Textos y discusiones sobre J. C. Mariategui: "El marxismo de José Carlos Mariátegui: Ni calco ni copia sino creación heroica" - Yolanda L. C. Rodríguez González / La “Creación Heroica” - Nacionalismo, Indigenismo Y Socialismo En "Nuestra América" (P.O)

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Textos y discusiones sobre J. C. Mariategui: "El marxismo de José Carlos Mariátegui: Ni calco ni copia sino creación heroica" - Yolanda L. C. Rodríguez González / La “Creación Heroica” - Nacionalismo, Indigenismo Y Socialismo En "Nuestra América" (P.O)

Mensaje por pedrocasca el Lun Oct 15, 2012 2:11 pm

El marxismo de José Carlos Mariátegui: Ni calco ni copia sino creación heroica  

texto de Yolanda Luisa C. Rodríguez González

Introducción

Periodista, político y ensayista, fundador del Partido Socialista del Perú, José Carlos Mariátegui es considerado como uno de los grandes introductores del marxismo en América Latina; con creatividad y lejano al economicismo y determinismo dominantes en el marxismo de la época. Florestan Fernandes considera a Mariátegui como el mayor exponente del socialismo de su generación y de la década 1920-1930 en América Latina (Mariátegui, 1975). El gran sociólogo brasilero señala que Mariátegui promovió los primeros análisis concretos desde una perspectiva marxista, sobre varios temas como la formación del capitalismo en España, la irradiación del capitalismo de Europa a América Latina, las relaciones entre la base económica y las estructuras sociales y de poder de la sociedad peruana.

En la Introducción a la edición brasilera de Por un socialismo indo- americano, Löwy señala que la obra de Mariátegui constituye no sólo, “…a primeira tentativa de pensar América Latina em termos marxistas, mas continua sendo até hoje uma referencia incontornável para a teoría e a prática do socialismo neste continente.” [Mariátegui, 2005, p. 8]

¿Qué vincula Mariátegui con Gramsci? ¿Por qué traer a José Carlos Mariátegui a un seminario sobre Gramsci y los movimientos populares?

Aunque fueron contemporáneos, Mariátegui no tuvo contacto personal con Gramsci; sin embargo bebió del ambiente histórico, intelectual y político de la Europa de inicios de los años 20; particularmente en Italia en donde asistió a la fundación del Partido Comunista Italiano y fue fuertemente impresionado por el movimiento obrero; su estadía en Italia coincidió con el inicio de la publicación de L´Órdine Nuovo. La experiencia europea fue para Mariátegui su más vigorosa fuente de formación marxista, como él mismo dijo. Su estadía italiana le permitió conocer un marxismo muy creativo y que reivindicaba la dialéctica (Sobrevilla, 2005).

Se pueden trazar varios puntos de contacto entre estos dos pensadores. Ambos, socialistas fuertemente comprometidos con su tiempo, con las clases trabajadoras, así como con la construcción de lecturas e interpretaciones de su realidad, que fueran la base y el fundamento de propuestas de cambio social. Ambos prestaron una atención especial a lo que hoy llamamos “aspectos culturales”; a la producción y circulación de las ideas, a la necesidad de una renovación cultural y moral, a la educación de los trabajadores desde su condición de trabajadores. Ambos marxistas rechazaron cualquier reducción positivista del marxismo, así como el cientificismo y determinismo que cierran espacio a la voluntad humana, a la actividad transformadora y consciente del sujeto revolucionario; ambos reconocieron la importancia de la tradición, la cultura, las utopías y los mitos. Por eso ambos escriben, reflexionan, estudian diferentes manifestaciones de la actividad social, aspectos que habían merecido poca atención por la teoría revolucionaria entonces. El marxismo para Mariátegui es sobe todo método de interpretación; por ello, el socialismo peruano no debía ser, “ni calco ni copia sino creación heroica”.

Mariátegui es considerado uno de los grandes introductores del marxismo en América Latina; de manera creativa, lejos del economicismo y determinismo dominantes en el marxismo de la época. Para Florestan Fernandes, Mariátegui es el mayor exponente del socialismo de su generación en América Latina, promoviendo los primeros análisis concretos sobre varios asuntos de la sociedad latinoamericana y peruana; sobre todo de las relaciones entre la base económica y las estructuras sociales y de poder de la sociedad peruana. Para varios autores contemporáneos, la obra de Mariátegui constituye no solo la primera tentativa de pensar América Latina en términos marxistas, sino que continúa siendo hasta hoy una referencia de primer orden para la teoría y la práctica del socialismo en el continente.

En Perú, varias generaciones de líderes sindicales y estudiantiles bebieron en Mariátegui; la fundación y sucesivos desgajamientos de partidos políticos de inspiración de inicios de los años 20; particularmente en Italia en donde asistió a la fundación del Partido Comunista Italiano y fue fuertemente impresionado por el movimiento obrero; su estadía en Italia coincidió con el inicio de la publicación de L´Órdine Nuovo. La experiencia europea fue para Mariátegui su más vigorosa fuente de formación marxista, como él mismo dijo. Su estadía italiana le permitió conocer un marxismo muy creativo y que reivindicaba la dialéctica (Sobrevilla, 2005).

En Perú, varias generaciones de líderes sindicales y estudiantiles bebieron en Mariátegui; la fundación y sucesivos desgajamientos de partidos políticos de inspiración marxista en los años 60 y la nueva izquierda en los 70, se hicieron bajo declaraciones de filiación mariateguista. Los más importantes intentos de unificación de esta pléyade de partidos políticos ocurridos en los años 80, convocaron también una fidelidad mariateguista. Las experiencias de educación popular que constituyeron un movimiento efervescente en las décadas del 70 y 80 en Perú, nacieron muchas de ellas como extensión del trabajo de formación política de los y las militantes de estas organizaciones políticas de izquierda. La formación política se tejía con la problemática de la salud, la alimentación y los servicios de agua y de luz de los pobladores de los barrios urbano populares; de los pequeños productores agrarios en el campo; de los estudiantes universitarios y de los empleados públicos en las ciudades; la de los trabajadores manuales en las fábricas. En esa diversidad, las prácticas de educación popular tenían en común varios elementos; una inserción en el territorio específico del mundo popular; una concepción de la educación como práctica política transformadora; un horizonte político que le daba sentido a la práctica cotidiana; y la aspiración de contribuir a un proyecto societal alternativo, inspirado en el socialismo mariateguista.

La influencia europea en la vida y la obra de José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui nación en Moquegua, en el sur occidente del Perú, en 1894. Muy joven se inicia en el mundo del periodismo; primero como ayudante de tipografía en el diario La Prensa, en Lima y luego como articulista de la actividad artística y cultural peruana y columnista de El Tiempo. El joven periodista fue tomando contacto con las luchas obreras por la jornada de las ocho horas y la movilización estudiantil por la reforma universitaria en el Perú. Su vocación por las letras y el periodismo lo llevaron a fundar, junto con un grupo de contemporáneos de orientación socialista y anarco sindicalistas, la revista Nuestra Época y después el diario La Razón desde donde difundían una crítica al gobierno de Leguía y proclamaban su simpatía con el movimiento obrero,

Su contacto con el movimiento social de la época junto con las noticias sobre la revolución bolchevique en Rusia, habrían sido los embriones de una conciencia socialista que poco más tarde lo encaminaría al marxismo. Sus años de residencia en Europa entre 1919 y 1923, fueron fundamentales en su formación marxista, como veremos más adelante.

Mariátegui llegó a Europa exiliado por Leguía, régimen conocido como El Oncenio pues mantuvo en el poder al dictador civil de 1919 a 1930. Desde Europa, Mariátegui continuó su labor periodística enviando crónicas a El Tiempo. Fue así que, como corresponsal del diario asistió en Livorno en 1920 al congreso de fundación del Partido Comunista de Italia luego del rompimiento, por la corriente de izquierda del partido con figuras como Antonio Gramsci, del Partido Socialista Italiano. No obstante no hay evidencia de que haya conocido a Gramsci personalmente.

En el periodo de residencia en Europa vivió en Italia y visitó otros países europeos¨: Francia, Alemania, Bélgica, Austria, Hungría y Checoslovaquia. Particularmente en Italia, Mariátegui realiza su formación marxista de forma autodidacta; en un ambiente cultural e ideológico muy influenciado por Gentile y Croce (a éste último si conoció personalmente); y desarrolla una estrecha relación con Piero Gobetti. El impacto de esta estadía en Europa en la maduración del pensamiento de Mariátegui es destacado por diferentes autores que se especializaron en su obra. En el viejo continente Mariátegui no sólo absorbió creativamente el marxismo, sino que bebió de todo el ambiente cultural europeo de la época (Sobrevilla 2005). En Francia, el dadaísmo y el suprarrealismo, el humanismo de Romain Rolland, las orientaciones populares de Barbusse y del movimiento Claridad (Guibal, 1995).

Pero más que todo lo va a marcar su experiencia italiana; allí desposa, en efecto, “una mujer y algunas ideas”; aquellas, en particular, del historicismo croceano tal como va impregnando las investigaciones y las luchas del Ordine Nuovo y del marxismo de Gobetti y de Gramsci. (Guibal, 1995, p.42)

Italia fue el país que más influyó en Mariátegui quien quedó fascinado por el ambiente cultural y político. Según Sobrevilla (2005), el descubrimiento por Mariátegui, a partir de su lectura de los escritos de Piero Gobetti, de las similitudes entre la cuestión meridional italiana y la de la sierra peruana, fue fundamental; “[…] en ambos casos el atraso económico tenía una gran repercusión en la estructura política, social e ideológica de la nación.” (Sobrevilla, 2005, p.103). Sobrevilla destaca que su residencia en Italia le permitió a Mariátegui tomar contacto con un marxismo creativo que reivindicaba la dialéctica, como el de Antonio Labriola y Gramsci.

Flores Galindo (1989) destaca la fuerte influencia de Unamuno, particularmente la lectura que Mariátegui hiciera de La Agonía del Cristianismo, en su idea de la vida como lucha y combate, como agonía;

[…] lo que cuenta es la fuerza para encarnase en las masas, la doctrina deja lugar a la vida, entendida a su vez como lucha y combate, es decir agonía. Esta imagen del marxismo se resistía a la repetición rutinaria de los dogmas y por el contrario fomentaba las herejías, al estilo de Georges Sorel, como único camino posible para renovar y hacer avanzar el pensamiento de Marx. (Flores Galindo, 1989, p.24).

Sobre Sorel, dice Sobrevilla que fue sin duda el socialista francés que más influyó sobre Mariátegui (Sobrevilla, 2005). Según Flores Galindo (1989), Sorel habría ejercido una fuerte influencia en la concepción filosófica de Mariátegui del marxismo como mito, fuerza movilizadora, una agonía de nuestro tiempo.

Agonía es pasión, fe, elan. Agonía se confunde finalmente con esa esperanza que define en la política y en la vida cotidiana el derrotero de Mariátegui: la confianza en el futuro que no reposa en las leyes de la dialéctica, ni en los condicionamientos de la economía, sino en las voluntades colectivas. En otras palabras, se trata del voluntarismo y el espontaneísmo que emergen en diversos pasajes de su pensamiento. (Flores Galindo, 1995, p.25)

Löwy, en la Introducción a Por un Socialismo indo-americano (Mariátegui, 2005), rescatando una referencia de Mariátegui a Sorel en En defensa del marxismo, señala que el Amauta valora en el francés la superación de las bases racionalistas y positivistas del socialismo de su época, revigorándolo y restituyéndole su misión revolucionaria. De este modo Mariátegui resalta,

[…] a dimensão espiritual e ética do combate revolucionário: a fe (“mística”), a solidariedade, a indignação moral, o compromisso total (“heróico”)…O socialismo, segundo Mariátegui, increve-se no bojo de uma tentativa de reencantamento do mundo pela ação revolucionária. (Mariátegui, 2005, p. 17)

A su regreso al Perú en 1923, José Carlos Mariátegui inicia su trabajo de propaganda socialista, particularmente entre los obreros. Participa de las universidades populares – creación de González Prada en los primeros años del siglo XX-; asume la dirección de la revista de izquierda Claridad y colabora con el semanario Variedades y El Mundial. Publica el periódico Labor, “[…] como un instrumento de “educación ideológica” destinado a sostener a los trabajadores peruanos en sus esfuerzos incipientes de organización “clasista” (Guibal, 1995, p.43). Funda y dirige la revista Amauta en 1926 y desenvuelve una intensa actividad ensayística que difunde a través de artículos en revistas. Sobre el significado de la revista Amauta como expresión y aporte en la creación de un ambiente cultural de la época, Guibal dice lo siguiente,

[…] revista de una generación preocupada en enfrentar los desafíos de su época, abierta simultáneamente a los debates del mundo, a las inquietudes del continente y a las cuestiones del país. Hizo de ella no solo una tribuna de alto vuelo intelectual, sino un espacio de debate e intervención político-cultural, cuya meta no era “quedarse en el episodio, sino ser historia y hacerla”. (Guibal, 1995, p.42)

Mariátegui funda la Editorial Minerva para publicar autores nacionales y extranjeros con el objetivo de, “[…] desarrollar la atmósfera intelectual y anímica que permita romper la influencia intelectual e ideológica y oligárquica sobre la nueva generación de intelectuales y artistas.” (Quijano, 1981, p.49). Así, se convierte en un difusor del marxismo traduciendo y publicando textos de Rosa Luxemburgo, Lenin, Trostski, Breton, Sorel, Romain Rolland, Barbusse y Gorki, así como autores latinoamericanos. En 1925 publica su primer libro, La escena contemporánea.

