"¿Marx verde? Naturaleza y teoría del valor" - texto del antropólogo Claudio C. Vizia - año 2009

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    "¿Marx verde? Naturaleza y teoría del valor" - texto del antropólogo Claudio C. Vizia - año 2009

    Mensaje por pedrocasca el Sáb Mar 03, 2012 9:24 pm

    "¿Marx verde? Naturaleza y teoría del valor"

    texto del antropólogo Claudio C. Vizia

    Versión corregida de la ponencia presentada en las Cuartas Jornadas de la Asociación Argentino Uruguaya de Economía Ecológica. Buenos Aires, Universidad Nacional de General Sarmiento, noviembre 2009.

    Introducción

    En este trabajo me propongo considerar la noción filosófica de Naturaleza en Karl Marx, para tratar luego de analizar de qué modo es incorporada en la teoría del valor, piedra angular del materialismo histórico. Para estas dos cuestiones me basaré en el análisis de textos seleccionados de los fundadores del materialismo histórico. Este punto tiene particular importancia por mi convicción sobre la necesidad de una más adecuada valoración de la obra de Marx en los ámbitos ecológicos, lo cual en mi opinión tiene una importancia no sólo teórica sino también política, en razón de identificarme con los postulados ecosocialistas.

    Luego pasaré a relacionar dicha problemática con el análisis de la energía en la agricultura de Podolinsky, retomando sus argumentos, y al final se analizarán los distintos comentarios y valoraciones que pudimos encontrar en textos contemporáneos de Joan Martínez-Alier, Guillermo Foladori, Paul Burkett y John Bellamy Foster, y Daniel Bensaïd, para llegar a las conclusiones.

    La pertinencia del tema está justificada por al menos dos razones. La primera de ellas reside en la convicción de Podolinsky de haber hallado las bases termodinámicas de la teoría marxista del valor. La segunda consiste en la certidumbre sobre las posibilidades de una mayor comprensión sobre la estimación -o subestimación- del problema energético en Marx y Engels a través de reunir diversos argumentos y críticas, intentando enriquecer el valioso análisis de M. Alier con aportes de otros autores, lo que al menos tendrá el logro de una mayor información sobre el asunto.

    Consideraciones sobre la Naturaleza

    En los “Manuscritos” de 1843-44 Marx se refiere a la naturaleza como “el cuerpo inorgánico del hombre”. Si bien esta concepción es de carácter transhistórico, como ha sido señalado al menos por Ted Benton y Moishe Postone, tiene un doble valor: como punto de partida afirma que no puede concebirse al hombre sino en la naturaleza de la cual forma parte; y en obras posteriores permitirá además llegar a la noción más compleja y dinámica de metabolismo del hombre y la naturaleza, aprovechando las influencias de los estudios de von Liebig sobre la fertilidad de la tierra.

    La referencia al capítulo del Libro I de El Capital “Proceso de trabajo, proceso de valorización”, nos puede ayudar a entender mejor la idea:

    “En primer lugar, el trabajo es un proceso entre hombres y naturaleza, un proceso en el que, mediante su acción, el hombre regula y controla su intercambio de materias con la naturaleza. Se enfrenta a la materia de la naturaleza como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales pertenecientes a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza y manos, para apropiarse de los materiales de la naturaleza en una forma útil para su vida. Al actuar mediante este movimiento sobre la naturaleza exterior a él y cambiarla, transforma al mismo tiempo su propia naturaleza.”[2]

    En este párrafo, puede establecerse una influencia directa en la noción contemporánea de coevolución del hombre y la naturaleza, de R. Norgaard.

    Esa relación metabólica se habría alterado por la alienación del proceso de trabajo, la separación del productor de sus condiciones de producción y consiguientemente de su producto, generando además la división del trabajo con la consecuente separación entre la ciudad y el campo, procesos que según Marx el socialismo debería rectificar.

