Winnipeg, El barco de la Esperanza

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    quinick
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    Winnipeg, El barco de la Esperanza

    Mensaje por quinick el Mar Mar 06, 2012 2:35 pm

    Hommenaje a los exiliados del Winnipeg y su gran aporte a la construcción de Mi país, Chile. (Cada uno de los reportajes tienen datos distinton aunque pareciera que fueran iguales)



    LOS SOBREVIVIENTES DEL WINNIPEG



    En septiembre de 1939 atracó en el puerto de Valparaíso, en Chile, un singular barco.El Winnipeg, repleto de inmigrantes
    republicanos españoles que huían de la guerra y de los campos de concentración, había sido una idea del poeta Pablo
    Neruda, que vivía en París. La mayoría de los inmigrantes se quedó en Chile y aún cuenta la historia de su salvación.
    Una caricia de Neruda. La palabra Winnipeg es alada. La vi volar por primera vez en un atracadero de vapores , cerca de
    Burdeos. Era un hermoso barco viejo, con esa dignidad que dan los siete mares a lo largo del tiempo. Lo cierto es que
    nunca llevó aquel barco más de setenta u ochenta personas a bordo. Lo demás fue cacao, copra, sacos de café y de
    arroz, minerales. Ahora le estaba destinado un cargamento más importante: la esperanza. Una bofetada a Neruda. En su
    calidad de cónsul especial en París recibió un telegrama de un gobierno chileno presionado que decía:“Informaciones de
    prensa sostienen usted efectúa inmigración masiva española. Ruego desmentir noticia o cancelar viaje de emigrados”.
    La ira de don Pablo Neruda tomó dos vertientes. Hacer una gran conferencia de prensa con un barco de fondo repleto de
    inmigrantes y suicidarse en el acto o desafiar el escudo patrio, que reza “Por la razón o la fuerza”, y desembarcar con los
    nuevos camaradas en Chile “Por la razón o la poesía”. Ni lo uno ni lo otro. Tomó un teléfono que poco servía a mediados
    de 1939 y gritó tan fuerte que hasta el propio presidente chileno, Pedro Aguirre Cerda (del Frente Popular que aglutinaba
    a radicales, socialistas y comunistas), se tapó los tímpanos y no escuchólas quejas de la derecha criolla contra los futuros
    navegantes españoles, que estaban muriéndose en los campos de concentración del sur de Francia o en las arenas del
    Sahara. Por suerte tampoco oyó los dardos del embajador chileno de ese entonces en París, Gabriel González Videla,
    celoso del protagonismo que empezaba a asumir la larga y narizona figura de don Pablo.
    En París ya terminaba el verano y más de 500.000 personas habían traspasado los Pirineos desde enero, en pleno invierno
    nevado, justo cuando los últimos bastiones de la resistencia catalana sucumbieron a las bombas nacionalistas, después de
    tres largos años de pólvora. Se trató de un lamento de éxodo que traspasó fronteras ante el inminente chispazo de la
    segunda guerra mundial que, en definitiva, se prendería unos meses después, y de la poca ayuda del gobierno francés de
    Léon Blum con los exiliados ibéricos: un plato de lentejas al día entre alambres de púa.
    El poeta chileno estaba enclaustrado en ese entonces en el balneario de Isla Negra –en esa época a varias horas de
    Santiago– sacando las primeras puntadas a una de sus obras cumbres, el Canto General, y vivía a sus treinta y tantos años
    muy distante del humo de las tertulias y de los vinos tintos que había recitado al lado de Federico García Lorca, Miguel
    Hernández y Rafael Alberti, en su paso diplomático por España y Francia unos años antes. Quizá de ahí brotó la
    mortificación por no poder salvar a cuanto español con brazalete republicano se le apareciera en el camino. Se trataba
    de un despertar político inclinado hacia el rojo profundo del otro lado de Europa y que se mezclaba sin remedio con sus
    versos; era su corazón y el apego a las causas proletarias que luego estampó en sus odas y lamentaciones. O pregúntenle
    al Canto de amor a Stalingrado.
    Así que una vez asumió, en 1938, el nuevo mandatario con tintes progresistas en Santiago, dejó en las bodegas del alma
    sus versos de América precolombina y empezó la más noble misión que hizo en la vida. Don Pablo, con la pierna
    enyesada y recién operado, se presentó ante Pedro Aguirre Cerda y le contó su loca idea de traer españoles.

    –Sí, tráigame millares de ellos –le respondió el hombre de la banda tricolor–. Tenemos trabajo para todos los pescadores;
    tráigame vascos, castellanos, extremeños, gente con varios oficios, labriegos y carpinteros.
    Sin contratiempos y con un orgullo infantil, don Pablo partió arriba del vapor Campana la segunda semana de abril de
    1939, con escalas en Argentina y Río de Janeiro donde pudo hacer las primeras migas para el Servicio de Evacuación de
    Refugiados Españoles (Sere) y conseguir algunos billetes para las alforjas de financiamiento de esta empresa de
    salvataje. Neruda llegó rozando el mes de mayo a la capital francesa, se instaló con su segunda esposa, Delia del Carril la
    hormiguita, en la calle Quai de l’Horloge y compartió techo con su amigo y poeta Rafael Alberti. Presentó sus papeles en
    la embajada chilena y se puso manos a la obra en una pequeña oficina en el cuarto piso, sin ascensor y al lado de
    los olores de la cocina.

    Los problemas empezaron con la aparición de un curioso personaje, Manuel Arellano Marín, que se desempeñó como
    secretario privado de la operación y que, gracias a sus dotes de charlatán, recorrió los escondites republicanos en toda
    Europa para recaudar unos fondos que nunca llegaron a las manos del poeta. Le sirvieron, sin embargo, para sostener una
    estadía de lujo en Hollywood y Nueva York, antes de caer en desgracia sin abandonar jamás el arte del cuento del tío,
    como le dicen en Chile a la poca palabra de los estafadores. En la embajada, una vez se echó a correr el murmullo del
    barco, desde todos los campos de concentración llegaban solicitudes. Heridos de guerra, familias sin padre y otros
    desesperados subían las escaleras de la sede diplomática y sacaban un cupo para América. El grupo trabajaba como
    abejas para conseguir la gente adecuada según el mandato presidencial y una nave que aguantara en alta mar a los
    miles de refugiados. Lo escribe así: “Eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del
    heroísmo y del trabajo. Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso”. Viene la primera
    ruptura entre el romanticismo y las banderas de la verdad histórica. En una de sus memorias, don Pablo sólo se limita a
    contar que cuando vio por primera vez a ese barco de carga francés supo que su sueño terminaría en los puertos chilenos.
    Pero detrás de la nobleza de ese navío se escondía un origen canadiense y la fachada de una de las tantas empresas
    lucrativas del Partido Comunista francés, la Compagnie France- Navigation, que no tuvo reparos en arrendar su nave para
    la causa nerudiana. Y don Pablo lo sabía. “Mucha de la poesía del Winnipeg es mentira. Tiempo después del viaje
    descubrí que uno de los tripulantes era fundador del Partido Comunista francés y ahí me enteré de verdad quién había
    financiado el barco”, revela el pintor José Balmes, uno de los pocos sobrevivientes de la travesía que queda vivo. Como
    sea, los pulmones del viaje se llenaron oficialmente gracias a las monedas del gobierno republicano en el exilio y a unos
    extraños seres religiosos los cuáqueros, que se aparecieron en el puerto de embarque y pagaron la mitad de cada pasaje y
    visado. Don Pablo sólo se enteró de que eran una especie de secta religiosa inglesa que seguían los credos del predicador
    George Fox, pero qué importaba. Estaban haciendo una buena obra.

    En el puerto de Pauillac, cerca de los viñedos de Burdeos, reposaba tranquilamente el carguero de mil batallas y 5.031
    toneladas. Los días eran azules. Raudamente se acomodaron los seis pisos de las bodegas, se pusieron todas las literas de
    madera posibles y se dejó impecable la cubierta para la travesía. Neruda y dos funcionarios franceses se trasladaron al
    puerto para finiquitar los trámites en el segundo piso de la gobernación marítima, que un año después sería destruida por
    los nazis, donde a cada viajero se le sacaba una foto de registro y se le daba un papel de autorización. Trenes de toda
    Francia transportaron a los españoles a la costa. Pero nadie, ni los más intelectuales, sabían algo sobre Chile. La gran
    mayoría había escuchado hablar del México de Lázaro Cárdenas que abría sus puertas a más de 10.000 inmigrantes de la
    guerra y de Rusia y que apoyaba los ideales republicanos. Pero de Chile, pocazo. Uno que otro recuerda que en una
    carretera valenciana había un letrero que decía “Salitre de Chile”. Incluso cuando vieron que don Pablo y señora los
    recibían con trajes blancos, de sombrero y sombrilla, pensaron que el país austral era tropical, de bananos, piñas y muy
    cerca del Caribe. “Así se vestirán allá”, susurraban. Mientras la calma mecía el vapor, en Chile la atmósfera por el
    “problema de los refugiados” adquiría carácter de turbulencia nacional. Desde los micrófonos del Senado y las crónicas
    del Diario Ilustrado y El Mercurio aparecían los cuestionamientos más ácidos al gobierno pues detrás de la inmigración de
    ex combatientes de guerra, acusaban, se escondía un puñado de ladrones y asesinos.