En 1926 Mariátegui es invitado por Haya de la Torre a unirse a la Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, fundada por Haya en 1924 como un frente antiimperialista. Dos años más tarde, cuando el APRA deja de ser un frente para constituirse en partido político, Mariátegui rompe con Haya de la Torre y se dedica a la organización del Partido Socialista del Perú, el cual funda en octubre de 1928 y es elegido secretario general. Ese mismo año sale a la luz la primera edición de los 7 Ensayos y desde la revista Amauta, “[…] proclama sin equívoco alguno su fe en un “socialismo peruano” que ha de realizarse gracias a una “creación heroica” original. Y esta orientación va entonces a materializarse tanto a nivel sindical como a nivel político.” (Guibal, 1995, p.43). En efecto, Mariátegui actúa en la refundación de una organización de los trabajadores obreros y campesinos, entonces influenciada por el anarco sindicalismo. En el año 1929 él impulsó la creación de la Confederación General del Trabajo del Perú que agrupaba trabajadores de la industria y a la Federación Indígena (Mariátegui, 2005, p. 28).

Los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana

Según Florestan Fernandes, los 7 Ensayos aparece como la primera manifestación verdaderamente significativa de lo que se entiende por sociología crítica y militante en América Latina; “O autor imerge plenamente na situação que investiga, a qual pretende, a um tempo, conhecer, explicar e transformar” (Mariátegui, 1975, xv).

Aricó (1978), en el Prólogo a Mariátegui y los Orígenes del Marxismo Latinoamericano, señala sobre Mariátegui y su obra más difundida que,

[…] él, a diferencia del resto de los marxistas latinoamericanos, se esforzó por “traducir” el marxismo aprendido en Europa en términos de “peruanización”. Y es por eso sin duda que, con todos los errores o limitaciones que puedan contener, los 7 ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana siguen siendo, a cincuenta años de su publicación, la única obra teórica realmente significativa del marxismo latinoamericano. (Aricó, 1978, xix)

El propio José Carlos Mariátegui apunta en la Advertencia a la edición de los 7 Ensayos que con esta obra pretende hacer “una contribución a la crítica socialista de los problemas y la historia del Perú”.

Su obra más difundida, 7 Ensayos de Interpretación de la realidad peruana, cuya primera edición vio la luz en 1928, forma parte de la edición popular de las Obras Completas compuesta por veinte tomos en formato pequeño. Sin embargo, la producción de Mariátegui va mucho más allá de esta colección, siendo hasta el momento poco conocida fuera de su país natal. Entre esta, Sobrevilla (2009) destaca las obras recogidas en distintas ediciones, tales como Escritos Juveniles. La edad de piedra, la Correspondenciay Mariátegui total, todas por la editorial Amauta.

Si bien Mariátegui, como reconocen muchos, es el primer marxista en estudiar los problemas de un país latinoamericano sirviéndose de la teoría marxista, en la interpretación de la realidad peruana en su conjunto Mariátegui tiene como antecesores a Manuel González Prada, quien sería el pionero en una reflexión de conjunto sobre la realidad nacional peruana – miembro de la última generación del siglo XIX, exponente del radicalismo anti clerical y anti hispánico-, así como a Francisco García Calderón y Víctor Andrés Belaunde (Sobrevilla, 2005), exponentes de la llamada Generación del 900.

Contexto en el cual Mariátegui piensa y escribe sobre el Perú

Para Quijano (1981), el tiempo en el cual José Carlos Mariátegui piensa y escribe su obra es un periodo que puede ser considerado como un auténtico puente histórico entre la sociedad colonial y la sociedad del tiempo del Amauta porque,

[…] durante él tiene lugar una compleja combinación entre los principales elementos de la herencia colonial, apenas modificados superficialmente desde mediados del siglo XIX, y los nuevos elementos que con la implantación dominantes del capital monopolista, de control imperialista, van produciendo una reconfiguración de las bases económicas, sociales y políticas, de la estructura de la sociedad peruana. (Quijano, 1981, p. 11)

Diez años atrás había ocurrido la Guerra del Pacífico (1879) por el control de recursos naturales del guano y el salitre necesarios para agricultura europea; guerra que había enfrentado a Perú, Chile y Bolivia con la intervención inglesa apoyando al gobierno de Chile y que había producido desastrosos efectos. La guerra afectó en el Perú especialmente a los grupos de la burguesía comercial y terrateniente de la costa que mantenían el control del Estado.

En el plano internacional acontecía la expansión imperialista del capital monopólico y disputa de las burguesías de Estados Unidos e Inglaterra por la hegemonía mundial, sobre todo sobre América Latina, luego de los procesos de independencia de las colonias a lo largo del siglo XIX.

En el periodo de la producción de José Carlos Mariátegui, se dan en el país tres procesos simultáneos; la implantación y consolidación del capital monopolista en una compleja combinación con relaciones pre capitalistas de producción dominantes; la reconstitución de intereses de clases y sus modos de relación con el Estado; el desarrollo de debate ideológico y político dentro de las clases dominantes y entre estas y el resto de la sociedad.

El marxismo de Mariátegui: instrumento de lucha y método de análisis de la realidad

El marxismo fue para José Carlos Mariátegui, “[… ] un marco y punto de partida para investigar, conocer, explicar, interpretar y cambiar una realidad histórica concreta, desde dentro de ella misma.” (Quijano, 1981, p. 63). Quijano (1981) destaca del marxismo de Mariátegui su dimensión de método de interpretación y método de acción.

Mariátegui no aplicó un aparato conceptual para analizar una formación social peruana; se sirvió de él para analizarlo e interpretarlo. El Amauta prestó gran atención a las dimensiones culturales, religiosas, literarias y una perspectiva histórica para entender los procesos de la formación social peruana y elaborar su propuesta socialista. El carácter semi feudal de la formación social peruana (coexistiendo con un capitalismo naciente y un colectivismo comunal-el ayllu), el socialismo basado en el comunismo comunal y el “problema del indio” (campesino e indio), el papel de los artesanos. De ahí la polémica entre Mariátegui y la III Internacional Comunista ó Komintern; ésta veía a América Latina como una realidad homogénea, caracterizada por la semi colonialidad y feudalidad; lo cual hacía necesaria una etapa de desarrollo capitalista para llegar al socialismo; en esta visión homogenizante, el indio no existía. Mariátegui buscó la construcción de un socialismo auténticamente peruano, que no sea ni calco ni copia del socialismo europeo. En el año 29, un año antes de su muerte prematura, presentó su tesis sobre El problema indígena, al congreso para la constitución de la Confederación Sindical Latinoamericana, el mismo que provocó una fuerte controversia y rechazo. Ese mismo año, los planteamientos del Partido Socialista del Perú fueron duramente criticados por la ortodoxia stalinista durante la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, en particular por el dirigente argentino Codovilla. Su concepción de la revolución socialista latinoamericana no coincidía con la ortodoxia de la Komintern, cuyo portavoz era Codovilla. En su concepción del socialismo Mariátegui sostenía la importancia de las formas de asociación pre capitalistas y, en ese sentido, Löwy lo ubica al interior de una corriente “romántica” del marxismo – entre cuyos exponentes ubica a Marcuse, E.P.Thompson, E. Bloch y W.Benjamin-; corriente crítica de las ilusiones del progreso capitalista y que, “[…] sugiere una dialética utópico-revolucionária entre o pasado pré-capitalista e o futuro socialista.” (Mariátegui, 2005, p. 10).

Por lo anteriormente apuntado, Aricó (1987) señala que,

[…] al igual que otros heterodoxos pensadores marxistas, él pertenece a la estirpe de las rara avis que en una etapa difícil y de cristalización dogmática de la historia del movimiento obrero y socialista mundial se esforzaron por establecer una relación inédita y original con la realidad. (Aricó, 1978, xiii)

Según el autor argentino, ello se explica en gran medida por el peso importante que tuvo en formación marxista,

[...] la tradición italiana idealista… y el surgimiento de corrientes crocianas “de izquierda” y marxistas revolucionarias….Mariátegui leyó a Marx con el filtro del historicismo italiano y de su polémica contra toda visión trascendental, evolucionista y fatalista del desarrollo de las relaciones sociales, característica del marxismo de la II Internacional. (Aricó, 1978, xv)

¿Cómo comprendió José Carlos el marxismo? se pregunta Sobrevilla (2009) en su obra y se responde: lo entendió como materialismo histórico, como método de interpretación de la sociedad capitalista y de otras sociedades en las que se combinan diferentes modos de producción. Para Mariátegui el método marxista es en primer lugar, histórico que da primacía al factor económico como determinante en última instancia de la historia. En segundo lugar, el método marxista consiste en el análisis económico de las sociedades en donde una estructura social condiciona una superestructura. Por último, el método marxista está vinculado con una visión socialista que considera la lucha de clases como el motor de la historia.

Esta visión que extrajo José Carlos de Marx la complementó con dos ideas de Georges Sorel: la primera fue la de la superioridad de la clase proletaria frente a la burguesía gracias a su moral, y la segunda la del mito revolucionario.(Sobrevilla, 2005, p. 395)

Como ya fue dicho, para José Carlos Mariátegui, el marxismo es agonía, lucha; afán polémico; conflicto interior; fe apasionada de los que combaten peligrosamente por la victoria de un orden nuevo, “[…] la confianza en el futuro que no reposa en las leyes de la dialéctica, ni en los condicionamientos de la economía, sino en las voluntades colectivas.” (Flores Galindo, 1989, p. 25). De ahí su anti academicismo como el de su generación.

El mariateguismo fue la obra de un periodista, un hombre en estrecho contacto con otros hombres, sumergido en la vida cotidiana, interesado más por el impacto de sus ideas, por la emoción que generaba en sus contemporáneos que por la certeza cartesiana de su pensamiento […] fue un político: nunca estuvo enclaustrado, siempre se interesó por el público, por agitar a las multitudes. (Flores Galindo, 1989, p. 80)

Referencias bibliográficas:

ARICÓ, José. Mariátegui y los Orígenes del Marxismo Latinoamericano. Cuadernos Pasado y Presente 60, México, Siglo XXI, 1978.

FLORES GALINDO, Alberto. La Agonía de Mariátegui. Lima, Instituto de Apoyo Agrario, 1989.

GUIBAL, Francis. Vigencia de Mariátegui. Lima, Empresa Editorial Amauta, 1995.

MARIÁTEGUI, José Carlos. Sete Ensaios de interpretação da realidade peruana. Prólogo de Florestan Fernandes. São Paulo, Alfa-Omega, 1975.

MARIÁTEGUI, José Carlos. Por um socialismo indo-americano. Seleção e Introdução de Michael Löwy. Rio de Janeiro, Editora UFRJ, 2005.

QUIJANO, Aníbal. Reencuentro y Debate: una Introducción a Mariátegui. Lima, Mosca Azul, 1981.

SOBREVILLA, David. El marxismo de Mariátegui y su aplicación a los 7 ensayos. Lima, Universidad de Lima, 2005.

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Mensaje por pedrocasca el Lun Oct 15, 2012 2:13 pm

Hay en el Foro distintos temas sobre Mariátegui, a los que se accede con el uso del Buscador del Foro:

"Mariátegui: biólogo del fascismo - artículo publicado por "Escuela de cuadros" - incluye link de lectura y descarga del texto original de 1925 de José Carlos Mariátegui - en los mensajes está el texto completo

"Mariátegui y el Che: ideas paralelas en torno al internacionalismo" - texto escrito por Daily Pérez - publicado por Centro Che

"La unidad de la América indo-española" - texto de José Carlos Mariátegui - año 1924 - publicado por la Juventud Comunista de Bolivia - JCB -

"La agonía de Mariátegui (la polémica con la Komintern)" - libro de Alberto Flores Galindo - publicado en 1980

"El marxismo, Mariátegui y el movimiento femenino" - texto de Catalina Arianzen del Centro Femenino Popular de Perú

"Mariátegui y el marxismo" - texto de José Sotomayor Pérez

"La religión en los clásicos del marxismo" - escrito por Serapio Mucha Yaros - capítulo del libro Religión y Mito en Mariátegui (incluye link de descarga del libro completo) - publicado por Bandera Roja, Perú - se lee completo en el Foro - Interesante

Obras de Mariátegüi


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Mensaje por pedrocasca el Lun Oct 15, 2012 2:20 pm

Las obras completas de José Carlos Mariátegui más sus datos biográficos están publicados, para lectura y copia, en:

http://www.patriaroja.org.pe/docs_adic/obras_mariategui/index.htm
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Alexyevich
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Mensaje por Alexyevich el Jue Oct 18, 2012 5:58 am

Bastante acertado para mí la comparación entre el pensamiento de Mariátegui y el de Trotsky de este artículo:

http://www.ceip.org.ar/160307/index.php?option=com_content&task=view&id=147&Itemid=50
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Mensaje por Manifiesto el Jue Oct 18, 2012 2:09 pm

Pues a mi el artículo que colgó Alexyevich me parece una basura, ¿Qué queréis que os diga? Nombra la teoría de la revolución en un sólo país pero la desconoce, y esto se deduce a la luz de su comparación con la teoría de la (contra)revolución permanente. Luego nos viene a hablar de dos corrientes principales: el trotskismo y el estalinismo, cuando el trotskismo es una corriente minoritaria y aislada de todo el mundo, mientras que nadie conoce a esos estalinistas (excepto trotskos y burgueses). Además de que no consigo ver el aspecto "permanentista" de Mariátegui, no tiene nada que ver la consideración de que las tareas democrático burguesas tienen que ser llevadas adelante por el proletariado y el campesinado con la teoría trotskista de la revolución. Es más, esta concepción no es trotskista, sino que es comunista, fue Trotsky el que rechazaba el apoyo del campesinado, y cuando lo aceptó, renegó de su papel en el gobierno revolucionario, puesto que según sus ideuchas, el proletariado tenía que romper la barrera entre el programa mínimo y máximo de los bolcheviques para Rusia y tenía que poner el colectivismo al orden del día, como condición indispensable para que el proletariado se mantuviese en el poder, y esto no sólo choca directamente con la realidad objetiva del transcurso de los hechos históricos, sino que además, es contrario a las tesis comunistas de la revolución.

