"El fascismo como categoría histórica: en torno al problema de las dictaduras en América Latina" - texto de Atilio Borón

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pedrocasca
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Mensaje por pedrocasca el Lun Oct 29, 2012 9:55 pm

El fascismo como categoría histórica: en torno al problema de las dictaduras en América Latina

texto de Atilio Borón

tomado del libro de Atilio Borón: Estado, capitalismo y democracia en América Latina

El fascismo es algo más que una de las formas excepcionales del estado capitalista; como el bonapartismo, es, al mismo tiempo, un concepto teórico capital en la teoría política marxista y que por lo tanto no puede ser utilizado indiscriminadamente, como si tan sólo fuera una eficaz etiqueta apta para vituperar gobiernos represivos. Ahora bien, ¿qué restricciones se desprenden de todo esto? Principalmente una: la necesidad de comprender que el fascismo es una categoría histórica y no un concepto abstracto-formal. Lo que proponemos, entonces, es asumir plenamente el carácter histórico del fascismo como forma del estado capitalista de excepción y, al hacerlo, introducir en nuestro discurso elementos conceptuales que recuperen la historicidad del fenómeno.

(Fragmento)

“… El reflujo experimentado por los movimientos populares en América Latina en la década del setenta ha precipitado un copioso y por momentos áspero debate acerca de las causas de sus derrotas y la naturaleza de clase de los regímenes que se constituyeron sobre sus propias ruinas. Enfervorizados por la polémica y acuciados por la necesidad práctica de caracterizar al enemigo muchos estudiosos y la gran mayoría de los dirigentes de las fuerzas políticas de izquierda procedieron a exhumar una categoría interpretativa que de súbito renació en el fragor de aquel derrumbe: el fascismo. El vocablo se reintrodujo vertiginosamente en el lenguaje cotidiano de la política latinoamericana; también se extendió como reguero de pólvora en las discusiones académicas empecinadas por descubrir el nuevo carácter de la dominación burguesa en América Latina. A partir de ese momento, marcado por el pesimismo y la confusión, los análisis de las dictaduras latinoamericanas quedaron encerrados en un discurso teórico construido en torno a la noción de fascismo, al que la inocultable especificidad de la situación histórica y estructural de América Latina como región de un capitalismo dependiente, periférico y subdesarrollado imponía la necesidad de agregar prefijos o adjetivos que flexibilizaran las rígidas connotaciones del sustantivo: se comienza a hablar, entonces, de “neofascismo”, “fascismo dependiente”, “fascismo del subdesarrollo”, “fascismo primario”, para no citar sino algunos de los muchos conceptos acuñados para dar cuenta de las nuevas manifestaciones de la política latinoamericana1.

Ante la rápida difusión del mencionado diagnóstico vale el preguntarse hasta qué punto esta caracterización es pertinente. Más aun, cabría también interrogarse si los desaciertos que pudieran existir en la identificación de estos regímenes como fascistas no podrían conducir a la adopción de una estrategia errónea de lucha popular, cuyas consecuencias podrían llegar a ser más funestas todavía que las que en su momento tuvo la adopción de la vía armada como “estrategia continental” para la lucha contra el imperialismo y la burguesía. La izquierda latinoamericana ya ha cometido demasiados errores en el pasado como para reincidir ahora, una vez más, con una caracterización equivocada del enemigo de clase que podría ocasionar nuevas y dolorosas frustraciones. En otras palabras, la gravedad de la coyuntura exige tal como lo recomendaba Lenin en circunstancias semejantes un riguroso esfuerzo de análisis concreto de la situación concreta; de lo contrario una retórica tan grandilocuente como hueca terminará por desviarnos hacia una identificación abstracto-formal, y por lo tanto inservible, de las nuevas dictaduras. La inescindible unidad del trabajo teórico y la praxis política impone la obligación de enriquecer nuestro instrumental analítico a fin de descifrar los interrogantes planteados por la transformación autoritaria de la dominación burguesa en las sociedades latinoamericanas. Claro está que esto no habrá de lograrse recurriendo a espectaculares denuncias ideológicas o a venerables consignas movilizadoras, por más que hayan sido justas y correctas para otros tiempos y lugares.

