Como Hitler consiguió el poder total.

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    stefanos666
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    Como Hitler consiguió el poder total.

    Mensaje por stefanos666 el Jue Feb 09, 2012 12:20 am

    http://www.scribd.com/doc/80704664/John-Cornwell-El-Papa-de-Hitler
    8. Hitler y Pacelli
    Sólo un dictador podía garantizar a Pacelli el tipo de concordato
    que éste pretendía. Sólo un dictador con la astucia de Hitler podía
    considerar el concordato como un instrumento para debilitar a la
    Iglesia católica en Alemania. Una vez firmado -cuando Pacelli y
    Hitler llegaron a su fatal acuerdo en julio de 1933-, ambos expresaron
    su opinión acerca del significado del tratado. El abismo entre
    sus puntos de vista era notable.
    En un escrito dirigido al partido nazi del 22 de julio. Hitler declaraba:
    «El hecho de que el Vaticano firme un tratado con la nueva
    Alemania significa el reconocimiento del Estado nacionalsocialista
    por la Iglesia católica. Este tratado muestra al mundo clara e
    inequívocamente la falsedad de la afirmación de que el nacionalsocialismo
    es hostil a la religión.»' El 14 de julio, durante una reunión
    del gobierno tras la firma del concordato, declaró a sus ministros
    que lo consideraba una aprobación moral de sus planes: «El concordato
    entre el Reich y la Santa Sede concede a Alemania una
    oportunidad -recogen las actas de aquella reunión-, creando un
    ámbito de confianza que será especialmente significativo en la
    urgente lucha contra la judería internaci~nal.»~
    En cuanto tuvo noticia de la carta de Hitler del 22 de julio,
    Pacelli respondió con vehemencia en un artículo dividido en dos
    partes que se publicaron el 26 y el 27 de julio en L'Osservatore
    Romano. En primer lugar negaba categóricamente la afirmación
    de Hitler de que el concordato implicara una aprobación moral del
    nacionalsocialismo. Luego proseguía declarando cuál había sido
    el verdadero propósito de su política concordataria. Aquí estaba el
    objetivo que rondaba tras la diplomacia de Pacelli desde las negociaciones
    del concordato con Serbia en 1913 hasta la firma del concordato
    con el Reich en 1933. Había que subrayar, escribía, «que el
    Código de Derecho Canónico es el fundamento y el esencial supuesto
    legal del concordato», lo que significaba «no sólo el reconocimiento
    oficial [por parte del Reich] de la legislación eclesiástica,
    sino también la adopción de muchas disposiciones de esa legislación
    y la protección de toda la legislación de la Iglesiau. La victoria
    histórica en ese acuerdo, decía, correspondía enteramente al
    Vaticano, porque el tratado no sólo no significaba la aprobación
    del Estado nazi por parte de la Santa Sede, sino por el contrario el
    total reconocimiento y aceptación de la ley eclesiástica por el Estado
    alemán.
    Los dramáticamente divergentes propósitos de Paceili y Hider
    eran el trágico contexto de las negociaciones concordatarias, iievadas
    con el mayor secreto sobre las cabezas del episcopado y de los
    dirigentes católicos laicos durante seis meses, desde la llegada de
    Hitler al poder.
    EL ASCENSO DE HITLER
    El camino de Hitler hacia el poder recorrió la formación de varios
    gabinetes sucesivos, que se fueron alejando cada vez más del Parlamento
    y por tanto de las formas democráticas de gobierno. En la
    primera reunión del Reichstag el 12 de septiembre de 1932, Franz
    von Papen, el mundano aristócrata y admirador de Hitler. tuvo que
    enfrentarse a un voto de censura y convocar nuevas elecciones para
    el 6 de noviembre. Mientras tanto seguía como canciller, atacado
    tanto por los nazis como por los comunistas, a los que unía su desprecio
    a la política democrática.
    Las nuevas elecciones, las quintas que tenían lugar ese año, vieron
    cómo los nazis aparecían como primer partido de la cámara,
    pese a haber perdido dos millones de votos y gran número de afiliados,
    lo que indicaba que el partido de Hitler quizá estaba perdiendo
    impulso. A finales de 1932, una mayoría absoluta nazi parecía
    tan elusiva como hasta entonces, y mientras Hitler seguía
    renuente a formar una mayoría parlamentaria coaligándose con
    otros partidos, Von Hindenburg parecía igualmente reacio a entregarle