    Don Pablo, sin conocer la trifulca en su país, embarcó a toda prisa ese 4 de agosto de 1939 a poco más de 2.000
    refugiados: 1.160 hombres, 540 mujeres y 350 niños. A su lado había cientos que se quedaron mirando el horizonte
    oceánico porque los visados no alcanzaron para todos. Uno de ellos se salvó. –¿Usted es trabajador de corcho? –le
    preguntó don Pablo. –Sí, señor –dijo el campesino manchego con siete hijos. –Hay una equivocación porque en Chile –
    replicó el poeta– no hay alcornoques. –Pues los habrá de ahora en adelante –respondió. –Suba al barco. Usted es de los
    hombres que necesito. Esta misma historia continúa 64 años más tarde con los mismos protagonistas en algunas ciudades
    de Chile. Y pese a las décadas de distancia con la aventura del Winnipeg, estos pocos sobrevivientes no la pueden
    olvidar; la llevan en el corazón. En el alma de un desterrado, por más profundo que sea el amor hacia otra tierra, siempre
    estará presente la esperanza de volver a las raíces. Y en el caso de estos veteranos con bastón, Chile se transformó en una
    posada sin retorno. Su melancolía del viaje aparece con mayúscula entre los viajeros, que bien contados no superan los
    setenta, y emerge de su sangre ibérica un relato fidedigno que seguramente los nietos están aburridos de oír y cantar.
    Los encontré con sudor, contaban sus vivencias de navegantes en los treinta días de travesía. Una crónica de viaje
    apartada de los cuentos y más cercana a los relatos endulzados por los años. Valparaíso me abrió sus puertas una mañana
    de abril. Como siempre, el puerto sonreía desde los cerros. Entré poco a poco entre sus casonas victorianas y pregunté en
    voz baja por alguno de estos marineros. “No, mijito, todos ya están muertos”, sentenciaban los porteños. “El último que
    quedaba, un artista, falleció hace un mes”. Incluso en el mismo lugar donde el Winnipeg d esembarcó el 3 de septiembre
    de 1939, el muelle Prats, nadie sabe de estos menesteres. Ni los viejos lobos marinos. Mal que bien, cada temporada son
    cientos los barcos que tiran soga en los atracaderos. Solamente un pequeño monolito color piedra a un costado de la
    explanada, que ni los perros callejeros respetan, conmemora los cincuenta años de la gesta del carguero. Nada mas Unas
    cuadras más hacia los cerros, en un edificio de escaleras profundas y con el rótulo de consulado honorífico de España,
    renació la esperanza. La señora canosa con pinta de actuario de juzgado es hija de uno de los sobrevivientes. “Mi mamá
    no quiere habla r de esas cosas, mejor que no”, sentenció. Pero contó que todos los días un viejito se acercaba a los
    sillones de las oficinas y relataba sin pelos su llegada a Chile. El viejito se llama Alfredo Disten, un asturiano que peleó en
    el frente de batalla y que se embarcó en el Winnipeg a los 20 años, después de pasar por un campo de concentración en
    el sur de Francia. Con una malgastada espalda de 85 años, se aparece todas las mañanas en ese oscuro consulado donde
    intenta burlarse de la soledad y cuenta, con lágrimas, que se quedó en Valparaíso eternamente y que trabajó como
    conductor de buses y taxis. “Yo venía de Gijón, de Asturias, y por eso me quedé en Valparaíso, ya que no puedo vivir
    lejos del mar”, enfatiza. La misma suerte corrió el empresario Pablo Baquedano y su familia de origen vasco. Su travesía
    comienza cuando su padre, después de combatir en la guerra y quedar mutilado, los buscó por toda Francia. Aunque su
    madre pensaba que era viuda después de cruzar los Pirineos con sus hijos, mandaba cartas y mensajes al frente de batalla
    con palabras de amor sin saber si llegaban al destinatario. Su familia desnudaba la tristeza porque su hija mayor consiguió
    refugio en Rusia y ellos se embarcaban sin papá en la locura de Neruda. “Nos subimos al barco cuando tenía apenas tres
    años y mi hermano cuatro. Una vez en cubierta y entre el tumulto de gente vimos a mi padre que nos había seguido los
    pasos por Francia, así que nos abrazamos todos muy fuerte”, recuerda. Este vasco hizo su vida chilena campestre en
    Quillota, al interior de Viña del Mar, pero luego volvió al cerro Cordillera de Valparaíso. Puso una tienda de abarrotes
    llamada Menestras Pepita, en honor de un longevo loro, hasta que se embarcó en la movida empresarial y montó un
    restaurante al lado de su hermano Juan, que atiende los famosos Baños Turcos del Parque. Con estos relatos en una
    libreta salí de Valparaíso a buscar el rastro de otros sobrevivientes. Fue en Santiago donde se refugió Elías Vila, un
    madrileño que estuvo en la cubierta del Winnipeg con tres añitos, y que siguió el ejemplo de su padre como empresario
    en suelo austral. “Siempre tuvimos la esperanza de volver a España, que sólo nos quedábamos cuatro o cinco meses y
    durante los primeros años la única preocupación era cómo volver. Pero sin darnos cuenta, nos fuimos penetrando en este
    país y nos quedamos para siempre”, aclara. Su relación con España no ha terminado, ya que montó una tienda de
    importación de productos ibéricos, quesos de Burgos, mariscos gallegos y jamón serrano en el barrio estirado de la capital
    y todavía pronuncia, con su voz de ingeniero civil de la IBM, el pronombre “vosotros” en vez de ustedes para contarnos la
    calidad técnica de los hombres que desembarcaron. “En Chile casi no se comía pescado y los españoles dedicados a la
    pesca pusieron puestos de mariscos en todos lados –recuerda–. Incluso muchos carritos se llamaban Winnipeg”.
    Pero sin duda la memoria del pintor José Balmes es la más privilegiada. En pocas horas puede reconstruir el viaje
    completo, con nombres, fechas y anécdotas increíbles. Contar, por ejemplo, que su padre era alcalde de un pueblo de
    Cataluña y que después de pelear en el frente arrancó con los suyos a tierras francesas a través de los Pirineos junto a la
    familia Bru. Recorrió castillos, pueblos franceses y trenes hasta subir las escaleras del arco en Burdeos. Para ese
    entonces, José tenía doce años y fue uno de los que ayudaron a pintar un cuadro del presidente de Chile arriba del vapor
    antes de llegar a tierra firme. Una vez en la capital chilena, Balmes se dedicó al arte y a los dibujos hasta que en 1973,
    la dictadura de Pinochet lo exilió por ser decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile en el gobierno
    de Salvador Allende. “Llegaron los militares y me encerraron en uno de los cuartos. Todos pensaban que me iban a matar,
    pero los oficiales prefirieron las llaves de una camioneta y se fueron felices arriba de ella. Supe en ese momento que era
    la hora de irme”. Fue su segundo destierro francés y aprovechó para recorrer con sus pinceles la travesía que había hecho
    años antes por todos los pueblos franceses hasta llegar a la costa de Pauillac. Muy cerca de Balmes está la pintora Roser
    Bru, que bailaba los 16 años cuando viajó en el Winnipeg. Su padre era diputado en Cataluña e hizo contacto con
    Neruda en París. Aunque no le gusta hablar de añoranzas, en sus pinturas siempre está el recuerdo de la guerra civil
    española o de la dictadura de Pinochet. “¿Conoces a Kappa?, sus fotos sobre la guerra son uno de mis personajes. Me
    llama la atención la expresión del soldado caído en esa España negra junto a los colores de la bandera republicana” dice.
    Este puñado de confesiones y muchas otras son los ingredientes principales para hacer de nuevo un recorrido de palabras
    por los dos océanos, tal como lo hizo el Winnipeg hasta su destino final, el corazón de Valparaíso. Fue una mañana
    tranquila la del 4 de agosto de 1939 cuando enfiló hacia el mar Cantábrico, por arriba de España, el famoso barco de
    Neruda. Desde las ventanillas, la proa, la popa y la cubierta los nuevos “chilenos” se despidieron con las manos al aire del
    viejo puerto de Burdeos y de los ojos aguados del poeta, de don Pablo. Las mujeres y los niños menores de doce años
    quedaron asignados en literas separadas de los hombres, pero tanto orden se desparramaba porque los vascos se juntaban
    a toda hora con los vascos, los catalanes cantaban con sus paisanos catalanes y los asturianos se reían a carcajadas en un
    coro asturiano. Cada persona recibió una frazada y una colchoneta de paja. Abajo, en las bodegas reacondicionadas, el
    ruido del mar hacía una fiesta. En cubierta, las damas enseñaban a los infantes clases de español y francés. El joven José
    Balmes dibujaba al cojo del barco, al capitán Gabriel Pupin, a la gran chimenea de humo y a algunos peregrinos en los
    botes salvavidas. Todas las mañanas, la tripulación francesa ponía de alarma el canto de la juventud soviética: “el pueblo
    que crece y labora...”. Sin embargo, como en todo barco, había distinciones. Los de primera clase gozaban de unas
    hamacas de descanso o sillas para el sol hasta que la rabia de un desconocido de tercera categoría las tiró al mar. La
    comida no era nada especial, pero los porotos, los garbanzos y las lentejas sabían mucho mejor que en los campos de
    concentración. Ya en la ruta del Atlántico desde los pasillos se podía ver la filosa compañía de los tiburones, aunque más
    abajo rondaban submarinos nazis o franquistas que sospechaban de las intenciones de la nave. “Como nadie conocía el
    destino, les preguntábamos a unos pasajeros chilenos que habían peleado en la guerra sobre su tierra y ellos pusieron una
    pizarra donde descubrimos que ese país era largo, que tenía ciudades curiosas y que quedaba en el fin del mundo”,
    recuerda Alfredo Dinten. A los españoles les causaba curiosidad y picardía un pequeño pueblo sureño de nombre
    Putaendo. Por culpa del hacinamiento, mucha gente dormía en cubierta y en los botes de emergencia. Incluso, para los
    más enamorados, se llegó a reglamentar horarios para las citas amorosas dentro de las embarcaciones menores, cubiertas
    por una lona, sin que las autoridades supieran. El ruido los delató. A lo mejor, esa pasión fue un incentivo para que
    naciera el primer bebé a bordo y le pusieran Agnes América Winnipeg. Y no fue el únicoalumbramiento en el viaje.
    La primera parada fue en la isla Guadalupe, posesión francesa en las Antillas. No se pudo bajar nadie a estirar las piernas,
    pero los navegantes sintieron por primera vez la humedadde las palmeras mientras el viejo vapor francés cargaba sus
    baterías. En pequeños botes llegaban lugareños a vender sus mercancías y desde arriba les tiraban francos. Los ágiles
    niños caribeños se lanzaban al mar, sa caban las monedas y mostraban una fila perfecta de dientes de nácar. Ya en el
    ocaso, partieron rumbo a Panamá. La idea era cruzar antes del estallido de la guerra, pues tocaba devolverse a Francia si
    cerraban las compuertas del paso al océano Pacífico. El 20 de agosto tocaron suelo americano con el mismo calor de las
    Antillas. Y tuvieron que esperar unos cuatro o cinco días para cruzar el canal, después de pagar los derechos
    correspondientes. Los franquistas que vivían allí hicieron una manifestación contra los viajeros y les gritaban criminales y
    comunistas. Pero otros panameños, al contrario expresaron su amabilidad y se acercaban lo más posible al Winnipeg para
    lanzar piñas, bananos y mangos en señal de aprecio y afecto. “Miraba por dónde escaparme si no nos dejaban pasar. En
    ese momento pasó cerca una embarcación chilena de la que nos gritaban ofensas. Hicimos municiones de papel y se las
    tirábamos con el mensaje de cabrones”, recuerda un pasajero. La espera sirvió y finalmente pudieron ver la grandeza del
    Pacífico. Un refugiado observó en la proa que el navío dejaba una estela en círculos y fue a hablar con el capitán, quien
    pidió calma y discreción. La respuesta la recibió entre los pasillos de las literas, se debía a que el barco presentaba una
    avería que se arregló sin el menor ruido. Colombia, Ecuador y Perú fueron un paisaje distante desde la cubierta y sólo
    pudieron reposar en tierra firme en Arica, el primer puerto de Chile. “Según su oficio se quedaron los primeros españoles.
    Primero bajaron los pescadores y algunos mecánicos”, recuerda otro viajero.
    Ya quedaba poco, menos de una semana. Así que el nerviosismo se arropó con la esperanza. Algunos quisieron rendir un
    homenaje al presidente Aguirre Cerda, copiaron una pequeña foto y pintaron un gran cuadro que sirvió de bandera patria
    de la nave. Llegaron al puerto de Valparaíso la noche del 2 de septiembre de 1939.Las estrellas se encendían en el mar y
    se confundían con los destellos de esa desconocida parada. “Parecía Barcelona”, exclamaba alguien. Se asemejaba a las
    ciudades mediterráneas, y no era una noche triste, sino larga. Quizá, la más larga de la vida. El capitán pensó que era
    mejor llegar de día, ya que estaba el rumor en tierra de que los viajeros venían enfermos. “Mirábamos el puerto, las luces
    de los cerros y llorábamos como niños.Se veía hermoso. Las estrellas se prolongaban en los cerros y llegaban hasta el mar
    en varias filas amarillas. Esa noche nadie durmió”, recuerda uno de los navegantes. Con los primeros destellos de luz de
    ese domingo primaveral el barco ingresó a la bahía y tiraron las escaleras. Una multitud los esperaba, con palco de honor
    y música de fondo. Por supuesto que estaban las autoridades, amigos y simpatizantes del Partido Comunista y Radical. Un
    grupo de enfermeros del Ministerio de Sanidad los esperaba para vacunarlos antes de repartirlos entre la s olidaridad
    porteña y santiaguina. Lo curioso es que la persona que lideró la vacunación de los refugiados, el ministro de Sanidad,
    años después cambiaría el rumbo de la historia chilena. Era Salvador Allende. De apoco fueron bajando los
    sobrevivientes en el sitio A del espigón. El primero en pisar el suelo gritó:“¡Viva Chile! Venimos a trabajar y a honrar a este
    país”. Después del almuerzo, dos trenes esperaban a 1.200 refugiados para llevarlos a Santiago. Los demás se quedarían
    cerca del mar. Y de ahí, cada uno tiene una historia propia que contar en un país diferente a su España natal. Cada uno
    enfiló para su lado y sin problemas en un territorio donde faltaban trabajadores, técnicos y empresarios pero todos llevarán
    presente hasta la tumba ese viaje que partió en el corazón de un poeta y se hizo realidad gracias a la generosidad de un
    pueblo. Formará parte del mito de esta aventura dónde está ahora el Winnipeg. Unos pocos dicen que fue hundido en las
    costas americanas, pero otros sostienen con mayor credibilidad que los submarinos nazis lo mandaron al fondo del mar en
    el Mediterráneo español, muy cerca de las islas Azores. Dondequiera que esté, mis respetos y saludos.
    CHILE
    Fernando Cárdenas
    2003. CSC.1.178
    LOS SOBREVIVIENTES DEL WINNIPEG

