"Un socialismo para una nueva época" - texto de Joel Kovel

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    pedrocasca
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    "Un socialismo para una nueva época" - texto de Joel Kovel

    Mensaje por pedrocasca el Sáb Mar 03, 2012 8:13 pm

    UN SOCIALISMO PARA UNA NUEVA ÉPOCA

    texto de Joel KOVEL (nacido en USA en 1936, es un conocido político y escritor que se considera marxista y ecosocialista. Tras practicar la medicina y la Psiquiatría hasta los años 80, se ha centrado en el activismo político y en escritos y conferencias sobre antropología, ciencias políticas y estudios de comunicación. Es miembro del Partido Verde de los Estados Unidos y activo antisionista. En 2001 fue coautor del Manifiesto Ecosocialista Internacional junto con Michael Lowy)

    Traducción de Andrés Lund Medina

    Todos somos juguetes de la historia dentro de la cual estamos arrojados; y nunca fue más actual la visión de Marx de que no hacemos la historia como queremos que en el presente, de acuerdo a los eventos del 11 de septiembre.

    Estaba preparado para presentar a este Congreso una bastante sincera, aunque también utópica, visión de un socialismo ecológico deducido de un estudio llamado El Enemigo de la Naturaleza, en el que he estado trabajando durante algunos años. La escritura de este trabajo tuvo lugar en ese período de expansión capitalista que ha tenido ahora una sacudida y que ha entrado en una caída libre; y la tesis de mi estudio era simple, e incluso brutal, a un grado tal que ha llevado a muchos a asumir los términos de lo expuesto con sus graves implicaciones. El corazón del argumento del libro es que la producción del capitalista y la integridad ecológica existen en una contradicción absoluta, tanto que incluso los mecanismos del valor del mercado indican que no se puede recuperar la situación más, hasta llegar a un punto en el que sólo se ponen algunas capas de pintura sobre unas estructuras derruidas. Con todo, este no es un fin apocalíptico como se indicaba en el conocido guión sino, más bien, la corrosión incesante de los ecosistemas, un tipo de desgaste y desmoronamiento, como el de un suéter comido por la polilla que alguna vez habrá que abandonar. Lo patógeno de esta invasiva e interminable fuerza expansiva del Capital, es que carcome los hilos de la integridad ecológica y excede, con su presión inexorable para expandirse, la capacidad de la Tierra hasta llevarla a la desestabilización ecológica. La implicación práctica de este razonamiento es el retorno al célebre dictum de Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”, sólo que al último término le debemos agregar el significado adicional de ecocatástrofe. De modo que el proyecto superador de la actual situación ahora se presenta como ecosocialismo y asume el objetivo principal de restaurar la integridad ecológica del planeta, junto con los fines familiares del "socialismo de la primer época": hacer justicia y hacer efectiva la libre determinación de los productores. Acerca de lo que esto puede significar, lo veremos más abajo.

    Sin embargo, en este punto debemos tratar con el nuevo y abrupto giro actual, abordar el asunto que la historia ha arrojado frente a nosotros desde el 11 de septiembre de 2001. Lo que escribí originalmente, ponía en términos muy amplios la denuncia a la relación entre el desarrollo capitalista y la catástrofe ecológica, y la necesidad del ecosocialismo restaurando la integridad ecológica, sin considerar en detalle las sendas particulares hacia la gran batalla entre las fuerzas de la vida y las de la muerte, entre la realidad caótica y la configuración de los actores del nuevo orden.

    Pero eso fue antes del 11 de septiembre. Pocos de los que sintieron el impacto de ese día horrible negarían que se abrió, a partir de entonces y en adelante, un nuevo y muy ominoso periodo de la historia. Típicamente, la catástrofe nos cogió con los ojos medio cerrados; y cuando el polvo físico más peligroso se posó, temo que hemos llegado a pensar que nos abrimos a una nueva configuración.