8.-Cumplida su etapa democrático-burguesa, la revolución deviene, en sus objetivos y su doctrina, revolución proletaria. El partido del proletariado, capacitado por la lucha para el ejercicio del poder y el desarrollo de su propio programa, realiza en esta etapa las tareas de la organización y defensa del orden socialista.

Aquí hablamos de lo mismo que defendió Lenin, que después de la revolución de Febrero la revolución democrático-burguesa fue insuficiente y la consigna que adoptaron los bolcheviques fue la de: Todo el poder para los soviets. Paralela a la de: Abajo el gobierno provisional. Así podemos resumir muy resumidamente las tesis de Abril, la transformación de la revolución democrático burguesa en revolución socialista, y esto es lo que defendía el Partido Socialista Peruano en 1929, que es en la revolución democrático-burguesa donde el Partido Comunista busca poner al orden del día su programa, que no es otro que el de la toma del poder por parte del proletariado. No veo yo aquí la (contra)revolución permanente.
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Razion
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Re: Textos y discusiones sobre J. C. Mariategui: "El marxismo de José Carlos Mariátegui: Ni calco ni copia sino creación heroica" - Yolanda L. C. Rodríguez González / La “Creación Heroica” - Nacionalismo, Indigenismo Y Socialismo En "Nuestra América" (P.O)

Mensaje por Razion el Dom Feb 16, 2014 4:40 pm

A raíz de un debate en otro hilo, incorporo en este (debido a que se trata de textos sobre J.C Mariátegui) otros artículos y cambio el título del hilo.

Cito los hilos por simplicidad (para no traer los mensajes, lo que lleva a que queden antes que este mensaje):
Mensajes:

Razion escribió:
Blood escribió:

Y con Mariátegui; directamente hay un artículo publicado en En Defensa del Marxismo con respecto a esta reivindicación por más de sus fallas, y señalarlas para superarlas (¡POR EL AMOR DE DIOS! ¡EL TIPO DECÍA QUE LOS INCAS ERAN COMUNISTAS Y LA CONQUISTA, FEUDAL!).

Si querés lo discutimos en el hilo de historia en Argentina, o los otros abiertos. Concuerdo bastante con la postura de Mariategui, incluso los trabajos de R&R (los serios, que ya tienen un par de años, no los artículos-chicana) van en un sentido similar. Salvo los que siguen la línea de Milcíades Peña (Aelito en su momento creo que hizo una síntesis en ese sentido, de que no tendría que haber necesariamente incompatibilidades en ambas interpretaciones) otros varios autores de izquierda retoman lo de la "conquista feudal".

gatopardo escribió:
Razion escribió:(...)Si querés lo discutimos en el hilo de historia en Argentina, o los otros abiertos.

Ojo, que "(...)metemos la mano en el bolsillo" coincidiendo con historiadores como Azcuy Ameghino (de ahí parte de la discusión con R&R) con la cuestión del latifundio, pero no lo andamos escondiendo y pagamos los derechos de copyright en público.

Así como hay material escrito donde se marcan las diferencias en cuanto al comunalismo indígena, también hay material defendiendo a Mariategui de la lectura autonomista de Mazzeo (FPDS), en cuanto a la cuestión nacional, la cuestión del poder y las tareas del sujeto revolucionario en Latinoamérica representado en su partido político.

Ojo, al piojo.

Saludos.

gatopardo escribió:
Razion escribió:(...)¿Esto en los documentos del PO? Luego me meto a revisar -y a traer los documentos al foro-, saludos y gracias por el dato.

Dos links, movelos a donde corresponda:

http://prensa.po.org.ar/edm/la-creacion-heroica-de-jose-carlos-mariategui/

http://prensa.po.org.ar/edm/nacionalismo-indigenismo-y-socialismo-en-nuestra-america/


Saludos.

Publico los textos que mencionó el compañero gatopardo, ambos del Partido Obrero:

P.O escribió:La “Creación Heroica” De José Carlos Mariátegui

“El problema del indio es el problema de la tierra”, Mariátegui

A fines de 1926, el escritor argentino Enrique Espinoza (Samuel Glusberg), director de la revista La vida literaria, editada en Buenos Aires, le pidió a Mariátegui algunos datos autobiográficos. La respuesta llegó el 10 de enero de 1927, pero sólo se publicó, a modo de homenaje póstumo, en mayo de 1930, cuando el revolucionario peruano recién había fallecido. En esa nota, por cierto breve, se lee:

“Aunque soy un escritor muy poco autobiográfico, le daré algunos datos sumarios. Nací en 1894. A los 14 años entré de alcanza-rejones1 en un periódico. Hasta 1919 trabajé en el diarismo,2 primero en La Prensa, luego en El tiempo, finalmente en La Razón. En este último diario patrocinamos la Reforma Universitaria.3 Desde 1918, nauseado de la política criolla me orienté resueltamente hacia el socialismo, rompí con mis primeros tanteos de literato inficionado de decadentismo y bizantinismo finiseculares, entonces en pleno apogeo. Desde fines de 1919 hasta mediados de 1923 viajé por Europa. Residí más de dos años en Italia, donde desposé una mujer y varias ideas.4

Anduve por Francia, Alemania, Austria y otros países. Mi mujer y mi hijo me impidieron llegar a Rusia.5

Desde Europa me concerté con algunos peruanos para la acción socialista. A mi vuelta en Perú, en 1923, en reportajes, conferencias en la Federación de Estudiantes, en la Universidad Popular,6 etcétera, expliqué la situación europea e inicié mi trabajo de investigación de la realidad nacional, conforme con el método marxista.

En 1924 estuve, como ya he contado, a punto de perder la vida. Perdí una pierna y quedé muy delicado. Ya habría seguramente curado del todo con una existencia reposada, pero ni mi pobreza ni mi inquietud espiritual me lo consienten.

No he publicado más libros que el que usted conoce.7 Tengo listos dos y otros dos en proyecto.
He aquí mi vida en pocas palabras. No creo que valga la pena hacerla notoria, pero no puedo rehusarle los datos que usted me pide.

Me olvidaba: soy autodidacta. Me matriculé una vez en Letras en Lima, pero con el único interés de seguir el curso de latín de un agustino erudito. En Europa frecuenté algunos cursos libremente, pero sin decidirme nunca a perder mi carácter extrauniversitario y, tal vez, hasta antiuniversitario. En 1925 la Federación de Estudiantes me propuso a la Universidad como catedrático en la materia de mi competencia, pero la mala voluntad del rector y, seguramente, mi estado de salud, frustraron la iniciativa”.8

Las ideas desposadas

Los años que Mariátegui vivió en Italia resultaron decisivos en toda su evolución política ulterior, en sus méritos y en sus falencias.

La dictadura de Augusto Leguía, llamada “el oncenio” (1908-1912 y 1919-1929), debe obligatoriamente tratarse al hablar de Mariátegui, porque bajo ese régimen transcurrió casi toda su vida política en el Perú.

No se trató de cualquier dictadura, sino de un régimen con tendencias marcadas hacia el bonapartismo. Hizo frente a los gamonales (latifundistas) cuando se constituyeron en obstáculo para el desarrollo del capitalismo costeño y, sobre todo, para la penetración del imperialismo norteamericano al cual Leguía servía puntualmente. También él procuró hacer, desde la derecha, lo que Mariátegui intentó desde la izquierda: conocer al Perú. Se propuso atraer a las masas indígenas y lo consiguió en gran medida hasta que, al final, rebeliones campesinas y obreras lo derribaron. Mientras tanto, hizo concesiones a los pueblos originarios con la finalidad de obtener su consenso para el sometimiento: decía discursos en quechua y se dio a sí mismo el título de “Viracocha”.9

Mariátegui habrá aprendido de su enemigo Leguía el principio siguiente: en el Perú, tanto la revolución como la contrarrevolución necesitan el respaldo de la masa india y campesina, pese a la heterogeneidad de esa franja ampliamente mayoritaria.

De ahí que la represión directa fuera en Leguía un recurso extremo, si bien no la ahorraba cuando la entendía necesaria. Así, se las compuso para enviar a Mariátegui al exilio con un argumento que le hacía aparecer como un demócrata bondadoso hasta con sus enemigos: le dio una beca para marchar a Europa a tratarse de su enfermedad, cuando Mariátegui ya había transformado al diario La Razón en portavoz casi oficial de la Federación Obrera Regional Peruana, de tendencia anarquista, en 1919.

Allí, en Europa, más precisamente en Italia, empezaría la gran historia política de José Carlos Mariátegui.

En enero de 1921, Mariátegui fue testigo y parte de la huelga general con ocupaciones de fábricas en Turín y se vinculó con el grupo de intelectuales revolucionarios agrupados en torno de L’Ordine Nuovo (El Orden Nuevo), dirigido por Antonio Gramsci. Era el grupo llamado “tercerista”, porque propugnaba la salida del Partido Socialista Italiano de la II Internacional y su incorporación a la Internacional Comunista, aún conducida por Lenin y Trotsky.

Pero no sería ésa la única influencia recibida por Mariátegui. También rescató el “idealismo historicista” de Benedetto Croce10 y, sobre todo, el “humanismo” del anarquista Georges Sorel (1847-1922), a quien Lenin había calificado de “embrollador” en su Materialismo y empirocriticismo (1908). Sorel fue uno de los creadores del anarcosindicalismo; esto es, del sindicato en cuanto herramienta revolucionaria única, con lo cual negaba la necesidad del partido. También fue impulsor de la huelga general, del empleo de los mitos (de la religiosidad) y de la “violencia sin límites”. Sus ideas influyeron notablemente no sólo en Mariátegui: también en Benito Mussolini, quien hasta 1914 perteneció al ala izquierda del Partido Socialista y dirigió el periódico Avanti!, medio de prensa oficial del PS. Cuando, de la noche a la mañana, Mussolini comenzó a sostener ideas opuestas a las que había defendido hasta la víspera y fundó el Fasci di Combattimento, Sorel lo siguió y llegó a ser un dirigente fascista. Por supuesto no fue el caso de Mariátegui, pero se debe tener en cuenta la mezcolanza de posturas con las cuales trataría luego de organizar un peculiar sincretismo ideológico, aunque sin traspasar jamás dos fronteras definitorias: el internacionalismo proletario (la revolución latinoamericana, decía, sólo será una fase de la revolución mundial, lo cual de algún modo lo vincula con el ideario desarrollado por Trotsky en La revolución permanente) y su oposición cerrada a los frentes populares, a cualquier alianza con la burguesía, pero, especialmente, su convicción de la incapacidad burguesa en los países atrasados de desenvolver cualquier revolución democrática, todo lo cual, por supuesto, hizo que el estalinismo, especialmente el Secretariado Latinoamericano que tenía por presidente al argentino Vittorio Codovilla –un agente de la policía política de Stalin– lo combatiera primero, lo aislara después y, tras su muerte, lo borrara de la “historia oficial” del comunismo peruano y de América latina hasta hace poco tiempo, cuando, tras castrar cualquier aspecto revolucionario de sus postulados, decidió beatificarlo al igual que casi todo el reformismo. Así, la figura de Mariátegui fue abordada tardíamente en multitud ¡pobre de él! como si fuera el tren de las seis de la tarde.

También conoció en Europa, y formó parte de su construcción intelectual, la obra de Friedrich Nietzche, crítico como pocos de la pereza mental de la burguesía decadente, enloquecido al no encontrar salida a la mediocridad; las teorías de Sigmund Freud, creador del psicoanálisis; a André Breton, quien años más tarde firmaría con Trotsky el Manifiesto por un arte independiente; y a Ortega y Gasset y a Romain Rolland, a quienes comparó en estos términos:
“Ortega y Gasset habla del alma desencantada. Romain Rolland habla del alma encantada ¿Cuál de los dos tiene razón? Ambas almas coexisten. El alma desencantada de Ortega y Gasset es el alma de la decadente civilización burguesa. El alma encantada de Romain Rolland es el alma de los forjadores de la nueva civilización. Ortega y Gasset no ve sino el ocaso, el tramonto… Romain Rolland ve el alba”.11

Pero volvamos al invierno turinés de 1921.

La organización del movimiento obrero italiano nació impregnada de ideas republicanas y jacobinas, incluso de los socialistas utópicos del siglo XVIII, llegadas desde Francia. Después de la guerra por la unificación nacional (1856) comandada por Giuseppe Garibaldi, la vanguardia proletaria de Italia recibió la fuerte influencia del anarquista ruso Mijail Bakunin, quien, con algunas interrupciones, actuó en el país entre 1864 y 1868, y entre 1872 y 1878.

Cuando en la Asociación Internacional de Trabajadores (I Internacional) se produjo la ruptura entre marxistas y anarquistas, la mayoría de la sección italiana, integrada por republicanos garibaldinos y héroes de guerra como Giuseppe Mazzini,12 se quedó con Bakunin. Esa influencia anarquista en Italia –allí y en España, el anarquismo tenía sus bastiones europeos– daría a Mariátegui buena experiencia para su propia polémica con los anarquistas peruanos.

Sólo en 1892, fruto en gran parte de los esfuerzos del abogado y periodista Filippo Turati, se fundó el Partido de los Trabajadores Italianos, en el cual se agruparon quienes se declaraban partidarios del socialismo científico de Marx y Engels. En 1893 pasó a denominarse Partido Socialista de los Trabajadores Italianos; luego, en su III Congreso, que sesionó en Parma, tomó su nombre definitivo: Partido Socialista Italiano, que en 1889 se afilió a la Internacional Socialista. Así quedó formulada en Italia, en la constitución de organizaciones políticas, la división entre anarquistas y marxistas.

El PSI fue desde su génesis un partido heterogéneo; esto es, un movimiento antes que un partido. El partido, por definición, agrupa a sus militantes en torno de determinado programa, de determinada estrategia de poder. En cambio, el socialismo italiano reunía a socialistas, liberales de izquierda, radicales burgueses e incluso a anarquistas disgustados con Bakunin. Más o menos rápidamente, el Partido Socialista hizo suyas las tesis del socialdemócrata alemán Eduardo Bernstein sobre el “tránsito pacífico” al socialismo.