    “Con el predominio cada vez mayor de la población urbana, concentrada en grandes centros, la producción capitalista acumula, de un lado, la fuerza motriz de la sociedad, mientras que de otra parte perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra. Es decir, el retorno a la tierra de los elementos de ésta consumidos por el hombre en forma de alimento y de vestidos, o sea, la condición natural eterna de la fecundidad permanente del suelo.”[3]

    Sobre el problema de la reutilización de los residuos vuelve en el libro III de la misma obra, en la sección destinada a la economía en el empleo del capital constante, destacando a la vez el aporte de la ciencia en su reutilización, como su irracional despilfarro:

    “Los excrementos del consumo son muy importantes para la agricultura. Por lo que respecta a su utilización, la economía capitalista efectúa un despilfarro colosal; en Londres, por ejemplo, no saben hacer nada mejor con el abono de 4 ½ millones de seres humanos que emplearlos, con gastos inmensos, en apestar el Támesis.”

    Y más adelante:

    “Y todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero sino también en el arte de esquilmar a la tierra, y cada paso que se da en el incremento de su fertilidad dentro de un período de tiempo determinado, supone a la vez un avance en la ruina de las fuentes permanentes de esta fertilidad. (...) La producción capitalista sólo desarrolla, por tanto, la técnica y la combinación del proceso social de producción al tiempo que socava las fuentes originarias de toda riqueza: la tierra y el trabajador.”[4]

    En este pasaje se establece críticamente un proceso paralelo y relacional del carácter depredador del capital sobre la tierra y la fuerza de trabajo, lo que tiene una innegable actualidad para comprender la crisis ecológica contemporánea como el resultado de una lógica de la acumulación por la primacía del valor de cambio, y que no impediría, salvando los riesgos de toda transposición, considerar a la huella ecológica como una traducción material de la depredación del capital sobre la tierra.

    Aquí también Marx toma distancia con respecto a una supuesta concepción unilateral de progreso, el que se revela, por el contrario, como desigual y contradictorio.

    Sin embargo, a este párrafo subrayado por autores que destacan las percepciones ecológicas de Marx, podemos contraponer el siguiente, escogido del Manifiesto, y también citado repetidamente por quienes critican su supuesto productivismo o prometeísmo:

    “En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las generaciones juntas. Basta pensar en el sojuzgamiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron sobre la tierra como por ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechare siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yacían soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?”[5]

    Estos pasajes, que han sido calificados como “panegíricos de la burguesía”, deben contextualizarse debidamente. Ante todo, se nota el tono entusiasta de un manifiesto, contrastante con el más neutro de un tratado[6]. Pero a párrafo seguido, se detallan las trabas actuales al desarrollo de las fuerzas productivas, y la necesidad del socialismo. En la misma página, destaca como un “logro” de la burguesía la concentración de la población en grandes ciudades, y el rescate de los campesinos del “idiotismo rural”[7].

    Sin embargo, en el mismo Manifiesto se puede encontrar, entre las diez primeras medidas prioritarias, la abolición de la propiedad de la tierra, y la lucha contra la división ciudad / campo.

    Pero otra referencia más actual nos puede aportar a una debida contextualización de la perspectiva de Marx en la época del Manifiesto y otros trabajos. En la advertencia a su selección de textos “Materiales para el estudio de América Latina”, su compilador Pedro Scaron señala el error de muchas teorías difundidas, consistente en afirmar que las grandes líneas de la concepción del mundo de Marx quedaron definitivamente establecidas a partir de la redacción del Manifiesto, demostrando en el análisis de textos que sobre la cuestión nacional la evolución de Marx y Engels es compleja y contradictoria. Tenemos razones para considerar esta reflexión como aplicable a nuestro tema.

    La periodización que establece marca una primera fase de comienzo impreciso no posterior a 1847 hasta 1856, año del fin de la guerra de Crimea, donde “… Marx y Engels combinan el repudio moral a las atrocidades del colonialismo con la más o menos velada justificación teórica del mismo.”[8] El Manifiesto pertenece claramente a este período.

    Una segunda etapa según el autor se desarrolla entre 1856 y la fundación de la Internacional, en 1864, donde la denuncia del colonialismo se une con la reivindicación del derecho a la resistencia de los pueblos oprimidos. La mayor parte de los textos sobre el colonialismo se ubica entre estos años.

    Un tercer período se daría desde la fundación de la Internacional hasta la muerte de Marx, en 1883. Aquí la influencia de la relación personal con los militantes de los países de menor desarrollo capitalista aproximaría a ambos a la actual teoría de la dependencia, admitiendo la posibilidad de una revolución en estos países antes que en los centrales.

