"Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

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    pedrocasca
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    "Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

    Mensaje por pedrocasca el Jue Feb 02, 2012 7:52 pm

    "Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

    recopilación realizada por tovarich Ereshkigal

    Por su longitud se publica en el Foro en cuatro mensajes

    -- mensaje nº 1 --

    Sobre la historia del cristianismo primitivo

    F. Engels

    I

    La historia del cristianismo primitivo tiene notables puntos de semejanza con el movimiento moderno de la clase obrera. Como éste, el cristianismo fue en sus orígenes un movimiento de hombres oprimidos: al principio apareció como la religión de los esclavos y de los libertos, de los pobres despojados de todos sus derechos, de pueblos subyugados o dispersados por Roma.

    Tanto el cristianismo como el socialismo de los obreros predican la próxi­ma salvación de la esclavitud y la miseria; el cristianismo ubica esta salvación en una vida futura, posterior a la muerte, en el cielo. El socialismo la ubica en este mundo, en una transformación de la sociedad. Ambos son perseguidos y acosados, sus adherentes son despreciados y convertidos en objeto de leyes exclusivas, los primeros como enemigos de la raza humana, los últimos como enemigos del Estado, enemigos de la religión, de la familia, del orden social. Y a pesar de todas las persecuciones; más, incluso alentados por ellas, avanzan victoriosa e irresistiblemente. Tres­cientos años después de su aparición, el cristianismo fue recono­cido como religión del Estado en el imperio mundial romano, y en sesenta años apenas el socialismo ha conquistado una posición que hace absolutamente segura su victoria.

    Por lo tanto, si el profesor Antón Menger se pregunta, en su Derecho al producto total del trabajo, por qué con la enorme concentración de la propiedad de la tierra bajo los emperadores romanos y con los ilimitados sufrimientos de la clase obrera de la época, compuesta en forma casi exclusiva por esclavos, “el socialismo no siguió a la caída del Imperio Romano de Occidente”, se lo pregunta porque no ve que ese “socialismo” existió en la realidad, hasta donde ello era posible en esa época, e incluso alcanzó una posición dominante… en el cristianismo. Sólo que este cristianismo, como tenía que suceder dadas las condiciones' históricas, no quiso cumplir las trasformaciones sociales en este mundo, sino más allá de él, en el cielo, en la vida eterna después de la muerte, en el inminente “milenio”.

    El paralelo entre los dos fenómenos históricos atrae nuestra atención ya desde la Edad Media, en los primeros levantamientos de los campesinos oprimidos y particularmente de los plebeyos de las ciudades. Estos levantamientos, como todos los movimientos de masas de la Edad Media, estaban obligados a llevar la máscara de la religión y aparecieron como la restauración del cristianismo primitivo para salvarlo de la difusión de la degeneración(1). Pero detrás de la exaltación religiosa había en todas las ocasiones un interés mundano sumamente tangible. Esto apareció en forma muy visible en la organización de los taboritas bohemios bajo Jan Zizka, de gloriosa memoria. Pero esta característica impreg­na toda la Edad Media, hasta desaparecer en forma gradual después de la guerra campesina de Alemania, para revivir con los obreros comunistas después de 1830. Los revolucionarios comu­nistas franceses, y también en particular Weitling y sus partida­rios, se refirieron al cristianismo primitivo mucho antes de las palabras de Renán: “Si quisiera darles una idea sobre las comu­nidades cristianas primitivas, les diría que estudien a una sección local de la Asociación Obrera Internacional.”

    Este hombre de letras francés, que compuso la novela sobre la historia de la iglesia intitulada Origines du Christianisme, para lo cual mutiló la crítica alemana de la Biblia, de una manera que ni siquiera cuenta con precedentes en el periodismo moderno, no sabía cuánta verdad había en las palabras que se acaba de citar. Me gustaría conocer al antiguo “Internacional” que pudie­se leer por ejemplo, la denominada Segunda Epístola de Pablo a los Corintios sin reabrir antiguas heridas, por lo menos en un sentido. Toda la epístola, del capítulo ocho en adelante, repite la queja eterna y, ¡ay!, tan conocida: les cotisations ne rentrent pas, ¡las contribuciones no llegan! ¡Cuántos de los más celosos propa­gandistas de la década del 60-70 estrecharían con simpatía la mano del autor de la epístola, fuese quien fuere, y le susurrarían: ¡”De modo que también a ustedes les sucedía lo mismo”! También nosotros —los corintios eran legión en nuestra Asociación— podemos decir algo sobre las contribuciones que no llegan, pero que nos atormentan y flotan, esquivas, ante nuestros ojos. ¡Eran los famosos “millones de la Internacional”!

    Una de nuestras mejores fuentes respecto de los primeros cristianos es Luciano de Samosata, el Voltaire de la antigüedad clásica, que se mostró igualmente escéptico hacia todo tipo de supersticiones religiosas y que por lo tanto no tuvo motivos pagano-religiosos ni políticos para tratar a los cristianos de dis­tinta manera que a alguna otra clase de comunidad religiosa. Por el contrario, se burló de todas ellas por su superstición, de las que rezaban a Júpiter no menos que de las que rezaban a Cristo. Desde su punto de vista superficialmente racionalista, una clase de superstición era tan estúpida como la otra. Este testigo, por lo menos imparcial, relata, entre otras cosas, la historia de la vida de cierto aventurero Peregrinus, llamado Proteo, nacido en Pario, en el Helesponto. En su juventud este peregrino hizo su debut en Armenia cometiendo el delito de fornicación. Fue sorprendido durante el acto y estuvo a punto de ser linchado de acuerdo con las costumbres del país. Tuvo la fortuna de escapar, y después de estrangular a su padre en Pario, tuvo que huir.

    “Y así fue —cito de la traducción de Schott— que también él llegó a enterarse de la sorprendente doctrina de los cristianos, con cuyos sacerdotes y escribas había cultivado relaciones en Palestina. Hizo tales progresos en tan breve tiempo, que sus maestros eran como niños en comparación con él. Se convirtió en un profeta, en un dignatario, en un maestro de la sinagoga; en una palabra, llegó a serlo todo. Interpretó los escritos de ellos y escribió a su vez una gran cantidad de obras, de modo que la gente vio finalmente en él a un ser superior, le permitió que dictara las leyes y lo convirtió en su inspector (obispo)… Debi­do a ello (es decir, porque era un cristiano), Proteo fue al cabo arrestado por las autoridades y encarcelado... Mientras se encon­traba ahí encadenado, los cristianos, que vieron en su captura una gran desdicha, hicieron todas las tentativas posibles para libe­rarlo. Pero no lo lograron. Entonces lo cuidaron en todas las formas posibles y con la mayor solicitud. Al alba se podía ver a ancianas madres, viudas y jóvenes huérfanas apiñándose a las puertas de su cárcel. Los más prominentes de los cristianos sobor­naron incluso a los carceleros y pasaron noches enteras con él. Llevaban su comida consigo y leían sus libros sagrados en su presencia. En pocas palabras, el amado Peregrinus (todavía usa­ba ese nombre) era nada menos que un nuevo Sócrates. Enviados de comunidades cristianas llegaban hasta él, aun de pueblos del Asia Menor, para ayudarlo, consolarlo y declarar en su favor ante el tribunal. Es increíble la rapidez con que actúa esta gente cuando se trata de la comunidad. No ahorran esfuerzos ni gastos. Y así comenzó a llegar dinero desde todas partes a las manos de Peregrinus, de modo que su encarcelamiento se convirtió para él en fuente de grandes ingresos. Porque la gente pobre estaba convencida de ser inmortal en cuerpo y alma, y de que viviría para toda la eternidad. Por eso se burlaban de la muerte e incluso muchos de ellos sacrificaban su vida en forma voluntaria. Entonces su más prominente legislador los convenció de que serían hermanos los unos de los otros una vez que se convirtiesen, es decir, una vez que renunciaran a sus dioses griegos, creyesen en el sofista crucificado y viviesen de acuerdo con las prescripciones de éste. Por eso desprecian todos los bienes materiales y los poseen en común, doctrinas que han aceptado de buena fe, sin demostraciones ni pruebas. Y cuando llega hasta ellos un hábil impostor que sabe utilizar con inteligencia las circunstancias, puede enriquecerse en poco tiempo y reírse de estos tontos. Por lo demás, Peregrinus fue puesto en libertad por el que entonces era prefecto de Siria.”
    Luego, después de otras aventuras, “nuestro notable inició por segunda vez (desde Pario) sus peregrinaciones; en lugar de dinero utilizó para sus viajes la buena disposición de los cristia­nos. Estos satisfacían sus necesidades en todas partes, y nunca les faltó nada. Durante un tiempo fue alimentado de esa manera. Pero luego, cuando también violó las leyes del cristianismo —creo que lo pescaron comiendo algún alimento prohibido— lo exco­mulgaron de su comunidad.”

    ¡Qué recuerdos de juventud me vienen a la mente mientras leo este pasaje de Luciano! En primer lugar el “profeta. Albrecht”, que desde el 1840, más o menos, saqueó literalmente las comunidades comunistas de Weitling, en Suiza, durante varios años; era un hombre alto y poderoso, de larga barba, que recorría Suiza a pie y reunía al público para predicar su nuevo evangelio misterioso de la emancipación mundial, pero que, en fin de cuen­tas, parece haber sido un farsante tolerablemente inofensivo, que pronto murió. Entonces su sucesor no tan inofensivo, “el doctor” George Kuhlmann, de Holstein, que aprovechó la época en que Weitling estuvo en la cárcel para convertir a las comunidades de la Suiza francesa a su propio evangelio, y con tanto éxito, que incluso engañó a August Becker, con mucho el más inteligente pero también el más inútil de todos ellos. Este Kuhlmann solía pronunciar ante ellos conferencias que fueron publicadas en Ginebra, en 1845, con el título de El nuevo mundo, o el Reino del Espíritu en la Tierra. Proclamación. En la introducción, escrita por sus partidarios (probablemente por August Becker) leemos:

    “Hacía falta un hombre en cuyos labios encontrasen expre­sión todos nuestros sufrimientos, todos nuestros anhelos y esperanzas; en una palabra, todo lo que afecta más profundamente a nuestra época... Este hombre, esperado por nuestro siglo, ha llegado. Es el doctor George Kuhlmann, de Holstein. Se ha pre­sentado con una doctrina del nuevo mundo o del reino del espí­ritu en la realidad.”

    Apenas necesito agregar que esta doctrina del nuevo mundo no es otra cosa que la paparrucha más vulgar y sentimental, tra­ducida en expresiones semibíblicas o la Lamennais y declamada con arrogancia de profeta. Pero esto no impidió que los buenos weitlinguistas llevasen al estafador en andas, como los cristianos del Asia hicieron con Peregrinus. Los que en todo otro sentido eran arehidemócratas e igualitarios extremos, hasta el punto de estimular sospechas imposibles de desarraigar contra todos los maestros de escuela, periodistas y, en general, contra cualquier hombre que no fuese un obrero manual —sospechas en el sentido de que eran “eruditos” dispuestos a explotarlos—, se dejaron convencer por un Kuhlmann melodramáticamente ataviado de que en el “Nuevo Mundo” sería el más sabio de todos, id est Kuhlmann, quien reglamentaría la distribución de los placeres y que por lo tanto, incluso entonces, en el Viejo Mundo, los discí­pulos debían proporcionar carradas de placeres a ese mismo hombre, el más sabio de todos, y conformarse ellos con las miga­jas. De manera que Peregrinus Kuhlmann vivió una espléndida vida de placeres a expensas de la comunidad... mientras ésta duró. No duró mucho, es claro. Las crecientes murmuraciones de los que dudaban y de los que directamente no creían, y la amenaza de persecuciones por el gobierno de Vaudois, pusieron fin al “Reino del Espíritu” en Lausana. Kuhlmann desapa­reció.