    Relatos sobre el winnipeg, paguina homenaje a los 30 años del desmbarco


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    Re: Winnipeg, El barco de la Esperanza

    Mensaje por quinick el Mar Mar 06, 2012 2:35 pm


    POR OBRA Y GRACIA DEL WINNIPEG
    Julio Gálvez Barraza
    La vida se fue haciendo con nacimientos
    y muertes. Pero aprendimos a pertenecer.
    Fue un "descubrimiento" de América al
    revés y sin vencedores. ?Pura generosidad!
    Roser Bru i Llop

    Jamás hubo un derroche de talentos de tal naturaleza como la experimentada en España durante y al término de la guerra civil. Los españoles libres y pensantes de esa época, tuvieron sólo dos alternativas: La de enmudecer allí para siempre o adherirse al nuevo régimen o emprender el camino del éxodo e intentar desarrollarse en otra tierra. Chile, entre otros pocos países, fue, para una parte de esos librepensantes, la tierra prometida y el país tuvo la inmensa fortuna de recibir a parte de ese admirable éxodo.

    Aún cuando el Chile de 1939 estaba gobernada por el Frente Popular encabezado por el Presidente Pedro Aguirre Cerda, la ceguera y la insolidaridad de algunos políticos, que se opusieron a la entrada de intelectuales o profesionales, fue uno de los principales obstáculos que impidió una inmigración mas numerosa y un mayor aporte de experiencias y conocimientos de esos refugiados. Pero estas limitaciones no fueron suficientes. Lo cierto es que el pasaje del Winnipeg no se nutrió de intelectuales. La inmensa mayoría la constituían campesinos, obreros calificados, pescadores que mucho contribuyeron al "despegue" chileno de la época. Pero no es menos cierto que gracias a la porfía de Neruda, que embarcó a varios trabajadores del intelecto y gracias al posterior desarrollo en Chile de los hijos de esos viajeros, apenas unos niños en el año 1939, se transmigró también un poco del conocimiento, de la cultura y de la inteligencia que perdió España tras la catástrofe y el posterior éxodo.

    Si tenemos que hablar del aporte, de todo orden, de los refugiados españoles al desarrollo del país que los acogía, no podemos circunscribirnos solamente a los pasajero del Winnipeg, nombre mítico que, por otra parte y con todo merecimiento, se ha convertido en un símbolo de la inmigración española a Chile. La diáspora española comenzó antes del 3 de septiembre de 1939, fecha de la llegada del barco al puerto de Valparaíso, y continuó hasta finalizar la década del 40. Bien es cierto que, nunca antes, -ni después- del arribo del Winnipeg, fue en un conjunto organizado tan numeroso.

    Un grupo importante de inmigrados españoles -algunos testimonios cifran la cantidad en unas cincuenta personas-, llegó, a fines de diciembre de 1939, a Buenos Aires a bordo de otro barco mítico; el "Formosa". La gran mayoría de ellos siguieron viaje a Chile. Entre ellos venían Antonio Rodríguez Romera y su esposa Adela Laliga; Vicente Mengod; el profesor Alejandro Tarragó y su hermano, el escultor Claudio Tarragó, quien en Barcelona tenía un taller de escultura decorativa y había ornamentado algunos edificios para la Exposición Universal del año 1929; Eleazar Huerta y el arquitecto Germán Rodríguez Arias. También formaron parte de ese viaje los hermanos del poeta Antonio Machado; José y Joaquín Machado, con sus respectivas familias. Otro grupo, menos numeroso que los anteriores, llegó a Chile en noviembre de 1940. Entre ellos venía el poeta Antonio Aparicio, considerado junto a Miguel Hernández uno de los más prometedores poetas jóvenes de España; el arquitecto Fernando Echeverría Barrio; el escritor Pablo de la Fuente; el doctor José García Rosado; Santiago Ontañón, escenógrafo, quién había colaborado en las puestas en escena de las obras de García Lorca y el, para muchos, inolvidable discrepante Arturo Soria Espinoza. Todos ellos formaban parte de los 17 asilados en la Embajada de Chile en Madrid, a los que, durante 19 meses, les fue negada la salida de España por el régimen franquista.

    Por esos años se produjo una llegada masiva de refugiados a Chile y aunque no todos vinieron en el Winnipeg, no se puede decir que su historia, su integración y la de sus hijos sea distinta entre si. La mayoría de ellos esperaba un corto exilio, una situación transitoria, pero el régimen de Franco se alargó demasiado y en poco tiempo, con similares costumbres y un idioma común, crecieron raíces. Los españoles comenzaron a labrarse una situación y a entregar al país de adopción el aporte de sus conocimientos en cada una de sus especialidades, movidos por el deseo de integrarse en este nuevo mundo, tanto como por el propósito de servirle y el de retribuir ese cálido recibimiento.


    La pesca y la industria

    El impacto en la sociedad chilena de tan masivo arribo fue muy amplio. El exilio español motivó una conmoción técnica y cultural en la más extensa acepción del término. Hasta nuestros días ha existido una tendencia generalizada a asociarlo solamente a un plano académico y artístico, planos que, lógicamente, tienen siempre una mayor difusión y del que existe mayor información escrita que el de los técnicos e industriales. Muchos quizás no conocen el importante desarrollo, cualitativo y cuantitativo, que experimentaron industrias como la de la pesca artesanal. La llegada de varias familias de pescadores, originarias de Galicia, el país vasco y de Tarragona, que se instalaron en Talcahuano, San Antonio, Valparaíso e Iquique, impulsó nuevas técnicas de pesca. Los inmigrados organizaron o reorganizaron la pesca del atún, la pesca del camarón e, incluso, varios de ellos derivaron en la industria conservera, con lo que abrieron otros caminos que dieron grandes beneficios y contribuyeron a mejorar la economía del país.

    La industria del mueble fue otro de los oficios que se enriqueció con la llegada de los republicanos españoles. Hasta nuestros días en Chile perduran industrias como "Muebles Sur", creada en 1942 por Cristián Aguadé, Claudio Tarragó y Germán Rodríguez Arias. Los primeros muebles fueron confeccionados de forma casi artesanal en el patio de la casa de Claudio Tarragó. Antes de tres años la empresa ya estaba consolidada y en 1947 ya habrían la primera sucursal en el puerto de Valparaíso. El arquitecto Rodríguez Arias fue un verdadero visionario, hizo los primeros diseños para la nueva empresa y creó toda una línea de muebles en madera de pino, madera barata, abundante y de poco uso en el Chile de esos tiempos. Luego diseñó "La Chascona", la mítica casa de Pablo Neruda a los pies del cerro San Cristóbal en Santiago.

    Oficios como la talla en madera, la marquetería y otras especialidades que convierten a la madera no sólo en funcionales muebles sino en verdaderas obras de arte, también crearon escuela debido al aporte de los artesanos españoles. Igualmente en la ingeniería observamos la contribución de los pasajeros del Winnipeg en las obras públicas de este país. Un ejemplo de ello es el proyecto y la construcción del puerto de la ciudad de Arica. Entre los diversos testimonios de pasajeros del barco, hay varios de ellos que describen la nortina ciudad, -primera escala en Chile-, como un peladero en el que no había ni muelle.