    En la cuarta fase, posterior a la muerte de Marx, según el compilador se da un proceso de estancamiento o de involución. Aquí Engels combinaría análisis acertados sobre la cuestión nacional típicos del período anterior, con una posición “patriótica” y proclive al parlamentarismo, cercana a Kautsky y la socialdemocracia.

    Scaron argumenta que estas fases delineadas sobre la cuestión nacional se ajustan a los textos sobre América Latina, pero en lo que aquí nos interesa, respecto al rol histórico de la burguesía, son pertinentes al menos para comprender que el entusiasmo sobre su rol histórico de ningún modo fue definitivo, como parecieron entender varios críticos.

    Naturaleza y teoría del valor

    Para Marx la magnitud del valor de una mercancía es el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Prescindiendo de su valor de uso, y por lo tanto de sus propiedades físicas, a las mercancías sólo les queda la propiedad de ser productos del trabajo. El valor de uso se presenta en todo tipo de sociedad, si bien bajo diferentes relaciones sociales, mientras que el valor de cambio es la forma dominante, si bien no exclusiva, que adquiere el valor de la mercancía bajo las relaciones sociales de producción capitalistas.[9]

    Sobre la forma valor de uso, afirma que es una combinación de dos elementos, la materia natural y el trabajo:

    “De ahí que el trabajo no sea la única fuente de los valores de uso que produce, de la riqueza material. Como dice William Petty, el trabajo es su padre y la tierra su madre.”[10] Habría, por lo tanto, en esta forma de valor, trabajo humano y producto de la naturaleza. Así, si a cada mercancía se le sustrajera cada etapa de trabajo incorporado, no quedaría sino un “residuo material”, brindado por la naturaleza y sin intervención humana.

    Pasando a la forma valor de cambio, así la define en otro texto:

    “Como los valores de cambio de las mercancías no son más que funciones sociales de las mismas y no tienen nada que ver con sus propiedades naturales, lo primero que tenemos que preguntarnos es esto: ¿cuál es la sustancia social común a todas las mercancías? Es el trabajo.”[11]

    Así, en términos de trabajo formal, no concreto, su magnitud es constante al suponerse también uniforme el tiempo de trabajo dedicado para su producción.

    Tampoco el trabajo presenta sólo la característica de productor de valores de uso. Como una mercancía más, se expresa en valor de cambio, y este es un aporte exclusivo que con justicia se atribuye Marx[12].

    Más adelante, en el apartado IV, al hablar del carácter fetichista de la mercancía, sostiene que el valor de las mismas no tiene relación con sus propiedades físicas y las relaciones reales: pero en la representación de los sujetos las relaciones sociales del trabajo aparecen como propiedades objetivas de sus productos, y las relaciones sociales entre personas aparecen como relaciones entre cosas.

    En el mismo apartado, en la página 115 de la edición consultada, puede leerse:

    “La aburrida y absurda querella sobre el papel de la naturaleza en la formación del valor de cambio demuestra, entre otras cosas, hasta qué punto ha engañado a una parte de los economistas el fetichismo de las mercancías, o la apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo. Como el valor de cambio es una determinada manera social de expresar el trabajo empleado en una cosa, no puede contener más elementos naturales que el tipo del cambio, por ejemplo”.

    No se trataría entonces de una omisión ni de una falta de ponderación adecuada del lugar de la naturaleza en la formación de valor sino más bien, de la radical diferencia entre una y otra formas de valor. Así, al prescindirse para el valor de cambio de toda referencia a las propiedades materiales de la mercancía, el aporte de la naturaleza en la generación de valor estaría exclusivamente restringida a la forma valor de uso, forma de valor dominante en el sistema capitalista, coincidiendo Marx con los economistas liberales en considerar al trabajo como fuente exclusiva del valor de cambio. Como citábamos más arriba, para Marx la verdadera fuente de riqueza es el valor de uso, donde el aporte de la naturaleza al valor es tenido en cuenta, pudiendo incluso reducirse el trabajo a sus propiedades naturales.

    Lo anterior no invalida las argumentaciones en favor de la construcción de una nueva teoría del valor que contemple la valoración de recursos agotables, como la amortización de los no renovables, los efectos de los desechos sobre la biosfera, etc., lo que los marginalistas llamaron externalidades. Varios autores se han referido a este tema, entre los que podemos mencionar a Joan Martínez-Alier, Enrique Leff y Alain Lipietz., quien considera necesario su reemplazo por una teoría del “valor sustentable”.