    Todos los que han conocido por experiencia el movimiento de la clase obrera europea en sus comienzos, recordarán docenas de ejemplos similares. Hoy esos casos extremos se han tornado imposibles, por lo menos en los grandes centros poblados. Pero en los distritos remotos donde el movimiento ha ganado nuevo terreno, un pequeño Peregrinus de esta clase puede contar toda­vía con un éxito temporario y limitado. Y así como todos aquéllos que no tienen nada que esperar del mundo oficial y ya no saben qué hacer en relación con él —oponentes de la inoculación, parti­darios de la abstemia, vegetarianos, antiviviseccionistas, naturistas, predicadores libres cuyas comunidades han caído hechas pedazos, autores de nuevas teorías sobre el origen del Universo, inventores sin éxito ni fortuna, víctimas de injusticias reales o imaginarias y a quienes los burócratas denominan “picapleitos inútiles”, tontos honrados y estafadores deshonestos—, así como todos éstos se apiñan en todos los países en torno a los partidos de la clase obrera, así sucedió también con los primeros cristia­nos. Todos los elementos que han sido puestos en libertad, es decir, que han quedado sueltos debido a la disolución del mundo antiguo, entran uno tras otro en la órbita del cristianismo, por ser éste el único elemento que ha resistido ese proceso de disolución —ya que era el producto necesario de ese proceso— y por haber persistido y crecido mientras los otros elementos no eran más que mariposas efímeras. No había fanatismo, tontería o proyecto que no atrajesen a las jóvenes comunidades cristianas y que por lo menos por un tiempo, y en lugares aislados, no encontrasen oídos atentos y creyentes dispuestos. Y como nues­tras primeras asociaciones de trabajadores comunistas, los prime­ros cristianos aceptaron con una credulidad tan sin precedentes cualquier cosa que se adaptara a sus fines, que ni siquiera tene­mos la seguridad de que uno que otro fragmento de la “gran cantidad de obras” que escribió Peregrinus para la cristiandad no se insinuara en nuestro Nuevo Testamento.


    II


    La crítica alemana de la Biblia, hasta hoy la única base científica de nuestro conocimiento de la historia del cristianismo primitivo, siguió una doble tendencia.

    La primera fue la de la escuela de Tubinga (2), a la cual, en el sentido más amplio, pertenece también D. F. Strauss. En materia de investigación crítica, esta escuela llega tan lejos como puede hacerlo una institución teológica. Admite que los cuatro evangelios no son relatos de testigos oculares, sino sólo adaptacio­nes posteriores de escritos que se han perdido; que sólo son auténticas cuatro de las epístolas atribuidas al apóstol Pablo, etc. Elimina como inaceptables, en las narraciones históricas, todos los milagros y contradicciones; pero de lo restante “trata de salvar lo que se pueda”, con lo que se hace evidente su natura­leza de escuela teológica. Ello permitió a Renán, que se basa en gran parte en ella, “salvar” aun más con la aplicación del mismo método y, lo que es más, tratar de imponernos como histórica­mente verídicos muchos relatos del Nuevo Testamento que son más que dudosos, aparte de una multitud de otras leyendas sobre mártires. En todo caso, todo lo que la escuela de Tubinga recha­za como no histórico o apócrifo puede ser considerado por la ciencia como definitivamente eliminado.

    La otra tendencia tiene un solo representante: Bruno Bauer. Su mayor mérito consiste, no sólo en haber efectuado una crítica implacable de los evangelios y de las epístolas de los apóstoles, sino en haber emprendido seriamente y por primera vez el examen de los elementos judíos y greco-alejandrinos y también de los puramente griegos o greco-romanos que por primera vez prepa­raron para el cristianismo la carrera de religión universal. Des­pués de Bruno Bauer ya no se puede sostener la leyenda de que el cristianismo surgió íntegro y completo del judaísmo y de que, luego de salir de Palestina, conquistó el mundo con su dogma ya definido en sus lineamientos principales y en su moral. Desde entonces, sólo puede continuar vegetando en las facultades teoló­gicas y en el espíritu de las personas que “quieren mantener viva la religión para el pueblo”, aun a expensas de la ciencia. La enorme influencia que la escuela filónica de Alejandría y la filo­sofía vulgar greco-romana —platónica y principalmente estoica— tuvieron sobre el cristianismo, que bajo Constantino se convirtió en religión del Estado, está lejos de haber sido definida en deta­lle, pero su existencia se ha demostrado, y ésta es la principal consecución de Bruno Bauer; éste sentó las bases para la demos­tración de que el cristianismo no fue importado de afuera —de Judea— del mundo romano-griego e impuesto a éste, sino que por lo menos en su forma de religión universal, es producto de ese mismo mundo. Es claro que Bauer, como todos los que luchan contra prejuicios inveterados, superó en ese trabajo sus objeti­vos. A fin de definir —también mediante la utilización de fuentes literarias— la influencia de Filón y en especial la de Séneca sobre el cristianismo naciente, y para denunciar formalmente a los autores del Nuevo Testamento como plagiarios lisos y llanos, se vio obligado a demorar en medio siglo la aparición de la nueva religión, a rechazar los relatos de los historiadores romanos que lo refutarían y a tomarse amplias libertades con la historiografía en general. Según él el cristianismo como tal sólo aparece bajo los emperadores Flavios, y la literatura del Nuevo Testamento sólo bajo Adriano, Antonio y Marco Aurelio. De esta suerte los relatos del Nuevo Testamento sobre Jesús y sus discípulos son despojados por Bauer de todo antecedente histórico, se diluyen en leyendas en las que las fases de desarrollo interior y las luchas morales de las primeras comunidades son atribuidas a personas más o menos ficticias. Según Bauer, los lugares en que nació la nueva religión no son Galilea ni Jerusalén, sino Alejandría y Roma.

    Por lo tanto, si la escuela de Tubinga nos presenta, en lo que ha dejado intacto de las narraciones y la literatura del Nuevo Testamento, el máximo de lo que la ciencia puede aceptar, todavía hoy, como discutible, Bruno Bauer nos entrega el máximo de lo que se puede discutir.

    Entre estos dos límites se encuentra la verdad real. Es muy dudoso el que ésta pueda ser definida con los medios de que disponemos en la actualidad. Nuevos descubrimientos, particularmente en Roma, en Oriente y sobre todo en Egipto, contribuirán a ello más que ninguna otra crítica.

    Pero en el Nuevo Testamento tenemos un único libro cuya época de redacción puede ser fijada con un margen de error de unos pocos meses, que tiene que haber sido escrito entre junio del año 67 y enero o abril del 68; un libro, entonces, que perte­nece al comienzo mismo de la era cristiana y que refleja con la más ingenua fidelidad, y en el lenguaje idiomático correspondien­te, las ideas del nacimiento de esa era. En mi opinión, pues, este libro es una fuente mucho más importante, para la definición de lo que fue en realidad el cristianismo primitivo, que todo el resto del Nuevo Testamento, que en su forma actual pertenece a una fecha mucho posterior. Este libro es el denominado Revela­ción de Juan. Y como a pesar de ser en apariencia el libro más oscuro de toda la Biblia es hoy, además y gracias a la crítica alemana, el más comprensible y claro de todos, trataré de expli­carlo a mis lectores.

    No hay que examinarlo mucho para convencerse del estado de gran exaltación, no sólo del autor, sino también del “medio circun­dante” en que éste se movió. Nuestra “Revelación” no es la única en su especie y época. Desde el año 164 antes de nuestra era en que fue escrito el primero que llegó hasta nosotros —el denominado Libro de Daniel—, hasta el 250 de nuestra era, fecha aproxima­da del Carmen (3)de Comodiano, Renán contó no menos de quince “Apocalipsis” clásicos, sin contar las imitaciones subsiguientes. (Cito a Renán porque su libro es también el mejor conocido por los que no son especialistas, y el más accesible). Fue una época en que incluso en Roma y Grecia, y aun más en el Asia Menor, Siria y Egipto, se aceptaba sin discriminaciones una mezcla abso­lutamente nada analítica de las más toscas supersticiones de los pueblos más variados, que luego se complementaban con piadosos engaños y con charlatanismo liso y llano; una época en que los milagros, los éxtasis, las visiones, las apariciones, las adivinacio­nes, la fabricación de oro, las cabalas(4) y otras formas de magia secreta desempeñaron un papel de importancia. En ese ambien­te y, lo que es más, entre una clase de personas más inclinadas que ninguna otra a escuchar estas fantasías sobrenaturales, surgió el cristianismo. Porque, ¿acaso los gnósticos(5) cristianos de Egip­to no se dedicaron ampliamente, en el siglo II de nuestra era, a la práctica de la alquimia, y no introdujeron nociones de alqui­mia en sus doctrinas, como lo demuestran, entre otros, los papiros de Leyden? Y los mathematici caldeos y judíos que según Tácito fueron expulsados dos veces de Roma por dedicarse a la magia —una vez bajo el reinado de Claudio y otra bajo el de Vitelio—, no practicaron otro tipo de geometría que el que encontramos en la base de la Revelación de Juan.

    A esto tenemos que agregar otra cosa. Todos los Apocalipsis se atribuyen el derecho de engañar a .sus lectores. No sólo fueron escritos, por regla general, por personas que no eran sus supues­tos autores, y en su mayoría por personas que vivieron mucho más tarde —por ejemplo el Libro de Daniel, el Libro de Enoc, los Apocalipsis de Ezrah, Baruch, Juda, etc., y los libros sibilinos—, sino que además, en lo que respecta a su contenido principal, sólo profetizan cosas que han sucedido mucho antes y que eran bien conocidas para el verdadero autor. Así en el año 164, poco antes de la muerte de Antíoco Epífanes, el autor del Libro de Daniel hace que Daniel, que supuestamente ha vivido en tiempos de Nabucodonosor, profetice el ascenso y caída de los imperios persa y macedonio y el comienzo del Imperio Romano, a fin de preparar al lector —con esta prueba de su talento profético— para que acepte la profecía final de que el pueblo de Israel superará todas las dificultades y resultará finalmente victorioso. Por lo tanto, si la Revelación de Juan fuese en verdad la obra de su supuesto autor, sería la única excepción entre toda la lite­ratura apocalíptica.

    El Juan que pretende ser su autor fue, en todo caso, un hombre de gran distinción entre los cristianos del Asia Menor. Esto lo confirma el tono del mensaje a las siete iglesias. Posible­mente fuese el apóstol Juan, cuya existencia histórica, sin embar­go, no está completamente verificada, aunque es muy probable. Si este apóstol fue en verdad el autor, tanto mejor para nuestro punto de vista. Ello sería la mejor confirmación de que el cristia­nismo de este libro es el verdadero y auténtico cristianismo primi­tivo. Hagamos notar, al pasar, que, en apariencia, la Revelación no fue escrita por el mismo autor del Evangelio o de las tres epístolas que también se atribuyen a Juan.

    La Revelación consiste en una serie de visiones. En la prime­ra Cristo aparece con el atavío de un alto sacerdote, se coloca en medio de siete candelabros que representan a las siete iglesias de Asia y dicta a “Juan” mensajes a los siete “ángeles” de esas iglesias. Aquí, desde el comienzo mismo, vemos con claridad la diferencia entre este cristianismo y la religión universal de Constantino, formulada por el Concilio de Nicea. La Trinidad no sólo es desconocida; incluso es imposible. En lugar del único Espíritu Santo posterior, tenemos aquí los “siete espíritus de Dios'' que los rabinos extraen de Isaías XI, 2. Cristo es el hijo de Dios, lo primero y lo último, el alfa y el omega, en modo algu­no el propio Dios o el igual de Dios, sino, por el contrario, “el comienzo de la creación de Dios”, y por lo tanto una emanación de Dios, existente desde toda la eternidad pero subordinada a Dios, como los mencionados siete espíritus. En el capítulo XV, 3, los mártires cantan en el cielo “el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero”, que glorifica a Dios. Por lo tanto, Cristo aparece aquí, no sólo como subordinado a Dios, sino ade­más, en cierto sentido, en un pie de igualdad con Moisés. Cristo es crucificado en Jerusalén (XI, Cool, pero vuelve a levantarse (I, 5, 18) ; es “el Cordero” que ha sido sacrificado por los pecados del mundo y con cuya sangre los fieles de todas las lenguas y naciones han sido redimidos en Dios. Aquí encontramos la idea básica que permitió que el cristianismo primitivo se con­virtiese en una religión universal. Todas las religiones semíticas y europeas de la época compartieron la opinión de que los dioses ofendidos por las acciones del hombre podían ser propiciados por el sacrificio.