    la Cancillería. Al mismo tiempo, ni la Reichswehr ni los industriales
    estaban dispuestos a aceptar otro gobierno dominado por
    los socialistas. El Partido del Centro se vio así desamparado, incapaz de hallar un socio de gobierno; dudando sobre cuál debía ser
    su siguiente movimiento, pero decidido a preservar la constitucionalidad
    del gobierno.
    El 2 de diciembre, el presidente Von Hindenburg aceptó la
    renuncia de Von Papen y el archiconspirador Schleicher se convirtió
    en canciller por un breve plazo, con la declarada ambición de
    escindir a los nazis en el Reichstag y crear una nueva coalición que
    incluyera a una parte de los nacionalsocialistas, sin Hitler. Pese a
    todas sus maquinaciones, Schleicher se demostró tan incapaz como
    Von Papen de formar un gobierno viable.
    Con el nuevo año, tras entablar conversaciones con Hitler, Von
    Papen propuso a Von Hindenburg una fórmula que concedía a
    Hitler la Cancillería mientras que él mismo pretendía actuar como
    el verdadero poder en la sombra desde la Vicecancillería. Von Hindenburg
    se mostraba escéptico, pero el esquema de Von Papen, al
    parecer, le protegía de la amenaza de un escándalo que incluía la
    apropiación indebida de ayudas concedidas a los propietarios de
    tierras y evasión de impuestos. Sobre esas corrompidas bases se
    aposentó Hitler en el poder.
    Hitler juró su puesto de canciller el 30 de enero de 1933, junto
    con Herrnann Goring, quien al mismo tiempo que el Ministerio del
    Aire desempeñaba el puesto de ministro del Interior en el gobierno
    prusiano, lo que le daba el control sobre la policía en Prusia y un
    amplio margen de maniobra para ejercer la coerción, que aprovecharía
    en las inmediatas semanas purgando de opositores el partido.
    El nuevo ministro de Defensa. con una influencia clave en el
    ejército, era el general Werner von Blomberg, simpatizante nazi al
    que había cautivado el carisma de Hider. Alfred Hugenberg, líder
    del ultraconservador Partido Popular Nacional Alemán (DNVP),
    asumió las carteras de Economía y Agricultura. Hitler no quería sin
    embargo verse estorbado por ningún tipo de reparto del poder y
    convocó de inmediato nuevas elecciones para el 5 de marzo, utilizando
    todos los resortes que le concedía la Cancillería para controlar
    los medios de comunicación, para cerrar la boca a los partidos
    de la oposición democrática y para iniciar la persecución de judíos
    e «izquierdistas».
    El 27 de febrero se produjo el célebre incendio del Reichstag, del
    que Hitler inmediatamente acusó a un comunista holandés. En la
    consiguiente histeria anticomunista, Von Hindenburg concedió a
    Hitler autoridad para suspender los derechos civiles garantizados por
    la Constitución de Weimar, que éste aprovechó para reforzar su campaña
    electoral con el fin de obtener una mayoría absoluta que le proporcionara
    el respaldo suficiente para establecer su propia dictadura.
    En las elecciones del 5 de mano, sin embargo, los nacionalsocialistas
    siguieron sin alcanzar la mayoría absoluta, pero la alianza
    con los nacionalistas de extrema derecha de Hugenberg les proporcionó
    una mayotía conjunta de1 52 %, con 340 de los 647 escaños
    del Reichstag. Con una participación del 88,7 %, los nacionalsocialistas
    obtuvieron más de diecisiete millones de votos. Los socialistas
    descendieron al 18$ %, mientras que el centro católico,
    que había desarroliado una valiente campaña frente a la intimidación
    generalizada de los nazis, mantenía firmemente el 13,9 % de
    los votos, ganando incluso tres escaños.
    Hasta mano de 1933, por tanto, el catolicismo alemán, con sus
    veintitrés millones de fieles, representaba todavía una fuerza democrática
    independiente y vigorosa, que junto a la jerarquía católica
    seguía condenando sin ambages el nacionalsocialismo. Aunque el
    Partido del Centro no contaba con aliados viables para formar una
    coalición, y por tanto no podía competir por el poder, Hitler temía
    una reacción desde el bastión del catolicismo político como un
    todo, conjunto que iba mucho más allá de los votantes del Partido
    del Centro, con incontables lazos y asociaciones a muchos niveles
    en todo el país. Consecuente con su decisión, tomada hacía mucho,