    Sin embargo, en la medida en que dichos valores se traduzcan monetariamente, sería, siempre dentro de los límites del actual sistema de producción, una forma de internalización de externalidades, lo que a nuestro entender no cuestionaría la teoría marxista del valor.

    Marx, Engels, Podolinsky: energía y teoría del valor.

    Conocimos a Sergei Podolinsky por los trabajos de J. Martínez Alier. A continuación seguiremos la argumentación de “Socialism and the Unity of Phisical Forces”, versión inglesa traducida del original por Angelo di Salvo y Mark Hudson, para Organization and Environment, que debimos utilizar por no disponer de la traducción española.

    En su artículo Podolinsky se pregunta cuál es el mejor método para aplicar el trabajo humano a la naturaleza para un mayor rendimiento de sus fuerzas hacia la satisfacción de las necesidades humanas. Para ello pasa a considerar la distribución de energía en el universo, haciendo mención a la tendencia a la dispersión, segundo principio de la termodinámica.

    Así, considera que la capacidad de la humanidad de producir modificaciones en la distribución de la energía solar es el camino para retener una mayor porción de energía aprovechable. Luego menciona que las plantas y los cultivos son los mayores obstáculos a la reflexión de la luz en el espacio, por lo tanto a la dispersión de la energía solar. Y afirma que el hombre mediante ciertas acciones puede incrementar la cantidad de energía solar acumulada en la tierra y disminuir su dispersión: cultivando vegetales, aplicando maquinarias al agro y combatiendo las plagas.

    Luego de analizar las estadísticas agrarias de Francia, concluye que el aumento de energía puede ser logrado de dos modos: por la conversión inmediata de energía solar en movimiento a sustancia nutritiva. O mediatamente, con el trabajo útil de artesanos y fabricantes de maquinarias. Toda la energía proviene del sol, pero mediante la actividad del hombre una Ha. de tierra puede acumular en su vegetación diez veces la cantidad de energía que sin su intervención. Por lo tanto la agricultura científica es el mejor ejemplo de trabajo útil.

    Intentando a continuación aplicar esa teoría a la satisfacción de necesidades humanas, reconoce que dicha satisfacción es acompañada por un intercambio de fuerzas físicas entre los organismos y el ambiente.

    Y basándose en los experimentos de Hirn y Helmholtz sobre la relación entre el oxígeno aspirado e inhalado en el trabajo, extrae un coeficiente de la máquina humana, equivalente a 1:5. Como el valor del alimento lo establece en aproximadamente la mitad, el coeficiente económico puede llegar a 1:10.

    Luego afirma que los salvajes, que satisfacen gran parte de sus necesidades con los elementos que ofrece la naturaleza y con necesidades más limitadas, aparentemente poseen un coeficiente mayor que los hombres civilizados. Así, el trabajo útil puede acumular energía en gran proporción a medida que crece la población, pero el proceso no es general porque en el capitalismo avanzado gran parte del trabajo es aplicado a la producción de objetos de lujo, o sea, a la dispersión de energía más que a su acumulación. La causa de la aparente contradicción es que dado que el coeficiente económico del hombre primitivo es mayor, debe considerarse a su cuerpo como una máquina mejor organizada que la del hombre civilizado; sin embargo, éste produce más con su trabajo. Siguiendo a Sadi Carnot, el hombre es una máquina térmica perfecta.

    Como conclusiones[13]:

    1.La cantidad total de energía que la tierra recibe desde su interior y del sol tiende a disminuir, mientras que la energía acumulada en la superficie de la tierra tiende a incrementarse.

    2.El incremento de la energía acumulada tiene como única causa el trabajo muscular de los hombres y ciertos animales.

    3. El coeficiente humano tiende a disminuir a medida que crecen sus necesidades. El uso del trabajo muscular tiende a incrementar en el presente la acumulación de energía, en mayor medida que en la era primitiva de civilización.

    4.En virtud de la afinidad química en cuanto a disposición de sustancias nutritivas, de fuerza mecánica de animales y maquinarias que reunidas sobrepasan la fuerza mecánica propia de los humanos, en la medida que el denominador del coeficiente económico exceda al numerador la existencia humana estará asegurada, porque la raza humana representa un ejemplo de la máquina térmica perfecta, de acuerdo a la concepción de Sadi Carnot.