Pero aquella no era una institución estática: la lucha de ideas se desarrollaba en ella intensamente, fronteras adentro, definida por la lucha de clases nacional e internacional. Así se generó una fuerte fracción de izquierda que ganó la mayoría al producirse el debate sobre la guerra en la Internacional Socialista y, sobre todo, al estallar la Revolución Rusa en 1917. Cuando, impulsada por Lenin y Trotsky, se fundó la Internacional Comunista o III Internacional en 1919, que devolvió al lenguaje del mundo el vocablo “comunismo” por primera vez desde la Comuna de París (1871), el PSI fue el primero y el único de los grandes partidos de Europa que adhirió a la nueva Internacional, lo cual provocó, por supuesto, otra ruptura.
En verdad, el debate sobre qué hacer ante la guerra se había adelantado en Italia por la primera invasión de ese país a Libia entre 1911 y 1912. El portavoz del ala izquierda, Benito Mussolini, por entonces de 28 años y agitador destacado en Forli, hombre de oratoria mediocre pero fogosa, propuso y logró que el XIII Congreso del partido, reunido en Reggia Emilia en julio de 1912, expulsara a las principales figuras del ala derecha, partidaria de respaldar la guerra. Así, quedaron separados del PSI los diputados Bonomi, Bissolati, Cabrini y Podrecca.

Desde 1912 la dirección del partido quedó en manos de su ala izquierda y Mussolini se hizo cargo de la jefatura de redacción de Avanti! En 1914, para sorpresa de todos, Mussolini cambió de postura: se declaró partidario de la “defensa de la patria” y exigió que el partido impulsara el ingreso de Italia en la guerra para combatir junto con los aliados al imperio alemán de los Habsburgo. Mussolini fue expulsado de inmediato y la posición del partido no varió. Llamativamente, con Mussolini se fue buena parte de los anarcosindicalistas, que luego estarían entre los primeros cuadros del Fasci di Combattimento.

En mayo de 1915 el PSI fue el único de los partidos socialistas de Europa occidental que votó por unanimidad contra el ingreso de su país en la guerra, que no aceptó tregua alguna en la lucha obrera durante el conflicto bélico y rechazó cualquier oferta de integrar un gobierno burgués, postura sólo comparable a la de los bolcheviques rusos y los socialistas serbios. Es más, durante mucho tiempo fue el único partido que envió a los Congresos de la III Internacional a su dirección oficial y no a una representación de la minoría de izquierda, cosa que ya había sucedido en las conferencias de Zimmerwald (1915) y Kienthal (1916), que, en disidencia con la conducción de la Internacional Socialista, prepararon una campaña contra la guerra y de algún modo colocaron los cimientos de la III Internacional.

No obstante, los acontecimientos decisivos de la lucha comenzaron a principios del verano de 1919, con la constitución de la Repúblicas de Consejos (soviets) en Hungría y en Baviera, y el reguero de huelgas en Italia, Inglaterra y Francia contra la agresión de sus propios gobiernos a la Rusia soviética. En el Congreso de la Internacional Comunista de 1919, Lenin en persona envió “un ardiente saludo a los trabajadores italianos y a su partido”, y añadió que el PSI, “en la práctica, se ha unido al comunismo”.

Empero, la lucha interna proseguía.

Ni siquiera la llamada “ala izquierda” del partido lograba homogeneidad. Por un lado se agruparon los seguidores del ingeniero napolitano Amadeo Bordiga, editor del semanario Il Soviet. Influido por el anarquismo, se manifestaba en contra de toda intervención parlamentaria y sostenía que la Revolución Rusa demostraba que la transición socialista sólo podía lograrse mediante un acto de fuerza. Sostenía la consigna “imitemos a Lenin”.

Por cierto, no era ésa la posición del revolucionario ruso: por supuesto la revolución es un acto de fuerza y Lenin, como Marx, sostenía que la violencia es la partera de la historia, cosa probada por las revoluciones burguesas mucho antes de la toma del poder por los bolcheviques, pero eso no elimina la necesidad de la lucha parlamentaria.

Por otro lado, la mayoría del partido, también del ala izquierda, tenía su punto de referencia en Avanti!, dirigido por Giacinto Menotti Serrati tras la expulsión de Mussolini. El programa de esa fracción aceptaba, igual que la otra, la dictadura del proletariado, pero sostenía que la revolución podía hacerse por diferentes vías, de acuerdo con las circunstancias: la insurrección armada o la conquista de la mayoría parlamentaria, una contradicción en sí misma y también ajena al pensamiento de Lenin, aunque todos se proclamaban “leninistas”.

Entretanto, en la ciudad industrial de Turín se había organizado, durante la guerra, un grupo de jóvenes intelectuales que se habían conocido en la universidad: allí estaban Antonio Gramsci, Palmiro Togliatti, Angelo Tasca, Umberto Terracini, Alfonso Leonetti y Piero Gobetti. Con ellos tomó contacto Mariátegui, sobre todo con Gobetti, de quien se hizo amigo. Allí comenzó a pensar Mariátegui en la necesidad de un vínculo creativo entre lo que llamó “marxismo europeo” y la realidad latinoamericana. Siempre se debe tener en cuenta que, al hablar de Mariátegui, se habla de una corriente de pensamiento que apenas comenzaba a gatear. No resulta prudente, antes de considerar globalmente sus ideas, pensar que intenta establecer una dicotomía, una suerte de “dos marxismos”, uno útil en Europa y el otro en América latina. Por todo lo sostenido durante su vida política posterior, se infiere que no era tal el propósito de Mariátegui, sino aplicar el método de Marx a la realidad sobre la que él pretendía operar. Y, en ese punto, debía marchar sobre terreno virgen, porque nadie lo había intentado antes que él. Por eso, seguramente, llegó a decir que en Latinoamérica el marxismo es un acto de “creación heroica”.

Aquellos jóvenes turineses editaban su periódico, L’Ordine Nuovo (El Orden Nuevo), y propugnaban la constitución de consejos de fábrica en las plantas industriales de Turín. Su posición ante las elecciones tampoco era clara, al punto que en 1920 hicieron un pacto de circunstancias con Bordiga que permitió a éste mantener su mayoría en el comité central.

En marzo y abril de 1920 empezaron en Turín y en diversas regiones italianas grandes revueltas obreras, que permitieron al grupo de Gramsci organizar la huelga general en todo el Piamonte y consejos de fábrica en las plantas tomadas, casi todas las de la ciudad. Esos consejos asumieron la conducción del movimiento y aceptaron la dirección política de L’Ordine Nuovo. Gramsci pidió al comité central que comenzara un plan de agitación en toda Italia para extender la huelga turinesa –lo cual no era en modo alguno imposible– en una perspectiva revolucionaria, pero el CC se negó, desautorizó lo hecho por el comité de Turín y dejó aislado al equipo político de Gramsci.

Así fue que Gramsci redactó sus nueve tesis “Para una renovación del Partido Socialista Italiano”, publicadas el 8 de mayo de 1920 en L’Ordine Nuovo. En ese escrito, Gramsci califica a los dirigentes del partido de “rutinarios”, prisioneros de su propia molicie y de haber llevado a la organización a un estado de parálisis interna y externa, además de transformar el ingreso en la Internacional Comunista en un acto administrativo, porque no se aplicaba la línea política del Komintern (Comité Internacional o Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista). En el II Congreso de la IC, que sesionó en Moscú durante el verano (boreal) de 1920, Lenin avaló personalmente las tesis de Gramsci, que resultaron aprobadas. Bordiga, que no era miembro de la delegación oficial del partido a ese Congreso, asistió invitado por Lenin, quien le pidió que leyera su folleto, recién publicado, “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, en el cual, precisamente, el jefe revolucionario ruso desarrolla su postura sobre la intervención electoral del partido revolucionario y de qué modo los comunistas deben emplear sus bancas para desarrollar en el parlamento burgués un trabajo de zapa orientado a la destrucción de ese mismo parlamento, y promover desde allí la organización y la acción directa de los trabajadores. Esto es: salvo en situaciones excepcionales, la actuación electoral del partido resulta obligatoria, pero, al mismo tiempo, jamás puede pensarse que la revolución se consumará sólo por lograrse mayoría parlamentaria. La actividad legislativa del partido revolucionario es propaganda, agitación y organización para contribuir a la preparación de ese acto de fuerza que es el estallido y la victoria de la revolución proletaria. Esas posturas leninistas fueron asimiladas y rescatadas por Mariátegui en su artículo “Lenin”, escrito, de regreso en el Perú, en la revista Amauta, que él dirigió y a la cual ya nos referiremos.

Después de cuatro meses en Moscú, la delegación italiana regresó a su país sin haber superado las divisiones internas.

El 1° de agosto de 1920 llegó a Italia la circular de la Internacional que obligaba a todos sus adherentes a aceptar las “21 condiciones” de pertenencia, entre ellas la de cambiar el nombre de la organización por el de Partido Comunista. En el caso específico de Italia, la Internacional exigió la expulsión del diputado Filippo Turati, líder del ala derecha del partido. Serrati se opuso a ambas posturas, así como en el Congreso de Moscú había hecho frente abiertamente a las posiciones de Lenin.

Mariátegui, en medio de esa lucha política, fue delegado al XVII Congreso del Partido Socialista, convocado en la ciudad portuaria de Liorna en enero de 1921. Después de varios días de debates, la ruptura se produjo a trompadas. Los partidarios de la fracción comunista, entre ellos Bordiga, Gramsci y el propio Mariátegui, abandonaron la sala de sesiones y se dirigieron al teatro San Marco, donde, el 21 de enero, quedó fundado el Partido Comunista Italiano (PCI).

Entretanto, la decisión del PSI de dejar solos a los huelguistas turineses derivó en catástrofe. Por cierto, no se da por supuesto que si la conducción partidaria hubiera hecho lo correcto el movimiento revolucionario habría logrado la victoria – nadie vende seguros contra derrotas–  pero sí que se trataba de tomar el único camino que hacía posible el triunfo.

Desde marzo-abril de 1920 las fábricas en Turín estaban ocupadas por sus trabajadores y se habían constituido milicias obreras armadas. Rápidamente, la huelga insurreccional se extendió a todo el Piamonte y comenzó a golpear fuerte en los principales centros industriales del país. El aislamiento – esto es, la traición del PSI–  dejó solos a esos obreros y a la propia dirección regional del partido, lo cual permitió al gobierno aplastar militarmente la huelga.
En este punto, se hace necesaria una reflexión: el fascismo no puede imponerse por la simple decisión de la extrema derecha. Al fascismo tienen que construirlo y esa construcción exige en todos los casos que antes se haya producido una revolución proletaria derrotada. Sólo entonces los fascistas pueden arrojar a las clases medias contra el proletariado y lograr que ya ni siquiera haga falta acudir a la policía para reprimir las huelgas sino a desclasados, a lúmpenes organizados, que eso eran los “camisas pardas” mussolinianos.

José Carlos Mariátegui fue testigo y parte de todo ese proceso. Con él armó el bagaje que llevó de regreso al Perú, tras desposar, como él mismo dijo, una mujer y algunas ideas.

El Amauta

El 17 de marzo de 1923 Mariátegui se encontraba otra vez en Lima. Cuando dejó Italia, Mussolini estaba a punto de tomar el poder. En sus escritos de la época, sostuvo que el fascismo es una última respuesta a la crisis social –a la revolución en ciernes–, y que necesita del respaldo de las masas o, por lo menos, de una franja importante de ellas. La victoria fascista, añadía Mariátegui, es el precio que debe pagar un país por las contradicciones de la izquierda. Todavía entonces veía en la lucha política de las corrientes socialistas una tragedia, no la necesidad de depurar al partido revolucionario de quienes no quieren destruir al capitalismo sino conciliar con él. Luego, el propio Mariátegui comprendería eso como pocos y perdería todo temor a la lucha fraccional e incluso a las rupturas.

En cuanto regresó a su país reanudó sus contactos con Raúl Haya de la Torre, líder de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA).

En octubre de 1923, Haya de la Torre debió exiliarse en México, perseguido por el régimen de Leguía, y dejó a Mariátegui a cargo de la dirección de la revista Claridad. En ese punto comienza la ruptura de Mariátegui con el APRA, cuando dedicó el quinto número de la publicación a difundir las ideas de Lenin, que el aprismo rechazaba explícitamente.

El APRA, si tal comparación histórica nos está permitida por la diferencia de lugares y circunstancias, guarda cierta similitud con lo que luego sería el sandinismo nicaragüense: un movimiento nacionalista burgués dirigido por una franja de la pequeña burguesía radical. El APRA incluso pretendía dar un paso más y, como su nombre indica, procuraba constituirse en una corriente continental, ya no sólo peruana.

El aprismo y su líder decían tomar su programa y su forma de organización del Kuomintang chino, dirigido por Chiang Kai-shek, hasta 1927 miembro simpatizante, u “observador”, de la III Internacional, conducida ya por la camarilla de Stalin. Ese año, una insurrección obrera comenzada en Cantón fue masacrada por Chiang –incluso aniquiló físicamente al PC– quien giró rápidamente hacia el fascismo. Empero, Stalin insistió: cargó todas las culpas sobre el comité central del partido chino y éste sobre sus cuadros de base, la mayoría de los cuales estaban muertos. Trotsky, quien desde el primer momento había calificado de suicida el ingreso en el Kuomintang y de improcedente la presencia de Chiang en los congresos de la Internacional, dijo tras la masacre, respecto de Stalin, cuán sorprendente resultaba que un partido pudiera preverlo todo salvo que sus propios cuadros no serían capaces de responder a la situación.