    Los Hermanos Víctor y Raúl Pey Casado, ambos ingenieros, con revalidación del título en Chile, a los diez años de arribar al país se desplazaron a la limítrofe ciudad nortina y se hicieron cargo de la tarea de diseñar y construir el nuevo puerto. A partir de esa fecha, como contratistas, los hermanos intervinieron en el diseño y la construcción de varios puertos y espigones de atraque en las costas chilenas. Entre ellos destacar los puertos y muelles de Punta de Lobos, Mejillones, Huasco, Punta Arenas, Puerto Williams, Talcahuano, Castro. Además, en la Gran Avenida de Santiago, construyeron la Ciudad del Niño Presidente Ríos, edificio que por muchos años albergó a niños huérfanos y otros de escasos recursos y que, gracias a la "economía de mercado", dejó de prestar su noble servicio y fue demolido para construir nuevos bloques de viviendas.

    Como sucedió a la inmensa mayoría de los exiliados, los comienzos laborales de los hermanos no fueron fáciles. Víctor Pey nos cuenta que su primer trabajo fue de topógrafo: Había un ingeniero, ese que nos fue a recibir, me dio un trabajo para poder hacer un levantamiento topográfico, -yo nunca había trabajado como topógrafo a pesar de que es una rama de la ingeniería-, para un acueducto que venía desde Laguna Negra hacia Santiago que aún se usa. Mi hermano consiguió un trabajo como calculista, me parece que fue para el Hogar Español, era por cuenta de otro ingeniero.

    Ya que hablamos de Víctor Pey, reseñemos también un pasaje simbólico de su intensa vida en Chile. Me refiero a cómo un pasajero del Winnipeg devolvió la mano a Neruda organizando el famoso cruce de la cordillera del poeta. Después de dictada la llamada Ley Maldita que ponía al Partido Comunista fuera de la ley, cuando Neruda tenía toda la policía del presidente González Videla tras suyo, Víctor Pey fue uno de los que albergó al poeta y su mujer, Delia del Carril, en su departamento de la santiaguina calle Vicuña Mackenna esquina con Eulogia Sánchez y luego colaboró activa y generosamente en su escapada. Gracias a sus diverso trabajos de ingeniería a lo largo de todo Chile, Pey pudo elegir certeramente el lugar adecuado para cruzar a Neruda al lado argentino. Estuvo coordinando la operación desde su inicio -septiembre de 1948-, hasta febrero de 1949, fecha en que el poeta estuvo a salvo. Pero no acabó ahí la generosidad de la familia Pey. Delia del Carril, quien no cruzó la cordillera con Neruda, fue albergada, hasta su viaje a Europa, por Manuela Casado, madre de Víctor Pey.


    El Café Miraflores

    El aporte de los exiliados alcanzó también a la gastronomía. No sólo la modificaron sino que, además, indujeron nuevas costumbres culinarias, algunas desconocidas y otras poco arraigadas en los usos de la sociedad chilena. Quizás el ejemplo más típico, además de los "callos" y el "cocido", sea el de los famosos "churros", fritura que hasta nuestros días se consume en el país. Pero más allá de la incorporación de nuevos platos o de un cierto profesionalismo de hostelería, crearon nuevos ámbitos ciudadanos, absolutamente desconocidos en Chile. Unos cuantos emigrantes vascos crearon el restaurant Capri, que más adelante se convirtió en Boite. En ese restaurant, los maitres tradicionales fueron reemplazados por la atención de esposas y familiares de los dueños, costumbre, hasta entonces no practicada por los empresarios chilenos.

    Dos de los más importantes restaurantes capitalinos también deben su auge a la sabía colaboración de Salvador Morera, quién llegó al país: ...sólo con lo "puesto" (según figuraba en el pasaporte) empecé a organizar mi vida en Chile. No tenía más estudios que los básicos y algún conocimiento de gastronomía, pero poseía un gran espíritu de superación y la solidaridad del pueblo chileno.[1] A los pocos días de su llegada a bordo del Winnipeg consiguió trabajo en el restaurant Baquedano y a los pocos años en el Waldorf y luego el Chez Henry, en los que comenzó de ayudante de garzón. Morera llegó a ser socio del famoso restaurant.

    El Café Miraflores, seguramente el más emblemático y mítico punto de encuentro y de "tapeo" de los españoles, fue creado por varios de ellos; el escritor Pablo de la Fuente y su mujer, la chilena Mina Yañez. Estaba entre los fundadores, el vasco Joaquín Berasaluse, que era el experto en la cocina española. La pintora Roser Bru, en un entrañable recuerdo, nos señala que: El café Miraflores era una casa de fachada casi anónima, de un solo piso, arquitectura de pared seguida. El café constaba de dos piezas y unas aberturas para la cocina y dependencias. Las pequeñas mesas cuadradas se alineaban cerca del banco continuo que bordeaba la pared. Tenía un forro de algodón café. Las sillas eran un homenaje al asiento popular de Ibiza, con gruesa madera y totora trenzada. Las dos habitaciones estaban seguidas por una estantería de listones continuos, como de vagón de tren, para dejar allí las cosas. Colgaban también, metidos en unos palos redondos, los diarios de la ciudad. En la pasada hacia la cocina estaba endosado un mueble aparador, con varios objetos. Y allí era donde se apoyaban los dueños del café, haciendo pedidos y cuentas.[2] El Café Miraflores adornaba sus paredes con magnificas caricaturas del escenógrafo Santiago Ontañón y de Antonio R. Romera. Una de ellas representaba al arquitecto Germán Rodríguez Arias, diseñador del Café, otra, como recuerda Roser Bru, representaba la figura de Mina Yañez tensa y angulada, esperando que se fueran los clientes nocturnos. Estaba también la del Godofredo Yomi, que aparecía con una escotilla en la cabeza por la que salía el Dante. Algunas de estas caricaturas fueron exhibidas en el Centro Cultural de España de antiago, en una entrañable recreación del Café, con motivo de celebrarse los 60 años de la llegada del Winnipeg a Chile.

    En la capital chilena, donde hasta ese tiempo los puntos de encuentro de escritores y poetas noctámbulos eran los bares y restaurantes del llamado barrio chino, y en el que abundaban las Fuentes de Soda, en las que, como dice José Ricardo Morales, no había fuentes ni había soda, el café Miraflores se convirtió en un lugar de tertulias al estilo de los locales de las grandes ciudades españolas. Entre los artistas chilenos fueron asiduos visitantes los pintores Luis Vargas Rozas, Camilo y Maruja Mori, el poeta Vicente Huidobro, Lily Garafulic, Inés Puyó, el músico Acario Cotapos, el cineasta Patricio Kaulen. Los concurrentes españoles, por razones obvias eran innumerables. Ahí se veían asiduamente Elena Gómez de la Sera y Arturo Lorenzo, el pintor Jaime del Valle Inclán, hijo de don Ramón, el insigne escritor, el musicólogo Vicente Salas Viu, el filósofo Arturo Ferrater Mora, Arturo Soria, Santiago Ontañón y muchos más. Entre los españoles que visitaban ocasionalmente el país también se encontraban participantes en las tertulias del Café. Un día fue León Felipe, otro Dámaso Alonso, Corpus Bargas, Américo Castro y otros connotados intelectuales. En una crónica en que el escritor Jorge Edwards recuerda a Rafael Alberti, señala que Margarita Aguirre le contó la emoción que sintió cuando, siendo niña, entró al viejo Café Miraflores de Santiago y vio en una mesa vecina a Alberti con Neruda comiendo huesillos.[3]


    El Toesca de los libros

    El diseño gráfico y las empresas editoriales se enriquecieron enormemente gracias al aporte de personas como el polaco españolizado Mauricio Amster (Polonia, 1907 - Santiago, 1980), por cuyas creadoras diagramaciones llegó a ser llamado el "Toesca de los libros", también reconocido por muchos como "el renovador de la Tipografía chilena", sus trabajos se vieron reflejados, además de los libros, en revistas y diarios. Poco conocido es la anécdota del encuentro de Amster con su primer trabajo en Chile. Al llegar a la Estación Mapocho de Santiago, los pasajeros pudieron ver, entre los miles de carteles de bienvenida, uno que decía: "Mauricio Amster; Presentarse a la Revista Qué Hubo". Comenzó a trabajar al día siguiente junto al director, Luis Enrique Délano y a Volodia Teitelboim, periodista de la revista. Al poco tiempo, José María Souvirón lo nombró director artístico de la Editorial Zig Zag.

    Amster fue asesor permanente de la Editorial Universitaria y cumplió una destacada labor docente, como profesor de Técnica Gráfica, en la Cátedra correspondiente del Departamento de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad de Chile. Es autor de diversos textos relacionados con la impresión, entre ellos "Técnica Gráfica",[4] y "Normas de Composición; Guía para Autores, Editores, Correctores y Tipógrafos"[5]. Ambos textos no sólo son básicos en las clases a futuros periodistas, sino que también sirven de valioso apoyo a los profesionales en ejercicio.

    Muchas son las joyas bibliográficas que le debemos al celo y cuidado de Mauricio Amster. Entre ellas existen dos que salen largamente de lo común de nuestro país y que son imposibles de no mencionar. Se trata de la edición de los Proverbios Morales del Rabí Sem Tob, aparecida en 1947 en la colección del Olivar de Babel, hecha por Amster y el escritor Enrique Espinoza y de Diez Romaces de Amor[6], escogidos y caligrafiados por Mauricio Amster, ilustrados con xilografías de Jost Amman, artista suizo del siglo XVI y seguidos de una nota bibliográfica, sucinta y muy útil, de Julián Calvo. Con esta selección, Amster nos demuestra que no sólo era un enamorado de las letras, sino también de su contenido. Al respecto es significativa la reseña que hace el poeta Floridor Pérez: Que "proyectó o diagramó la edición Mauricio Amster", es algo que se lee en muchísimos libros chilenos, por lo que su nombre es bien conocido del lector nacional. Ese trabajo de dar un cuerpo material a la obra, lo habrá convencido de que algunos textos son inseparables de su tipografía original, tal como algunas personas nos parecen inseparables de su voz, por ejemplo. Así, Amster habrá llegado a estas ediciones caligrafiadas, verdaderas creaciones artísticas, que conservan un grato sabor de época.[7]

    Quizá es poco conocido el primer trabajo gráfico "chileno" de Amster. Lo compuso antes de subir al "Winnipeg" y se trata del folleto -"Chile os acoge"- entregado por Neruda a los más de dos mil pasajeros, entre ellos el propio Amster y su esposa Adina. Es imposible pensar que Mauricio Amster imaginara en esos días que, quince años más tarde, diseñaría otro libro con el nombre de Chile en su título; "Resumen de la Historia de Chile", libro escrito por Leopoldo Castedo, otro pasajero del Winnipeg.