    Necesariamente pusimos de lado las particularidades de quién lo hizo, y lo que sería la respuesta en la situación inmediata de los individuos, movimientos sociales y naciones-estados. Pero es necesario señalar que los Estados Unidos tendrán que enfrentarse con la destrucción, no sólo de vidas y propiedades, sino de esa ilusión peculiar de invulnerabilidad que formó parte de tantos de sus mitos, formando parte del carácter nacional, y volviéndose un componente íntegro del capitalismo americano también. Como sabemos, el Capital es mucho más que un arreglo económico pues es, más bien, una manera entera de ser que subordina todo en el camino de una economía de expansión del valor.

    El Capitalismo emerge como un medio para la realización del Capital, y es, en ese proceso, constituido tanto por las características nacionales como por factores geoestratégicos, configurando por entero a la sociedad. Cuando afirmo que el Capital es el enemigo de la naturaleza, quiero decir que la expansión del valor es intrínsecamente ecodestructiva, de que las sociedades capitalistas que emergen para la realización del Capital funcionarán por este imperativo expansionista en diversas formas.

    Esto se afirma de acuerdo a ciertas tendencias, una de las cuales es la capitalista desestabilización ecológica como una función exponencial de su expansión; por tanto, mientras más grande es el Capital, peor se comporta de manera global, o, para poner otro marco de referencia, resulta más imperialista. Esta relación abarca y trae juntos los hechos muy bien conocidos de la globalización, junto con el status de superpotencia de los EE.UU. y sus implicaciones imperiales. El imperio se despliega ahora según los efectos de una disolución avanzada de las fronteras, tanto como sus administradores lo acuerden en los bien definidos nudos del Estado y el poder militar en nombre de una burguesía transnacional. Esta desterritorialización es, desde cierto ángulo, la última fase en el largo proceso de disolver "todos lo que es sólido en el aire" anunciada por Marx; mientras que, desde otra perspectiva, es la específica matriz de dos desarrollos conjuntos que pertenecen exclusivamente al tiempo presente, aunque sus raíces profundas pueden extenderse en la historia. El primero es la muy mentada crisis ecológica, sobre la que el argumento en El Enemigo de la Naturaleza es una aplicación específica. Y el segundo, que necesito introducir aquí, es la crisis más aguda propuesta por la erupción del terror, que en el caso presente es una expresión del fundamentalismo islámico en el contexto de una rabia contra el imperialismo occidental.

    Todos estos fenómenos se entrelazan con una complejidad que no puede ser más que oscuramente sugerida dentro de los límites de esta presentación. El fundamentalismo islámico es patentemente una reacción contra la modernidad, no en abstracto, sino como un rechazo específico a la expansión imperial occidental en las naciones de Islam. El carácter peculiar de esta penetración es enfatizada en ese rechazo. Y tal penetración se manifiesta en el Sionismo, con el apoyo americano; o en la Guerra del Golfo, con sus consecuencias genocidas para los iraquíes, de nuevo diseñada por la superpotencia; o en la corrupción del Estado Saudita, casa de las bases del ejército de EE.UU.; o en la revolución Iraní, como reacción contra la imposición de EE.UU. del Shah; o, de hecho, en la guerra de Afganistán contra los soviéticos, en el curso de la cual EE.UU. creó a Bin Laden y al Talibán.

    Para abreviar, dondequiera que las semillas del terror fundamentalista han sido sembradas, encontramos la presencia del imperio, todo ello asociado con el hecho geológico de que su territorio está encima de las reservas de petróleo más grandes del mundo, y directamente con su acceso estratégico. El ejercicio de primacía por el control del petróleo en la actual situación mundial sigue siendo el hecho dominante de esta crisis, y se le da una importancia aún mayor a través de su relación densamente articulada con la crisis ecológica.

