Un Accidente que Nunca Existió: Otro Caso de Brutalidad Policial

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    AnarcComunis
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    Un Accidente que Nunca Existió: Otro Caso de Brutalidad Policial

    Mensaje por AnarcComunis el Dom Oct 16, 2011 9:32 am

    Estaba prolijamente colocado al costado de las vías. Las ropas limpias, arregladas, impecables. Se llamaba Emilio Blanco y era de Chascomús. Había salido de su casa después de cenar milanesas, arroz y ensalada de zanahoria, para reunirse con sus amigos del club Lennon. Era la noche del 27 de setiembre de 1997. Al día siguiente lo encontraron así de arregladito al costado de las vías. Muerto. ¿Puede ser posible que a ese chico de 16 años lo haya agarrado un tren?

    Sus padres, sus amigos, sus vecinos, sus compañeros del Instituto Corazón de María, nunca tuvieron dudas. A Emilio lo golpearon, lo quisieron asfixiar, lo siguieron golpeando, murió y le siguieron pegando. Esta sencilla y espeluznante verdad fue ocultada por la Policía bonaerense, que insistió hasta el hartazgo en que a Emilio lo había atropellado un tren, un tren que no tenía rastros del cuerpo del nene, un tren inteligente que golpeó selectivamente pues el cadáver sólo tenía lesiones de la cintura para arriba.

    El cuerpo de Emilio no tenía manchas de grasa, de aceite, de gasoil, de carbón, de tierra, de nada. No estaba mutilado, como se puede esperar si hubiese sido arrollado por un tren. Presentaba sí excoriaciones en los nudillos (lo único que faltaba era que los “expertos” de la policía dijeran que Emilio se peleó a trompadas con el tren). También tenía lesiones en los antebrazos. Sus zapatillas tenían los cordones perfectamente anudados. Su reloj seguía intacto, dando la hora, en su muñeca izquierda. Sólo un necio podía decir que lo atropelló un tren, y hubo muchos necios, de uniforme y hasta de guardapolvo blanco con uniforme debajo. A Emilio lo golpearon en el estómago y en la cabeza, acaso con una cachiporra. Uno de esos golpes en la cabeza, se sabría luego, fue mortal.

    Siempre fue un claro caso de tortura que ni siquiera la muerte detuvo porque hay golpes post mortem.

    La Policía de Chascomús y sus jefes de La Plata seguían diciendo que lo atropelló un tren. Esa fue la conclusión de los “expertos” policiales del SEIT, sigla de Servicio Especial de Investigaciones Técnicas, una oficina de la Policía bonaerense que arruinó muchas causas penales y que fue funcional a la llamada Maldita Policía.

    A todo esto, qué dijo el guardabarreras. Simple, que no fue atropellado por ningún tren. Los policías dejaron de lado ese testimonio e insistieron que fue arrollado. “Pero ni siquiera tiene la ropa desarreglada. ¿Cómo puede ser que diga que lo atropelló el tren?”, le recriminó en esos cruciales momentos posteriores al hallazgo del cuerpo el papá de Emilio, Elías Blanco, al comisario Tomás Antonio Freites, jefe de la Comisaría de la ciudad. Elías era policía, del área de Inteligencia Criminal.

    Las cosas se enturbiaron aún más en Chascomús cuando a los diez días del crimen de Emilio Blanco apareció muerto en una esquina de la ciudad Marcos Gonzalía, de 18 años. Los vecinos relacionaron este crimen con el de Blanco. Hubo mucha bronca, marchas, protestas y exigencias de esclarecimiento inmediato. Todo esto llevó al Gobierno bonaerense a designar una comisión especial para investigar los homicidios, en verdad una gambeta pero nada importante, al contrario. A cargo de esa “comisión” quedó el comisario inspector Santiago Allendes.

    Este policía le hizo un flaco favor a la investigación y fue un factor decisivo para que nada ocurriera. Dijo rápidamente que el crimen de Blanco no fue un crimen sino un accidente de tren (¡otra vez!). Hizo lo imposible para que las pericias siguieran en manos de los “expertos” de la Bonaerense. “No hizo nada para investigar el crimen de mi hijo”, aseguró Mónica, la mamá de Emilio. Lo que hizo Allendes fue desvirtuar todo señalamiento a policías como responsable de la muerte. Hasta pidió a los ciudadanos de Chascomús que no hicieran más marchas por el caso.

    Repudiado por todos en la ciudad, se retiró de la causa pero obtuvo un premio: el entonces ministro de Justicia provincial, Osvaldo Lorenzo, lo nombró ¡director de Investigaciones de la Policía Bonaerense!, es decir responsable de todas las investigaciones penales que se realizaban en la provincia. A propósito, el ministro Osvaldo Lorenzo es recordado por la masacre de Villa Ramallo, donde la Bonaerense mató a rehenes y ladrones en el banco de esa ciudad. Debió renunciar por ello en setiembre de 1999.