    La primera idea revolucionaria fundamental (tomada de la escuela filónica(6) del cristianismo fue la de que por un gran sacrificio voluntario de un mediador se podían expiar de una vez por todas los pecados de todos los hombres y todos los tiempos… en relación con los creyentes. De ahí que quedase eliminada la necesidad de nuevos sacrificios, y con ella la base para una multitud de ritos religiosos. Pero la eliminación de los rituales que dificultaban o impedían las relaciones con pueblos de otras confesiones fue la primera condición para la creación de una religión universal.

    A pesar de ello, la costumbre del sacrificio estaba tan profundamente arraigada en los hábitos de los pueblos, que el catolicismo —que había tomado prestadas tantas cosas del paganismo— encontró adecuado adaptarse a este hecho introduciendo por lo menos el sacrificio simbólico de la misa. Por otra parte no hay en nuestro libro rastro alguno del dogma del pecado original.
    Pero lo más característico de estos mensajes, como del libro todo, es que al autor jamás se le ocurre nombrarse él mismo y a sus compañeros de religión de otra manera que como judíos.

    Fulmina a los miembros de las sectas de Esmirna y Filadelfia, reprochándoles el hecho de que “dicen que son judíos, mas no lo son, sino que pertenecen a la sinagoga de Satán”. A los de Pérgamo les dice que sostienen la doctrina de Balaam, que enseñó a Balac a poner ante los hijos de Israel una causa de error, a comer cosas sacrificadas a los ídolos y a dedicarse a la fornica­ción. Aquí hay, entonces, no un caso de cristianos concientes, sino de personas que dicen que son judías. Admitamos que su judaísmo es una nueva etapa de desarrollo del anterior, pero precisamente por ese motivo es el único verdadero. Por consi­guiente, cuando los santos aparecieron ante el trono de Dios, se presentaron antes que nadie 144.000 judíos, 12.000 por cada tribu, y sólo después las incontables masas de paganos convertidos a ese judaísmo renovado. Tan poca era la conciencia que tenía nuestro autor, en el año 69 de la era cristiana, de estar represen­tando una nueva fase del desarrollo de una religión, que con el tiempo se convertiría en uno de los elementos más revolucionarios de la mente humana.

    Vemos entonces que el cristianismo de esa época, que aún no tiene conciencia de sí mismo, era tan distinto, de la posterior religión universal del Concilio de Nicea, dogmáticamente esta­blecida, como lo es el cielo de la tierra; el uno no puede ser reco­nocido en el otro. No hay en él ni el dogma ni la ética del cristia­nismo posterior, sino la sensación de que lucha contra todo el mundo y de que la lucha culminará con el triunfo, ansia de combatir y certidumbre de la victoria que faltan por completo en los cristianos actuales, y que en nuestra época, sólo se encuen­tran en el otro polo de la sociedad, entre los socialistas.

    En rigor, la lucha contra un mundo que al comienzo era superior en fuerzas, y al mismo tiempo contra los propios inno­vadores, es común a los cristianos primitivos y a los socialistas. Ninguno de estos dos grandes movimientos fue realizado por diri­gentes o profetas —aunque hay bastantes profetas en ambos—; son movimientos de masas. Y los movimientos de masas tienen tendencia a ser confusos al principio; confusos porque el pensa­miento de las masas, en los primeros momentos, se mueve entre contradicciones, falta de claridad y de cohesión, y también debi­do al papel que los profetas todavía desempeñan en esas primeras etapas de los movimientos. Esta confusión se ve en la forma­ción de numerosas sectas que luchan entre sí, por lo menos con el mismo fervor que emplean contra el enemigo exterior común. Así pasó en el cristianismo primitivo y así en los comienzos del movimiento socialista, por más que ello preocupase a los bien intencionados notables que predicaban la unidad donde la unidad no era posible.

    ¿Se mantuvo unida la Internacional gracias a un dogma uni­forme? Por el contrario. Había comunistas de la tradición france­sa anterior a 1848, y existían distintos matices entre ellos: comu­nistas de la escuela de Weitling y otros de la Liga Comunista regenerada; proudhonistas que predominaban en Francia y Bél­gica, blanquistas, el Partido Obrero alemán y finalmente los anarquistas bakuninistas, que durante un tiempo se destacaron en España e Italia, y eso para hablar sólo de los grupos principales. Tenía que transcurrir un cuarto de siglo, desde la fundación de la Internacional, antes de que la separación de los anarquis­tas fuese final y completa en todas partes, y antes de que se pudiese establecer la unidad en todas partes, por lo menos en relación con los puntos de vista económicos más generales. Y eso con nuestros medios, de comunicación: ferrocarriles, telégra­fos, gigantescas ciudades industriales, la prensa, organizadas asambleas populares.

    Entre los cristianos primitivos había la misma división en innumerables sectas, precisamente el medio por el cual se logró la discusión y con ella la unidad posterior. Ya la encontramos en este libro, que es sin ninguna duda el documento cristiano más antiguo, y nuestro autor lucha contra ella con el mismo ardor irreconciliable que el gran mundo pecador de afuera. Primero estuvieron los nicolaítas, en Efeso y Pérgamo; los que decían que eran judíos pero pertenecían a la sinagoga de Satán, en Esmirna y Filadelfia; los partidarios de Balaam, que es llamado falso profeta, en Pérgamo; los que decían que eran apóstoles y no lo eran, en Efeso; y finalmente, en Tiatira los partidarios de la falsa profetisa descrita con el nombre de Jezabel. No se nos dan más detalles sobre estas sectas, y sólo se dice que los parti­darios de Balaam y Jezabel comían cesas sacrificadas a los ídolos y practicaban la fornicación. Se han hecho tentativas de concebir a estas cinco sectas como cristianos paulinos, y todos los mensa­jes como dirigidos contra Pablo, el falso apóstol, el presunto Balaam y “Nicolaos”. Argumentos en este sentido, difícilmente sostenibles, se encuentran reunidos en Saint Paul, de Renan (París 1869, págs. 303-305 y 367-70). Todos tienden a explicar los mensajes por los Hechos de los Apóstoles y por las llamadas Epístolas de Pablo, escritos que, por lo menos en su forma actual, son anteriores en no menos de sesenta años a la Revelación y por consiguiente todos sus datos pertinentes son no sólo sumamente dudosos, sino también totalmente contradictorios. Pero lo decisivo es que al autor no podía ocurrírsele dar cinco nombres distin­tos a la misma secta, y aun dos para Efeso solamente (falsos apóstoles y nicolaitanos) y dos también para Pérgamo (balaamitas y nicolaítas), y referirse siempre a ellas, en cada ocasión y en forma expresa, como si fuesen dos sectas diferentes. Al mismo tiempo no se puede negar la probabilidad de que hubiese entre estas sectas elementos que hoy serían denominados paulinos.

    -- fin del mensaje nº 1 --



    Última edición por pedrocasca el Jue Feb 02, 2012 8:02 pm, editado 1 vez

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    Por su longitud se publica en el Foro en cuatro mensajes

    -- mensaje nº 2 --

    En los dos casos en que se proporcionan más detalles, la acusación se refiere a los delitos de comer carne ofrecida a los ídolos y a la práctica de la fornicación, dos puntos acerca de los cuales los judíos —los antiguos así como los cristianos— se encon­traban en continua disputa con los paganos conversos. La carne de los sacrificios paganos no se servía solamente en las comidas de las festividades, donde el rechazo de la misma habría sido considerado impropio e incluso hubiese resultado peligroso; tam­bién se la vendía en los mercados, donde no siempre era posible saber con certeza si era pura a los ojos de la ley. Por fornicación los judíos entendían, no sólo las relaciones sexuales extra-nupciales, sino también el casamiento en grados de parentesco prohi­bidos por la ley judía, o entre un judío y un gentil, y en este .sentido se entiende en general la palabra en los Hechos de los Apóstoles XV, 20 y 29. Pero nuestro Juan tiene sus opiniones respecto de las relaciones sexuales permitidas a los judíos ortodoxos. Dice acerca de los 144.000 judíos celestiales (XIV, 4): “Estos son los que con mujeres no fueron contaminados; porque son vírgenes.” Y en efecto, en el cielo de nuestro Juan no hay una sola mujer. Por lo tanto pertenece a la tendencia —que también aparece a menudo en otros escritos del cristianismo primitivo— que considera las relaciones sexuales como peca­minosas en general. Y, más aún, cuando tomamos en cuenta el hecho de que llama a Roma la Gran Ramera con la cual han fornicado los reyes de la tierra, emborrachándose con el vino de la fornicación, y con la cual se han enriquecido los mercaderes de la tierra gracias a los manjares que posee en abundancia, nos resulta imposible tomar la palabra de los mensajes en el estrecho sentido que querrían atribuirle los teólogos apologistas a fin de obtener de esa manera la confirmación de otros pasajes del Nuevo Testamento. Muy por el contrario. Estos pasajes del mensa­je son una evidente indicación de un fenómeno común a todos los tiempos de gran agitación, en que se aflojan los vínculos tra­dicionales de las relaciones sexuales, al igual que todas las otras trabas. También en los primeros siglos del cristianismo apareció con frecuencia, al lado de ascetas que se mortificaban la carne, la tendencia a ampliar la libertad cristiana a una relación más o menos libre entre hombre y mujer. Lo mismo se observó en el moderno movimiento socialista. ¡Qué indecible horror experimen­tó la entonces “piadosa institutriz” de la Alemania de la década del 30, ante la réhabilitation de la chair por Saint-Simon, que se tradujo al alemán como Wiedereinsetzung des Fleiches (¡reins­talación de la carne!) ¡Y los más horrorizados de todos fueron los distinguidos Estados entonces gobernantes (todavía no había clases en nuestro país), que no podían vivir en Berlín, y menos en sus fincas de campo, sin una repetida reinstalación de la carne! ¡Si esta buena gente hubiese podido conocer a Fourier, que quería para la carne otras travesuras completamente distin­tas! Con la superación del utopismo, estas extravagancias cedie­ron el lugar a una concepción más racional y en realidad mucho más radical, y como Alemania ha salido del piadoso cuarto de niños de Heine para convertirse en el centro del movimiento socialista, puede reírse ahora de la hipócrita indignación del distinguido mundo piadoso.

    Este es todo el contenido dogmático de los mensajes. El resto consiste en exhortaciones a los creyentes para que muestren vehemencia en la propaganda, para que sean valientes y confiesen con orgullo su fe ante el enemigo, para que luchen sin desfallecer ante el enemigo interno y el exterior... y en este sentido habría podido ser escrito por uno de los entusiastas de mentalidad más profética de la Internacional.


    III


    Los mensajes no son más que la introducción al tema propia­mente llamado así de la comunicación de Juan a las siete iglesias del Asia Menor, y a través de ellas al resto del judaísmo reformado del año 69, del que más tarde se desarrolló el cristianismo. Y aquí entramos en el sancta sanctorum más íntimo del cristianismo primitivo.