Allí se inauguró la teoría del “frente popular”; esto es, de la subordinación de los partidos comunistas a la burguesía “progresista” en los países atrasados (luego se vería que en las naciones avanzadas, como Francia en 1936, se aplicaría la misma línea, de modo que se trataba de una política contrarrevolucionaria empleada a escala universal). También se estrenó en China el “frente de las cuatro clases”: burguesía nacional, pequeña burguesía, campesinado y clase obrera, bajo conducción política burguesa.

Esas banderas fueron apropiadas por el APRA y, dicho sea al pasar, Juan Domingo Perón admitió muchas veces la influencia aprista en su movimiento.

De ese hecho se extraen dos deducciones de importancia mayor:

* El nacionalismo, que de continuo califica al marxismo de “extranjerizante” o “eurocentrista”, también importa sus ideas, sólo que, a diferencia de los marxistas, compra en el exterior ideas reaccionarias, contrarrevolucionarias. Conviene recordar, además, que la universalidad de la producción capitalista universaliza las ideas y la cultura. Desde ese punto de vista, nuestra época, la época del imperialismo –ya lo era en vida de Mariátegui– es efectivamente “global” aunque no en el sentido que dan a la palabra el imperialismo y los intelectuales a su servicio, quienes pretenden ver en esa llamada “globalización” –con sus guerras de rapiña, hambrunas y destrucción planetaria– la cúspide del progreso humano;

* El nacionalismo siempre ha sido incapaz de elaborar teoría: en ese punto abrevó históricamente, incluso sus vertientes más reaccionarias, del estalinismo.
Por lo demás, al igual que el peronismo y el MNR boliviano, o los casos actuales de Evo Morales –cuyas tropas intervinieron en la masacre de Soleil City, Haití– o Hugo Chávez –con sus diferencias de grado– el nacionalismo de la burguesía supone que la contradicción entre la nación oprimida y el imperialismo anula o por lo menos reduce a una expresión mínima la lucha de clases dentro del país sometido. Es la nación en su conjunto, dicen, la que debe hacer frente, unitariamente, a la dominación imperialista. El marxismo, en cambio, sostiene que sólo el proletariado, transformado en caudillo nacional, puede dirigir esa lucha y conducirla al triunfo.

Mariátegui rompería radicalmente con las ideas nacionalistas, y parte clave de esa ruptura fue su actitud de dedicar a Lenin un número completo de Claridad. Él repudiaría enérgicamente la política de los “frentes populares” y sostendría, como veremos, que la raquítica burguesía peruana, por completo sometida al amo extranjero, no podía ni se proponía conducir proceso revolucionario alguno: ésa era tarea reservada a obreros y campesinos. Mariátegui no hacía mayores distinciones entre clase obrera y campesinado, con lo cual de algún modo tornaba a las posturas sostenidas por Lenin hasta poco antes de 1917, cuando el revolucionario ruso proponía una “dictadura democrática” de obreros y campesinos. Esas ideas de Lenin son anteriores a su Tesis de abril, en la que propugna abiertamente la dictadura del proletariado aun en un país de mayoría campesina. Ése había sido uno de los puntos clave de la árida polémica entre Lenin y Trotsky a comienzos del siglo XX; por eso, aquella Tesis señala la confluencia histórica de dos gigantes de la revolución.

Otro punto decisivo de la ruptura de Mariátegui con el APRA fue el internacionalismo: Haya de la Torre sostenía que los trabajadores peruanos, y los latinoamericanos en general, nada tenían en común con los obreros norteamericanos ni con los europeos, seguidores fieles, según él, de sus burguesías imperialistas. Mariátegui había hecho su experiencia personal en la lucha de clases europea y consideraba disparatada esa tesis del APRA. El capitalismo es un modo de producción mundial, decía Mariátegui; por tanto, también debía serlo la lucha de clases, e izaba cual bandera la antigua consigna de El Manifiesto Comunista: “¡Proletarios del mundo, uníos!”

De todos modos, Mariátegui no alcanzó a esbozar un plan sistemático de la revolución peruana como el elaborado por Trotsky –por quien manifestó muchas veces su admiración– en La revolución permanente. Sin embargo, entraría en polémica frontal con las tesis “etapistas” –primero la revolución democrática, conducida por la burguesía; luego, la revolución proletaria para abordar las tareas socialistas en un futuro indefinido– impulsadas por la Internacional Comunista dominada por el estalinismo. Esa postura le atraería el odio cerril –lo cual habla muy bien de él– de Vittorio Codovilla.

Empero, al tiempo de rechazar el “etapismo” de la corrompida socialdemocracia y de repudiar cualquier tipo de alianza con la burguesía nacional, Mariátegui no define qué tipo de gobierno –sólo habla de la unidad obrera y campesina– podría fusionar la fase democrática y burguesa de la revolución con la fase socialista. Al no dar ese paso, deja abierta una hendija al reformismo.

Debe tenerse en cuenta, conviene insistir, que ése era entonces un problema teórico novedoso –la revolución proletaria en un país capitalista atrasado–, que duramente iba resolviéndose en la Internacional Comunista para destruirse tras la muerte de Lenin. Por eso las limitaciones de Mariátegui son, hasta cierto punto, las de su época. En cambio, sus aciertos resultan definitorios, enormes.

En septiembre de 1926, Mariátegui fundó la revista Amauta (del quechua hamaut’a, que significa sabio o maestro). En ella escribió varios artículos que luego formarían parte de su obra cumbre: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicado en 1928 y aún hoy de lectura indispensable. Ese año, precisamente, terminó de romper con Haya de la Torre y fundó el Partido Socialista Peruano (PSP), que luego de su muerte, en 1930, pasaría a llamarse Partido Comunista del Perú.

Amauta no era ni podía ser todavía un órgano partidario; más bien, expresaba una tendencia hacia la idea de partido –Mariátegui la había traído de Europa– y en ella escribieron intelectuales de valía pero de posturas diversas, como José María Eguren, Martín Adán y Luis Alberto Sánchez, entre otros.

Además, Amauta exhibe, desde su nombre, el intento de Mariátegui por buscar una suerte de sincretismo entre marxismo e indigenismo. En esa época dice que la aplicación del método marxista al análisis de la realidad latinoamericana es un acto de “creación heroica”.

Por otra parte, nadie suponga que Mariátegui fue sólo un pensador, un teórico. En él, como en pocos otros, se encuentra la síntesis magnífica entre teoría y práctica, entre ser y pensar.

Desde muy joven los suburbios limeños conocieron al “renguito” que recorría casas y barrios para repartir panfletos y se apasionaba en discusiones sobre la necesidad de la organización y la unidad obrera.

Ese esfuerzo empezó a minar su salud definitivamente, hasta que, en 1929, ya enfermo de muerte, logró su mayor conquista desde el punto de vista de la organización sindical de la clase, que jamás descuidó: ese año fundó la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP).

Falleció el 16 de abril de 1930, a los 35 años, en vísperas de un siempre postergado viaje a Buenos Aires para hacerse tratar por complicaciones surgidas de la amputación de su pierna. Ya era tarde.

Los Siete ensayos…

Resulta indispensable subrayar que ningún resumen o comentario acerca de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana puede reemplazar la necesaria lectura del texto.13 Aquí sólo podremos referirnos a algunos pocos aspectos centrales del libro.

En principio, resulta de interés especial referirse al que Mariátegui denomina “El período del guano y del salitre” (I Ensayo).

El guano (del quechua wanu: estiércol) es materia excrementicia de aves marinas, acumulada abundantemente en varias islas y en las costas de Chile y del Perú, empleada a modo de abono. Los abonos artificiales primero y los agroquímicos luego le hicieron perder casi toda utilidad, aunque su explotación se mantiene hasta hoy en escala menor.

En cuanto al salitre, o nitrato, abunda en regiones del norte chileno, en Perú y en Bolivia, sobre todo en zonas donde profundos cambios geológicos elevaron a alturas de hasta cuatro mil metros o más plataformas que antaño formaban parte del fondo marino, transformadas ahora en enormes depósitos de sal. Así es, por ejemplo, que en los grandes salitrales del Altiplano boliviano se encuentran fósiles marinos en abundancia. Su importancia comercial también decayó por la elaboración de sales industriales.

“El capítulo de la evolución de la economía peruana que se abre con el descubrimiento de la riqueza del guano y del salitre y se cierra con su pérdida, explica totalmente una serie de fenómenos políticos de nuestro proceso histórico, que una concepción anecdótica y retórica antes que romántica de la historia peruana se ha complacido tan superficialmente en desfigurar y contrahacer”.14

Añade Mariátegui:

“España nos quería y nos guardaba como país productor de metales preciosos. Inglaterra nos prefirió como país productor de guano y salitre. Pero este diferente gesto no acusaba, por supuesto, un móvil diverso. Lo que cambiaba no era el móvil, sino la época… el guano y el salitre –que para anteriores civilizaciones habrían carecido de valor pero que para una civilización industrial adquirían un precio extraordinario– constituían una reserva casi exclusivamente nuestra… Mientras que para extraer de las entrañas de los Andes el oro, la plata, el cobre, el carbón, se tenían que salvar ásperas montañas y enormes distancias, el salitre y el guano yacían en la costa casi al alcance de los barcos que venían a buscarlos.

La fácil explotación de este recurso natural dominó las otras manifestaciones de la vida económica del país. El guano y el salitre ocuparon un puesto desmesurado en la economía peruana. Sus sedimentos se convirtieron en la principal renta fiscal. El país se sintió rico. El Estado usó sin medida de su crédito. Vivió en el derroche, hipotecando su porvenir a las finanzas inglesas”.15

Hasta ahí un análisis casi puramente económico de la cuestión, en el cual, empero, se observa la filosa capacidad del autor para determinar los cambio económicos de su país en relación directa con la evolución de los mercados mundiales. Pero, de inmediato, señala que “el hecho económico es más complejo y trascendental de lo que parece”…

En efecto,

“El guano y el salitre, ante todo, cumplieron la función de crear un activo tráfico con el mundo occidental en un periodo en que el Perú, mal situado geográficamente, no disponía de grandes medios de atraer a su suelo las corrientes colonizadoras y civilizadoras que fecundaban ya otros lugares de la América indo ibérica. Ese tráfico colocó nuestra economía bajo el control del capital británico al cual, en consecuencia de las deudas tomadas con la garantía de ambos productos, debíamos entregar más tarde la administración de los ferrocarriles; esto es, de los resortes mismos de la explotación de nuestros recursos”.16
Esas explotaciones, prosigue Mariátegui, sacaron del primer plano de la economía y la política peruanas las relaciones de producción hasta entonces aristocrático feudales y, además de vincular al Perú con el mundo más avanzado, crearon los primeros elementos sólidos de capital comercial y bancario. Los excrementos de las aves y los depósitos salitreros parieron a la burguesía peruana y la determinaron. Esa burguesía se formó principalmente entre los sucesores de los encomenderos y terratenientes de la Colonia, pero se vio obligada, por su nueva función, a adoptar principios de la economía y la política liberales. Como diría Marx, la existencia determina la conciencia, y la burguesía, en todos los casos, hace suya la ideología que mejor conviene a su bolsa. Como se ve, dejamos a un lado aquí la vieja polémica sobre el modo de producción imperante durante la Colonia, que el propio Mariátegui tratará más adelante aplicando el principio del desarrollo desigual y combinado al analizar las particularidades de determinada formación económica y social. Sólo adelantemos que, como indicará el propio Mariátegui, esa burguesía, por su papel en la economía mundial –simple productora de materias primas que habrían de alimentar las industrias europeas, sin vínculos con el mercado interno– nació raquítica, nació vieja. Pedir a esa burguesía, como hace el estalinismo, que ejecute una revolución democrática –su propia revolución, como habían hecho en el pasado la burguesía europea y luego la norteamericana– sería pedir peras al olmo. En ese aspecto radica uno de los puntos más claros y valiosos de todo el pensamiento marxista de Mariátegui.

El problema de la tierra

La cuestión campesina, tratada por Mariátegui en su El problema agrario y el problema del indio,17 resulta un corolario de las tesis expuestas por él en su Siete ensayos…. Hay allí evidentes errores que han servido a ciertos “marxistas” para declarar inválidas todas sus posturas. Tal el caso, por ejemplo, de Liborio Justo, “Quebracho”.18

Por ejemplo, Mariátegui sostiene que el Imperio de los incas tuvo bases económicas y sociales comunistas. Eso no fue así: si bien la producción y la propiedad eran formalmente colectivas, y persistían y persisten hasta hoy resabios del viejo comunismo primitivo en algunas comunidades indígenas de Bolivia y Perú, el producto del trabajo enriquecía a la clase dominante que, como en el antiguo Egipto, tomaba la forma de una casta religiosa.

Por otra parte, el poder del Estado era allí omnipotente, con poderes para intervenir incluso en la vida privada de la población. Empero, hacer hincapié en ese punto implica caer en el viejo y repetido error de observar determinada formación económica y social, con todos sus derivados culturales, con los ojos del moderno sociólogo occidental, por lo general incapaz de entender nada. Signo de atraso o lo que se quiera, la libertad individual no constituía en el Incario un valor importante. Sí, en cambio, lo era el hecho de que la población, incluido el bajo pueblo, tenía sus necesidades materiales satisfechas. Por supuesto –parece una perogrullada– esas necesidades cambian según las sociedades avanzan y ése ha sido más de una vez el gran problema de las revoluciones: crearon nuevas necesidades más rápidamente que medios para satisfacerlas.

Pero tampoco es cierto que se tratara de una sociedad en quietud, que no transformaba de continuo su modo de producción. Quedó dicho que el dictador Leguía se dio a sí mismo el título de Viracocha, precisamente por la modernización en los sistemas de cultivo que aquel emperador introdujo con su consiguiente progreso económico. También se debe reiterar que cualquier evolución posterior quedó cortada de cuajo por la invasión conquistadora.

En definitiva, el Incario parecía más un régimen de transición desde el comunismo primitivo hacia el feudalismo, sin pasar por la “etapa” esclavista –comparable con el que Marx llamó “despotismo asiático”– antes que una sociedad socialista.