    de no desencadenar una nueva Kulturkatnp~ evitando así el riesgo
    de una oposición o resistencia pasiva por parte de los catóIicos,
    Hitler no quería enfrentarse frontalmente a los obispos. Pero algo
    tenía que hacer para neutralizarlos, y ahí vino en su ayuda la ambición
    de Pacelii de conseguir un concordato con el Reich.
    Desde el punto de vista de Hitler, la solución ideal para vencer
    la amenaza católica consistía precisamente en llegar a un acuerdo
    en la cumbre con el Vaticano similar en todos los aspectos al Tratado
    Lateranense, que había acabado con la actividad política católica
    en Italia e integrado de hecho a la Iglesia en el Estado fascista.
    Tal como lo veía Hitler, un acuerdo de esa naturaleza garantizaría
    las libertades de la Iglesia católica restringidas a la práctica religiosa
    y a la educación, a cambio de la retirada de los católicos de la
    escena política y social, exhortada por la Santa Sede y en los ténninos
    que el régimen nazi se encargaría de definir.No podía haber un concordato con el Reich, empero, sin que
    los obispos retiraran su denuncia del nacionalsocialismo, ni sin que el
    Partido del Centro, antes de desaparecer, ofreciera su aquiescencia
    a la Ley de Plenos Poderes que iba a conceder a Hitler los poderes
    de un dictador. Durante el período de la República de Weimar,
    ningún gobierno se había aproximado siquiera a la aceptación de
    los términos que Pacelli exigía para un concordato. Sólo mediante
    su poder dictatorial podía el Führer, negociando directamente con
    el secretario de Estado Pacelli como representante del Papa, convertir
    en reahdad ese tratado.
    En su primera reunión de gobierno tras las elecciones, el 7 de
    marzo, Hitler mostró su preocupación por el poder del catolicismo
    cuando dijo a sus ministros que el Partido del Centro sólo podía ser
    derrotado convenciendo al Vaticano de que se deshiciera de él.'
    Cuando Hitler planteó la cuestión de la Ley de Plenos Poderes,
    Von Papen habló de una conversación que había mantenido el día
    anterior con Ludwig Kaas. Según Von Papen, Kaas (que no tomaba
    iniciativas sin el consenso de Pacelli) le había ofrecido «una clara
    ruptura con el pasado», y «la cooperación de su partido». Los
    acontecimientos mostrarían hasta qué punto Kaas, o con más precisión
    Pacelli, establecía una equivalencia entre el voto favorable a
    la Ley de Plenos Poderes y el comienzo de las negociaciones para
    un concordato con el Reich. También revelarían hasta qué punto
    las cuerdas estaban siendo pulsadas desde la Secretaría de Estado
    vaticana.
    Una indicación de que Pacelli estaba extendiendo sus tentáculos
    hacia Hitler llegó el 13 de marzo. una semana después de la
    primera reunión del nuevo gobierno. En una nota al enviado alemán
    ante el Vaticano, Pacelli llamaba la atención del Führer hacia
    unas recientes palabras de elogio pronunciadas por el Papa acerca
    de la cruzada antibolchevique del canciller del Reich. El representante
    diplomático transmitía: «En la Secretaría de Estado me han
    sugendo que esos comentarios podrían tomarse como un respaldo
    indirecto a la política del canciller del Reich y su gobierno contra el
    comuni~mo.»~
    Pese a esas señales aduladoras desde el despacho de Pacelli, los
    obispos alemanes estaban en lo fundamental tan enfrentados a
    Hitler como siempre hasta entonces. El cardenal Michael von Faulhaber,
    de Munich, que había estado presente en el Vaticano cuando
    el Papa planteó sus consideraciones ante el consistorio de cardenales,
    recordaba que todos los presentes se habían sentido sorprendidos:
    «El Santo Padre interpreta todo esto desde muy lejos.
    No comprende sus verdaderas implicaciones y sólo le importa el
    objetivo final.»' Tan preocupado se hallaba el cardenal Faulhaber
    acerca de las perspectivas que aguardaban a los católicos bajo la
    dictadura de Hitler, que el 10 de marzo escribió al presidente Von
    Hindenburg, contándole «el miedo que asedia a amplios círculos
    de la población católica»." El 18 de marzo, además, cuando Von
    Papen visitó al cardenal Bertram para preguntarle si los obispos
    habían cambiado de opinión, el portavoz de la jerarquía le respondió
    que nada absolutamente había cambiado; de hecho, añadió el