    5.El principal objetivo debe ser el incremento de la energía solar acumulada en la tierra, no simplemente la transformación en trabajo de la energía solar y otras formas. En las recientes formas de energía -por ejemplo el trabajo mediante la combustión de carbón- es acompañada de una mayor dispersión en el espacio.

    Ahora pasa a analizar la segunda cuestión: ¿Cuáles formas de reproducción son más ventajosas para la satisfacción de las necesidades humanas? Y responde: las que producen la mayor acumulación de energía solar en la tierra.

    Claramente, no es la forma primitiva de cultivo, basada en la utilización de fuerzas previamente acumuladas por el proceso natural. El hombre primitivo lograba su nutrición mediante la caza, la pesca y la recolección sólo dispersando en el espacio la energía solar acumulada en la superficie terrestre.

    Tampoco la esclavitud, basada en la guerra, que formaba un numeroso grupo de hombres improductivos dedicados a las actividades bélicas.

    En cuanto al feudalismo, significó ciertos elementos de progreso, pero no comparable con el presente.

    Así llegamos a la producción capitalista actual. Esta forma utiliza la división del trabajo, aplicando la maquinaria a la gran industria y la agricultura en gran escala. Pero los resultados no son obtenidos por los capitalistas, sino por el trabajo de generaciones pasadas de trabajadores, o por las asociaciones actuales (cooperativas) Como contrapartida genera crisis con cantidad de trabajadores en la calle, operando de manera análoga a las guerras y epidemias, esto es, dispersando una porción de energía disponible en detrimento de su acumulación.

    Así es como admite, en concordancia con la teoría del valor que atribuye a Ricardo, que sólo el trabajo sirve en última instancia como base para la definición del valor de la producción, y agrega que será el elemento preponderante de toda teoría socialista correcta de distribución de la producción. Esta deducción sería “una sentencia de muerte para los otros sistemas de producción”, y finaliza dando algunos ejemplos que apoyan esta afirmación. Hasta aquí la reseña de Podolinsky.

    La respuesta de Engels

    No hay evidencias de que Marx contestara la carta remitida por Podolinsky,. Burkett y Foster observan que dicha carta no fue hallada en los archivos de Marx, por lo que presumen que la respuesta pudo ser enviada a Podolinsky mediante notas al margen de la misma carta, hábito que habría sido frecuente en Marx. Sin embargo, pese a nuestro limitado conocimiento de la situación de Marx en esa circunstancia, esa presunción parece poco probable. Las referencias encontradas están en dos de las últimas cartas que Engels dirige a Marx antes de su muerte, fechadas el 19 y 22 de diciembre de 1882. Marx falleció el 14 de marzo de 1883.

    Marx había encargado a Engels que se ocupara de analizar el trabajo de Podolinsky en razón de estar enteramente dedicado al estudio de las sociedades precapitalistas, que debían integrar la última parte de El Capital.

    Engels, quien dispondría de la versión italiana, en la primera carta reconoce el aporte de Podolinsky en cuanto a haber demostrado la capacidad del trabajo humano de fijar la energía solar en la superficie de la tierra, pero considera erróneas sus conclusiones económicas. En su comentario aclara que en el balance de energía debe considerarse la pérdida por fricción y radiación de calor corporal de las calorías fijadas. Retomaremos esto más abajo. Considera además que el cálculo de calorías sólo puede realizarse en las ramas más primitivas de la producción, no así en la industria, afirmando que es imposible expresar las relaciones económicas en magnitudes físicas, y señala también que Podolinsky no tiene en cuenta que además de fijar el calor actual, el hombre derrocha el calor acumulado del pasado.

    Como conclusión, considera su descubrimiento muy valioso, pero concluye que la verdad del socialismo no puede encontrarse en la ciencia de la naturaleza.

    En la segunda carta, se limita a aclarar que el almacenaje de energía por medio del trabajo sólo se realiza en la agricultura, en la ganadería sólo es transferida, y en la industria únicamente es gastada.

