Hemos visto que el “Estado del bienestar” no puede ser defendible, en primer lugar, porque es un modelo corporativista destinado a ser destruido por la propia oligarquía (si persiste la crisis capitalista actual), porque ésta persigue aumentar la tasa de explotación de la clase obrera; y en segundo lugar, y esto es lo más importante, porque se nutre de la explotación imperialista de los países oprimidos, de los crímenes y de las guerras. Por otra parte, tampoco se puede lanzar una cruzada contra el neoliberalismo y considerar a éste el responsable de todos los males, reivindicando un capitalismo “de rostro humano” (que, por cierto, sólo es “humano” para el 20% de la población del planeta). Sin un programa de superación del sistema y de ruptura con la oligarquía, el imperialismo y sus aliados (pero sin caer en radicalismos estériles y vacíos, y políticamente contraproducentes), las masas difícilmente percibirán diferencias sustanciales entre la izquierda y los partidos burgueses. El capitalismo es intrínsecamente explotador, generador de crímenes y genocidios, e históricamente debe ser superado porque ya han caducado prácticamente todos los elementos progresistas que contiene y que Marx y Engels explicaron sobradamente en el Manifiesto.

La sopa de ajo hace años que fue inventada, y el “otro mundo es posible” sólo puede materializarse con lo que la izquierda consecuente ha defendido siempre, el socialismo, considerado como una larga etapa histórica que conduzca hacia la superación de la explotación y de las diferencias de clases y nacionales. Y sólo puede entenderse el socialismo mediante una política de nacionalizaciones, de planificación económica, de democracia popular y de política exterior de solidaridad activa con los pueblos y países antiimperialistas y revolucionarios. La izquierda transformadora debe escoger, cada vez con más urgencia, entre aguardar pasivamente el ascenso de la reacción y el fascismo mientras languidece en las instituciones del sistema, o en ponerse a la cabeza de la lucha por un mundo mejor, el socialismo.

(1) Thierry Maricourt. Les nouvelles passerelles de l’extrême-droite. Éditions Manya, Levallois, 1993, p.70.

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Re: "La izquierda desgarrada: reflexiones en torno a la situación de la izquierda transformadora española" - texto escrito por Albert Escusa y J. Guillén - publicado en radiotirana.es - Interesante

Mensaje por pedrocasca el Jue Nov 22, 2012 3:32 pm

Utilizando el buen Buscador del Foro se puede acceder a algunos textos de Albert Escusa, entre ellos:

Albert Escusa y Ricard Juan pulverizan las tesis anticomunistas de los "nuevos marxistas cubanos"

"La Revolución Cubana y la izquierda equidistante: el ejemplo de Heinz Dieterich" - texto de Albert Escusa - julio de 2010

"José Luís Martín Medem: colonialismo del siglo XXI" - artículo de Albert Escusa - marzo de 2009

"El artículo "Avances de la Revolución Energética promovida por Fidel": manipulación mediática contra Cuba" - texto de Albert Escusa - agosto de 2010

"La izquierda otanista y colonialista, cómplice intelectual y moral del asesinato de Gadafi y del pueblo libio" - texto de Albert Escusa

"¿Quién fue realmente George Orwell? - Los mitos orwellianos: de la Guerra Civil española al holocausto soviético" - texto de Albert Escusa - en los mensajes está: "George Orwell y los orwellianos: los guerreros del mundo libre contra el eje del mal"

"La selección española de fútbol y el deporte de élite: lucha de clases y cuestión nacional en el negocio deportivo" - texto de Albert Escusa – julio de 2012

"El fascismo, la guerra civil española y las Brigadas Internacionales" - Texto de Albert Escusa

La corriente trotskista adversaria de la Revolución cubana - Albert Escusa

"La izquierda desgarrada: reflexiones en torno a la situación de la izquierda transformadora española" - texto escrito por Albert Escusa y J. Guillén - publicado en radiotirana.es - Interesante

"Sobre el anticomunismo de izquierdas, el “estalinismo”, el POUM y el Movimiento Comunista" - texto de Albert Escusa

Gramsci y el marxismo occidental (artículo de Albert Escusa)

"El Partido Comunista de Alemania y la clase obrera contra Hitler: actualidad y enseñanzas de una lucha heroica" - texto de Albert Escusa publicado en 2012 en el blog El camino de hierro - Interesante

¿Marxismo o anarquismo? - artículo de Albert Escusa – publicado en Rebelión en el año 2002 - Interesante para la formación


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