    La mano del terror ha sido formada por la desterritorialización del Capital, en el doble significado de pérdida de territorio y pérdida de tradición coherente. Pero esa mano también actúa a través de la desterritorialización. La disolución de los límites inherentes a la expansión del Capital crea asimismo la base de los éxitos de las acciones terroristas en una escala que se ensancha. Tómese en cuenta, por ejemplo, cuán libremente se movieron los agentes terroristas a través de los mercados de trabajo flexibles en EE.UU., la facilidad con la que obtuvieron tarjetas del crédito, se comunicaron por celular o internet, se deslizaron bajo los ojos del poderoso aparato de vigilancia reforzados con medios avanzados de comunicaciones, como fibras ópticas, o cómo rápidamente podían desaparecer en los poros de la vida cotidiana mientras controlaban medios técnicos colosales de destrucción; por otro lado, hacían todo esto por el simple expediente de la bendición de morirse por su causa.

    No es necesario moralizar aquí, pero todavía necesita ser dicho que los actos del 11 de septiembre revelan la magnitud más completa del cisma radical entre el Yo (Ego) y los otros, con el engrandecimiento del ego (dada la inmortalidad después de la inmolación a través del terror) y la reducción del Otro a lo meramente instrumental, como la marca de todo mal.

    La lección principal que necesita ser aprendida es que todos los aspectos de este terror, de su nihilismo, de la restauración del espiritual y bendecido auto-sacrificio, de su acceso a la tecnología avanzada, están incluidos en la coyuntura presente del imperialismo desterritorializado.

    Por eso, estos actos, indecibles a un nivel, en verdad tienen una horrible y entendible lógica que lleva de uno a otro, y más allá, que van hacia la repetición. Francamente no pienso que esta situación puede remediarse dentro de los términos del orden mundial presente.

    La esperada, y muy predecible, reacción de la administración de Bush fue la de busca restaurar para EE.UU. el statu quo de policía mundial con todas las capacidades del Estado capitalista moderno, de sus poderes de vigilancia y represión, tanto los de propaganda como sus espantosas capacidades militares. No obstante, estos medios esencialmente violentos sólo reproducen y extienden las condiciones que germinan el propio terror. Así, con la vigilancia aumenta la alienación social; la propaganda exacerba el jingoísmo y la primacía del discurso de las Cruzadas; la violencia militar sólo lleva más allá a la desestabilización de la existencia social, arrojando a más millones en la desesperación, aumentando el cociente de odio desesperado que, justamente, produjo los actos indecibles del 11 de septiembre.

    Además, los medios para controlar las erupciones de terror van en contra de los procesos normales de la acumulación capitalista que maneja el sistema. Uno de las primeras reacciones de los ataques a los EE.UU. fue, por ejemplo, cerrar la frontera mexicana, lo que es entendible en términos de la lógica de un imperialismo que intenta protegerse, pero precisamente contrariamente al NAFTA, un elemento importante en la acumulación de Capital.

    Para abreviar, el funcionamiento del sistema se maneja hacia la reproducción del problema del terrorismo sobre una escala que lo ensancha aún más en cuanto se esfuerza por acabar con él. Y cuando el sistema capitalista mundial no puede resolver su crisis de terror, entonces la superación del orden mundial presente tiene una nueva urgencia.

    El orden mundial no aconseja ninguna rendición ante los terroristas cuyo crímenes terribles exigen que llevados a la justicia. Se insiste, sin embargo, en que la noción de justicia se extienda para que de ese modo sean superadas las condiciones del terror. Y esto requiere, a su vez, que un mundo más allá del Capital sea previsto –el cual lleve a una reconsideración de los vínculos entre la crisis propuesta por el terror y la ecología global. Lo más obvio, si radicalmente menospreciado, es que el vínculo involucra petróleo.