En una hora como la actual las fuerzas progresistas de la región deberían reflexionar en torno a lo que Mao planteara en 1926, cuando sostenía que “la razón básica por la cual todas las previas luchas revolucionarias libradas en China habían logrado tan pocos resultados fue su fracaso en aliarse con los verdaderos amigos para atacar a los verdaderos enemigos”2. La identificación inexacta de la naturaleza de los regímenes militares en América Latina conlleva fatalmente a la incapacidad para discriminar aliados de adversarios. La necesidad de su rigurosa caracterización no se funda, por esto mismo, en un mero prurito academicista, sino en una exigencia impuesta por la coyuntura política vigente. Por lo tanto, las reflexiones que se vuelcan a continuación pretenden ser un modesto aporte a los esfuerzos que se están realizando para lograr una comprensión más acabada del momento actual de la lucha de clases en América Latina. En tal sentido, su único mérito en el supuesto caso de que tuvieran alguno radicaría en su capacidad para estimular una discusión, amplia y profunda. sobre la naturaleza y perspectivas futuras del nuevo patrón de dominación burguesa en América Latina.

El Fascismo: una forma excepcional del Estado capitalista

El fascismo ha sido, juntamente con el bonapartismo y la dictadura militar, una de las formas “clásicas” del estado capitalista de excepción. Su especificidad, empero, no se deriva de la súbita aparición en la escena política de partidos o movimientos de tipo fascista sino de la profunda reorganización que impuso al conjunto de los aparatos estatales y al régimen político la resolución de la crisis hegemónica de la burguesía. Así como la aparición de un líder carismático o providencial no explica el surgimiento del bonapartismo, la emergencia de grupos fascistas o fasc istizantes tampoco explica la formación del estado fascista. No fue Luis Bonaparte quien produjo el bonapartismo en Francia sino la coyuntura concreta de la lucha de clases –caracterizada por un equilibrio catastrófico de fuerzas sociales– la que provocó la bancarrota de la república parlamentaria. Mussolini y sus milicias fa s c i s t a s precipitaron la crisis del estado liberal en Italia, pero las causas profundas de su colapso deben buscarse en la ineptitud de la burguesía para estabilizar su dominación en el marco de las frágiles instituciones de la democracia capitalista italiana –y de cuya endeblez sólo aquélla es culpable– y en la impotencia del proletariado para “tomar al cielo por asalto” consumando la revolución socialista en el “bienio rojo”.

En resumidas cuentas: la caracterización de un estado no puede hacerse, al menos desde una perspectiva teórica marxista, a partir de los atributos de los líderes políticos o de los grupos o partidos que se mueven en la escena política. Es casi seguro que la mayoría de la “clase política” de los regímenes militares del Cono Sur sea fascista; es también evidente que existen grupos organizados que responden a esa ideología y que se encuentren firmemente adheridos al aparato del estado. Sin embargo, a la hora de identificar esos gobiernos como formas del estado capitalista tales características son secundarias y se hallan teóricamente subordinadas a los fundamentos estructurales sobre los cuales descansa la metamorfosis autoritaria del estado: los requerimientos del modo de producción capitalista en una fase específica de su desarrollo y la lucha de clases, es decir, el carácter de su crisis política.

Conclusión: en algunos países latinoamericanos –¡y qué deberíamos decir de ciertos países europeos y de los Estados Unidos!– es indudable que una fracción importante del personal político que ocupa las “alturas” del aparato estatal es reaccionaria y fascista, pero eso no basta para caracterizar integralmente la naturaleza del estado en el que esos grupos se encuentran incrustados. Puede haber grupos fascistas o “ fascistizantes” en el seno de la propia clase reinante sin que pueda hablarse –rigurosamente, se entiende– de estado fascista. Para esto es necesario ahondar el análisis y buscar los determinantes fundamentales allí donde éstos se encuentran.