    prelado, si algo debía cambiar no era sino la actitud del «Führer de
    los nacional socialista^».^ 1.0 que sólo sirvió para confirmar la intranquilidad
    de Hitler. Pero la vía propicia para Hitler no estaba ni
    en sus tratos con los obispos ni en la dirección colectiva del Partido
    del Centro, sino en el presidente de ese partido, Ludwig Kaas,
    representante oficioso de Pacelli en Alemania.
    En los días que siguieron a las elecciones de marzo, aunque era
    el líder de un gran partido parlamentario (que se encaminaba a su
    disolución), Kaas se mantuvo curiosamente inactivo y poco receptivo.
    En un mitin del partido en Colonia, una semana después de
    las elecciones, Heinrich Brüning, el anterior canciller, pidió al partido
    que no colaborara con algo tan anticonstitucional como la Ley
    de Plenos Poderes. Según un testigo que tomó notas del debate,
    Kaas, que había declinado la posibilidad de expresar su opinión
    sobre el tema, golpeó la mesa y gritó: «¿Soy yo el presidente del
    partido?¿Y si no, quién lo es?» El testigo cn cuestión plantea
    entonces la siguiente pregunta: «?Había hecho quiz; Kaas, en sus
    negociaciones con Hitler, promesas que debía mantener?»"
    Como ha comentado el historiador Owen Chadwick, «el papel
    de Kaas haciendo que su partido votara la Ley de Plenos Poderes
    en marzo de 1933 es todavía uno de los asuntos más controvertidos
    de la historia alemana».'
    Kaas había llegado de hecho bastante lejos en sus negociaciones
    con Hitler, al tiempo que se mantenía en estrecha comunicación con
    Pacelli en Roma, y las conversaciones parecían ir prosperando en
    opinión de ambas partes. Hasta tal punto. que en la reunión del
    gabinete del 15 de marzo, Hitler anunció que ya no veía dificultad
    en alcanzar una mayoría de dos tercios en la votación de la Ley de
    Plenos Poderes. Cinco días más tarde, Goebbels anotaba en su diario
    que «el Partido del Centro va a aceptar [la Ley de Plenos Poderes]
    ». (En 1937, Goebbels aseguraba en su periódico Der Angriff
    que Kaas había aceptado la Ley de Plenos Poderes a cambio de la
    propuesta del gobierno de negociar un concordato del Reich con la
    Santa Sede.)''
    Cuando Kaas se reunió finalmente con los miembros del grupo
    parlamentario del Partido del Centro en Berlín el 22-23 de marzo,
    antes de la crítica votación de la Ley de Plenos Poderes en el
    Reichstag, les pidió que votaran afirmativamente a fin de ejercer
    una presión moral sobre el Führer y forzarle a cumplir sus promesas
    a la Iglesia católica, promesas que esperaba que Hitler estableciera
    por escrito (aunque incluso las promesas escritas quedaron
    como tales, sin llegar a materializarse). Brüning declaró que nunca
    podna votar a favor, ya que esa ley era «la resolución más monstruosa
    que nunca se haya pedido a un parlamento». En su discurso
    ante el Reichstag, Hitler se había salido de su acostumbrado guión,
    anunciando su decisión de buscar un acuerdo con el Vaticano, y de
    «cultivar y reforzar relaciones amistosas con la Santa Sede». Según
    Brüning, Kaas consideró esta declaración como «el mayor éxito
    que se ha conseguido en los últimos diez años en [las relaciones
    internacionales con] cualquier país»." De hecho, esa frase de Hitler
    reproducía con precisión y como un ritornello, como si estuviera
    escrita en el discurso, la pronunciada catorce años antes por Pacelli
    cuando presentó sus credenciales al presidente Ebert: «Dedicaré
    toda mi energía a cultivar y reforzar las relaciones entre la Santa
    Sede y Alemania.» La declaración de Hitler constituía una clara
    indicación de un reajuste pactado de las relaciones con el catolicismo,
    que iban a ser negociadas desde la cumbre por los correspondientes
    dirigentes autoritarios de Berlín y Roma.
    Tras el discurso, una minoría encabezada por Brüning se opuso
    vigorosamente a conceder a Hitler los medios legales de establecer
    su propia dictadura. Pero en una votación formularia, sólo catorce
    de los setenta y cuatro diputados se manifestaron contra la Ley de
    Plenos Poderes. Kaas pidió entonces a la minoría que reflexionara,
    apelando a la probable amenaza a su seguridad personal, a lo que
    Brüning respondió ofreciendo su renuncia al acta de diputado, y