    Discusiones contemporáneas

    La contribución de Podolinsky fue revalorizada en 1925 por Vernädsky, ecólogo ruso, y más recientemente por Joan Martínez-Alier en múltiples textos. Afirma que su trabajo, tal vez el primero en estudiar el flujo de energía en la agricultura, debe ser considerado como el primer esfuerzo por desarrollar la economía ecológica. A la vez formula críticas a las apreciaciones de Engels. En un trabajo de 1993 las críticas comprenden también a Marx:

    “la contabilidad energética proporcionaba una base científica a la teoría del valor-trabajo, un punto de vista que ni Marx ni Engels apreciaron”.[14]

    Sobre este punto, Foladori señaló que el interés de ambos era investigar los mecanismos socioeconómicos de la organización de la sociedad capitalista, lo que debe distinguirse de la contabilidad energética.

    En un manual anterior, el Dr. Alier formula una crítica similar a los economistas del siglo XIX, incluyendo a Marx:

    “ … la escuela de economistas llamados Fisiócratas, en la Francia del siglo XVIII, o Adam Smith (…) escribieron antes de que se establecieran los postulados de la Termodinámica, pero eso no se aplica a Marx, ni a los economistas neoclásicos como Walras o Jevons, todos ellos autores de la segunda mitad del siglo XIX. Es sorprendente esa ceguera y ensimismamiento persistentes de los economistas, hasta la reciente eclosión de una nueva escuela de economía ecológica.”[15]

    Y en un trabajo más reciente, (M. Alier, 2003) su valoración es más positiva, afirmando que Marx y Engels estaban profundamente interesados en las interacciones entre la economía humana y el ambiente natural, particularmente en lo relacionado a la agricultura capitalista. A continuación pasa a considerar elogiosamente la noción de metabolismo socioeconómico, que analizaremos más adelante.

    Luego M. Alier recuerda el interés de ambos por la cuestión energética, dando como ejemplo el comentario en su correspondencia de 1858 al trabajo de Joule sobre la conservación de la energía, pese a no relacionar el flujo de energía como parte del metabolismo social. Y pasa a continuación a comentar las reacciones de Engels al trabajo de Podolinsky, reconociendo el acierto en la observación de la segunda carta respecto a la conservación de la energía como exclusiva de la agricultura, a diferencia de la industria donde sólo es gastada. Pero considera errónea la observación sobre el gasto de la energía solar acumulada del pasado, y comenta la conclusión negativa sobre la imposibilidad de fundar en las ciencias naturales la necesidad del socialismo, puntualizando sobre todo las consecuencias que produjo en el pensamiento marxista posterior, particularmente en el soviético –con la excepción de Vernädsky.

    En un reciente, polémico y relativamente extenso artículo,[16] Burkett y Foster exponen su punto de vista, intentando refutar particularmente a M. Alier y Naredo, e incluyendo a ecologistas marxistas, quienes basarían su “narrativa” en tres supuestos: 1°. Podolinsky publicó su análisis energético del trabajo humano, intentando conciliar la teoría marxista del valor con la segunda ley termodinámica. 2°. Marx lo ignoró y Engels no lo consideró seriamente. 3°: Esta reacción sería un síntoma de la tendencia general del marxismo a ignorar las cuestiones ecológicas, y la termodinámica en particular.

    En la primera parte exponen sus conclusiones sobre lo que llaman el “affaire Podolinsky”, afirmando que el médico ruso no estaba cerca de establecer las bases termodinámicas de la teoría del valor, contradiciendo la realidad de la entropía en el trabajo humano, y no aportando nada relevante a la determinación del valor y de la plusvalía en la perspectiva marxista de trabajo socialmente necesario. Valoran a su marco teórico como reduccionista e inadecuado para criticar el marxismo, además de cometer el error lógico de aplicar conceptos ideales en un sistema aislado y cerrado, ignorando factores como la fricción, la materialidad natural del trabajo y su interacción con el ambiente lo que supondría un sistema abierto, a diferencia del marco de referencia utilizado por Podolinsky de la “máquina térmica perfecta” de Sadi Carnot, que implicaría un sistema cerrado[17].

    Y confrontando con las críticas de varios economistas ecológicos –G.Roegen, Perrings y Hawley- se ocupan de argumentar los considerables contenidos ecológicos de los trabajos tempranos de Marx y Engels, la noción de un sistema abierto de energía y consideraciones entrópicas incorporadas en El Capital, que serían consistentes con la crítica de Engels a Podolinsky.