    Cruz del Sur

    Aún hoy, en las actuales librerías chilenas vemos ejemplares editados por Joaquín Almendros, creador de la editorial "Orbe", entre otros sello. En una de sus colecciones, "Vidas Ilustres", Orbe editó una de las muchas biografías de Pablo Neruda. Se trata de la "Biografía Emotiva" de Efraín Szmulewicz. En él encontramos un curioso ejemplo de la integración peninsular en Chile. El libro, editado por Joaquín Almendros, contiene un prólogo de Vicente Mengod, autor también de una "Historia de la Literatura Chilena, y un artículo de opinión de Antonio Rodríguez Romera. Tres refugiados colaborando en un libro sobre Pablo Neruda.

    Seguramente una de las mayores empresas literarias intentadas en Chile por los transterrados españoles fue "Cruz del Sur", la editorial creada y dirigida por Arturo Soria en el año 1942. También aquí encontramos un valiosos ejemplo de integración y aporte cultural. El soporte económico de esta empresa fue hecho con los primeros ahorros de los mismos exiliados; Jesús del Prado, entre ellos. Cruz del Sur constituyó un modelo de política literaria que no se había efectuado en ninguna parte. La finalidad de la editorial era precisamente establecer vínculos entre los autores españoles desterrados y los chilenos, contribuyendo al conocimiento mutuo. Entre los directores de las catorce colecciones que creó "Cruz del Sur", se reúnen los nombres de dos destacados republicanos; José Ricardo Morales y José Ferrater Mora, junto a otros destacados escritores chilenos, entre ellos Manuel Rojas, Mariano Latorre, Juvencio Valle, González Vera, Ricardo Latcham y González Vera. El primer libro que editó Cruz del Sur fue Alhué, de González Vera, en una Colección de Autores Chilenos, cuyo director fue Manuel Rojas.

    El refinamiento de Cruz del Sur en la presentación de los libros se le debe por entero a Mauricio Amster. El "Toesca de los libros" era de un rigor ejemplar. Las maquetas que hacía de las publicaciones eran sencillas y asombrosas. No faltaba ni una coma. Tenía todo perfectamente compuesto, perfectamente equilibrado, perfectamente dosificado; los colores, los volúmenes, el tipo de cuerpo que se empleaba en cada línea etc. Era ciertamente un maestro y como tal es reconocido y recordado por quienes lo conocieron. No es de extrañar, entonces, que en los libros editados se entremezclaran lo más destacado de las letras chilenas con los clásicos y contemporáneos españoles. La editorial "Cruz del Sur" y sus librerías, con sus libros de bajo precio, también hay que decirlo, sin ninguna duda significó un importante hito y contribuyó claramente al hermanamiento y difusión de los valores literarios chilenos y españoles. Así por lo menos lo confirma el escritor José Miguel Varas: ...a Arturo Soria le debemos algo más, a lo menos los de mi generación: el reencuentro con la grande y auténtica literatura española, que el liceo nos había hecho aborrecer o despreciar. En la serie de "La fuente escondida" que dirigió José Ricardo Morales, conocimos a Quevedo, y a ignorados poetas del Siglo de Oro, como Francisco de la Torre, Francisco de Figueroa, Pedro Espinoza y el Conde de Villamediana. En fin, aprendimos a leer y gustar a Fray Luis y a San Juan de la Cruz, a Lorca, Aleixandre, Jorge Guillén y otros contemporáneos.[8]

    Pero no es sólo la edición de libros lo que la sociedad chilena, por lo menos la de aquel tiempo, debe a Arturo Soria, "discrepante y antimultitudinario" como gustaba autodefinirse. Con la inestimable colaboración de su cuñado, Fernando Puig, otro refugiado llegado a Chile en enero de 1947, recreó un tema que ya había experimentado en España; el Archivo de la Palabra, que editó con la voz de Neruda el primer disco con los versos de Alturas de Machu Pichu. (Grabado en tres discos, el 2 de marzo de 1947). Otros registros del Archivo de la Palabra realizados por Soria y Fernando Puig en Chile, recogen las voces de los poetas Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Dámaso Alonso y León Felipe.

    Arturo Soria era un hombre de una imaginación desbordante, de una inteligencia que a veces ocultaba, porque también coqueteaba con esa inteligencia, la camuflaba porque no le parecía bien demostrar la superioridad que realmente tenía y jugaba con esa superioridad y jugaba con todos. Para los intelectuales chilenos de la década de los cuarenta y cincuenta se convirtió en un mito. Su erudita conversación y sus ocurrencias, repetidas y comentadas, llenaron una época. Los jóvenes sólo tenían que saludarlo para incitar su rica conversación, que, más que conversación, se convertía en monologo; "?Como está, don Arturo?" y Soria, muy serio, replicaba: "?Yo? ?Discrepo!". Y luego de esa agresiva respuesta comenzaba a desarrollar, con lujo de detalles y anécdotas, sus temas favoritos; el destino de su querida España, Unamuno, Neruda, la cultura en general. Quizá algunos no sepan que, además de su hermano menor, Carmelo Soria, muerto por la Dina en plena dictadura de Pinochet, también en la guerra civil española, en la Batalla de Teruel, cayó su otro hermano, el mayor, combatiendo contra el ejército rebelde del general Franco en un regimiento de dinamiteros. Arturo Soria volvió a España en 1959, después de cumplir, como él dijera, veinte años y un día en Chile.


    El Teatro Experimental

    En el verano de 1941 se fundó en Santiago el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, movimiento artístico que sirvió de ejemplo a muchas iniciativas similares en Chile y en América Latina. Los fundadores, estudiantes de Filosofía, Pedagogía, Leyes y Bellas Artes, mataban la sed y el hambre en el café "Iris", donde, tertulia tras tertulia acabaron por echar las bases del nuevo Teatro, que con el correr del tiempo se convertiría en el "Instituto del Teatro de la Universidad de Chile". Entre los fundadores encontramos nombres como el de Roberto Parada, María Maluenda, Chela Alvarez, Bélgica Castro, Pedro Orthous, Rubén Sotoconil. Pedro de la Barra fue su primer director, elegido de una terna en la que además figuraban Héctor del Campo y José Ricardo Morales. También entre los fundadores del Experimental, además del dramaturgo y luego profesor José Ricardo Morales, -pasajero del Winnipeg- figuraban otros exiliados; Como asesor literario estaba el profesor de castellano y brillante conocedor de la literatura española del Siglo de Oro, Abelardo Clariana y Santiago del Campo, como maestro de ceremonias. Nos resulta entrañable señalar que los primeros ensayos de los jóvenes del Teatro Experimental se realizaron en el local de la "Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura", que había fundado Pablo Neruda en 1937, y que jugó un significativo papel en la organización del viaje del Winnipeg.

    El estreno de la compañía fue por la mañana del 22 de junio de 1941 en el teatro "Imperio". El primer programa incluía "La guarda cuidadosa" de Miguel de Cervantes, dirigida por Pedro de la Barra y "Ligazón", de Ramón del Valle-Inclán, dirigido por José Ricardo Morales. Señalar que en la obra dirigida por Morales actuaban entre otros María Maluenda y Pedro de la Barra.

    El Teatro Experimental buscó las raíces en la tradición española de los teatros universitarios. Esa tradición la funda en España Federico García Lorca con su mítica compañía de teatro "La Barraca". Rescata y reactualiza el teatro clásico español, lo revitaliza, lo hace vivir ante públicos muy diversos. Y esa experiencia la recogen también los actores y los directores del teatro "El Buho" de la Universidad de Valencia, en la que participaba Max Aub y un joven José Ricardo Morales.

    El Teatro Experimental marcó un etapa distinta en el teatro chileno. No es aventurado sugerir que, en el desarrollo del teatro nacional, hay un antes y después del Teatro experimental. Como consecuencia de esta iniciativa se crearon posteriormente otros grupos, entre ellos el Teatro Universitario de Concepción y el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica. En este último también participó y destacó una joven pasajera del Winnipeg; la actriz Monserrat Julio.

    Por esos tiempos, además, la destacada actriz catalana, Margarita Xirgú, estrenó en Santiago las primeras obras de Federico García Lorca y, asimismo, obras de José Ricardo Morales. La integración y el aporte en Chile, al muy poco tiempo de la llegada de los republicanos, comenzaba a materializarse.

    El aporte del profesor José Ricardo Morales en Chile no se limita a la fundación del Teatro Experimental. Habría que destacar también sus innovadores estudios de Paleografía y la publicación del primer volumen dedicado a esta especialidad en el país. A él se debe la formación de institutos y cátedras de Teoría de Arquitectura, en las Universidades de Chile y Católica, de cuyo trabajo resultó su primer libro "Arquitectónica". Bajo la iniciativa de Sergio Larraín, el profesor Morales, además, participó en la fundación de la Escuela de Artes de la Universidad Católica. José Ricardo Morales en un artículo publicado en la Revista Universitaria, con motivo del 50 aniversario de la llegada del Winnipeg, nos dice que su obra, su aporte, no hubiese sido posible: ...si no fuera por la generosidad extrema de Chile, país que rescatándonos de la nada, dio aliento a nuestra vida y vida a nuestra obra, brindándonos, en la medida de sus posibilidades, los medios para poder ser el que somos.[9] Además de una gran capacidad creativa, el profesor nos enseña su humildad. Quiero desvelar aquí, y espero no ser indiscreto con el profesor Morales, una conversación acerca del aporte de los inmigrados españoles a Chile. En ésta, que tuvo lugar en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile y en presencia de otro profesor, Fernán Mesa, José Ricardo Morales nos refirió otro importante aporte. En los años 40, su padre, José Morales Chofré, químico de profesión y pasajero del Winnipeg, fue el creador del primer "suero fisiológico".