    Wirth, bañado en lágrimas, se ofreció a seguirle. Finalmente, tras
    escuchar la opinión de varios sindicalistas católicos en el parcialmente
    destruido Reichstag, Brüning se convenció de que una escisión
    del Partido del Centro arruinaría cualquier perspectiva de una
    eventual resistencia católica frente a la persecución religiosa.'' Para
    conseguir una posici6n unida y disciplinada conio partido, la niinoría
    se plegó a la mayoría, uniéndose a sus colegas y marchando juntos
    a través de las vociferantes tropas de asalto hacia la Ópera Kroll,
    donde iba a tener lugar la votación.
    La aquiescencia del Partido del Centro a la Ley de Plenos Poderes
    manifestaba el reconocimiento de que Kaas, que se había mantenido
    en estrecho contacto con Hitler todo el tiempo, estaba en
    mejores condiciones para juzgar el alcance de la cuestión.
    La Ley de Plenos Poderes, aprobada aquel día por 441 votos
    contra 94 (sálo se opusieron los diputados socialdemócratas), concedió
    a Hitler la posibiIidad de decretar leyes sin el consentimiento
    del Reichstag. y de establecer tratados con países extranjeros (el
    primero de los cuales sería precisamente el concordato con la Santa
    Sede). La Ley de Plenos Poderes declaraba que los del presidente
    seguirían siendo inviolables, pero los términos precisos del documento
    vaciaban de significado esa cláusula.
    Al día siguiente, sin informar a nadie de su partido acerca de su
    destino o propósito, Kaas tomó el tren que iba a Roma para discutir
    secretamente con Pacelli. Dos años más tarde, Kaas confirmó en
    una carta al embajador alemán ante el Vaticano la relación exacta
    entre su aceptación de la Ley de Plenos Poderes y el futuro concordato
    con el Reich: «Inmediatamente después de la aprobación
    de la Ley de Plenos Poderes, en la que yo mismo había desempeñado
    un papel positivo sobre la base de ciertas garantías que me
    fueron dadas por el canciller del Reich (garantías tanto políticas
    como de naturaleza cultural), el 24 de marzo viajé a Roma. l...] Con
    el fin de desarrollar las opiniones que había manifestado en el
    Reichstag el 23 de marzo, quería explicar la situación creada por la
    declaración del canciller e investigar la posibilidad de un acuerdo
    general entre la Iglesia y el Estado.»"
    Mientras, la ingeniosa declaración de Hitler .al Reichstag, con su
    promesa de mantener estrechos lazos con la Santa Sede, y de hecho
    con la obvia insinuación de los lazos ya anudados, ponía en un
    aprieto a los obispos católicos alemanes, que ya se habían visto
    sumidos en un dilema semanas antes por una serie de halagos y
    favores del gobierno. Dirigiéndose al país por radio, Hitler había
    apelado a Dios y había asegurado a la población que el cristianismo
    sería la base de la reconstrucción de la nación alemana. El 21 de
    marzo había publicado una nota declarando su «gran contrariedad
    » por no poder asistir a una ceremonia religiosa de reconciliación
    el Día de IJotsdam al haber prohibido los obispos cat6licos a
    los dirigentes nazis el acceso a los sacramentos. Los obispos se vieron
    así coaccionados a dar algún tipo de respuesta al nuevo canciller;
    pero aunque algunos creían oportuno revocar la condena lanzada
    contra el partido nazi, muchos de los principales prelados,
    incluyendo al arzobispo Schulte de Colonia y los obispos de Aquisgrán,
    Limburgo, Trier, Münster y Paderborn, defendieron que esa
    denuncia debía renovarse y reforzarse. Sin embargo, la afirmación
    de Hitler en el Reichstag el 23 de marzo, y la aquiescencia del Partido
    del Centro, junto con ciertas extravagancias del gobierno, a las
    que se sumaban las señales que llegaban del despacho de Pacelli en
    Roma, acabaron por minar la firmeza de los obispos.
    El cardenal Faulhaber envió el 24 de marzo una carta a los obispos
    de su conferencia del sur de Alemania: «Después de haber
    mantenido conversaciones con las más altas instancias de Roma
    (cuyo contenido no puedo revelaros por ahora), tengo que recomendar,
    pese a todo, más tolerancia hacia el nuevo gobierno, que
    no sólo mantiene una posición de poder -que no podrían corregir
    los principios que hemos formulado- sino que ha conseguido ese
    poder de forma legal.»" La referencia a la legalidad constitucional