    ¿Entre qué gente se reclutaron los primeros cristianos? Principalmente entre los “trabajadores y agobiados”, los miem­bros de la capa más baja del pueblo, como cuadra a un elemento revolucionario. ¿Y de quiénes se componían estas capas? En las ciudades, de hombres libres empobrecidos, de todo tipo de perso­nas, como los mean whites de los Estados esclavistas del sur y de los aventureros y vagabundos de las ciudades marítimas colo­niales y chinas, de los esclavos emancipados y, por sobre todo, de verdaderos esclavos; en los latifundios de Italia, Sicilia y África, de esclavos que se habían hundido cada vez más en la esclavitud a causa de las deudas. Para todos estos elementos no había abso­lutamente ningún camino común de emancipación. Para todos ellos el paraíso había quedado atrás; para los libertos arruinados era la antigua polis, la ciudad y el Estado a la vez, en la cual sus antepasados habían sido ciudadanos libres; para los pequeños campesinos, el abolido sistema social gentil y la propiedad común de la tierra; para los esclavos capturados en la guerra, la época de libertad de que gozaron antes de su subyugación y cautiverio. Y todo eso había sido destruido por el nivelador puño de hierro de la Roma conquistadora. El grupo social más grande que la antigüedad conoció fue la tribu y la unión de tribus emparen­tadas; entre los bárbaros la agrupación se basaba en alianzas de familias, y entre los griegos e italianos, fundadores de ciudades, en la polis, que consistía en una o más tribus emparentadas. Feli­pe y Alejandro dieron unidad política a la península helénica, pero esto no condujo a la fundación de una nación griega. Las naciones sólo se hicieron posibles después de la caída de la domi­nación mundial de Roma. Esta dominación había terminado de una vez por todas con las uniones menores; el poderío militar, la jurisdicción romana y la maquinaria de la percepción de impues­tos disolvieron por completo la tradicional organización interior. A la pérdida de la independencia y de la organización distintiva se agregó el pillaje realizado por las autoridades militares y civiles, que comenzaron por despojar a los sometidos de sus tesoros, para luego prestárselos con intereses usurarios a fin de continuar estrujándolos. La presión de los impuestos y la necesi­dad de dinero que dicha presión provocaba en las regiones domi­nadas sólo o principalmente por la economía natural, hundieron a los campesinos en una dependencia cada vez mayor con respecto a los usureros, provocaron grandes diferencias de fortuna e hicie­ron más ricos a los ricos y empobrecieron por completo a los pobres. Toda resistencia que las pequeñas tribus o ciudades aisla­das pudiesen ofrecer ante el gigantesco poder mundial romano era una resistencia desesperada. ¿Cuál era la salida, la salvación para los esclavizados, oprimidos y empobrecidos, una salida común para todos estos grupos de personas cuyos intereses eran distin­tos u opuestos entre sí. Y sin embargo había que encontrarla, si se los quería abarcar en un gran movimiento revolucionario. Esa salida fue encontrada. Pero no en este mundo. En el estado en que se encontraban las cosas, sólo podía tratarse de una salida religiosa. Entonces se descubrió un nuevo mundo. La vida continuada del alma después de la muerte del cuerpo se había convertido gradualmente en un artículo de fe reconocido en términos generales en todo el mundo romano. También se admi­tía cada vez más una especie de recompensa o castigo para las almas de los muertos, por sus acciones en la tierra. Por supuesto, en lo referente a la recompensa, las perspectivas no eran muy buenas: la antigüedad era demasiado espontáneamente materia­lista para no atribuir un valor mucho más grande a la vida en la tierra que a la vida en el reino de las sombras; vivir después de la muerte era considerado por los griegos una desdicha. Luego vino el cristianismo, que tomaba en serio la recompensa y el casti­go en el mundo del más allá y creaba el cielo y el infierno, y se encontró una salida que conduciría a los trabajadores y agobia­dos a un eterno paraíso, sacándolos de este valle de lágrimas. Y en rigor sólo con la perspectiva de una recompensa en el mundo del más allá podía exaltarse la renuncia estoico-filónica del mun­do y el ascetismo a la categoría de principio moral básico de una nueva religión universal que inspirase de entusiasmo a las masas oprimidas.


    Pero este paraíso celestial no se abre para los creyentes por el solo hecho de su muerte. Ya veremos que el reino de Dios, cuya capital es la Nueva Jerusalén, sólo puede ser conquistado y abierto después de arduas luchas con las potencias del infierno. Pero en la imaginación de los cristianos primitivos eran inme­diatamente inminentes. Juan describe su libro, al comienzo mismo, como revelación de “cosas que deben suceder presto”. E inmedia­tamente después, I, 3, declara: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía... porque el tiempo está cerca.” A la iglesia de Filadelfia Cristo le envía el mensaje: “He aquí, yo vengo presto.” Y en el último capítulo el ángel dice que le ha mostrado a Juan “cosas que tienen que hacerse en seguida”, y le da la orden: “No selles las palabras de la profecía de este libro; porque el tiempo está cerca.” Y el propio Cristo dice en dos ocasiones (XXII, 12, 20): “Vengo en breve.” Lo que sigue nos indicará cuan pronto se esperaba su llegada.

    Las visiones del Apocalipsis que ahora nos muestra el autor están copiadas, total y casi siempre literalmente, de modelos anteriores, en parte de los profetas clásicos del Antiguo Testa­mento —en particular de Ezequiel—, en parte de posteriores apocalipsis judíos escritos a la manera del Libro de Daniel, y en particular del Libro de Enoc, que ya había sido escrito, por lo menos parcialmente. La crítica ha demostrado en detalle de dónde sacó nuestro Juan cada imagen, cada signo amenazador, cada plaga enviada a la humanidad incrédula; en una palabra: todo el material de su libro. De manera que no sólo exhibe una gran pobreza mental, sino que además demuestra que nunca experi­mentó, ni siquiera en la imaginación, los supuestos éxtasis y visiones que describe.

    El orden de estas visiones es, en resumen, el que sigue: primero Juan ve a Dios sentado en su trono, teniendo en la mano un libro con siete sellos y ante sí al Cordero que ha sido asesinado y se ha levantado de entre los muertos (Cristo), y a quien se considera digno de abrir los sellos del libro. La apertura de los sellos es seguida por toda clase de milagrosos signos ame­nazadores. Cuando se abre el quinto sello Juan ve debajo del altar de Dios las almas de los mártires de Cristo muertas por el verbo de Dios, y que gritan en voz alta, clamando: “¿Cuánto tiempo, Señor, no juzgarás ni vengarás nuestra sangre en los que moran en la tierra?” Y entonces se les entregan las blancas vestiduras y se les dice que todavía deben descansar un rato más, porque aún habrá más mártires asesinados.

    De manera que no se trata aquí todavía de una “religión de amor”, de “Ama a tus enemigos, bendice a los que te maldi­gan”, etc. Aquí se predica la venganza, una sólida y honesta venganza contra los perseguidores de los cristianos. Y lo mismo sucede en todo el libro. Cuanto más próxima está la crisis, más densos llueven del cielo las plagas y los castigos, y más satisfecho anuncia Juan que la masa de la humanidad no expiará sus pecados, que nuevos azotes de Dios caerán sobre ella, que Cristo la gobernará con una vara de hierro y pisará el lagar de la fero­cidad y la cólera de Dios Todopoderoso, pero que los impíos continuarán insensibles en sus corazones. Es el sentimiento natu­ral, libre de toda hipocresía, de que se está librando una lucha y de que a la guerre comme á la guerre.

    Cuando se abre el séptimo sello aparecen siete ángeles con siete trompetas, y cada vez que uno de ellos hace resonar la suya ocurren nuevos horrores. Después del séptimo toque de trompeta se presentan otros siete ángeles, con las siete redomas de la ira de Dios, que vierten sobre la tierra; más plagas y castigos, en general aburridas repeticiones de lo que ya ha sucedido varias veces. Luego viene la mujer, Babilonia, la Gran Ramera, vestida de escarlata y sentada sobre las aguas, ebria con la sangre de los santos y los mártires de Jesús; es la gran ciudad de las siete colinas que gobierna sobre todos los reyes de la tierra. Cabalga sobre un ani­mal de siete cabezas y diez cuernos. Las siete cabezas representan las siete colinas, y también siete “reyes”. De estos cinco han caído, uno es y el otro no ha llegado aún, y después de él vendrá de nuevo uno de los cinco primeros. Ha sido herido de muerte, pero se ha curado. Reinará sobre el mundo durante cuarenta y dos meses, o sea tres años y medio (la mitad de una semana de siete años), y perseguirá a muerte a los fieles e impondrá el reinado de la impiedad. Pero luego viene la gran lucha final, los santos y los mártires son vengados por la destrucción de la Gran Ramera Babi­lonia y de sus partidarios, es decir, del grueso de la masa de la humanidad; el demonio es arrojado a la sima insondable y ence­rrado en ella durante un período de mil años, a lo largo del cual reina Cristo con los mártires que se han levantado de entre los muertos. Pero al cabo de los mil años el demonio es puesto de nuevo en libertad y estalla otro gran combate de los espíritus, en el cual es finalmente derrotado. Luego sigue la segunda resurrec­ción, en que también los otros muertos se levantan y aparecen ante el trono del juicio de Dios (no de Cristo, adviértase), y los creyen­tes entran en un nuevo cielo, en una nueva tierra y en una nueva Jerusalén, para la vida eterna.

    Y todo este monumento está construido con materiales exclusivamente judíos precristianos y presenta ideas casi exclusivamen­te judías. Desde que las cosas comenzaron a ir mal en este mundo para el pueblo de Israel, desde el momento de los tributos a los asirios y babilonios, desde la destrucción de los dos reinos de Israel y de Judá hasta la esclavitud bajo los seléucidas —o sea desde Isaías hasta Daniel—, en todos los períodos oscuros hubo profecías sobre un salvador. En Daniel, XII, 1-3, hay incluso una profecía sobre Miguel, el ángel guardián de los judíos, que baja a la tierra para salvarlos de grandes trastornos; muchos muertos volverán a la vida, habrá una especie de juicio final y los maestros que han enseñado al pueblo la justicia brillarán como estrellas para toda la eternidad. El único aspecto cristiano es el gran énfasis que se pone en el inminente reinado de Cristo y en la gloria de los fieles, en particular de los mártires que se han levan­tado de entre los muertos.

    Por la interpretación de estas profecías, en lo que se refiere a los acontecimientos de esa época, estamos en deuda con la crítica alemana, en especial con Ewald, Lücke y Ferdinand Benary. Renán la puso al alcance de los no teólogos. Ya hemos visto que Babi­lonia, la Gran Ramera, representa a Roma, la ciudad de las siete colinas. En el capítulo XVII, 9-11, se nos dice acerca de la bestia sobre la cual está sentada: “Las siete cabezas” de la bestia “son siete montes, sobre los cuales se asienta la mujer. Y son siete reyes. Los cinco son caídos; el uno es, el otro aún no es venido. Y cuando viniere, es necesario que dure breve tiempo. Y la bestia que era, y no es, es también el octavo, y es de los siete, y va a la perdición”.

    Según esto la bestia es la dominación mundial romana, repre­sentada por siete césares en sucesión; uno de ellos ha sido mortalmente herido y ya no reina, pero curará y volverá. A él le será dado, como octavo, establecer el reino de la blasfemia y el desafío a Dios. Le será dado
    “hacer guerra contra los santos, y vencer­los… Y todos los que moran sobre la tierra le adoraron, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero... Y hacía que a todos, a los pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se pusiese una marca en su mano derecha, o en sus frentes; y que ninguno pudiese comprar o vender, sino el que tuviera la señal, o el nombre de la bestia, o el número de su nom­bre. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia; porque es el número de hombre; y el número de ella es seiscientos seis” (XIII, 7-18).

    Hacemos notar que aquí se menciona el boicot como una de las medidas que serán aplicadas por el Imperio Romano contra los cristianos —medida que, por lo tanto, es, evidentemente, una invención del demonio—, y pasamos al problema de quién es ese emperador romano que ya ha reinado, que ha sido herido de muerte y ha desaparecido, pero que regresará como el octavo de la serie, en el papel de Anticristo.