No obstante, Mariátegui, al hablar del “comunismo” incaico, pone el acento en instituciones del Imperio que sin duda habían sido heredadas del comunismo primitivo y aún subsisten en regiones campesinas de Bolivia: el ayllu y la minka, por ejemplo. En las comunidades agrícolas bolivianas, entre las parcelas individuales, propiedad de cada campesino, se encuentra una, más grande que las demás: he ahí el ayllu, tierra de propiedad colectiva, en la cual todos trabajan y todos se apropian igualitariamente de lo producido. Minka, vocablo quechua cuyo significado es “solidaridad”, implica que, si un campesino de la comunidad sufre una desgracia o pierde su cosecha, todos los demás acuden en su ayuda. Tales tradiciones, naturalmente, deben emplearse a fondo en la transformación del agro en esos países, lo cual obliga a transformar al campesinado en aliado de la clase obrera para consumar la revolución proletaria.

Puede discutirse el carácter social del Imperio del Inca, pero la sustancia del pensamiento de Mariátegui, la que mantiene plena actualidad, no es ésa sino la que sigue:

“Quienes desde el punto de vista socialista estudiamos y definimos el problema del indio, empezamos por declarar absolutamente superados los puntos de vista humanitarios o filantrópicos, en que, como una prolongación de la apostólica batalla del padre Las Casas,19 se apoyaba la antigua campaña pro indígena. Nuestro primer esfuerzo tiende a establecer su carácter de problema fundamentalmente económico… No nos contentamos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comenzamos por reivindicar, categóricamente, su derecho a la tierra…

El problema agrario se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación del feudalismo en el Perú. Esa liquidación debía haber sido realizada ya por el régimen democrático burgués formalmente establecido por la revolución de la independencia. Pero en el Perú no hemos tenido, en cien años de república, una verdadera clase burguesa, una verdadera clase capitalista”.20

“El problema del indio es el problema de la tierra”, diría una y otra vez, de modo de colocar el debate en su justo punto. Luego desarrollaría la cuestión del modo combinado de producción, de la formación económica y social específica del Perú: la superposición, la interrelación dialéctica entre formas distintas de producción: el capitalismo costeño, predominante pese a su condición primaria y primitiva, con el feudalismo agrario y las resacas del comunismo primitivo en la región serrana.

Pero Mariátegui ve y va más allá: dice que la eliminación del latifundio y su reemplazo por el minifundio es reaccionaria, cosa del pasado: “Yo pienso que la hora de ensayar en el Perú el método liberal, la fórmula individualista, ha pasado ya… considero fundamentalmente este factor incontestable y concreto que da un carácter peculiar a nuestro problema agrario: la supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígenas”.21

Como se ve, claramente Mariátegui se propone rescatar instituciones como el ayllu y la minka y no en sentido indigenista sino para darles otra proyección, una perspectiva socialista, de explotación colectiva del campo. Puede quizá criticarse la táctica si él la considera de manera absoluta, pero de modo alguno la estrategia decididamente socialista, comunista.

Hay, por cierto, mucho más que decir sobre José Carlos Mariátegui, tal vez el marxista latinoamericano sobre quien más se ha escrito después de Ernesto Guevara. Pero nos hemos propuesto rescatar esos aspectos centrales de su pensamiento que hacen de él un precursor, uno de nuestros mayores, una figura enorme hasta en sus errores.

De ahí, también, la utilidad de estudiar a Mariátegui a la hora de analizar la cuestión agraria argentina, donde los problemas analizados por él, sustancialmente permanecen y se han agravado:

“La expulsión de los campesinos de la tierra; el monopolio capitalista del agua de riego y la concentración de los medios de crédito financiero en manos de los grandes bancos vinculados con los terratenientes, siguen siendo en todo el norte de la Argentina las grandes cuestiones que enfrenta el movimiento campesino. La reactivación económica y el crecimiento de todos los índices de rentabilidad de las distintas ramas de la industria argentina, han azuzado aún más a los grandes capitalistas a despojar a los campesinos de la tierra para desarrollar sus producciones, en especial la sojera”.22

Esa nota enumera las demandas centrales del movimiento campesino hoy:

“Estatización del agua bajo gestión de los campesinos y de los trabajadores de las ciudades; titularización gratuita e inmediata de las tierras en favor de los campesinos; prohibición de cesión de tierras a sociedades anónimas y explotaciones capitalistas”.23

He ahí la continuidad de las mejores tradiciones del pensamiento de Mariátegui. En cuanto a la colectivización, que de ninguna manera puede ni debe ser compulsiva, resulta posible acudir a fuentes socialistas más antiguas aún:

“…el paso de la agricultura capitalista a la socialista es posible sin ninguna expropiación de los campesinos propietarios… El Estado (obrero) no sólo no quitará nada a los campesinos sino que les dará abundantemente. Los campesinos y los obreros agrícolas serán fuerzas de trabajo particularmente apreciadas al pasar de la sociedad capitalista a la socialista…
El socialismo no asfixiará el deseo que tiene toda persona en su íntegro desarrollo a poseer una casa propia; al contrario, lo generalizará creando al mismo tiempo las condiciones para satisfacerlo.

Que no tenga, pues, el campesino, ningún temor por su casa. El régimen socialista no dejará de imprimir su carácter peculiar en todos los dominios, incluido el hogar. Pero las modificaciones que traerá consigo –higiénicas y estéticas– en modo alguno perjudicarán el hogar del campesino…

Las viviendas campesinas de otras épocas – por ejemplo las de los campesinos suizos o rusos–  hacen las delicias de los arquitectos. Pero, hoy, es en las mansiones residenciales de la ciudad donde se perpetúa el arte de los campesinos, en cuyas casas las construcciones originales caen en ruinas sin ser reemplazadas. Sin embargo, bastaría con un poco de bienestar y de ocio creativo para devolver al campesino su gusto por el arte. El proletariado victorioso se lo dará. No sólo liberará a los esclavos asalariados de la industria, sino que el campo, cuyas grandes bellezas naturales contrastan hoy tan tristemente con la estupidez, la miseria y la suciedad… se convertirá, gracias a él (al proletariado triunfante), en un jardín floreciente, que albergará una generación libre, alegre y orgullosa”.24

Marxista “convicto y confeso”

José Carlos Mariátegui (1894-1930) es considerado fundador del marxismo latinoamericano, lo cual constituye toda una definición porque ella nos conduce a un problema teórico de importancia mayor. Al estudiar los aspectos relevantes de sus 35 años, la pregunta surge por sí: ¿puede existir un marxismo específicamente latinoamericano, una suerte de “marxismo nacional”, si hablamos de una corriente de pensamiento que parte del punto opuesto, del internacionalismo?

Algunos mecanicistas –el marxismo no está libre de ellos y, por el contrario, abundan entre nosotros– contestarán automáticamente que no, que la sola definición condena al así definido a portar el mote de “nacionalista”.

Si acudimos al auxilio de René Descartes –esto es, a la duda en cuanto base del pensamiento crítico– e indagamos la cuestión con detenimiento, podemos aproximarnos a un asunto clave que hace a nuestra militancia cotidiana, a nuestra propia práctica revolucionaria. Nos hemos dado el objetivo de enviar un puñado de ideas a la polémica no sólo con la burguesía –desde cierto punto de vista, la revolución es una gigantesca polémica entre burguesía y proletariado– sino sobre todo entre quienes nos proponemos construir el socialismo y el comunismo, porque a nosotros, más que a ningún otro, nos interesa ese debate.

Nadie pone en discusión que el capitalismo es un modo de producción internacional; por tanto, también lo son la burguesía y el proletariado, la lucha de clases en general, y Mariátegui reconocía esa realidad explícitamente. Es más, todo su análisis de la situación peruana comienza por situar a su país en los mercados mundiales, en su vínculo con ellos y con la lucha internacional de la clase obrera. Eso es especialmente así en nuestra época, la época del imperialismo, cuando un puñado de bandoleros propietarios del capital financiero (llamamos así a la fusión del capital industrial con el capital bancario) y de gigantescos monopolios, impone su predominio en el mundo con su secuela de guerras, hambrunas, catástrofes ambientales, luchas impiadosas entre ellos y de todos ellos contra la clase obrera internacional y contra los países que, de un modo u otro, se oponen o presentan resistencia a esa dominación.

La vieja teoría del socialdemócrata alemán Eduardo Bernstein, quien a fines del siglo XIX sostenía que el “superimperialismo” –la centralización de capitales llevada a su punto extremo– daría orden al mundo y abriría las puertas al tránsito pacífico e indoloro hacia el socialismo, fue destruida teóricamente hace mucho tiempo por Lenin y Rosa Luxemburgo, pero en nuestros días, y sobre todo a partir de la II Guerra Mundial, ha quedado trágicamente ahogada en sangre.

Las novedades técnicas en los modos de producir mercancías25 –por ejemplo la informática y la robótica, como en el pasado el carbón y después la electricidad– han generado modificaciones drásticas en la composición orgánica del capital; esto es, en la relación entre la masa de medios de producción y la cantidad de brazos obreros necesaria para ponerla en movimiento, al punto que, hasta poco tiempo atrás, ciertos “sociólogos” de la burguesía habían resuelto que el proletariado ya no existía.

Esos pájaros nocturnos, que sólo chillan en la oscuridad y se llaman a silencio con la primera luz del día, han tenido que rendirse ante la evidencia y buscar otros argumentos para dar a la contrarrevolución algún contenido “ideológico”, en lo posible travestido de “progresista”. Por ejemplo, los trabajadores de Metrovías o del Metro de Nueva York paran y los trenes no funcionan a pesar de la informatización; los obreros de General Motors hacen lo propio y los autos no salen de planta mal que le pese a la robótica, o los telefónicos declaran la huelga y los sistemas se caen por más que las empresas hayan instalado sus fibras ópticas y sus redes satelitales, grandes avances de la humanidad, ciertamente, pero inservibles sin la fuerza de trabajo humana que hace funcionar todo el andamiaje.

Novedosamente, así como el capital se centraliza y se transforma en capital financiero, en monopolios, en imperialismo, los trabajadores tienden a agruparse en sindicatos internacionales, lo cual, de lograrse, todavía estaría lejos de lo perdido por el proletariado cuando Stalin destruyó la Internacional Comunista hasta disolver, en 1943, lo que ya era desde hacía mucho un aparato burocrático y contrarrevolucionario. Aquella disolución se produjo por imposición de los Estados Unidos, que era entonces el “imperialismo democrático” según el gran organizador de derrotas. De ahí la necesidad urgente de refundar la IV Internacional, tarea a la cual nuestro partido dedica el mayor esfuerzo posible.

En definitiva, el proceso de internacionalización del capital, ya descripto por Marx y Engels en El Manifiesto Comunista, ha alcanzado un punto de inflexión: el desarrollo aluvial de las fuerzas productivas ya tiene un chaleco de fuerza insoportable en los límites estrechos y míseros, además de caóticos, del modo de producción capitalista, que necesita destruir esas fuerzas productivas y lo hace mediante guerras, masacres atroces, el hambre de más de media humanidad y, al mismo tiempo, no puede detener ese desarrollo porque es incapaz de controlarlo.

Se trata del fenómeno que los pensadores burgueses al servicio del imperialismo llaman “globalización” o “aldea global”. Aunque la realidad, por cierto tozuda, lo aplastó hasta obligarlo a desdecirse, quien más lejos llegó en esa línea fue Francis Fukuyama, uno de los productos más ridículos de Harvard, al proclamar el “fin de la historia”. Es decir: después de la “globalización” capitalista, nada. Hasta aquí llegamos.

Ahora bien: al hablar de Mariátegui nos referimos a un hombre fallecido hace casi 80 años, pero la pregunta que él nos dejó formulada sigue ahí, más vigente aún que en su tiempo. Si estamos ante un régimen internacionalizado de tal forma que la elaboración de una mercancía se desenvuelve a veces en tres o cuatro países antes de transformarse en producto terminado y concurrir al mercado, ¿puede hablarse de un “marxismo latinoamericano” o, más aún, de un “marxismo nacional”?

En ese sentido, debe tenerse en cuenta un principio liminar: vivimos en un mundo determinado por la economía mundial, pero ese régimen internacional no afecta a cada país y a cada región de modo idéntico; por el contrario, hace impacto sobre formaciones económicas y sociales distintas, que se modifican radicalmente ante la invasión imperialista y se combinan y se interrelacionan de manera peculiar con ese modo de producción llegado desde afuera (hablamos ahora de las naciones oprimidas, como el Perú de Mariátegui o de nuestra Argentina).

Por ejemplo: con toda su importancia y sus enormes luchas, el problema del indio y del campesino no tiene en la Argentina el peso social que sí tiene en Bolivia, Ecuador o Perú. No obstante, se trata de una cuestión clave, al punto que, cuando se habla en nuestro país de la distribución de la renta, se habla básicamente de la distribución de la renta agraria, y últimamente hemos asistido, como tantas veces, a peleas de perros por ese reparto. Se trata de particularidades que necesitan ser estudiadas con todo cuidado y minuciosidad, en sí y en sus vínculos con la economía mundial, siempre en pos de una estrategia única en todos los rincones de la Tierra: la dictadura del proletariado, porque ésta es la época de la revolución obrera y de ninguna otra.

Debemos recordar otro principio básico: el marxismo no es un dogma ni un formulario de recetas, sino un método vivo de análisis de una realidad también viva, en constante movimiento y transformación. El marxismo es la luz que nos ilumina la escena, pero no la escena misma. Por eso Mariátegui decía que, especialmente en América latina, la aplicación del método marxista constituye un acto de “creación heroica”.

Con todas sus limitaciones, que en buena parte fueron las limitaciones de su tiempo y de su país, de su lugar de lucha, ése fue el mérito histórico y gigantesco de José Carlos Mariátegui: se proclamó y fue, como él mismo dijo, “un marxista convicto y confeso”, un internacionalista convencido que procuró encender aquella luz para comprender la realidad que pretendía subvertir.