    del gobierno de Hitler había sido ya señalada, en primer lugar, por
    L'Osservatore Romano. Así pues, la legalidad que Hitler se había
    procurado, y que Kaas, apremiado por Pacelli, le había garantizado,
    se convertía ahora en el estímulo capaz de persuadir a los obispos
    católicos de que aceptaran el régimen nacionalsocialista.
    Ese mismo día, el cardenal Bertram, portavoz de la jerarquía
    eclesiástica, distribuyó entre los obispos el borrador de una declaración
    conciliatoria para que éstos la estudiaran. La rapidez vertiginosa
    con que se les pedía que respondieran sigue siendo hasta hoy
    desconcertante. Ludwig Volk, historiador jesuita de ese período,
    sugería en su primera exploración de los acontecimientos que la
    presión «venía de otras fuentes», apuntando al Vaticano. Von
    Papen, argumentaba, se había esforzado durante todo un fin de semana
    en convencer a Bertram de que una declaración pública de
    conciliación por parte de los obispos podía servir de ayuda en el
    proceso de negociación del concordato, y que su ausencia sólo sería
    un estorbo. Con el mismo propósito, Von Papen había concertado
    una entrevista en Roma con Paceili, quien trabajaba entretanto con
    Kaas en la perspectiva de un acuerdo con Hitler.
    El 26 de marzo, las iglesias protestantes de toda Alemania reconocieron
    formalmente su aceptación de Hitler y su régimen. Los
    protestantes, al ver cómo el Vaticano negociaba un concordato con
    Hitler, comenzaron a explorar la posibilidad de alcanzar uno similar
    para sí mismos, siguiendo el modelo católico.
    El 28 de marzo se hacía pública en todo el país la declaración
    conciliatoria consensuada entre los obispos católicos. Aunque
    expresaba ciertas reservas, manifestaba una sumisa aquiescencia
    del episcopado católico:
    Sin que ello signifique revocar el juicio que hemos expuesto en
    anteriores declaraciones con respecto a ciertos errores religiosos
    y éticos, los obispos confiamos en que nuestras prohibiciones y
    admoniciones no vuelvan a ser necesarias. Los cristianos católicos,
    que consideran sagrada la voz de la Iglesia, no precisan en el
    momento actual ninguna recomendación especial de Iealtad
    hacia un gobierno legítimo, debiendo cumplir concienzudamente
    sus deberes como ciudadanos, rechazando por principio cualquier
    tipo de comportamiento ilegal o subversivo."
    La prensa nazi acogió esta declaración como un respaldo a la
    política de Hitler, pese a la ambigüedad pretendida por los obispos.
    Los políticos del Centro se sentían horrorizados, ya que parecía que
    aquéllos decían que los nazis eran preferibles a su partido. La reacción
    delos fieles católicos fue de profunda perplejidad y decepción.
    Una respuesta típica fue la del padre Franziscus Stratman, capellán
    católico de la Universidad de Berlín, quien escribió al cardenal
    Faulhaber el 10 de abril: «Las almas de la gente de buena intención
    se hallan trastornadas por la tiranía nacionalsocialista, y no hago
    sino relatar un hecho al decir que la autoridad de los obispos se ha
    iristo alterada ante muchos católicos y no católicos por la casi-aprobación
    del movimiento nacionalsocialista.»'"
    Tras regresar de sus consultas con Pacelli a comienzos de
    abril, Kaas publicó un editorial saludando el discurso de Hitler en
    el Reichstag como un lógico desarrollo de la «idea de unión» entre Iglesia y Estado. Declaraba que el país se encontraba en un
    proceso evolutivo en el que las «innegablemente excesivas libertades
    formales» de la República de Weimar darían paso a «una
    austera, y sin duda transitoria, disciplina estatal» sobre todos los
    aspectos de la vida. El Partido del Centro, proseguía, se había
    visto obligado a colaborar con ese proceso como «sembradores de
    futuro»."
    Como si pretendiera exculpar la extraordinaria facilidad y rapidez
    con que la jerarquía eclesiástica había aceptado el nuevo régimen,
    y subrayar el papel desempeñado por Pacelli en el proceso,
    Faulhaber escribió el 20 de abril que los obispos se habían visto en
    esa trágica situación «debido a la actitud de Roma».'"oma, sin
    embargo, en la persona de Eugenio Pacelli, no había completado
    aún su obra de sumisión frente a la determinación de Hitler de destruir
    el catolicismo político en Alemania.