    Tomando a Augusto como el primero, tenemos: 2. Tiberio, 3. Calígula, 4. Claudio, 5. Nerón, 6. Galba. “Cinco han caído y uno es”. Por consiguiente, Nerón ya ha caído y Galba es. Este reinó desde el 9 de junio del año 68 hasta el 15 de enero del 69. Pero inmediatamente después de que ascendió al trono, las legiones del Rhin se rebelaron, al ruando de Vitelio, en tanto que otros gene­rales preparaban levantamientos militares en otras provincias. En Roma se levantó la guardia pretoriana, mató a Galba y proclamó emperador a Otón.

    Según esto vemos que nuestra Revelación fue escrita bajo Galba. Probablemente hacia fines de su reinado. O, cuando mucho, durante los tres meses (hasta el 15 de abril del año 69) del reina­do de Otón, “el séptimo”. ¿Pero quién es el octavo, que era y no es? Eso lo sabemos por el número 666.

    Entre los semitas —caldeos y judíos— existía en la época una especie de magia basada en el doble significado de las letras. Como unos 300 años antes de nuestra era las letras hebreas se usaban también como símbolos de números, a = 1, b = 2, g = 3, d =4, etc. Los adivinadores de la cábala sumaban el valor de cada letra de un nombre y con la suma trataban de profetizar el futuro del que llevaba el nombre, por ejemplo formando palabras o combinacio­nes de palabras de igual valor. Las palabras secretas y demás eran también expresadas en este lenguaje de los números. Este arte recibió el nombre griego de gematriah, geometría. Los caldeos, que continuaron esta práctica y a quienes Tácito llamó mathematici, fueron posteriormente expulsados de Roma bajo Claudio, y más tarde bajo Vitelio, según parece por “serios desórdenes”.

    Nuestro número 666 apareció por medio de esta matemática. Es un disfraz para el nombre de uno de los cinco primeros cesa­res. Pero aparte del número 666, Ireneo, a fines del siglo II, cono­cía otra interpretación: 616, que por lo menos apareció en una época en que el enigma del número era aún conocido ampliamente. La prueba de la solución consistirá en que convenga por igual a ambos números.

    Esta solución fue dada por Ferdinand Benary, de Berlín. El nombre es Nerón. El número se basa en קסר דדנו “Nerón Kesar”, ortografía hebrea del griego “Nerón Kaisar”, o sea emperador Nerón, verificada por el Talmud y por inscripciones halladas en Palmira. Esta inscripción se encontró en monedas de la época de Nerón, acuñadas en la parte oriental del imperio. Y entonces: n (nun) = 50; r (resh) = 200; v (vav) o sea o = 6; n (nun) = 50; k (kaf) =100; s (samech) = 60; r (resh) = 200. Total, 666. Si tomamos como base la ortografía latina, Nero Caesar, des­aparece el segundo nun = 50, y tenemos 666 — 50 = 616, o sea la interpretación de Ireneo.

    En realidad todo el Imperio Romano se vio envuelto de pronto por la confusión en la época de Galba. Este marchó sobre Roma, a la cabeza de las legiones de España y Galia, para derribar a Nerón, quien huyó y ordenó a un liberto que lo asesinara. Pero no sólo conspiró contra Galba la guardia pretoriana de Roma, sino tam­bién los comandantes supremos de las provincias; nuevos preten­dientes al trono aparecían por todas partes y se preparaban a marchar sobre Roma con sus legiones. El Imperio parecía conde­nado a la guerra civil, su disolución era inminente. Por sobre todo esto se difundió el rumor, en especial en el este, de que Nerón no había sido muerto, sino sólo herido; que había huido al país de los partos y estaba a punto de cruzar el Éufrates con un ejérci­to para comenzar otro reinado del terror, más sanguinario aún que el anterior. Acaya y Asia se sintieron particularmente aterroriza­das por esos informes. Y en el momento mismo en que la Revela­ción tiene que haber sido escrita apareció un falso Nerón que se estableció, con una cantidad bastante considerable de partidarios, no lejos de Patmos y el Asia Menor, en la isla de Kytnos, en el mar Egeo (ahora denominada Thermia), hasta que fue asesinado mientras aún reinaba Otón. ¿Qué podía haber de asombroso en el hecho de que entre los cristianos —contra quienes había iniciado Nerón la primera gran persecución— se difundiera la opinión de que éste volvería como Anticristo, y de que su regreso, y la acen­tuada tentativa que éste implicaría de reprimir por la sangre a la nueva secta, serían el signo y el preludio del retorno de Cristo, de la gran lucha victoriosa contra las potencias del infierno, del rei­nado de mil años de duración que “pronto” se establecería y cuya confiada espera inspiraba a los mártires a ir jubilosamente a la muerte?

    La literatura cristiana y la por ella influida de los dos prime­ros siglos proporcionan suficientes indicios en el sentido de que el secreto del número 666 era entonces conocido por muchos. Ireneo ya no lo conocía, pero por otra parte él y muchos otros —hasta fines del siglo III— supieron que la bestia del Apocalipsis representaba el regreso de Nerón. Este rastro se pierde luego y el trabajo que nos interesa es fantásticamente interpretado por los adivi­nos del futuro que poseen una mentalidad religiosa. Yo mismo, de niño, conocí a personas que, siguiendo el ejemplo de Johann Albrecht Bengel, esperaban el fin del mundo y el juicio final en el año 1836. La profecía se cumplió, y precisamente ese año. Pero la víctima del juicio final no fue el mundo pecador, sino los propios intérpretes de la Revelación. Porque en 1836 P. Benary proporcionó la clave del número 666, con lo que dio un torturado fin a todos los cálculos profetices, a la nueva gematriah.


    Nuestro Juan sólo puede proporcionar una descripción super­ficial del reino celestial reservado para los creyentes. La nueva Jerusalén es establecida en escala bastante amplia, por lo menos de acuerdo con las concepciones de la época: tiene 12.000 estadios, o sea 2.227 kilómetros cuadrados, de modo que su superficie es de unos cinco millones de kilómetros cuadrados, más de la mitad del tamaño de los Estados Unidos de Norteamérica. Y está hecha de oro y de todo tipo de piedras preciosas. Allí vive Dios con su pueblo, iluminándolos en lugar del sol, y no habrá allí más muertes, ni penas, ni dolores. Y un puro río de agua de vida corre a través de la ciudad, y a cada lado del río hay árboles de la vida, que tienen doce clases de frutas y que las dan todos los meses; y las hojas del árbol “sirven para la curación de las naciones”. (Renán cree que se trata de una especie de bebida medicinal. L'Antechrist, pág. 542). Aquí vivirán los santos para siempre.
    Así era, por lo que sabemos, el cristianismo en el Asia Menor, su sede principal, en el año 68. No hay en él rastros de Trinidad alguna, sino que, por el contrario, sólo existe el viejo e indivisible Jehová del judaísmo posterior, que lo exaltó, de dios nacional de los judíos que era, a Dios supremo y único del cielo y de la tierra, que afirma gobernar sobre todas las naciones, promete piedad a los que se conviertan y aplasta, implacable, a los empedernidos, de acuerdo con el antiguo parcere subjectis ac debellare superbos.(7) Por lo tanto este Dios, en persona, y no Cristo, como en los rela­tos posteriores de los evangelios y las Epístolas, será el que presida el juicio final. De acuerdo con la doctrina persa de la emanación, que era corriente en el judaísmo posterior, Cristo el Cordero surge eternamente de él, así como —en un plano inferior— los “siete espíritus de Dios”, que deben su existencia a una mala interpretación de un pasaje poético (Isaías, XI, 2). Todos ellos están subordinados a Dios, pero no son Dios mismo ni iguales a él. El Cordero se sacrifica para expiar los pecados del mundo, y por eso es considerablemente ascendido en el cielo, porque su muerte volun­taria es considerada una extraordinaria hazaña en todo el libro, y no como algo que surja por necesidad de su naturaleza intrínseca. Como es natural, allí está toda la corte celestial de dignatarios, querubines, ángeles y santos. A fin de convertirse en una religión, el monoteísmo siempre ha tenido que hacerle concesiones al poli­teísmo —desde los tiempos del Zend-Avesta.(Cool Con los judíos continuó la crónica declinación de los sensuales dioses del paga­nismo, hasta que, después del exilio, la corte celestial, según el modelo persa, adaptó un tanto mejor la religión a la fantasía popular, y el propio cristianismo, después de remplazar el eterno e inmutable dios de los judíos por el misterioso dios de la Trinidad, que se diferencia en sí mismo, no encontró, para suplantar el culto de los antiguos dioses, otra cosa que el de los santos. Así, de acuerdo con Fallmerayer, el culto de Júpiter en el Peloponeso, Maina y Arcadia sólo murió más o menos en el siglo IX (Geschichte der Halbisel Morea, I, pág. 227). Sólo el moderno período bur­gués y su protestantismo volvieron a eliminar los santos y tomaron finalmente en serio el monoteísmo diferenciado.


    En el libro se menciona tan poco el pecado original como la justificación por la fe. La fe de estas primitivas comunidades militantes es muy distinta de la posterior iglesia victoriosa: junto al sacrificio del Cordero, el inminente regreso de Cristo y el reina­do milenario que pronto debe nacer, forman su contenido esencial. Esta fe sobrevive sólo gracias a una activa propaganda, a una implacable lucha contra el enemigo interno y exterior, a la orgullosa profesión de la posición revolucionaria ante los jueces paga­nos y al martirio confiado en la victoria.

    Ya hemos visto que el autor no tiene conciencia aún de ser otra cosa que un judío. Por lo tanto no se menciona el bautismo en todo el libro, en tanto que muchos otros hechos indican que el bautismo fue instituido en el segundo período del cristianismo. Los 144.000 judíos creyentes son “sellados”, no bautizados. De los santos del cielo y los fieles de la tierra se dice que se han lavado de sus pecados, que han lavado sus vestiduras y las han purificado con la sangre del Cordero; no se menciona para nada el agua del bautismo. Los dos profetas que preceden la llegada del Anticristo, en el capítulo XI, no bautizan. Y de acuerdo con XIX, 10, el testimonio de Jesús no es el bautismo, sino el espíritu de profecía. Como es natural, el bautismo habría debido ser mencionado en todos estos casos, si hubiese estado en vigor; por lo tanto podemos, con absoluta certidumbre, extraer la conclusión de que el autor no lo conocía, que apareció por primera vez cuando los cristia­nos se separaron finalmente de los judíos.


    Tampoco sabe mucho nuestro autor sobre el segundo sacra­mento, la eucaristía. Si en el texto luterano Cristo promete a todos los habitantes de Tiatira que se mantengan firmes en la fe que vendrá das Abendmahl halten con ellos, tal cosa crea una falsa impresión. El texto griego dice deipneso —cenaré (con él)—, y la Biblia inglesa lo traduce correctamente: Ishall “sup” with him. No se habla aquí de la eucaristía, ni siquiera como simple comida conmemorativa.