    De esos meses de verano, en el año 41, a la vez que se fundaba el Experimental, rescatamos otros hechos en los que participaban los nuevos chilenos. En la II Feria Nacional del Libro, organizado por la Sociedad de Escritores de Chile con la colaboración de la Alianza de Intelectuales, que funcionaba en plena Alameda, la Alianza cooperó con el aporte de 20 retratos en colores de los más representativos valores de la historia intelectual del país. Estos retratos fueron realizados por los pintores Edmundo Campos y el "nuevo chileno" Arturo Lorenzo. Por cierto, a Lorenzo, durante muchos años, se le otorgó en exclusividad la autoría del inmenso retrato del entonces presidente, Pedro Aguirre Cerda, que colgaba de la cubierta del barco a su arribo al puerto. El mismo se encargó de desmentir tal hecho. El retrato fue un trabajo en equipo realizado en señal de gratitud antes de llegar a Chile. También en esos primeros meses de 1940, con la partida de Neruda y Luis Enrique Délano a México, se renovó la mesa directiva de la Alianza de Intelectuales. En este nuevo directorio, presidido por el poeta y Diputado Julio Barrenechea e integrada, entre otros, por los escritores Rubén Azócar, Ángel Cruchaga Santa María y Nicomedes Guzmán, nos encontramos a Elena Gómez de la Serna, esposa de Arturo Lorenzo y sobrina de Ramón Gómez de la Serna, también pasajera del Winnipeg. En España, durante la guerra, Elena Gómez de la Serna había participado activamente en el equipo de salvamento del tesoro artístico español. En Valparaíso, a partir de los años 50, se dedicó a la publicidad y el periodismo radiofónico. Fue Directora de la revista EVA de la editorial Zig- Zag. Durante el régimen militar chileno tuvo lugar su segundo exilio. Esta vez su refugio fue España.


    Criticos y periodistas

    El periodismo y la radiotelefonía, además de Elena Gómez, cuenta con otros nombres de refugiados españoles. Antonio Jaén Buendía fue un destacado personaje de las radios chilenas. Darío Carmona, el eventual secretario de Neruda en las labores de preparación del viaje y de selección del personal en Burdeos, se destacó, además de la radio, en el periodismo escrito. Trabajó por muchos años en la revista "Ercilla" y posteriormente se convirtió en uno de los mejores periodistas deportivos del país. Y si de periodismo hablamos, destacar a uno de los grandes periodistas "chilenos", me refiero a Isidro Corbinos, quien llegó a Chile a bordo del Winnipeg junto a su esposa y a su hija María. Corbinos, quien se había desempeñado como periodista en el diario La Vanguardia de Barcelona, coloboró muchos años en la revista "Ercilla", trabajó en el diario "La Última Hora" y, al igual que Carmona, destacó en el periodismo deportivo. Fue profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, y cuando en el país se instituyó un estímulo para distinguir al mejor de esa especialidad, no se dudó en darle su nombre, y así nació el "Premio Nacional de Periodismo deportivo Isidro Corbinos".

    La historia del arte en Chile se vio enriquecida con el aporte de otro refugiado español. Nadie puede dudar de la solvencia del crítico Antonio Rodríguez Romera, quién en la firma de sus artículos reemplazaba el Rodríguez simplemente por una "R.", o se ocultaba bajo los seudónimos de Critilo y Federico Disraeli entre otros nombres. Romera, caricaturista, crítico de teatro, de cine y sobre todo de arte, es autor de quince ensayos, todos ellos relativos al arte chileno. Su libro "Historia de la pintura chilena", para muchos, marcó un antes y un después en la pintura nacional y, editado en 1968, ya va por la cuarta edición. Su destacada labor en el campo de las artes le hizo merecer, en 1951, el Premio "Atenea". En 1950 obtuvo el Premio Municipal por su ensayo sobre el pintor Camilo Mori y un galardón de estímulo del Circulo de Periodistas. También recibió el Premio "Camilo Enríquez" de la Sociedad de Escritores de Chile. Fue condecorado "Cavalliere della Estella Solidanieta Italiana" y era Director del Buró de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, con sede en París. En su faceta de caricaturista, Romera fue miembro de las Societée des Humoristes Francaises y colaborador de numerosas publicaciones internacionales.

    Como Crítico de Teatro jugó un papel fundamental en la consolidación del nuevo Teatro Experimental. Romera poseía un extenso conocimiento del teatro europeo que rebasaba los existentes en el medio local, el mismo que pretendían poner en practica los nuevos experimentalistas, que dentro de toda su revolución escénica, habían olvidado a los críticos; no podían pretender también formar una escuela de críticos teatrales. De ahí la importancia de Romera en los esfuerzos universitarios. Y así se descifró a autores como Ionesco y otros que ofrecían temas demasiado escondidos para llegar fácilmente al publico. Ese público fue ganado por las criticas de Romera para las obras que presentaba el Teatro Experimental; sin su apoyo habría sido un lento proceso que tal vez habría debilitado el caminar de los artistas universitarios.[10]

    Antonio Romera, quien falleció en Santiago en junio de 1975, fue durante muchos años presidente del Círculo de Críticos de Arte de Chile. Con motivo de su muerte, en un artículo de adiós al maestro, la crítica chilena Yolanda Montecinos recuerda: Fue un erudito en el mejor sentido del término, un enamorado de las artes plásticas en dimensiones raras veces vistas y además, un crítico cuya trayectoria constituye un ejemplo para generaciones futuras.[11]


    Los Pintores

    La plástica chilena de nuestros días, se ve encabezada por dos grandes pintores; Roser Bru y José Balmes, ambos pasajeros del Winnipeg y ambos, después, alumnos de tres grandes de la pintura chilena; Burchard, Camilo Mori y Perotti. Llegaron a Chile siendo casi unos niños. Roser Bru comenzó a estudiar acuarela y croquis como alumna libre en la Escuela de Bellas Artes. Fue una de las más destacadas integrantes del Taller 99, dirigido por Nemesio Antúnez y, desde hace mucho tiempo, su obra goza de un prestigio reconocido en los más importantes centros del arte contemporáneo. Pero Roser Bru, en un emotivo y sincero testimonio nos recuerda que la integración en el país de acogida fue muy difícil en sus comienzos, sobre todo para los refugiados de mayor edad, como era el caso de su padre, Luis Bru, ex diputado en el Parlamento Catalán. Mi hermana trabajaba en el Automóvil Club, mientras mi madre, junto con la de Balmes y otras amigas, se dedicaron a coser. Para mi padre fue más difícil. Trabajó en un cargo de confianza de los Establecimientos Oriente. Fue allí que empezó su tuberculosis. No pudo ser feliz. Él fue el gran trasplantado, el más refugiado, el más exiliado. Perdió las razones de vida que le motivaron siempre. Murió el mismo año que descubrieron la estreptomicina, pero ya demasiado tarde para él.[12]

    José Balmes, el mismo mes de su llegada a Chile, con doce años, también ingresó en la Escuela Bellas Artes como alumno libre. El más chileno de los exiliados, según una propia definición, permaneció en ella hasta septiembre de 1973, cuando terminó como Decano. Sobre su acelerada "chilenización" el pintor, nacido en 1927, en Montesquiu, Cataluña, nos cuenta que estudió en el Liceo Barros Borgoño: Allí me chilenicé definitivamente, porque si no te chilenizabas en el Barros Borgoño, que era llamado la Universidad del Matadero, o los mal hablados le llamaban los matarifes, si no te chilenizas allí quiere decir que eres realmente estúpido.[13]

    Durante la dictadura de Pinochet vivió un segundo exilio, esta vez compartido con su esposa, Gracia Barrios, e hija, Concepción Balmes, ambas destacadas exponentes de la plástica nacional. En Europa, Balmes trabajó y enseñó en academias y universidades, (profesor de Pintura Mural en la Universidad de París, entre otras), realizó exposiciones y pintó murales que reforzaron la lucha del exilio chileno por contribuir a la recuperación de la democracia. Fue uno de los organizadores y dirigente del "Chile Crea", la majestuosa manifestación solidaria del mundo con nuestro país. El pintor permaneció ocho años en Francia y gracias a una gestión de la UNESCO, en 1982, le permitieron volver a Chile. A su vuelta, después de ocho años de exilio, declaró: Fue entonces que comprendí que nunca había salido de Chile. A uno le pueden vendar la vista, y hacerlo caminar con los brazos en cruz aspirando profundamente. Y uno que es de allí sabrá perfectamente donde está. El sonido y el olor del océano Pacífico no se pueden confundir. El mar de Isla Negra es único.[14] A su regreso, aún bajo dictadura, el pintor comenzó a enseñar su oficio en la Universidad Católica de Santiago. José Balmes, presidente por varios años del gremio de los artístas plásticos, la APECH, recibió el máximo galardón que se puede otorgar a un artista chileno; El Premio Nacional de Artes 1999. La tarde del 25 de agosto del mismo año, en el Ministerio de Educación, durante la ceremonia en que recibió el premio de manos del Ministro, Balmes habló de las circunstancias históricas en la vida del ser humano. En esa ocasión señaló: Si en las elecciones de 1938[15] hubiera triunfado Gustavo Ross, yo no estaría aquí. El Winnipeg fue el producto, la creación de un poeta, Pablo Neruda, y de la decisión de la sociedad chilena. El momento era el más propicio para esta gesta nerudiana y del Frente Popular que presidía don Pedro Aguirre Cerda a la cabeza de un conglomerado de seres humanos magnificos.

    José Balmes es querido y admirado por los chilenos, sobre todo por los chilenos que lo han visto luchar por un nuevo orden, por una mayor justicia social, por los que lo han visto prodigar su experiencia y su inspiración creadora. Este inquebrantable compromiso le ha traido más de algún inconveniente. Durante la detención en Londres de Augusto Pinochet por orden del juez español Baltazar Garzón, Balmes se convirtió para la extrema derecha en el paradigma de sus desgracias. El pintor no sólo era un declarado militante de izquierda, sino que también recordaron su origen español. Los fascistas criollos, con la cobardía que conlleva el anonimato, lo amenazaron de muerte.

    Su chilenidad está fuera de toda duda, nadie la cuestiona. Lo ha demostrado con los hechos, con su arte y con sus palabras: Siento que esa presencia que significó el Winnipeg es muy fuerte en mí, se me produjo un hecho paradojal: por lo joven que era, soy el más chileno de los exiliados, y uno de los que guardo el recuerdo de su significado de una forma muy fuerte. Poco después de la llegada, ya sentí que este país era el mío.[16]

    Balmes ha hecho de su lucha y de su arte una estética y una ética de existencia. Asi lo señala Volodia Teitelboim en uno de su innumerables escritos, y continúa: Su deber es hacer conciencia, contribuir a recuperar la memoria, terminar con el autoexilio y la regresión generalizada, rechazar el conformismo, la antidemocracia. Su divisa es no dejar caer los brazos, no darse nunca por vencido, desplegar el arte y las banderas de la dignidad, reconquistar los valores del espíritu libre. Enorme tarea para un sólo hombre la que encomienda Volodia, aunque nunca, que sepamos, Balmes ha dejado de asumirla.