Ver notas:

http://prensa.po.org.ar/edm/la-creacion-heroica-de-jose-carlos-mariategui


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No hay Revolución sin Revolucionarios
Los revolucionarios de todo el mundo somos hermanos

Jose de San Martín


"Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria."
Comandante Ernesto "Che" Guevara

"En las peleas callejeras hay dos tipos de golpeadores. Está el que pega, ve sangre, se asusta y recula. Y está el que pega, ve sangre y va por todo, a matar. Muy bien, muchachos: vengo de afuera y les juro que hay olor a sangre"
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Re: Textos y discusiones sobre J. C. Mariategui: "El marxismo de José Carlos Mariátegui: Ni calco ni copia sino creación heroica" - Yolanda L. C. Rodríguez González / La “Creación Heroica” - Nacionalismo, Indigenismo Y Socialismo En "Nuestra América" (P.O)

Mensaje por Razion el Dom Feb 16, 2014 4:42 pm

P.O escribió:
Nacionalismo, Indigenismo Y Socialismo En "Nuestra América"

EN DEFENSA DE MARIATEGUI


El libro de Miguel Mazzeo, Invitación al descubrimiento: José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América, tiene particular importancia política en tanto no se trata de un simple ensayo “académico”: el autor es uno de los responsables de formación política del Frente Popular Darío Santillán, agrupación piquetera con presencia estudiantil en la UNLP. En la UBA, el libro fue promocionado y vendido por la agrupación La Mella, que publicó una reseña elogiosa del trabajo y organizó una presentación en la Facultad de Filosofía y Letras.

Un problema de métodoEl libro en cuestión tiene una seria deficiencia de método, que el autor intenta presentar como una virtud. Mazzeo admite de entrada que pretende hacer una “resignificación y actualización” de la obra de Mariátegui, en tanto la suya es una lectura “desde la actualidad”. Dicha resignificación, dice, tiene un adversario político concreto: según Mazzeo, se trata de elaborar “la reformulación de un proyecto socialista para Nuestra América” que rechace los proyectos de la “izquierda tradicional” (págs. 49 y 50). Mazzeo asegura que su intención es elaborar un nuevo “proyecto socialista para Nuestra América”.
Paradójicamente, Mazzeo presenta esta operación política de “resignificación” de Mariátegui, según las necesidades de su argumentación política presente, como una superación de los tradicionales debates en el campo de la izquierda por “apropiarse” del legado del marxista peruano. Sucede que, en nombre de una supuesta “superación” del método staliniano de “recortar” ciertos aspectos del pensamiento de un autor y censurar otros, con la intención de crearse “próceres” a imagen y semejanza, Mazzeo reproduce exactamente la misma operación. Para “resignificar” a Mariátegui según sus propias necesidades… tiene que inventarse uno, a fuerza de extrapolar conceptos, fragmentar citas y sacar conclusiones históricamente anacrónicas.

Para justificar su operación, Mazzeo sostiene que el suyo es un “ensayo” y que “los recortes son inevitables”, siempre y cuando se atienda a “las motivaciones que los determinan”. No es novedad: siempre son las inquietudes del presente las que guían las preguntas que cualquiera le hace al pasado. Pero eso no significa –no puede significar– una “carta blanca” para manipular a gusto y placer de cada quien los acontecimientos, el pensamiento de los militantes o los debates propios de una época. Mazzeo y La Mella pretenden “reformular el pensamiento socialista para Nuestra América”, pero comienzan por mal camino si para hacerlo tienen que inventarse un Mariátegui tan inexistente como el que han construido, a su muerte, el Apra y el PCP stalinista.

Como se sabe que quien busca algo siempre lo encuentra, a lo largo de las doscientas páginas del libro de Mazzeo elabora una cuidadosa operación para presentar a Mariátegui como antecesor de los “nuevos movimientos sociales”, el “poder popular”, el indigenismo y el chavismo. Mazzeo critica la manipulación histórica del stalinismo pero se apropia del mismo método, y “construye” un Mariátegui “a imagen y semejanza” suya.

Eclecticismo

Para encajar a Mariátegui en sus esquemas, Mazzeo se ve obligado a presentar al marxista de Lima como un ecléctico y un pragmático. A partir de la lectura del libro, el lector puede llevarse la impresión de que Mariátegui habría sido, en la práctica, una suerte de Bonaparte del pensamiento emancipatorio, capaz de colocarse por encima de múltiples corrientes… ¡incluso las surgidas después de su muerte! Según Mazzeo, Mariátegui “desplegó una inusual capacidad para contener, articular y superar positivamente otras tradiciones emancipatorias de Nuestra América, como el nacionalismo revolucionario, el agrarismo y el indigenismo radical (y también, de alguna manera, el afroamericanismo y al antillanismo radicales) y para prefigurar otras, como el guevarismo y la Teología de la Liberación” (págs. 45 y 46, subrayado nuestro).

Según Mazzeo, la clave es que Mariátegui no habría puesto en primer lugar la “teoría” (algo característico de lo que llama marxismo “gélido”) sino la experiencia y la práctica: “Mariátegui estuvo muy lejos de querer llenar los baches entre las clases subalternas y la política con intervenciones intelectuales. De ningún modo pretendió encontrar un reemplazo para la lucha de clases, la praxis, la experiencia y la identidad” (pág. 47).

Para justificar a ese Mariátegui “pragmático” -por no decir oportunista- Mazzeo elabora la principal tesis de su libro: sostiene que el eje fundamental de toda la obra del marxista peruano es la noción de “elementos de socialismo práctico”. Mazzeo extrapola así una noción que Mariátegui elaboró para referirse a las vinculaciones de solidaridad y reciprocidad que existían – y aún existen– entre las comunidades andinas, y la transforma en la columna vertebral de toda la obra intelectual y política del pensador peruano. Según Mazzeo, “tal vez, todo Mariátegui se pueda resumir en la noción de elementos de socialismo práctico. Laten en ella el socialismo como camino dinámico, intelectual, sentimental, místico y práctico: el optimismo de la acción, la fuerza creadora” (pág. 81).

En realidad, la reivindicación que hace Mariátegui de los elementos comunales de las sociedades indígenas fue realizada – en el mismo sentido que las valoraciones de la comuna campesina rusa elaboradas por Marx en cartas a Vera Zasulich– en el contexto de una polémica con el indigenismo expresado en las corrientes nacionalistas de su tiempo, en particular el aprismo. En los Siete Ensayos, Mariátegui sostuvo que la cuestión indígena en Latinoamérica debía abordarse como cuestión agraria: el problema fundamental era la propiedad latifundista que había dislocado -sin destruirlas– a las comunidades indígenas. Para Mariátegui, cualquier retorno al pasado “incaico” estaba fuera de lugar, del mismo modo que lo estaba cualquier planteo de tipo etapista que plantease la necesidad de una reforma agraria capitalista.

El problema del poder

Como se trata de un “ensayo” en el cual “los recortes son inevitables”, Mazzeo extrapola el concepto y pretende construir un Mariátegui que reivindica, en nombre del “socialismo práctico”, una “estrategia emancipatoria” que soslaya el problema de la toma del poder político por parte de los explotados. “¿Qué entiende Mariátegui”, se pregunta nuestro autor, “por elementos de socialismo práctico? En líneas generales podemos responder lo siguiente: un conjunto de prácticas sociales que se ratifican en torno a lo comunal, lo público y los valores de uso, también una ‘mentalidad’, un ‘espíritu’, en fin: una praxis” (pág. 93).

Con una curiosa interpretación de un párrafo de Mariátegui sobre el Imperio incaico –en el cual el peruano sostenía que los incas, a diferencia de los españoles, no habían “violentado” la organización socioeconómica de las comunidades indígenas–, Mazzeo desarrolla sus propios argumentos sobre el problema del poder: “Su idea del socialismo es del mismo signo: un socialismo que ‘no violente nada’, que dé cuenta de las singularidades, que no sea el fruto de una imposición externa y compulsiva de una totalidad totalizante, de la normativización de la productividad política de las bases, del forzamiento de una totalización trascendente” (pág. 84).

Sea lo que fuese que estas palabras grandilocuentes quieran decir, es claro que nada de ello se encuentra en Mariátegui, quien sostuvo, a lo largo de múltiples trabajos, que las tareas históricas del desarrollo nacional peruano sólo podían ser llevadas a cabo por la clase obrera y el campesinado, en el marco de una revolución que no era nacional ni democrática ni indigenista, sino socialista; es decir, que se plantease la lucha por el poder. El propio Mazzeo cita la carta de Mariátegui a Samuel Glusberg donde se lee: “Si la revolución exige violencia, autoridad, disciplina, estoy por la violencia, por la autoridad, por la disciplina. La acepto en bloque, con todos sus horrores, sin reservas cobardes” (pág. 84).

Pero dado que el Mariátegui de Mazzeo no tiene por qué parecerse al auténtico –después de todo, “los recortes son inevitables”– el autor señala, sin sonrojarse, que “el socialismo, inquebrantablemente concebido como propiedad colectiva de los medios de producción, autoorganización de las clases subalternas (sic) y poder popular (sic), era para Mariátegui el sistema social llamado a restituir esos equilibrios y a impulsar el desenvolvimiento de la comunidad” (págs. 91 y 92).

El problema del Estado

Según Mazzeo, Mariátegui se habría opuesto no sólo a pensar el problema del poder según la lógica del marxismo europeo: también habría elaborado una revisión a la idea del Estado obrero, es decir a la dictadura del proletariado. “La comunidad, órgano específico del comunismo campesino-indígena, era para Mariátegui la institución nacional autóctona que se erigía en alternativa al latifundio, a la “feudalidad” y también al capitalismo” (pág. 94).

Según Mazzeo “el ‘comunismo agrario del ayllu’ le sirve (sic) a Mariátegui como patrón de un socialismo no estatista. En efecto, Mariátegui no admite las representaciones que reducen al socialismo a la propiedad estatal de los medios de producción, que lo conciben como un epifenómeno de la misma” (pág. 96).

El problema del Estado –su carácter de clase, las tareas que se le presentaban a la clase obrera en su estrategia revolucionaria– fue objeto de fundamentales discusiones en la mejor tradición del marxismo revolucionario. Mazzeo da cuenta, sin embargo, de un provincialismo asombroso cuando intenta abordar la cuestión. Sostiene correctamente que, si bien Haya de la Torre “compartía con Mariátegui el argumento favorable a la comunidad campesina y la ‘tesis’ del ‘comunismo incaico’”, los diferenciaba la perspectiva de la revolución en Perú, en tanto y en cuanto, según Haya, “el colectivismo agrario era función de una revolución democrático-burguesa y no de una revolución socialista” (pág. 118). Mazzeo, sin embargo, entiende que la posición de Mariátegui es divergente de la de Haya no sólo en cuanto al carácter de la revolución, sino en cuanto al “estatismo”: la tesis de Haya de un “Estado antiimperialista” hegemonizado por la pequeño burguesía “es burdamente instrumentalista, tanto como la de la izquierda dogmática”.

Es decir que Mazzeo mete en la misma bolsa al nacionalismo burgués latinoamericano (cuya máxima expresión teórica fue, posiblemente, el aprismo) y al socialismo revolucionario (entendido por él como “izquierda dogmática”) en tanto y en cuanto tienen una concepción “estadocéntrica” y “estadolátrica” (sic). Confunde de esta forma lo esencial: el carácter de clase del Estado. Mientras el nacionalismo burgués fomenta la consolidación estatal en los marcos del capitalismo, el socialismo revolucionario plantea la necesidad histórica de un Estado obrero, para derrotar a la burguesía y avanzar hacia el socialismo.

En ese punto, la idea leninista –que fue, en realidad, la superación de un debate donde la crítica al parlamentarismo kautskiano había sido iniciada por la izquierda de la socialdemocracia alemana– recuperó el punto de vista marxista sobre la necesidad histórica de destruir al Estado burgués para dar lugar a otro, de nuevo tipo, basado en las organizaciones de lucha de las masas. Mazzeo reduce el concepto a una tontería, al sostener que Mariátegui habría superado la “matriz estadocéntrica” al considerar a las comunidades como “la base de la nueva sociedad”, borrando de un plumazo la necesidad de la revolución socialista, de la toma del poder y del papel de la clase obrera y de sus organizaciones en la destrucción del Estado burgués y la construcción de un régimen socialista.

Obreros y campesinos

Según Mazzeo, Mariátegui habría “superado”, también, los planteos del marxismo europeo respecto de la relación entre la clase obrera y el campesinado, al advertir que en Latinoamérica las clases sociales son más “revolucionarias” que en otros continentes. En efecto, Mariátegui se habría apartado de la formulación de Lenin y Trotsky –exponentes del “marxismo gélido”, que procuraban una alianza entre obreros y campesinos donde “la hegemonía del proletariado está sobreentendida como el elemento principal”– en tanto “relativiza el rol de caudillo del proletariado y la condición de masa acaudillada del campesinado” (pág. 137).

Mazzeo se anima incluso a más: la tradicional concepción marxista sobre la “ambigüedad” del campesinado y su posición “pendular” no sería aplicable al campesinado latinoamericano: “La matriz eurocéntrica, generalmente, no percibe que la clásica ‘dualidad’ del campesinado –inclinado alternativamente, y siguiendo el vaivén de los ritmos históricos, a los trabajadores y a los subalternos (sic) como explotado y hacia la burguesía como propietario o aspirante a tal condición– no cuenta en absoluto cuando estamos hablando de un campesinado de un país periférico, con fuertes tradiciones comunitarias asentadas en el igualitarismo de base, en la democracia rural y en la producción espontánea de órganos de poder popular” (pág. 138, subrayado nuestro). Así, según Mazzeo –que no se preocupa en este punto por proveer absolutamente ninguna cita para justificar una novedad teórica descomunal que nadie habría advertido hasta hoy–, habría “algo” en el campesinado latinoamericano que lo colocaría al margen de las contradicciones de clase que caracterizan al campesinado en toda la tradición marxista.