    La presión de los vecinos de Chascomús llegó a un punto que obligó al primer juez del caso, Héctor Mussumano, a pedir la intervención de la Corte provincial, que entonces se encargó de las pericias forenses. La conclusión fue que a Emilio lo asesinaron. “Las lesiones advertidas en la víctima son compatibles con algún castigo corporal”. Y se agregó: “Los golpes advertidos en la cabeza son de tanta intensidad que son pocas veces vistos…; tiene síntomas asfícticos…; no existieron signos de arrollamiento ni otros rastros en el cuerpo de los que se infiera que la víctima pudiera haber sido arrollada por el tren”. Y un punto muy interesante: “La posición de las manos y la forma en que han quedado las ropas, daría la impresión de que (el cadáver de Blanco) fue tomado de la ropa y arrastrado” hasta donde fue hallado a las 8 de la mañana, en el kilómetro 114 de las vías, entre las calles Hipólito Yrigoyen y Machado.

    ¿Cuándo murió el chico? Por los alimentos encontrados en el estómago, los médicos estimaron que la muerte se produjo entre tres y cuatro horas desde terminar de cenar. Es decir entre las dos y las tres de la mañana del 28 de setiembre.

    La causa pareció avanzar en la dirección correcta. En la casa del sargento Fermín Eleodoro Basualdo, jefe de calle de la Comisaría de Chascomús (¡jefe de calle!, una denominación muy explícita, es decir el amo y señor de lo que ocurría en la calle), se secuestraron una cachiporra y armas blancas, en una de las cuales se hallaron pelusas y fibras del pulóver que Emilio llevaba aquella su última noche.

    Emilio trató de defenderse: tenía heridas en brazos y antebrazos. Los golpes que recibió Blanco en la frente y en la nuca fueron realizados con 15 minutos de diferencia. El primero lo mató. A pesar de estas revelaciones, la causa no avanzó un ápice. ¿Cómo? Así nomás. Se quedó quieta. Nadie en la administración de justicia movió un dedo. Así se simple, así de perverso.

    Pasaron tres años. El 28 de abril de 2001, el suboficial Héctor Durán, ayudante de guardia de la Comisaría, admitió, al declarar como testigo, que sus superiores le habían ordenado alterar el libro de guardia. ¿Por qué? Para borrar toda evidencia de que Blanco había sido llevado a la Comisaría. Lo borrado o destruido decía justamente eso, que había entrado por una contravención, es decir una excusa cualquiera. Unos días después, el juez de Dolores Carlos Colombo estuvo en la comisaría y verificó que los registros habían sido destruidos. “No hay un solo documento de lo ocurrido en 1997 en la comisaría de Chascomús”, dijo la mamá de Emilio.

    Durán, el comisario Freites, el oficial subinspector Nelson Ramírez y el sargento José Mancini fueron acusados de falsificar documentos oficiales y de incumplir sus funciones, más encubrimiento agravado. ¡Bueno, ahora sí, hay un avance…! No. No. Nada prosperó. Todos siguieron libres, incluso el sargento Fermín Eleodoro Basualdo, el de la cachiporra con fibras del pulóver de Emilio.

    ¡Pasaron 10 años! ¿Cómo explicar 10 años de nada? Recién ahora, por orden de una jueza que quiere ocuparse seriamente este caso, Laura Elías, y de un fiscal, Diego Escoda, que lo quiere investigar de verdad, se incorporaron los resultados de entrecruzamientos telefónicos entre el celular de Basualdo y otros policías, una medida que la familia Blanco había pedido con insistencia y que compromete seriamente al sargento “jefe de calle”. Además, según la mamá de Emilio: “En un allanamiento a su casa encontraron un cuchillo de monte y un palo de goma compatibles con las heridas que presentaba mi hijo”.

    El comisario Freites y el sargento Basualdo fueron detenidos la semana pasada, 14 años después del crimen de Emilio Blanco. A Basualdo se le imputa “imposición de torturas agravadas por la muerte”, es decir haber golpeado y sofocado al muchacho. Y a Freites lo señalan por conocer lo que ocurrió y desentenderse del caso. En los 64 cuerpos y numerosos anexos del expediente aparecen también los nombres de otros cuatro uniformados: Juan Carlos Papastabru, Nelson Ariel Ramírez, José Alberto Manzzini y Débora Cerquetti, aunque no se ha podido probar su participación en las torturas.

    Cierta vez se le preguntó al papá de Emilio, Elías, porqué se quedó en la Policía cuando la sospecha (o mas que una sospecha) era que sus colegas habían matado a su hijo. Dijo: “Me quedé porque me enteraba de todo, sabía en qué andaba cada uno”. Elías trabaja ahora en una fábrica y dedica su vida a dos cosas: buscar justicia para Emilio y cuidar de sus otros cuatro hijos.

    Fuente: http://blogs.tn.com.ar/ricardocanaletti/2011/10/14/un_accidente_que_nunca_existio/

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