El fascismo es algo más que una de las formas excepcionales del estado capitalista; como el bonapartismo, es, al mismo tiempo, un concepto teórico capital en la teoría política marxista y que por lo tanto no puede ser utilizado indiscriminadamente, como si tan sólo fuera una eficaz etiqueta apta para vituperar gobiernos represivos. Ahora bien, ¿qué restricciones se desprenden de todo esto? Principalmente una: la necesidad de comprender que el fascismo es una categoría histórica y no un concepto abstracto-formal. Lo que proponemos, entonces, es asumir plenamente el carácter histórico del fascismo como forma del estado capitalista de excepción

y, al hacerlo, introducir en nuestro discurso elementos conceptuales que recuperen la historicidad del fenómeno. Es preciso, por lo tanto, contar con categorías teóricas “saturadas históricamente”, susceptibles de concebir al fascismo como una respuesta específica de ciertas clases dominantes ante una coyuntura surgida en una economía capitalista en una fase particular de su desarrollo. Sólo un enfoque teórico que niegue la unidad orgánica y la historicidad de lo real –y que rechace, por eso mismo, la noción de una totalidad concreta contradictoria y movida por una dialéctica

incesante– puede caracterizar al fascismo utilizando conceptos abstracto formales que denotan situaciones o atributos “universales y eternos”. Liberado de aquellas agobiantes exigencias impuestas por la metodología marxista, Seymour M. Lipset puede por eso mismo elaborar un argumento –que por otra parte es un verdadero modelo por su simplismo–¡en el que demuestra la existencia de “fascismos ” de derecha, de izquierda y de centro! El fascismo es así reducido a un puro componente actitudinal –algo parecido al “humor” de los filósofos medievales– que subyace a toda posición en el espectro político: el “extremismo”. Cualquier postura política

se puede sostener razonablemente o en forma extrema; en estos casos se podrá hablar de fascismo, naturalmente que sin poder comprender absolutamente nada de lo que ocurra en el mundo real. La historia y la totalidad concreta en las cuales se origina este fenómeno son borradas de un plumazo y el investigador se interna, armado de su concepto “universal y supra temporal”, en el análisis de los casos que le preocupan con los resultados de sobras conocidos. En la misma vena debemos ubicar los diversos estudios sobre el “autoritarismo”, organizados en torno a un concepto excesivamente elástico y abarcativo y que se aplica a un arco histórico que iniciándose con la horda primitiva pasa por las civilizaciones babilónicas, el imperio romano, el orden feudal y el capitalismo hasta culminar con las sociedades poscapitalistas. Más aún: el concepto también “sirve” para analizar el ejercicio del poder en la familia, el clan primitivo, los grupos informales, las organizaciones burocráticas y hasta la propia comunidad política. No conviene perder tiempo en argumentar acerca de la incurable pobreza de esta teorización…”

El artículo son 46 páginas de muy buen formato pdf que se pueden descargar desde:

http://168.96.200.17/ar/libros/estado/capituloI.pdf

Descargar el libro completo de Atilio Borón: Estado, Capitalismo y democracia en América Latina desde: (317 páginas de muy buen formato pdf)

http://www.rebelion.org/docs/146190.pdf

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Mensaje por pedrocasca el Lun Oct 29, 2012 9:56 pm

Utilizando el buen Buscador del Foro se puede acceder a varios textos de y sobre Atilio Borón presentes en el Foro.
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Mensaje por stalingrado en la memoria el Lun Dic 17, 2012 11:54 am

El fascismo es comparable a un parasito que todos los gobiernos del mundo llevan en su interior, que en ciertas ocasiones enferman el cuerpo embolviendo a los hombres y obligandolos a combatir, perseguir y asesinar a sus semejantes por fuera, pero de distintas ideas por dentro. Llegando hasta el grado de declararle le guerra a su propio pueblo.
:antina: :pensamiento:

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