Se lee en el programa del PSP, escrito por Mariátegui en 1928: “La emancipación de la economía del país es posible únicamente por la acción de las masas proletarias, solidarias con la lucha antiimperialista mundial. Sólo la acción proletaria puede estimular primero y realizar después las tareas de la revolución democrático-burguesa que el régimen burgués es incompetente para desarrollar y cumplir (…) Cumplida su etapa democrático-burguesa, la revolución deviene, en sus objetivos y su doctrina, revolución proletaria. El partido del proletariado, capacitado por la lucha para el ejercicio del poder y el desarrollo de su propio programa, realiza en esta etapa las tareas de la organización y defensa del orden socialista”.

(Agreguemos simplemente que, además de una cita, Mazzeo debería incluir cierto respeto por el campesinado europeo, que después de todo tiene siglos de resistencia a la opresión feudal, con levantamientos, rebeliones y guerras civiles incluidas.)

¿Es posible el conocimiento científico?

Al Mariátegui de ocasión que tenemos la oportunidad de ver construido en el libro parece no haberle alcanzado con “superar” al “marxismo gélido” en lo que respecta al problema del Estado, del poder y de la alianza obrero-campesina, con puntos de vista curiosamente similares a los de los agrupamientos políticos que reivindica Mazzeo. Habría dado un paso más, enfrentando las bases teóricas mismas del materialismo histórico y del socialismo científico.
Según Mazzeo, Mariátegui fue “reacio al economicismo”, dado que “parte de los seres humanos concretos y sus experiencias”. La idea de “socialismo práctico” también “muestra el interés de Mariátegui por lo cotidiano (el espacio de reproducción) como locus de la dominación y la explotación y también de la resistencia y la lucha por un orden alternativo” (pág. 94).

Así es que Mariátegui, el autor de los “Siete Ensayos”, el fundador del Partido Socialista Peruano, el intelectual que elaboró una interpretación marxista de la historia de su país a partir de un enorme trabajo de análisis de las fuerzas sociales, de las luchas de clases y de la particular configuración de las estructuras históricas, es presentado como un teórico de lo “cotidiano”, y además como un autor “reacio al economicismo”.

A esta altura ya casi nada sorprende, pero hay más: “La noción de elementos de socialismo práctico se contrapone a la racionalidad objetivista y al ‘evolucionismo dialéctico’, al ‘determinismo mecanicista’ o al ‘reduccionismo tecnocrático’ (presentes en el materialismo dialéctico) que caracterizan a la izquierda dogmática en todos sus formatos posibles y que, a veces, ligeramente, se denominan marxismo o marxismo-leninismo cuando en realidad son sólo diferentes formatos del marxismo unidimensional o, peor aún, remedos de una filosofía naturalista (…) El sujeto, concebido como sujeto ‘lógico’ (y no como sujeto para sí) para desarrollar su capacidad transformadora necesita una teoría global. Por lo general se supone que debe aportarla el partido” (pág. 152).

Vuelve –en realidad nunca se había ido– el Mariátegui “pragmático”, hostil a la teoría: “La noción de elementos de socialismo práctico disuade de invertir un solo instante en la determinación ‘científica’ del sector social, la idea o el acontecimiento con capacidad de revolucionar la sociedad” (pág. 158) ¡Pero Mariátegui invirtió mucho más que un solo instante en la determinación científica del sector social! Ahí están sus textos, por suerte, para probarlo.

En realidad, detrás de todo este macaneo acerca del cientificismo, se esconde el tan remanido argumento en favor de una perspectiva que no centre la lucha revolucionaria en la clase obrera. “En síntesis”, dice Mazzeo, “en Mariátegui no existe una definición objetivista del sujeto y la clase, no encontramos una delimitación a priori de los mismos y, por lo tanto, está ausente la tradicional adjudicación de funciones redentoras en función de las estructuras” (pág. 161). Si las “funciones redentoras” no están adjudicadas en “función de las estructuras”, significa que la pequeño-burguesía latinoamericana, y no la clase obrera, puede dirigir el proceso revolucionario y la “emancipación” de “Nuestra América”. ¿Para qué tanto palabrerío?

El problema del partido

Aunque ya es más que suficiente, todavía hay más. Como no podía ser de otro modo, Mariátegui también habría “prefigurado” la crítica a la organización de los trabajadores en la forma del partido. Veamos: “La noción de elementos de socialismo práctico choca con las concepciones dirigistas y partidocéntricas basadas en la realidad instrumental típica de la modernidad europea (…) Justamente porque no parte de situaciones óptimas para alimentar aparatos sino que se basa en espacios donde el socialismo acontece embrionariamente, en posibilidades fundadas en una lógica inherente: no vertical, no burocrática, a diferencia de los partidos de la vieja izquierda” (pág. 166).

¿Vieja izquierda? ¿No vertical? ¿Mariátegui vivió en Perú antes de 1930 o en la Interbarrial de Parque Centenario? Como ya todo empieza a perder sentido, Mazzeo debe reconocer que “aunque Mariátegui no teorizó demasiado sobre el partido, en líneas generales y fiel al tiempo en que actuó (sic), descuenta que es ‘la forma’ de organizar a las clases subalternas en pos de un objetivo socialista” (pág. 166). Es decir que si Mariátegui reivindicó al partido fue sin haber “teorizado demasiado” sobre el punto, y debido a que solía dedicar algún momento a analizar “el tiempo en el que actuaba”, en los ratos libres que le dejaba, claro está, la tarea de “prefigurar” lo que le conviene a Mazzeo.

Como ya es bastante claro, a esta altura del libro, que casi nada de lo que se plantea sobre Mariátegui tiene asidero en las obras del marxista peruano, Mazzeo tira la toalla y admite que ya no vale la pena citar nada: “Más allá de que las citas pueden avalar emplazamientos contradictorios y que una guerra de citas además de extensa podría ser pareja (sic), creemos que lo más significativo es determinar qué idea de partido podemos derivar de una concepción del socialismo como proyecto vital y no como ‘canon’, qué funciones le asigna Mariátegui en el marco de un proceso emancipatorio. Nos parece lícito un ensayo de deducción de su concepción de la organización partidaria a partir del conjunto de su obra” (pág. 167, subrayado nuestro).
Puestos a “deducir”, claro, todo vale: “Insistiendo en la necesidad de instancias de dirección-conducción, Mariátegui apostaba a que éstas surgieran orgánicamente articuladas a los movimientos sociales y las organizaciones de masas y en correspondencia con nuestro modo de ser. Éste es otro aspecto que instituye su vigencia, que muestra al amauta prefigurando la dinámica de los nuevos movimientos sociales” (pág.171, subrayado nuestro).

¿Ya llegamos a la India?

Hacia el final del libro, afortunadamente, Mazzeo deja de “resignificar” y desarrolla sus puntos de vista: el producto está terminado, ahora se trata de saber a quién representa el Mariátegui que ha construido.

“Hablamos al comienzo de poder popular. El socialismo del siglo XX puso el énfasis en el poder más que en lo popular. En la actualidad, en Nuestra América, existe un conjunto de evidencias que nos plantean que el socialismo del siglo XXI pondrá el acento en lo popular más que en el poder (…) Ahora, recién ahora, cabe esperar el desenvolvimiento de la índole más recóndita y extraordinaria del indigenismo que en los últimos años se viene configurando también como componente de una cultura popular urbana, de un nuevo nacionalismo antiimperialista radical y de todas las tradiciones autogestivas de las clases subalternas” (pág. 191).

Parece que vamos llegando al final del camino: Mazzeo sostiene que “Mariátegui está siendo ‘ratificado’ y ‘repensado’ por (y desde) las experiencias de resistencia y lucha de los pueblos de Nuestra América” y se decide, finalmente, a enumerar quiénes son los sujetos políticos para los cuales ha construido este Mariátegui a piaccere:

Son “los municipios autónomos rebeldes y otras iniciativas de los zapatistas que cuestionan la centralidad del proletariado y no reducen lo político a lo estatal, o las modalidades autoorganizativas desarrolladas por indígenas, campesinos, obreros, amas de casa y estudiantes en la Comuna de Oaxaca”; “el MST de Brasil”, “las organizaciones populares que bregan por una radicalización de los procesos iniciados en Venezuela y llaman a construir poder popular desde diferentes ámbitos, por ejemplo los compañeros y compañeras del Frente Nacional Comunal Simón Bolívar (FNCSB) y del Frente Nacional Campesino Ezequiel Zamora (FNCEZ)”, “la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia”.

¿Después de tanta resignificación, nos enteramos que quienes “repiensan” hoy a Mariátegui son los indigenistas del EZLN, un par de agrupaciones chavistas y organizaciones campesinas? Ahora vemos por qué tanto esfuerzo en “quitarle centralidad” a la clase obrera y no dejar que “las estructuras” adjudiquen las “funciones redentoras”. ¿Era esta la ‘reformulación del socialismo’? Señor Mazzeo, devuélvame el dinero.

Notas

1. José C. Mariátegui: “El problema del indio” y “El problema de la tierra”, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (Lima, 1928); El problema de la tierra y otros ensayos (La Habana, 1960); Programa del Partido Socialista Peruano (1928), en La organización del proletariado (Lima, 1967).

2. Mazzeo comete un error histórico de envergadura cuando dice que “este punto de vista no sólo distanció a Mariátegui del nacionalismo populista sino que generó contradicciones con la IC que también se pusieron de manifiesto en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana realizada en Buenos Aires” (119). En realidad, este error es producto de su constante manipulación de citas y conceptos y de su admitido desinterés por estudiar en serio la historia del marxismo, en nombre de prejuicios provincianos, apelaciones románticas a “Nuestra América” y críticas térmicas al supuesto “marxismo gélido”. Mazzeo confunde, a lo largo de todo el libro, la política del Comintern antes y después del VI Congreso: durante la presentación del libro, señaló que antes de 1928 la política de la IC era el “frente popular”. Advertido de su error por un militante de La Mella, se corrigió y aclaró que era el “frente único proletario”. En realidad, como es sabido, la táctica de la IC durante esa etapa era la del “frente único anti-imperialista”. Digamos que la incomprensión de este problema hace realmente dificultoso estudiar a Mariátegui, quien militó precisamente en el período clave de burocratización de la IC, y durante el cual se dieron los virajes más criminales que llevaron a esta organización a organizar las peores derrotas de la clase obrera.

3. Hay manipulaciones que están en condiciones de competir con el más pintado de los manuales soviéticos: Mazzeo incluye una cita de 1918, en la cual Mariátegui dice que “los partidos no son eternos”, sino que deben responder “a una necesidad o una aspiración transitoria como todas las necesidades o aspiraciones” para sacar como conclusión que se trata de “una enseñanza significativa en estos tiempos en que los partidos de izquierda (a pesar de tanto, a pesar de todo) cultivan impúdicamente el fetichismo del aparato y hasta celebran el tiempo de su ineficacia, de su postración, de su falta de arraigo y de imaginación y de su idealización de divergencias interiores” (pág. 172).

Lucas Poy
NOTAS

1. José C. Mariátegui, “El problema del indio” y “El problema de la tierra”, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (Lima, 1928); El problema de la tierra y otros ensayos (La Habana, 1960); Programa del Partido Socialista Peruano (1928), en La organización del proletariado (Lima, 1967).

2. Mazzeo comete un error histórico de envergadura cuando dice que “este punto de vista no sólo distanció a Mariátegui del nacionalismo populista sino que generó contradicciones con la IC que también se pusieron de manifiesto en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana realizada en Buenos Aires” (119). En realidad, este error es producto de su constante manipulación de citas y conceptos y de su admitido desinterés por estudiar en serio la historia del marxismo, en nombre de prejuicios provincianos, apelaciones románticas a “Nuestra América” y críticas térmicas al supuesto “marxismo gélido”. Mazzeo confunde, a lo largo de todo el libro, la política del Comintern antes y después del VI Congreso: durante la presentación del libro, señaló que antes de 1928 la política de la IC era el “frente popular”. Advertido de su error por un militante de La Mella, se corrigió y aclaró que era el “frente único proletario”. En realidad, como es sabido, la táctica de la IC durante esa etapa era la del “frente único anti-imperialista”. Digamos que la incomprensión de este problema hace realmente dificultoso estudiar a Mariátegui, quien militó precisamente en el período clave de burocratización de la IC, y durante el cual se dieron los virajes más criminales que llevaron a esta organización a organizar las peores derrotas de la clase obrera.

3. Hay manipulaciones que están en condiciones de competir con el más pintado de los manuales soviéticos: Mazzeo incluye una cita de 1918, en la cual Mariátegui dice que “los partidos no son eternos”, sino que deben responder “a una necesidad o una aspiración transitoria como todas las necesidades o aspiraciones” para sacar como conclusión que se trata de “una enseñanza significativa en estos tiempos en que los partidos de izquierda (a pesar de tanto, a pesar de todo) cultivan impúdicamente el fetichismo del aparato y hasta celebran el tiempo de su ineficacia, de su postración, de su falta de arraigo y de imaginación y de su idealización de divergencias interiores” (pág. 172).

http://prensa.po.org.ar/edm/nacionalismo-indigenismo-y-socialismo-en-nuestra-america/


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No hay Revolución sin Revolucionarios
Los revolucionarios de todo el mundo somos hermanos

Jose de San Martín


"Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria."
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"En las peleas callejeras hay dos tipos de golpeadores. Está el que pega, ve sangre, se asusta y recula. Y está el que pega, ve sangre y va por todo, a matar. Muy bien, muchachos: vengo de afuera y les juro que hay olor a sangre"
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Re: Textos y discusiones sobre J. C. Mariategui: "El marxismo de José Carlos Mariátegui: Ni calco ni copia sino creación heroica" - Yolanda L. C. Rodríguez González / La “Creación Heroica” - Nacionalismo, Indigenismo Y Socialismo En "Nuestra América" (P.O)

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