    Nexus6
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    Re: Como Hitler consiguió el poder total.

    Mensaje por Nexus6 el Dom Feb 12, 2012 12:21 am

    Curiosamente llego al poder de forma más o menos democrática. Menuda ironía.

    stefanos666
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    Re: Como Hitler consiguió el poder total.

    Mensaje por stefanos666 el Dom Feb 12, 2012 12:26 am

    Nexus6 escribió:Curiosamente llego al poder de forma más o menos democrática. Menuda ironía.
    si.. y con ayuda de ciertas personas...

    vma1994
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    Re: Como Hitler consiguió el poder total.

    Mensaje por vma1994 el Dom Feb 12, 2012 1:11 am

    stefanos666 escribió:
    Nexus6 escribió:Curiosamente llego al poder de forma más o menos democrática. Menuda ironía.
    si.. y con ayuda de ciertas personas...

    Personas no, (aunque no lo niego), si no Francia.
    A grandes rasgos.
    Francia impuso demasiadas sanciones solo para limpiar "su orgullo" en la Gran Gueriera, todas estas sanciones económicas
    hicieron que el pueblo alemán cayera en una gran crisis y depresión, y esto lo aprobechó un austriaco chico que chillaba mucho.

    stefanos666
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    Re: Como Hitler consiguió el poder total.

    Mensaje por stefanos666 el Dom Feb 12, 2012 1:26 am

    vma1994 escribió:
    stefanos666 escribió:
    Nexus6 escribió:Curiosamente llego al poder de forma más o menos democrática. Menuda ironía.
    si.. y con ayuda de ciertas personas...

    Personas no, (aunque no lo niego), si no Francia.
    A grandes rasgos.
    Francia impuso demasiadas sanciones solo para limpiar "su orgullo" en la Gran Gueriera, todas estas sanciones económicas
    hicieron que el pueblo alemán cayera en una gran crisis y depresión, y esto lo aprobechó un austriaco chico que chillaba mucho.
    claro.. el vaticano ayudó tambien!

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    Re: Como Hitler consiguió el poder total.

    Mensaje por Cristelion el Dom Feb 12, 2012 3:38 am

    ...y aprovechándose de las debilidades de la República de Weimar...

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    Re: Como Hitler consiguió el poder total.

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