    Otro autor que escribió sobre la cuestión es el filósofo francés Daniel Bensaïd, en un libro publicado en Argentina en 2003, cuya edición original es de 1996.

    Además de subrayar las tendencias positivistas de Engels, analiza las críticas a Podolinsky en dos órdenes:

    a) Razones ideológicas: las posibles derivaciones religiosas de la ley de entropía, como la idea de una “interrupción por muerte térmica del universo”, se relacionan con el problema de los límites naturales[18], lo que evoca la polémica con Malthus, y ciertas tesis raciales de Haeckel. La segunda ley, favorable a la teología pesimista, es rechazada por Engels mientras sostiene la primera ley. Considera a la disipación energética una apariencia explicable por los límites del conocimiento, tarea para los científicos del futuro.

    b) Razones epistemológicas: Engels se negaría a mezclar la física con la economía, y a la aplicación sin mediación de las leyes de la ciencia de la naturaleza a la sociedad, actitud ésta corriente en los neoclásicos y darwinistas sociales. Sostuvo que la crítica de la economía política debía mantenerse en el marco de la historia. Análogamente, se habría manifestado contrario a la extensión spenceriana de la “lucha por la existencia” a la sociedad, y partidario de mantener la relación específica de una ciencia con su objeto.

    La confusión sería no distinguir entre la dimensión física del trabajo, como medida del movimiento, con su concepto social, en tanto la transposición directa de la termodinámica en la economía cuestionaría la teoría del valor-trabajo. Si bien registra los parentescos formales entre las teorías de la energía y el valor, supone que una confusión podría llevar, a través de la entropía, a una noción de plusvalía negativa.

    Sin embargo Bensaïd señala que la teoría energética de Podolinsky no es contradictoria con la del valor-trabajo. Las determinaciones energéticas y económicas operarían a niveles diferentes y en distintas escalas de tiempo.

    La relación de clase “moldea” a la subyacente entre acumulación y disipación de energía, pero la resolución de una contradicción no implica automáticamente a la otra. Así, la ecología radical sería necesaria, pero no suficientemente, anticapitalista.

    Conclusiones

    A la luz del análisis realizado en este trabajo, Marx y Engels no aparecen con las características de precursores del ecologismo, ni tampoco como partidarios de un dominio sin límites sobre la naturaleza. En cambio, muchas de sus intuiciones parecen anticipatorias de un presente muy diferente al que les tocó vivir.

    En particular, se destacan sus hallazgos en temas ligados a la agricultura, y su noción de “ruptura metabólica entre el hombre y la naturaleza”, con su consiguiente crítica a la división entre la ciudad y el campo. Otros temas fundamentales, como la posible limitación de las materias primas y la energía, o la problemática de la población, no merecieron una atención equivalente[19].

    Las razones por las cuales la problemática de la naturaleza, si bien central en su concepción filosófica, no adquirió mayor preponderancia en sus análisis de la sociedad capitalista, salvo los señalados respecto a la agricultura, la contaminación de las ciudades y las deficientes condiciones sanitarias de la clase trabajadora, se basan en la creencia afín con en el clima político de la época en la inminencia de una revolución socialista de alcance internacional, que debería resolver estos y otros problemas de la humanidad.

    La valorización de la naturaleza en cuanto al valor de cambio, se daría en la economía capitalista sólo en la forma de internalización de externalidades, por lo que no invalidaría la teoría marxista del valor. Sin embargo, dicha valorización conlleva la extensión de la mercantilización de la naturaleza, obedeciendo a la misma lógica del capital y dejando sin resolver la diferencia en la escala temporal, que responde a procesos fisicoquímicos y biológicos.

    Podolinsky no habría establecido las bases energéticas de la teoría del valor, puesto que su análisis habría explicado la dinámica energética del plustrabajo, que es un proceso físico, y no de la plusvalía, que es una relación social.[20]

    Lo anterior relativizaría la crítica de Engels que atribuye a Podolinsky la pretensión de fundar el socialismo en la física. Se sostendría que el socialismo es el sistema de distribución más eficiente de la producción social, al mantenerse esta reflexión en la dimensión física.

    Lo anterior relativizaría la crítica de Engels sobre la pretensión de fundar el socialismo en la física. El socialismo, en términos de Podolinsky, sería el sistema de distribución más eficiente de la producción social, al mantenerse esta reflexión en la dimensión física.