    También fueron pasajeros del Winnipeg la pintora Magdalena Lozano, quien practicó la docencia durante mucho tiempo. En la escultura nacional encontramos el nombre de otro destacado; Claudio Tarragó, pasajero del "Formosa".

    La historia de la música chilena fue motivo de estudio para otro republicano. En el año 1960 se editó el libro "La creación musical en Chile", de Vicente Salas Viú. El destacado musicólogo, además de Director de la "Revista Musical Chilena", llegó a ser Director del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile, donde realizó una amplia obra administrativa. Además, Salas Viú, publicó en Chile otro libro, "Las primeras jornadas y otras narraciones de la guerra española", reimpreso en Santiago luego de ser publicado en Barcelona en el año 1939.

    Similar es la didáctica participación en el desarrollo musical chileno de la pianista Diana Pey Casado, fallecida en Miami, Estados Unidos, en su otro exilio, el chileno. Llegó a Chile acompañada de su madre, Manuela Casado, su esposo, el ingeniero Lorenzo Colli y sus dos hermanos, Víctor y Raúl. Uno de ellos, Víctor Pey, nos narra el comienzo de la nueva vida: La primera de la familia que encontró trabajo en Chile fue mi hermana. Encontró trabajo en la Radio Cooperativa Vitalicia, que se llamaba en esa época. Y el que le consiguió el trabajo, a los cinco o seis días de llegar, muy pocos, era un periodista, director de la revista Ercilla. Era peruano. Manuel Seoane, un hombre muy valiosos, muy meritorio. El tenía un amigo en la radio Cooperativa Vitalicia. Y llegamos a Manuel Seoane porque él fue a recibirnos entre la gente, cuando llegamos a la estación Mapocho. Ahí nos encontramos con unos chilenos que eran ingenieros y la mujer de uno de los ingenieros, Jose Saitua, era peruana y conocía a Seoane. Ella empezó a trabajar en la radio a los pocos días. Hacía dos programas, uno como Diana Pey, que tocaba, uno o dos días a la semana. Y después acompañaba a cantantes. El director de la radio en esa época era Renato Deformes, después llegó un muchachito que venía del sur, se llamaba Raul Matas.

    Siendo muy joven y además de su trabajo como concertista y acompañante en Radio Cooperativa, Diana Pey ingresó como alumna a la Escuela de Artes Musicales de la Universidad de Chile. Permaneció en ella hasta el año 1973, en que llegó a ser vice Decana y Decana subrogante.

    Otros músicos que se identificaron y contribuyeron con la cultura chilena fueron; el violinista Enrique Iniesta y su esposa, la pianista Giocasta Corma; el percusionista Valcárcel; el finísimo guitarrista Albor Maruenda y recordemos que también fue pasajero del Winnipeg el tenor catalán Juan Arnot.


    La Historia de Chile

    Así como la historia de la música y de la pintura chilena, la propia historia de Chile contó con un valiosos investigador. El connotado historiador chileno Francisco Antonio Encina encontró un notable colaborador en uno de los pasajeros del Winnipeg. El ya citado "transterrado" español Leopoldo Castedo, (Madrid 1915- Madrid 1999) no sólo colaboró con Encina, sino que, como hemos dicho, resumió la grandiosa obra del historiador. El Resumen de la Historia de Chile, de Castedo, hace algunos años, ya sobrepasaba la decimoséptima edición.

    El inmenso aporte a la cultura chilena del profesor, historiador, cineasta y cónsul honorario, Leopoldo Castedo, es muy difícil de resumir, aunque sí podemos enumerar algunas de las que fueron sus multiples actividades; Su primera publicación en Chile fue la "Historia ejemplar de Santiago de Chile", en el año 1942. Con este libro inaugura una larga serie de ediciones que sumarían hasta setenta en el transcurso de su vida. Con el título de "Chile en el corazón" apareció su primer artículo en el diario La Nación de Santiago. Lo escribió pocos días despues de su arribo al país y con él comienza la larga serie de articulos que publicó en diarios y revistas y que suman centenares. Como académico fue Profesor en la Escuela de Periodismo, Cátedra de Historia de América, en la Universidad de Chile; Profesor en la Facultad de Bellas Artes, Cátedra de Historia del Arte Iberoamericano, en la misma Universidad. Realizó, además, la película "La Respuesta", que, en 1961, representó a Chile en III Certamen Internacional de Cine Documental Ibero Americano y Filipino, realizado en Bilbao y en el que fue galardonado con la Medalla de Oro al mejor film en conjunto y Medalla de Plata al mejor film sobre una ciudad iberoamericana. Entre 1960 y 1979 vivió en Estados Unidos como profesor de la State University de Nueva York y como académico visitante en Washington y California.

    Castedo, además, ha sido funcionario de la CEPAL y asesor del Banco Interamericano de Desarrollo, BID; Cónsul Honorario de Chile desde 1960 hasta el 11 de septiembre de 1973. Fue miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y miembro de la Sociedad Científica de Chile. Recibió dos de las mayores condecoraciones que entregan los gobiernos de Chile y España. En Mayo 1996, El Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle le otorgó, por su valioso aporte a la cultura nacional, la Condecoración Orden al Mérito Docente y Cultural "Gabriela Mistral" en el grado de Gran Oficial. Por su parte, el Rey Juan Carlos I hizo otro tanto con la condecoración Isabel La Católica.

    En 1997, gracias al apoyo de la Fundación Andes y al Fondo de Cultura Económica, Castedo publicó sus "Contramemorias de un Transterrado". Memorias que se abren y cierran con dos "renacimientos". El primero, su rescate de las ruinas de una fábrica de armas en el Madrid de 1936, en plena guerra civil, que le deja, entre otras secuelas, un ojo inutilizado. El segundo en Chile, cuando los médicos le alejan de un cáncer y todavía puede pensar en una madurez llena de proyectos.

    Considerado como uno de los intelectuales más destacados de Chile, Castedo falleció en Barajas, Madrid, el domingo 10 de octubre de 1999, producto de un infarto, minutos antes de que el avión en que viajaba con destino a Washington despegara. Había viajado a España para presentar en la Casa de las Américas su útimo libro, -Fundamentos culturales de la integración latinoamericana, editado por el Fondo de Cultura Económica-, actividad trás la cual tenía programado viajar a Washington para pasar unos días de vacaciones junto a su esposa, la poetisa chilena Carmen Orrego. Su cuerpo, siguiendo su voluntad, fue incinerado y sus cenizas trasladadas a Chile. En el mes de junio de 1998, en una entrevista publicada en el diario La Época de Santiago, Castedo había declarado: No me quiero morir todavía, pues me quedan muchos libros por escribir.


    Entre 1941 y 1947, José Ferrater Mora enriqueció la cátedra de Filosofía Moderna y Contemporánea en la Universidad de Chile. En 1942, Ferrater publicó "España y Europa". En Buenos Aires se publicaron los libros que escribió en Chile; "Unamuno"; "Variaciones sobre el espíritu"; "El sentido de la muerte". Pablo de la Fuente, escritor centrado en la temática del exilio, editó en Chile "Sobre tierra prestada"; "Los esfuerzos inútiles" y "Este tiempo amargo", narración que obtuvo el Primer Premio del concurso de novelas de la Alianza de Intelectuales de Chile en 1949. Arturo Serrano Plaja, que permaneció poco tiempo en el país, escribió el cuento "Del cielo y el escombro", que da título al libro de este género publicado en Buenos Aires. De Antonio Aparicio, poeta y periodista, es "Cuando Europa moría o doce años de terror nazi".

    En la valiosa contribución, de todo tipo, aportada por los inmigrados, es de justicia destacar otros nombres, como el de la poetisa Elvira Magaña; el profesor Alejandro Tarragó, fundador de la "Windsor School", de tan buenos recuerdos para sus antiguos alumnos y que contaba entre sus profesores a Antonio R. Romera y Andrés Sabella. Cómo no señalar nombres como el del profesor Wenceslao Roces, Vicente Mengod, Eleazar Huertas, notable profesor en la Universidad de Chile y famoso por sus estudios sobre el Mío Cid; Antonio de Lezama Mason, quien colaboró en el diario vespertino Noticias de Última Hora, ejerció como profesor de literatura y biblioteconomía y, además, se desempeñó como representante extraoficial del Gobierno Republicano en el exilio; el periodista Carlos de Baraiba; el catalán Juan Guasch, nacido en Chile debido a un viaje de trabajo de su padre, pero criado en Arenys de Mar. Luego fue pasajero del Winnipeg y se desempeñó por muchos años como Secretario del Centro Catalán en Santiago; el fotógrafo José María Gancedo y su esposa Pilar Lage Bobadilla. Gancedo, gracias a su habilidad y a su máquina fotográfica, atesoró la más importante colección de fotos a bordo del Winnipeg y a su arribo a Valparaíso; el matrimonio formado por Santos Bustos y Concepción Berasaluce, él fue fundador y primer bailarín del grupo de folklore del Gobierno Vasco. En Chile fueron los protagonistas de la pelicula documental Notas para un retrato de familia, de la cineasta Angelina Vásquez.

