Organizar la resistencia

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    Organizar la resistencia

    Mensaje por IeR el Miér Ene 18, 2012 10:15 pm

    Organizar la resistencia
    x Pablo Zárate, militante de Iniciativa Comunista


    La ideología burguesa basa su hegemonía ideológica como mecanismo de legitimación de su dominación como clase en el pretendido nexo entre libertad y seguridad. En palabras de Montesquieu. “La libertad política consiste en la seguridad o, al menos, en la convicción que se tiene de la propia seguridad”.

    La clave reside en la última parte de la cita; la convicción subjetiva que se erige en condición “sine qua non” para evitar que el descontento social ante los indiscutibles desastres y miserias que genera el modo de producción capitalista se desborde de tal modo que los mecanismos represivos de que dispone el propio sistema de dominación puedan llegar a ser incapaces de contenerlo, lo que podría suponer a la postre el fin del propio sistema.

    A dicho objetivo se destinan todos los mecanismos, nuevos y viejos, de reproducción de la ideología; desde la educación burguesa hasta los medios convencionales de comunicación se afanan en alimentar la ensoñación de que vivimos en un sistema de libertades en el que la disidencia puede desarrollar sus propuestas al amparo de un supuestamente permisivo elenco de derechos.

    Es a tales efectos irrelevante el hecho objetivo de que el capitalismo se haya impuesto, desarrollado y mantenido (y aún lo hace hoy en día), a través del abuso, la violencia y el asesinato masivo de cientos de millones de personas, constituyendo el modo de dominación más criminal de la historia de la humanidad, en proporciones exponencialmente muy superiores a la de cualquier proyecto o sistema productivo conocido. Sin ser exhaustivo podemos citar a este respecto la explotación hasta el exterminio de los pueblos originarios de América y Australia, la esclavitud de millones de personas enteros procedentes de África, las guerras coloniales, los conflictos entre potencias imperialistas, las colonias penitenciarias como la de Australia y Guayana, los bombardeos hasta el exterminio de pueblos y ciudades como Stalingrado, Hiroshima, Nagasaki, Vietnam, Bagdad, Sirte (en Libia), la feroz represión contra los movimientos de liberación de los pueblos en Cuba, Vietnam, Argelia, Angola…

    Tales datos objetivos son ocultados y minimizados interesadamente por el poder, no tanto por el interés de la clase que lo detenta por ocultar la crueldad con la que ejerce su dominación, sino sobre todo porque es consciente de que no podría mantener su posición hegemónica de un modo duradero únicamente mediante el terror. El opresor necesita el apoyo o la pasividad de un sector de los oprimidos, y para ello barniza su dominio con una patina de democracia y derechos humanos.

    Dicha pretensión se complica ante los efectos devastadores de la actual crisis de superproducción, el modelo burgués según el cual el modo de vida deseable conste en trabajar, comer y dormir para reproducir la fuerza de trabajo, y tener un limitado y mediatizado periodo de ocio, se resquebraja ante el deterioro de las condiciones de vida y el aumento de la explotación. El descontento amenaza con generar estallidos y revueltas. El ejemplo de Grecia es paradigmático al respecto.

    El poder responde a este peligro potencial incrementando el control social y la represión: Para prevenir una posible alteración del status quo selecciona a personas y movimientos clave críticos con el sistema, los identifica y criminaliza para combatirlos con saña, utilizando para aislarlos el viejo argumento del mal llamado “sentido común”, según el cual la gente de bien no tiene nada que temer.

    Este esquema de pensamiento está especialmente extendido en Estados como el nuestro, que arrastra la herencia psicológica y sociológica de un fascismo no derrotado, cuyo máximo representante murió en la cama, y de un sistema como el presente, heredero y tributario de aquel.

    Así, las víctimas de un régimen que no duda en reprimir toda manifestación consecuente de contestación social mediante el uso a discreción de ilegalizaciones, criminalizaciones, apaleamientos, torturas, cierre de medios de comunicación hostiles, etc., son percibidas por significativos sectores de la población con un sentimiento que se resume en la expresión “algo habrán hecho”, parafraseando a un personaje de la película “Deprisa, deprisa”, de Carlos Saura.

    El temor de los poseedores a que los sectores más conscientes de los desposeídos logren eludir el aislamiento y encuentren eco para su denuncia y propuestas en amplios sectores de trabajadores damnificados por la crisis es tal que incluso en países de nuestro entorno se han llegado a formular gestos simbólicos como la efectuada por las grandes fortunas de Francia, que “pidieron” públicamente que se les incrementaran los impuestos. Todo con tal de evitar que el pueblo identifique con claridad a su enemigo.

    Esta no está siendo desde luego la línea seguida por los capitalistas en otros territorios, como es el caso del estado Español, que confían aún en la estrategia que tan buenos resultados le ha dado hasta la fecha; combinar la cooptación y domesticación de amplios sectores de los movimientos contestatarios para limitar sus propuestas a un difuso “otro mundo (léase capitalismo) es posible”, con sus dosis de pacifismo, aislamiento respecto a la lucha obrera, espontaneismo, etc., para golpear con contundencia e impunidad a los irreductibles.

    Porque, la realidad es que no hay otra salda a la crisis, dentro del marco de dominación capitalista, que no pase por aumentar la explotación de la clase trabajadora.

    La necesaria resistencia frente al vendaval de explotación y represión que se esta cerniendo sobre nosotr@s pasa por dar una importante batalla ideológica desenmascarando la naturaleza perversa del sistema capitalista y la inviabilidad del mismo para satisfacer las aspiraciones de bienestar del pueblo, destacando que solo un modo de producción y organización de la sociedad distinto, el socialismo, puede responder a las necesidades reales de la mayoría de la población. Para ello, se hace preciso desenmascarar al poder de la burguesía y deslegitimar a las personas e instituciones que en su nombre administran su dictadura, así como a su aparato propagandístico y represivo.

    La unidad de las organizaciones y movimientos que resisten el tsunami del capitalismo, combinado todas las formas populares de lucha, daría lugar a la configuración de un movimiento poderoso que desenmascare la pretendida neutralidad e inevitabilidad de la sociedad en la que vivimos. Para conseguirlo hemos de empeñar toda nuestra inteligencia, decisión y dedicación.

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