    Las críticas de Engels al trabajo de Podolinsky sólo explicarían parcialmente la omisión por parte del marxismo oficial de toda consideración sobre la problemática de la energía en la economía. Habría que considerar, como señala Foster[21], la influencia política y doctrinaria del stalinismo, con la marginación de Vernädsky y su grupo de ecólogos, y la emergencia de Lysenko como autoridad intelectual en la materia, que explicarían el curso antiecológico seguido lamentablemente por el régimen soviético. En realidad, la ecología era incompatible con la colectivización forzosa, la industrialización acelerada, el stajanovismo, la obsecuencia y hasta el riesgo de eliminación física para toda opinión original que se impuso desde entonces. Lo que parece más factible, es que una vez que todo este proceso se consumó, los argumentos de Engels bien pudieron servir, a posteriori, como justificación ideológica. Pero de ninguna manera habrían sido obstáculo para el surgimiento de la ecología rusa en los primeros años de la revolución, cuando la honestidad intelectual en la URSS aún habría sido posible.

    Bibliografía

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    Marx, Karl (1985) Capítulo VI. Inédito. México, Siglo Veintiuno.

    Marx, Karl, Engels, Friedrich (1973) Correspondencia. En Obras Escogidas, Tomo 8. Madrid, Alianza.

    Marx, Karl, Engels, Friedrich (2006) Manifiesto del Partido Comunista. En La cuestión judía (y otros escritos) Barcelona, Planeta-Agostini.

    Podolinsky, Sergei (2004) Socialism and the Unity of Phisical Forces. En Organization & Environment, vol.17 N° 1, marzo 2004.

    Scaron, Pedro (1972) “A modo de introducción”, en Marx y Engels: “Materiales para la historia de América Latina”. Córdoba, Pasado y Presente.


    NOTAS:

    [2] El Capital, Libro I, cap. V, Pág. 241.

    [3] Op. cit., Libro III, tomo III, Pág. 215.

    [4] El Capital, Libro I, tomo II, Pág. 251.

    [5] El manifiesto comunista, pp. 48/49.

    [6] Recordemos, aunque pueda parecer redundante, que su redacción había sido encargada a los autores por una resolución unánime de la Liga de los Comunistas, incluyendo a los lasalleanos. La primera edición del Manifiesto fue distribuida gratuitamente en forma de panfleto entre la población obrera.

    [7] Marx, que tenía una erudita formación clásica, utiliza este término en su acepción etimológica, que se refiere a personas que viven aisladas y privadas de los beneficios de la civilización. Las alternativas serían idiotismo rural o explotación salarial urbana.

    [8] Op. Cit., Pág. 6.

    [9] El Capital, Libro Primero, Capítulo I, apartado I.

    [10] Ibídem, apartado II, Pág. 65.

    [11] Salario, precio y ganancia. Obras Escogidas, tomo II, Editorial Cartago, Pág. 48.

    [12] Aspecto señalado por Elmar Altvater.

    [13] Burkett y Foster señalan que estas conclusiones no figuran en la edición francesa, versión que Podolinsky envió a Marx.

    [14] Citado por Foladori (1996)

    [15] Curso de Economía Ecológica, Ed. PNUMA, 1998.

    [16] “Metabolism, energy, and enthropy in Marx’s critique of political economy: Beyond the Podolinsky myth.”

    [17] Esto implicaría para los citados autores un reconocimiento implícito de la segunda ley de la termodinámica, pese a que Engels no consideró válida la noción de entropía, sobre todo por las posibles implicancias religiosas que sus consecuencias suponían. Esta posición estaba relacionado con la rivalidad con Malthus. Ver al respecto M. Alier (2003 b)

    [18] Ted Benton dedica un trabajo a esta cuestión, donde fundamenta las consecuencias del no reconocimiento de los límites naturales en Marx y Engels.

    [19] El antropólogo americano M. Harris recalcó las consecuencias negativas de la rivalidad con Malthus, en relación a la falta e ponderación de la problemática de la población en el marco teórico de Marx.

    [20] Esta importante distinción me fue señalada por el Dr. Martínez-Alier en una comunicación personal. Coincide además con lo señalado por Bensaïd, y fue pasada por alto por Burkett y Foster, pese a no contradecir este aspecto de su crítica a Podolinsky.

    [21] Foster (2000).

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