    No cabe duda de que este libro, con su fecha tan claramente establecida en el año 68 ó, 69, es el más antiguo de toda la litera­tura cristiana. Ningún otro ha sido escrito en un lenguaje tan bárbaro, tan lleno de hebraísmos, construcciones imposibles y erro­res gramaticales. El capítulo I, versículo 4, por ejemplo, dice lite­ralmente: “Gracia sea con vosotros... y del que es y que era y que ha de venir.” Sólo los teólogos profesionales y otros historiadores profesionales que se han comprometido en ese sentido niegan ahora que los evangelios y los Hechos de los Apóstoles sean otra cosa que adaptaciones posteriores de escritos perdidos, cuyo débil núcleo histórico resulta ya irreconocible en la maraña de la leyen­da; que incluso las pocas Epístolas que Bruno Bauer reconoce como “auténticas” son, o bien escritos de fecha posterior, o, en el mejor de los casos, adaptaciones de antiguas obras de autores desconocidos, alteradas por modificaciones o inserciones. Ello es tanto más importante cuanto que nos encontramos entonces en posesión de un libro cuya fecha de redacción ha sido determinada con un margen de un mes, un libro que nos describe el cristianismo en su forma no desarrollada. Esta forma tiene la misma relación con la religión estatal del siglo IV —con su dogma y mitología plenamente desplegados—, que la mitología todavía inestable de Tácito sobre los germanos en relación con las enseñanzas ya desa­rrolladas de los dioses de Edda, tal como fueron influidas por los elementos cristianos y antiguos.

    El núcleo de la religión universal está allí presente, pero incluye, sin discriminación alguna, las mil posibilidades de desarrollo que luego se convirtieron en realidades en las incontables sectas posteriores. Y el motivo de que este antiquísimo escrito de la época del cristianismo naciente nos resulte especialmente valioso reside en que muestra, en su expresión más pura, lo que el judaísmo, fuertemente influido por Alejandría, aportó al cristianismo. Todo lo que viene después es adición occi­dental, greco-romana. Sólo por intermedio de la religión judía monoteísta pudo adoptar su forma religiosa el monoteísmo culto de la filosofía griega vulgar posterior, forma religiosa que era la única que podía permitirle captar a las masas. Pero una vez encontrado ese intermediario, sólo podía convertirse en una religión universal en el seno del mundo greco-romano, y ello por medio de un posterior desarrollo y fundiéndose al material de pensamiento que ese mundo había logrado.

    -- fin del mensaje nº 2 --



    Última edición por pedrocasca el Jue Feb 02, 2012 8:03 pm, editado 1 vez

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    Re: "Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

    Mensaje por pedrocasca el Jue Feb 02, 2012 7:57 pm

    "Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

    recopilación realizada por tovarich Ereshkigal

    Por su longitud se publica en el Foro en cuatro mensajes

    -- mensaje nº 3 --

    Notas

    (1)Una peculiar antítesis de esto fueron los levantamientos religiosos del mundo mahometano, en especial en el África. El islamismo es una religión adaptada a los orientales, en particular a los árabes, es decir, por una parte a los hombres de las ciudades dedicados al comercio y la industria, por la otra a los beduinos nómadas. Pero hay en él el embrión de una colisión que reaparece en forma periódica. Los habitantes de las ciudades se enriquecen, viven en el lujo y no se esmeran en la observancia de la “ley”. Los beduinos, pobres y por lo tanto de estricta moralidad, contemplan con envidia y codi­cia estas riquezas y placeres. Luego se unen bajo un profeta, un mehedi, para castigar a los apóstatas y restablecer la observancia del ritual y de la fe verdadera, y para apropiarse, en recompensa, de los tesoros de los renegados. Al cabo de cien años, como es natural, se encuentran en la misma posición de los renegados de antes: surge la necesidad de una nueva purificación de la fe, aparece un nuevo mehedi y el juego recomienza otra vez. Esto fue lo que sucedió desde las campañas de conquista de los almorávides africanos y los almohades de España hasta el último mehedi de Kartum, que con tanto éxito contuvo a los ingleses. Lo mismo, o algo similar, sucedió con los levan­tamientos en Persia y otros países mahometanos. Todos estos movimientos estaban revestidos del ropaje de la religión, pero tenían su fuente en causas eco­nómicas. Pero cuando triunfan permiten que las antiguas condiciones económicas se mantengan intactas. De manera que la situación anterior se conserva inmutable y la colisión se repite en forma periódica. En los levantamientos populares del Occidente cristiano, el disfraz religioso es sólo una bandera y una máscara para los ataques contra un orden económico que se torna anticuado. Este es finalmente derribado, surge uno nuevo y el mundo progresa. (Hasta aquí la nota de Engels). Almorávides: dinastía feudal berberisca del norte de África y sur de España, durante los siglos XI y XII. Almohades: dinastía feudal berberis­ca que remplazó a los almorávides y reinó en los siglos XII y XIII. El mahdí de Kartum: Mohammed Ahmed (c. 1844-1885), dirigente del levantamiento nacional de campesinos y nómades del Sudán oriental (1881-1885), dirigido contra los ingleses y otros colonos europeos. Terminó con la expulsión de éstos hasta 1898.

    (2)Escuela de Tubinga: escuela de investigaciones y crítica bíblicas fundada por F. Bauer en la primera mitad del siglo XIX. La crítica racionalista de los evangelios, realizada por sus adherentes, es notable por su inco­herencia en el deseo de mantener como históricamente dignas de confian­za ciertas proposiciones de la Biblia. Sin quererlo, esta escuela contribuyó en gran medida, con su crítica, a minar la autoridad de la Biblia como fuente histórica en la que se podía confiar.

    (3)Referencia a Carmen apologeticum adversus Judaeos et gentes (Canto apologético contra judíos y gentiles), de Comodiano.

    (4) Cábala: Misteriosa doctrina religiosa vinculada con la magia y suma­mente difundida entre los judíos

    (5)Gnósticos: Tendencia mística religiosa del cristianismo primitivo; tenden­cia ecléctica reaccionaria en filosofía.

    (6)Filón de Alejandría (vivió aproximadamente entre el año 20 ac y el 50 dc.). Es el principal representante de la filosofía religiosa judaica de Alejandría; su línea de pensamiento concilia la filosofía griega (helenista), el judaísmo y el legalismo romano, en el intento de “armonizar” la tradición exegética judía y la filosofía estoica. Los primeros cristianos, en el siglo I, asumieron sus apuestas esenciales, a tal punto que la formación de lo que vendría a ser la teología cristiana tiene en sus planteamientos, un indudable e innegable origen.

    (7)Perdona al humilde y haz la guerra contra el soberbio. (Ed).

    (8)Zend-Avesta: colección de “libros sagrados” de la religión de Zoroastro, que se difundió por la antigua Persia, Azerbaidzhán y Asia central. Se supone que fue compilada entre el siglo IX de antes de nuestra era y el siglo IX de nuestra era.

    Bruno Bauer y el cristianismo primitivo

    F. Engels

    El 13 de abril murió en Berlín un hombre que otrora desempe­ñó un papel de filósofo y teólogo, pero del cual apenas se oyó hablar durante años y que sólo de vez en cuando atraía la aten­ción del público como “excéntrico literario”. Los teólogos oficia­les, incluso Renán, lo dieron por perdido y por lo tanto mantuvie­ron un silencio de muerte en torno a él. Y sin embargo valía más que todos ellos e hizo más que todos ellos en relación con un problema que también nos interesa a los socialistas: el del origen histórico del cristianismo.

    En ocasión de su muerte permítaseme hacer una breve reseña de la situación actual de dicho problema y de la contribución de Bauer a su solución.

    La opinión que predominó desde los librepensadores de la Edad Media hasta los hombres de la Ilustración, en el siglo XVIII, estos últimos inclusive, en el sentido de que todas las religiones, y por consiguiente también el cristianismo, eran obra de farsantes, no resultaba ya suficiente después de que Hegel asignó a la filo­sofía la tarea de demostrar una evolución racional en la historia del mundo.

    Está claro que si las religiones que surgen en forma espontá­nea —como la adoración de fetiches de los negros o la religión común primitiva de los arios— nacen sin que la impostura desem­peñe papel alguno, pronto se torna inevitable la superchería por parte de los sacerdotes, para el posterior desarrollo de las mismas. Pero a despecho de todo el sincero fanatismo, las religiones arti­ficiales no pueden —ni siquiera al comienzo— arreglárselas sin la impostura y las falsificaciones de la historia. También el cristianismo puede jactarse de bonitas hazañas en ese sentido, desde el comienzo mismo, como lo demuestra Bauer en su crítica del Nuevo Testamento. Pero esto sólo confirma un fenómeno general y no explica el caso particular en cuestión.

    No es posible deshacerse de una religión que sometió a todo el imperio mundial romano y dominó durante mil ochocientos años a la mayor parte de la humanidad civilizada, con sólo declarar que se trata de una tontería coleccionada por farsantes. No es posible deshacerse de ella sin antes explicar su origen y su desarrollo a partir de las condiciones históricas en que surgió y llegó a su posición dominante. Esto rige para el cristianismo. Entonces el problema que hay que solucionar es el de por qué las masas populares del Imperio Romano prefirieron esas tonterías —que además fueron predicadas por esclavos y oprimidos— a todas las otras religiones, a tal punto que el ambicioso Constantino finalmente vio en la adopción de esta religión de tonterías la mejor manera de ascender a la posición de autócrata del mundo romano.

    Bruno Bauer ha contribuido más que nadie a la solución de este problema. A pesar de todo lo que los teólogos semicreyentes del período de la reacción lo combatieron desde 1849, él demostró irrefutablemente el orden cronológico de los Evangelios, y su inter­dependencia mutua, demostrada por Wilke desde el punto de vista puramente lingüístico, por el contenido mismo de los propios Evangelios. Desenmascaró la absoluta falta de espíritu científico de la vaga teoría mítica de Strauss, según la cual cualquiera puede considerar históricas todas las narraciones del Evangelio. Y aunque casi ninguna parte de todo el contenido de los Evan­gelios resulta históricamente demostrable —de modo que incluso se puede poner en duda la existencia histórica de un Jesucristo—, Bauer sólo ha desbrozado con ello el terreno para la solución del problema: ¿cuál es el origen de las ideas y pensamientos entre­tejidos en el cristianismo en una especie de sistema, y cómo llegaron a dominar el mundo?

    Bauer estudió este problema hasta el momento de su muerte. Sus investigaciones llegaron a su punto culminante con la conclu­sión de que el judío alejandrino Filón, que todavía vivía por el año 40 de la era cristiana, pero que ya tenía edad muy avanzada para esa fecha, era el verdadero padre del cristianismo, y de que el estoico romano Séneca sería, por así decirlo, el tío de esa reli­gión. Los numerosos escritos atribuidos a Filón que han llegado hasta nosotros, tienen su origen, en efecto, en una fusión de tradiciones judías alegórica y tradicionalmente concebidas con la filosofía griega, en particular la estoica. Esta conciliación de concepciones occidentales y orientales contiene todas las ideas esencialmente cristianas: la pecaminosidad innata del hombre, el Logos, el Verbo, que es con Dios y es Dios, y que se convierte en mediador entre Dios y el hombre; la expiación, no por el sacrifi­cio de animales, sino entregando el propio corazón a Dios; y, finalmente, la característica esencial de que la nueva filosofía religiosa invierte el orden anterior del mundo, busca sus discí­pulos entre los pobres, los miserables, los esclavos y los rechaza­dos, y desprecia a los ricos, los poderosos y los privilegiados, de lo cual surge el precepto de desdeñar todos los placeres munda­nales y mortificar la carne.

    Por otra parte, el propio Augusto cuidó de que no sólo el Dios-hombre, sino también la denominada inmaculada concep­ción, se convirtieran en fórmulas impuestas por el Estado. No sólo hizo que se los adorase como dioses a César y a él mismo, sino que también difundió la idea de que él, Augusto César Divo, el Divino, no era el hijo de Un padre humano, ya que su madre lo había concebido con el dios Apolo. ¿Pero ese Apolo no era quizás un pariente del cantado por Heinrich Heine?(1)

    Como vemos, sólo nos hace falta una clave y ya tenemos todo el cristianismo en sus rasgos fundamentales: la encarnación del Verbo se ha trasformado en hombre en una persona definida y en su sacrificio en la cruz para la redención de la humanidad pecadora.