    No hay ninguna manera racional de tratar con este problema tan extenso como lo sea el régimen imperialista del petróleo. ¿Espera alguien que la superpotencia deje sus bases militares en Arabia Saudita, cuando se encuentran en esos lugares los recursos de energía que manejan su sistema industrial y cuando corren un grave riesgo para sus intereses? Es más probable que la ambición de EE.UU. trate de de llevar esta crisis más allá para solidificar su control sobre el petróleo, aún cuando eso signifique una ocupación militar directa de Arabia y de los campos de Iraq, con todo lo que se pronostica en el aumento de terror. La locura de semejante meta es absolutamente lógica dado los cálculos de los grandes poderes capitalistas, y no podrá acabarse con ellos hasta que la sociedad se libere de la dependencia por los combustibles fósiles. Pero esta es una meta revolucionaria. La simple conversión a la energía renovable, sin embargo deseable por su propio derecho, no bastará. Se necesita una reestructuración radical del propio sistema industrial, el cual a su vez requiere de un viraje hacia una reestructuración radical de las necesidades humanas y la transformación de las relaciones mercantiles para que los valores de uso trasciendan el régimen del intercambio mercantil –en suma, la transformación social llamada ecosocialismo.

    El proyecto de ecosocialismo no se levanta en oposición al socialismo de la primera época. Es, más bien, su realización. El ecosocialismo es ni más ni menos el original anunciado por Marx en el Manifiesto comunista, según el cual el libre desarrollado de cada quien es condición para el libre desarrollo de todos.

    Esta manera de ser puede traducirse en el idioma de los ecosistemas, donde este principio aparece con toda su sentido. Un ecosistema íntegro es uno cuyos elementos interrelacionados existen en un estado que podría llamarse fructífero, o de contacto diferenciado. De esta manera, muchos son creados por lo que las partes permanecen y existen en una compleja y multifacética interacción. Este estado existe a través del límite entre lo humano y la naturaleza no-humana. En la medida en que el mundo humano está envuelto en el ecosistema, ello trae consigo el fenómeno del reconocimiento mutuo entre el ego y el otro, aunque el otro sea otro humano o un aspecto de la naturaleza no-humana. Así el desarrollo libre del cual Marx hablaba abarca a la naturaleza no-humana así como a la propia sociedad, donde los individuos tienen propiedades ecosistémicas y el potencial para el universal desarrollo libre de todos. De hecho, se puede enmendar al Manifiesto en este punto: así como el desarrollo libre de cada uno es la condición para el desarrollo libre de todos, del mismo modo ningún individuo puede ser verdaderamente libre hasta que todos sean libres, esto es, hasta que la justicia universal sea un hecho.

    El trabajo del ecosocialismo es la promoción de la integridad ecosistémica, mientras que el Capital destruye los ecosistemas con el propósito de la expansión del valor. La integridad del mundo humano implica el desarrollo libre de individuos y de su cultura; recíprocamente, los fundamentalismos y su violencia, la expansión terrorista, todo ello es producto de un torturado, disociado y anti-universal desarrollo cultural, cuya última responsabilidad queda en los amos imperiales, cuya superación ahora se vuelve la principal tarea colectiva de la humanidad más que nunca.

    Un mundo más allá del terrorismo no implica el cierre y la autarquía de las sociedades, ni que se mantenga la desterritorialización del Capital, en cuyos límites caóticos se enconan la desesperación y desesperanza. Ese mundo más allá del terror y del Capital reclama espacios para la integridad ecosistemática. Para los propósitos de las acciones con la crisis presente, esto implica el máximo de movilización de todas las fuerzas capaces de presionar en el espejo la imagen de los monstruos del terror y del imperio. Cada uno alimenta del otro, y los dos tendrán que ser superados si se desea que la humanidad supere esta época.

    Especificar todo esto de manera extensa no es posible aquí, y por ello sólo queda por decir que el movimiento se extendería transnacionalmente, a través de la sociedad civil y los Estados, en unas nuevas y esperanzadoras configuraciones. Puede ser que el tremendo golpe dado a la conciencia global por los eventos del 11 de septiembre romperá la inercia congelada que ha sostenido por mucho tiempo el que no haya ninguna alternativa al imperio del Capital. Ciertamente, los días de esta convicción cómoda han terminado, y el tiempo nos obliga a repensar algunas premisas básicas del mundo actual.



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