    En Valparaíso se recuerda con cariño la labor del escritor y político Modesto Parera Casas, que fue uno de los que no viajó a Santiago y decidió quedarse en el puerto. Parera y su esposa pasaron su primera noche en un hotel: luego se formó una bolsa de trabajo en la Casa España y se ubicó a la gente. Al segundo día de llegar, yo fui empleado de la Municipalidad; mi señora fue empleada para cobrar avisos de una revista que se llamaba "La semana internacional". Y con eso empezamos una nueva vida.[17] También se quedó en Valparaíso el matrimonio formado por Piedad Bollada y el ex marino Eloy Alonso, padre de Agnes América Winnipeg Alonso, nacida a bordo del barco. En el puerto, Alonso, natural de la localidad de Abanto y Ciérvana en la Provincia de Vizcaya, se convirtió en talabartero, empleado de barraca, de fábrica de muebles, entre otros oficios, que complementó adecuadamente con la pasión por el fútbol. Así, este español vizcaíno no sólo se hizo socio del Club de Fútbol Santiago Wanderes, sino que llegó a ser tesorero e integrante de los Viejos Tercios. Diego Moya Tornero, otro pasajero del mítico barco, se convirtió en un prospero empresario del comercio porteño; El prolífico santanderino Laureano Miranda, una verdadera enciclopedia, según sus amigos, viajo a Chile y se quedó en el puerto junto a sus ocho hijos. La mayor de ellos, Virginia, recuerda sus escazas pertenencias en el momento de su arribo a Valparaíso: Tan pronto descendimos del barco y cumplimos con los trámites correspondientes nos llevaron en buses al Centro Español. No teníamos documentos, había un pasaporte colectivo. Desde allí, en los mismos buses nos fueron distribuyendo en los alojamientos que estaban preparados. a mi familia le correspondió ir a una residencial situada en la calle Independencia, entre calles San Ignacio y Simón Bolívar. No traíamos nada. Sólo una hermosa tela holandesa, con la cual mi madre nos hizo un traje que lucíamos con orgullo, pero la planta de nuestros zapatos no era más que un cartón que suplía la suela ya desaparecida.[18]

    En la ciudad de San Fernando se radico y aportó su trabajo el catalán Eugenio Castell, padre de Andrés Martí, otro niño nacido durante la travesía del barco. Castell llegó a esa ciudad una semana después de haber desembarcado en Valparaíso. En ella vivió el resto de su vida y de ella guardó siempre buenos recuerdos. En 1989, con motivo de cumplirse los 50 años del arribo del Winnipeg, Eugenio Castell declaró: ...al recordar lo que viví en el curso de casi tres años de guerra entre hermanos, padres e hijos, de haber pasado 5 meses en un campo de concentración y ese largo viaje por mar en un barco en el que casi no cabíamos, al recordar las cosas buenas y también malas que tuvimos que afrontar, tomo conciencia de lo que me ha dado este pueblo de San Fernando y de la gran fraternidad y humanismo del pueblo chileno para ese grupo de refugiados que llegamos en busca de paz, trabajo y tranquilidad.[19]

    En la ciudad de Los Andes encontraron cariño y acogida tres pasajeros del Winnipeg: Andrés Gálvez Peñuelas, Benito Jiménez Aranda y Rafael Martínez González. Su primer aporte fue participar en la construcción del Hospital de la ciudad. Con el tiempo se dedicaron a la actividad comercial, crearon fuentes de trabajo y compartieron sus triunfos y sus derrotas con sus conciudadanos.


    La semilla

    En 1989, bajo el auspicio de la Embajada de España y de diversas instituciones culturales, se celebraron los cincuenta años de la llegada del Winnipeg. Dentro de los actos conmemorativos se realizaron varias charlas y conferencias y, simultaneamente, se publicaron dos libros y se estrenó una pelicula[20]. La prensa publicó decenas de artículos y estudios relativos al tema. Revisando toda esa rica información podemos rescatar que en 1989, en Chile, no quedaban más de 260 sobrevivientes de esa multitudinaria expedición. Pero se estimaba, en esa fecha, en más de quince mil los descendientes de los pasajeros del Barco. Estos descendientes, la semilla del Winnipeg, también se deben contar como parte de ese valioso aporte al desarrollo de nuestro país.

    Con toda seguridad el aporte de los exiliados españoles a Chile es digno de un estudio mucho más profundo que el insinuado en este artículo. La rápida integración de los transterrados en nuestro país permitió que su aporte y su obra se diluyera en nuestra sociedad, lo que la hace más difícilmente destacable.
    [1]Salvador Morera Mas. Revista Universitaria N? 27, Santiago, 1989. pág. 22.

    [2]Roser Bru. "El Café Miraflores" Revista Rocinante N? 1, Santiago, Noviembre de 1998.

    [3]Darío Oses, Revista Cuadernos, N? 40, Santiago, 2000. pág, 26.

    [4]Mauricio Amster, "Técnica Gráfica". Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1977. 220 páginas. (Este libro es una versión ampliada y corregida de otro libro de Amster "Técnica Gráfica del Periodismo)

    [5]Mauricio Amster. "Normas de Composición;...". Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1969.

    [6]Diez Romances de Amor. Selección de Mauricio Amster. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1975. 78 páginas.

    [7]Floridor Pérez. "Romances de aquí y allá..." La Provincia, Ovalle, 4 de marzo de 1976. pág. 3

    [8]José Miguel Varas. "El Discrepante" Revista Araucaria de Chile N? 12, Madrid 1980 p. 207

    [9]José Ricardo Morales. "Un testimonio, una Dedicatoria" Revista Universitaria N? 27, Santiago 1989. pág. 24.


    [10]Mario Cánepa Guzmán. "La presencia de Romera en nuestro teatro". El Mercurio, Santiago 27 de marzo de 1977.

    [11]Yolanda Montecinos. "El adiós a un maestro" Las Últimas Noticias, Santiago, miércoles 25 de junio de 1975.

    [12]Roser Bru. "Viaje en el Winnipeg de la Familia Bru". Revista Universitaria N? 27, Santiago, 1989. pág. 20.

    [13]Intervención del José Balmes en la Mesa "Aportes del exilio; Las artes" en el Centro Cultural de España, lunes 13 de septiembre de 1999, con motivo de la conmemoración de los 60 años de la llegada del Winnipeg a Chile.

    [14]Raul Pizarro, "El retorno de Balmes". Araucaria de Chile, N? 17, Madrid 1982. pág. 145-148.

    [15]La elección presidencial tuvo lugar el 25 de agosto de 1938. Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular, derrotó por estrecho márgen a Gustavo Ross Santa María, candidato de los partidos de derecha. Aguirre Cerda asumió la presidencia el 24 de diciembre del mismo año.

    [16]Maura Brescia. "Las remembranzas de un niño exiliado de doce años, medio siglo después" (José Balmes). Diario La Época, Santiago, 3 de Septiembre de 1989. pág. 29.

    [17]Modesto Parera casas. "Al recibirnos, Chile cumplió con la frase "O el asilo contra la opresión" La Estrella, Valparaíso, 2 de Septiembre de 1989. págs. 26-28.

    [18]El Mercurio, Valparaíso, 3 de Septiembre de 1989. p. 17-18.

    [19]Eugenio Castell. La Región, San Fernando, 31 de Agosto de 1989. p. 5

    [20]Los libros presentados en esa ocasión fueron: "Los Españoles del Winnipeg" de Jaime Ferrer Mir (Ediciones Cal Soga, Santiago, 1989, Imprenta Salesianos.) "Winnipeg Cuando la libertad tuvo nombre de barco" de Angélina Vásquez (Ediciones Meigas, Con el patrocino del ICI. Agosto de 1989) y se estrenó el film "Notas para un retrato de familia" de Angelina Vásquez.

    Proyecto Clio

    Refugiados españoles desmienten en Chile las leyendas del barco Winnipeg


    Santiago de Chile.- Refugiados de la Guerra Civil española que llegaron a Chile en el barco Winnipeg desmintieron hoy en Santiago varias de las leyendas que circulan en torno a la embarcación fletada por el poeta Pablo Neruda.

    En el marco de la conmemoración del 70 aniversario del arribo del barco al puerto chileno de Valparaíso, los exiliados Víctor Pey y Roser Bru, y los historiadores Jaime Ferrer y Julio Gálvez, participaron en una charla en la que, además, contaron anécdotas de su viaje a Chile junto a alrededor de 2.300 refugiados más.

    Pese a llevar el nombre de un lago canadiense, el Winnipeg era un carguero que pertenecía al Partido Comunista y formaba parte de la compañía naviera "France Navigator".

    En contra de algunas versiones que salieron publicadas, el historiador Julio Gálvez afirmó que en el barco "sí embarcaron muchos anarquistas", hecho que fue corroborado por uno de los asistentes al acto, quien se identificó como el hijo y nieto de anarquistas que viajaron en el Winnipeg.

    El historiador señaló que algunas publicaciones, basadas en el libro "El éxodo", de Solano Palacios, un anarquista que viajaba en el Winnipeg, señalaron la ausencia de anarquistas en el barco.

    A pesar de que hay documentos que certifican que Neruda prefería que no hubiese anarquistas a bordo, el listado de pasajeros incluyó a muchas personas de esa ideología, indicó Gálvez.

    El historiador señaló que Solano escribió una visión politizada de la travesía, donde calificaba a las mujeres que fumaban de "prostitutas" y a los veintitrés miembros de la tripulación chilena del Winnipeg de "borrachos".

    Los historiadores Jaime Ferrer y Julio Gálvez afirmaron que en el Winnipeg viajó "gente de todas las regiones de España" y con "oficios de todo tipo", pertenecientes a hasta 33 movimientos y partidos políticos distintos, según las fichas de los pasajeros que se encontraron.

    Víctor Pey, pasajero del Winnipeg, contó su salida de España y señaló que "entre 300.000 y 500.000 personas" se agolparon en la frontera entre España y Francia huyendo del dictador Francisco Franco.

    "Yo y mi hermano atravesamos los Pirineos con una brújula durante tres días y tres noches de invierno", agregó.

    Pablo Neruda conoció la situación de los refugiados españoles en campos de concentración franceses durante su etapa de cónsul chileno en Barcelona y Madrid.

    A su regreso a Chile, en 1937, convenció al entonces presidente Pedro Aguirre Cerda para fletar un barco para trasladar a algunos refugiados a Chile para ofrecerles una vida mejor.

    En 1939, el poeta viajó a Francia con este propósito, donde recibió miles de solicitudes de españoles refugiados que querían embarcarse en el Winnipeg rumbo al continente americano.

    Ayudado por el ex gobierno republicano español, Neruda seleccionó las familias de refugiados que partieron desde el puerto Trompeloup-Pauillac, cerca de Burdeos, el 4 de agosto de 1939.

    La pintora Roser Bru declaró que el Gobierno chileno pidió que entre los pasajeros del Winnipeg se encontraran profesionales de todo tipo, con el fin de que pudiesen aportar conocimientos al pueblo chileno, y descartó que solo hubiese gente afiliada al Partido Comunista.

    Bajo este criterio, el Servicio de Evacuación de Refugiados del Gobierno republicano español en el exilio se encargó de seleccionar, entre los miles de refugiados de campos de concentración franceses, a los pasajeros que subirían a la embarcación.

    Este miércoles algunos de los refugiados serán recibidos por la presidenta chilena, Michelle Bachelet, en el Palacio de La Moneda y, coincidiendo con el día que la nave llegó a Chile, rendirán un homenaje a Pablo Neruda con un viaje a la casa del poeta en Isla Negra.

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      Fecha y hora actual: Sáb Dic 10, 2016 7:26 pm