    Las fuentes verdaderamente dignas de confianza nos dejan en la duda en cuanto al momento en que dicha clave fue introdu­cida en las doctrinas estoico-filónicas. Pero es seguro que no fué introducida por los filósofos, fueran ellos discípulos de Filón o estoicos. Las religiones las fundan las personas que sienten nece­sidad de una y que poseen el sentimiento de las necesidades reli­giosas de las masas. Por lo general esto no sucede con los filósofos clásicos. Por otra parte vemos que en épocas de decadencia gene­ral, por ejemplo ahora, la filosofía y el dogmatismo religioso son generalmente corrientes en una forma vulgarizada y superficial. En tanto que la filosofía griega clásica, en sus últimas formas —en particular en la escuela epicúrea— conducía al materia­lismo ateo, la filosofía griega vulgar condujo a la doctrina del Dios único y a la inmortalidad del alma humana. Del mismo modo el judaísmo racionalmente vulgarizado, en relación y mezcla con extranjeros y semijudíos, terminó descuidando el ritual y trasformando a Jahveh(2), el dios nacional antes exclusivamente judío, en el único Dios verdadero, el creador del cielo y la tierra, y adoptando la idea de la inmortalidad del alma, ajena al judaísmo primitivo. De tal modo la filosofía monoteísta vulgar entró en contacto con la religión vulgar, que le entregó el Dios único ya preparado. Así se preparó el terreno en que la elaboración, entre los judíos, de las nociones filónicas igualmente vulgarizadas, podía producir el cristianismo que, una vez producido, fuese aceptable para griegos y romanos. El hecho de que el cristianismo procedie­se de las ideas filónicas vulgarizadas, y no de las propias obras de Filón, está demostrado por la omisión casi total de la mayoría de estas obras por el Nuevo Testamento, particularmente en lo referente a la interpretación alegórica y filosófica de las narra­ciones del Antiguo Testamento. Éste es un aspecto al cual Bauer no dedicó suficiente atención.

    Leyendo el denominado Libro de la Revelación de Juan es posible hacerse una idea de lo que era el cristianismo en su forma primitiva. Un salvaje y confuso fanatismo, apenas el comienzo de los dogmas, sólo la mortificación de la carne de la denominada moral cristiana, pero por otra parte también una multitud de visiones y profecías. El desarrollo de los dogmas y de la doctrina moral pertenece a un período posterior, en que se escribieron los Evangelios y las llamadas Epístolas de los Após­toles. En ellos —por lo menos en lo que respecta a la moral— se utilizó sin mucha ceremonia la filosofía de los estoicos, en parti­cular de Séneca. Bauer demostró que las Epístolas a menudo copian a este último palabra por palabra; en rigor incluso los creyentes lo advirtieron, pero afirmaron que Séneca había copia­do al Nuevo Testamento, aunque éste aún no había sido escrito en su época. El dogma se desarrolló, por una parte, en relación con la leyenda de Jesús, que entonces iba adquiriendo formas, y otra parte en la lucha entre los cristianos de origen judío y los de origen pagano.

    Bauer también proporciona valiosos datos acerca de las causas que ayudaron al cristianismo a triunfar y lograr su dominio mundial. Pero aquí el idealismo del filósofo alemán impide a éste ver con claridad y formular con precisión. Las frases rempla­zan a menudo a la sustancia en los puntos decisivos. Por lo tanto, en lugar de entrar en el detalle de las opiniones de Bauer, ofrece­remos nuestra propia concepción de este punto, basada en las obras de Bauer y también en nuestro estudio personal.

    La conquista romana disolvió en todos los países subyugados, primero, directamente, las anteriores condiciones políticas, y luego, en forma indirecta, también las condiciones sociales de vida. En primer lugar, al sustituir la anterior organización basada en los Estados (esclavos aparte) por la sencilla distinción entre ciu­dadanos romanos y peregrinos o súbditos. En segundo término, y principalmente, al arrancar tributos en nombre del Estado roma­no. Si bajo el Imperio se ponía un límite, hasta donde ello fuera posible y en interés del Estado, a la sed de riquezas de los gober­nadores, este ansia de riquezas fue remplazada por los impues­tos, más eficaces y opresivos, en beneficio del tesoro del Estado, régimen impositivo cuyo efecto resultaba terriblemente destruc­tor. En tercer lugar, la ley romana fue finalmente administrada en todas partes por jueces romanos, en tanto que el sistema social local era declarado inválido en la medida en que resultaba incom­patible con las estipulaciones de aquélla. Estas tres palancas crea­ron por necesidad un tremendo poder nivelador, particularmente cuando fueron aplicadas durante varios cientos de años a pobla­ciones cuyos sectores más vigorosos habían sido reprimidos o arrastrados en esclavitud a los combates que precedieron, acompa­ñaron y a menudo siguieron a la conquista. En las provincias las relaciones sociales se acercaron cada vez más a las que regían en la capital y en Italia. La población se dividió cada vez más claramente en tres clases formadas con los más variados elemen­tos y nacionalidades: los ricos, incluso no pocos esclavos emanci­pados (véase Petronio), los grandes terratenientes o usureros, o los que eran ambas cosas a la vez, como Séneca, el tío del cristia­nismo; los hombres libres y carentes de propiedades, que en Roma eran alimentados y divertidas por el Estado —en las provincias se las arreglaban por sus propios medios como podían—, y final­mente la gran masa, los esclavos. Frente al Estado, o sea el empe­rador, las dos primeras clases tenían tan pocos derechos como los esclavos frente a sus amos. Desde la época de Tiberio hasta la de Nerón, en especial, existió la práctica de sentenciar a muerte a los ciudadanos romanos ricos a fin de confiscar sus propiedades. El respaldo del gobierno era, en lo material, el ejército, que se parecía más a un ejército de soldados extranjeros asalariados que al antiguo ejército campesino romano, y en lo moral, la opinión general de que no existía salida alguna para esa situación, de que había la necesidad inmutable no de este o el otro César, sino de un Imperio basado en la dominación militar. No es este el lugar para examinar en qué hechos sumamente materiales se basaba esa opinión.

    La falta general de derechos y la desesperanza en cuanto a la posibilidad de un mejoramiento de la situación provocaron un debilitamiento y una desmoralización generales correspondien­tes. Los pocos viejos romanos del tipo y opiniones patricios que sobrevivían fueron eliminados o murieron. Tácito fue el último de ellos. Los otros se alegraban cuando podían mantenerse aleja­dos de la vida pública. No existían más que para amasar rique­zas y gozar de ellas, y para dedicarse a las murmuraciones y a las intrigas privadas. Los ciudadanos libres y carentes de propie­dades eran pensionistas del Estado en Roma, pero en las provin­cias su situación era penosa. Tenían que trabajar, y por añadi­dura se veían obligados a competir con la mano de obra esclava. Pero no podían salir de las ciudades. Aparte de ellos también había en las provincias campesinos, terratenientes libres (con tierras que aquí y allá todavía se poseían, probablemente, en propiedad común), o, como en Galia, hombres esclavizados a los grandes terratenientes en pago de deudas. Esta clase fue la menos afectada por la conmoción social; fue también la que más largo tiempo resistió la conmoción religiosa.3 En último término estaban los esclavos, privados de derechos, y de su propia voluntad así como de la voluntad de liberarse por sí mismos, como ya lo había demostrado la derrota de Espartaco. Pero la mayoría de ellos eran ex ciudadanos libres, o hijos de ciudadanos libres. Por consi­guiente, el odio a su modo de vida tiene que haber sido todavía vigoroso, en general, aunque exteriormente impotente. Encontraremos que el tipo de ideólogos de la época concor­daba con este estado de cosas. Los filósofos eran meros maestros de escuela pagos, o bufones a sueldo de calaveras adinerados. Algunos incluso eran esclavos. Un ejemplo de la suerte que corrían cuando se encontraban en una buena situación lo propor­ciona el propio Séneca. Este estoico y predicador de la virtud y la abstinencia fue el primer intrigante de la corte de Nerón, cosa que no habría podido llegar a ser sin servilismo. Consiguió de él regalos en dinero, propiedades, jardines y palacios, y mien­tras predicaba la necesidad de ser el pobre Lázaro del Evangelio era en realidad el hombre acaudalado de la misma parábola. Hasta que Nerón trató de atacarlo no le pidió al emperador que le aceptase de vuelta todos sus regalos, porque le bastaba con su filosofía. Sólo filósofos completamente aislados, como Persio, tuvie­ron la valentía de blandir el látigo de la sátira sobre sus degenerados contemporáneos. Pero en cuanto al segundo tipo de ideólogos, los juristas, se mostraron entusiasmados por la nueva situación, porque la abolición de todas las diferencias entre los Estados les ofrecía un ancho horizonte para la elaboración de su derecho privado favorito, en compensación de lo cual prepararon para el emperador el más ruin sistema de derecho estatal que haya existido jamás.

    -- fin del mensaje nº 3 --



    Última edición por pedrocasca el Jue Feb 02, 2012 8:04 pm, editado 1 vez

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    Re: "Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

    Mensaje por pedrocasca el Jue Feb 02, 2012 7:59 pm

    "Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

    recopilación realizada por tovarich Ereshkigal

    Por su longitud se publica en el Foro en cuatro mensajes

    -- mensaje nº 4 y último --

    Junto con las peculiaridades políticas y sociales de los distin­tos pueblos, el Imperio Romano también condenó a la ruina sus religiones particulares. Todas las religiones de la antigüedad fueron espontáneamente religiones de tribu y más tarde naciona­les, que surgieron de las condiciones sociales y políticas de sus respectivos pueblos y se fusionaron con ellas. Cuando estas bases quedaron disgregadas, y destrozadas sus formas tradicionales de sociedad, sus instituciones políticas heredadas y su independencia nacional, también se derrumbó, como es natural, la religión correspondiente a ellas. Los dioses nacionales podían soportar a otros dioses a su lado, como era la norma general en la antigüedad, pero no por encima de ellos. El trasplante de las divinidades orientales a Roma sólo resultó pernicioso para la religión romana, que no pudo contener la decadencia de las religiones orientales. En cuanto los dioses nacionales estuvieron incapacitados para proteger la independencia de su nación, sufrieron su propia destrucción. Así sucedió en todas partes (salvo entre los campe­sinos, y en especial en las montañas). Lo que la ilustración filo­sófica vulgar —estuve a punto de decir volterianismo— hizo en Roma y Grecia lo hizo en las provincias la opresión romana y el reemplazo de hombres orgullosos de su libertad por súbditos deses­perados y por pelafustanes que sólo buscaban su propio interés.

    Tal era la situación moral y material. El presente era inso­portable, el futuro más amenazador aún, si tal cosa es posible. No hay salida. No hay más que la desesperación o el refugiarse en los más vulgares placeres sensuales, por lo menos para los que podían permitírselo, que eran una pequeñísima minoría. De lo contrario, no quedaba otra cosa que rendirse ante lo inevitable.

    Pero en todas las clases había necesariamente una cantidad de personas que, desesperando de la salvación material, buscaban en cambio una salvación espiritual, un consuelo en la conciencia para salvarse de la desesperación total. Este consuelo no lo podían ofrecer los estoicos, y tampoco la escuela epicúrea, precisamente porque estas filosofías no estaban destinadas a la conciencia común y, en segundo término, porque la conducta de los discípu­los de esas escuelas desacreditaba las doctrinas de las mismas. El consuelo tenía que ser un sustituto, no de la filosofía perdida, sino de la religión perdida; tenía que adoptar una forma religiosa, lo mismo que todo lo que haría presa en las masas desde entonces y hasta el siglo XVII.

    Apenas hace falta advertir que la mayoría de los que ansiaban semejante consuelo para su conciencia, para esa huida del mundo exterior al interior, se contaban necesariamente entre los esclavos.

    El cristianismo apareció en medio de esta decadencia general, económica, política, intelectual y moral. Entró en decidida contradicción con todas las religiones anteriores.

    En todas las regiones precedentes el ritual había sido lo principal. Sólo participando en los sacrificios y procesiones, y, en el Oriente, observando los preceptos más detallados de dieta e higiene, podía uno demostrar a qué religión pertenecía. Mientras Roma y Grecia se mostraban tolerantes en este último sentido, existía en el Oriente una manía de prohibiciones religiosas que contribuyó en no poca medida a su derrumbe final. Las personas pertenecientes a dos religiones distintas (egipcios, persas, judíos, caldeos) no podían comer o beber juntas; realizar juntas acto cotidiano alguno o incluso hablarse. A esta segregación de los hombres entre sí se debió en gran medida la caída del Oriente. El cristianismo no conocía ceremonias distintivas, ni siquiera los sacrificios y las procesiones del mundo clásico. Al rechazar de este modo todas las religiones nacionales y sus ceremonias comunes, y al dirigirse a todos los pueblos sin distinción, se convierte en la primera religión mundial posible. También el judaísmo, con su nuevo dios universal, había hecho un buen comienzo en lo refe­rente a convertirse en una religión universal. Pero los hijos de Israel siempre siguieron siendo una aristocracia entre los creyen­tes y los circuncisos, y el propio cristianismo tuvo que librarse de la idea de la superioridad de los cristianos judíos (todavía dominante en el llamado Libro de la Revelación de Juan) antes de poder convertirse en una religión realmente universal. Por otra parte el Islam, debido a que conservó su ritual específicamen­te oriental, limitó el alcance de su propagación al Oriente y el África del norte, conquistada y repoblada por los beduinos árabes. Allí se convertiría en la religión dominante, pero no en Occi­dente.

    En segundo lugar, el cristianismo pulsó una cuerda que debía encontrar resonancias en innumerables corazones. A todas, las quejas contra la perversidad de la época y contra los sufri­mientos morales y materiales generales, la conciencia cristiana del pecado contestaba: Así es, y no puede ser de otra manera. ¡Tú eres el culpable, todos vosotros sois culpables de la corrupción del mundo, que es tu propia corrupción interna! ¿Y dónde estaba el hombre que pudiese negarlo? ¡Mea culpa! La admisión de la participación de cada uno en la responsabilidad de la desdicha general resultaba irrefutable y se convirtió en la precondición para la salvación espiritual que el cristianismo anunciaba al mismo tiempo. Y esta salvación espiritual fue instituida de tal modo, que pudiese ser entendida con facilidad por los miembros de todas las antiguas comunidades religiosas. La idea de la expiación para aplacar a la deidad ofendida existía en todas las religiones anti­guas. ¿Cómo era posible, entonces, que la idea del auto-sacrificio del mediador que expiaba de una vez por todas los pecados de la humanidad no encontrase en el cristianismo un fácil terreno? La religión cristiana, por lo tanto, expresaba con claridad el senti­miento universal de que los hombres son culpables de la corrup­ción general, y lo expresaba en la conciencia individual del peca­do. Al mismo tiempo proporcionaba, en el sacrificio y muerte de su juez, una forma de salvación interior universalmente anhelada, de salvación del mundo corrompido, de consuelo para la concien­cia. De esta forma volvía a demostrar su capacidad para conver­tirse en una religión mundial y, en verdad, en una religión que convenía al mundo tal como éste era entonces.

    Así fue que entre los miles de profetas y predicadores del desierto que llenaron ese período con incontables innovaciones religiosas, sólo tuvieron éxito los fundadores del cristianismo. No sólo Palestina, sino el Oriente todo bullía de esos fundadores de religiones, y entre ellos se libraba lo que podría llamarse una lucha darvinista por la existencia ideológica. El cristianismo conquistó el triunfo gracias principalmente a los elementos arriba mencionados. La historia de la iglesia de los tres primeros siglos enseña en detalle cómo desarrolló su carácter de religión mundial, por selección natural, en la lucha de las sectas entre sí y contra el mundo pagano.

    Notas

    (1) Referencia al Apollgott de Heine.

    (2)Como lo demostró Ewald, los judíos usaban la escritura punteada (que contenía vocales y signos de lectura) para escribir debajo de las con­sonantes del nombre de Jahveh, que estaba prohibido pronunciar, las voca­les de la palabra Adonai, que leían en cambio de aquélla. Posteriormente se la leyó Jehová. Por lo tanto esta palabra no es el nombre de un dios, sino sólo un vulgar error gramatical: en hebreo es sencillamente imposible.

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    Socialismo de Juristas

    F. Engels

    En la Edad Media la concepción del mundo era sustancialmente teológica. La unidad del mundo europeo, que en realidad no existía en lo interno, fue establecida en lo exterior, contra el enemigo sarraceno, por el cristianismo.

    La unidad del mundo de Europa occidental, compuesto por un grupo de naciones que se desarrollaban en continua interco­municación, se soldó en el catolicismo. Esta soldadura teológica no se realizó sólo en el plano de las ideas; existía en la realidad, y no sólo en el Papa, su centro monárquico, sino sobre todo en la iglesia feudal y jerárquicamente organizada, dueña de la tercera parte, aproximadamente, de la tierra en todos los países, y que ocupaba una posición de tremendo poderío en la organización feudal. La Iglesia, con su posesión feudal de la tierra, era el verdadero vínculo entre los distintos países; la organización feudal de la Iglesia proporcionó consagración religiosa al secular sistema estatal feudal. Además el clero era la única clase educada. Por lo tanto era natural que el dogma de la Iglesia fuese el punto de partida y la base de todo el pensamiento. La jurisprudencia, las ciencias naturales, la filosofía, todo era encarado según que su contenido concordase o no con las doctrinas de la Iglesia.

    Pero en el útero del feudalismo se desarrollaba el poder de la burguesía. Apareció una nueva clase en oposición a los grandes terratenientes. Los habitantes de las ciudades eran, primera, principal y exclusivamente, productores y distribuidores de mer­cancías, en tanto que el modo feudal de producción se basaba en sustancia en el autoconsumo del producto dentro de un círculo limitado, en parte por los productores y en parte por el señor feudal. La concepción católica del mundo, modelada según el esquema del feudalismo, no era ya adecuada para esa nueva clase y para sus condiciones de producción e intercambio. Ello no obs­tante, esta nueva clase permaneció durante largo tiempo cautiva de los grilletes de la todopoderosa teología. Del siglo XIII al XVII, todas las reformas, y las luchas realizadas bajo lemas religiosos y vinculadas a ellas, no fueron, en el plano teórico, otra cosa que repetidos intentos de los burgueses y plebeyos de las ciudades —y de los campesinos que se habían vuelto rebeldes en contacto con ambos—, de adaptar la antigua concepción teológica del mundo a las nuevas condiciones económicas y a las condiciones de vida de la nueva clase. Pero eso no podía hacerse. La bandera de la religión se agitó por última vez en Inglaterra en el siglo XVII, y apenas cincuenta años más tarde apareció abiertamente en Fran­cia la nueva concepción del mundo, que se convertiría en la concepción clásica de la burguesía: la concepción jurística (jurídica) del mundo.
    Fue la secularización de la concepción del derecho divino; el Estado ocupó el lugar de la iglesia. Las condiciones económicas y socia­les, que anteriormente se pensaba que habían sido creadas por la iglesia y el dogma, ya que habían sido aprobadas por la iglesia, fueron consideradas entonces como basadas en el derecho y crea­das por el Estado. Como el intercambio de mercancías en escala social y en su pleno desarrollo —especialmente a través de los adelantos y el crédito— produce complicadas relaciones contrac­tuales, y por consiguiente exige reglas aplicables en términos generales, que sólo pueden ser dictadas por la comunidad —normas de derecho determinadas por el Estado—, se imaginó que tales normas de derecho surgían, no de los hechos económicos, sino de su establecimiento formal por el Estado. Y como la competencia, forma básica de comercio de los productores libres, de mercancías, es el máximo igualizador, la igualdad ante la ley se convirtió en el principal grito de combate de la burguesía. El hecho de que la lucha de esta nueva clase contra los señores feudales, y contra la monarquía absoluta que protegía a éstos, tuviese que ser, como todas las luchas políticas, una lucha por el poder del Estado, y que tuviese que librarse sobre la base de exigencias jurídicas, contribuyó a fortalecer la concepción jurídica.

    Pero la burguesía produjo su doble negativo, el proletariado, y con él una nueva lucha de clases, que estalló antes de que aquélla hubiese completado la conquista del poder político. Así como la burguesía, en su época y por la fuerza de la tradición, había arrastrado consigo la concepción teológica en su lucha contra la nobleza, así también el proletariado se apoderó al comienzo de la concepción jurística de su oponente y buscó en ella las armas contra la burguesía. Los primeros elementos del partido proletario, así como los representantes teóricos de éste, se mantuvieron totalmente en el “terreno jurístico del derecho”, siendo la única distinción la de que construyeron para sí un terreno distinto del “derecho” que aquel con que contaba la burguesía. Por una parte la exigencia de igualdad fue ampliada de modo que la igualdad en el derecho fuese completada con la igualdad social. Por la otra, de la proposición de Adam Smith, de que el trabajo es la fuente de todas las riquezas, en tanto que el producto del traba­jo tiene que ser compartido con el terrateniente y el capitalista, se extrajo la conclusión de que esta división del producto era injusta y que debía ser abolida o modificada en favor del traba­jador. Pero el sentimiento de que dejar este problema en el “terreno del derecho” meramente jurístico no posibilitaba en modo alguno la abolición de las inicuas condiciones creadas por el modo de producción burgués-capitalista —o sea el modo de producción basado en la industria en gran escala— llevó ya entonces a las principales mentalidades de entre los primeros socialistas —Saint-Simon, Fourier y Owen— a abandonar por entero el campo jurídico-político y a declarar infructíferas todas las luchas políticas. Las dos opiniones resultaban insatisfactorias por igual para expresar en forma adecuada y abarcar totalmente el deseo de emancipación de la clase obrera, deseo creado por las condiciones económicas. La exigencia del producto total del trabajo, así como la de igualdad, se perdieron en contradicciones insolubles en cuanto fueron formuladas en forma jurídicamente detallada y dejaron más o menos intacto el meollo del problema: la trasformación del modo de producción. El rechazo de la lucha política por los grandes utopistas fue al mismo tiempo el rechazo de la lucha de clases, es decir, de la única forma de actividad de la clase cuyos intereses representaban. Ambas concepciones hacían abstracción de los antecedentes históricos a los que debían su exis­tencia; ambas apelaban a los sentimientos: unas al sentimiento de justicia, otras al de humanidad. Ambas revestían sus exigencias con las formas de piadosos deseos acerca de los cuales no se podía decir por qué habían de ser cumplidos en ese momento y no mil años antes o después.

    La clase obrera, que con el paso del modo de producción feudal al modo capitalista fue despojada de toda propiedad de los medios de producción, y que gracias al mecanismo del modo capitalista de producción es engendrada continuamente en ese estado hereditario de desposeimiento, no puede encontrar en la ilusión jurídica de la burguesía una expresión exhaustiva de sus condiciones de vida. Sólo puede conocer esas condiciones de vida, plenamente y por sí misma, si contempla las cosas en su realidad, sin vidrios jurídicamente coloreados. Pero Marx la ayudó a hacerlo por medio de su concepción materialista de la historia, al propor­cionarle la prueba de que todas las ideas del hombre, jurídicas, políticas, filosóficas, religiosas y otras, derivan en última instan­cia de sus condiciones económicas de vida, de su modo de produc­ción y de intercambio del producto. De ese modo ofreció la concep­ción del mundo correspondiente a las condiciones de vida y de lucha del proletariado. Sólo la eliminación de las ilusiones en la mente de los proletarios podía corresponder a su carencia de propiedades. Y esta concepción proletaria se difunde ahora por todo el mundo.

    -- fin del mensaje nº 4 y último -- FINAL del texto --


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    Re: "Algunos textos de Federico Engels sobre religión"

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