"Los Bagaudas: ¿los primeros revolucionarios de la Historia?" - Pablo Romero Gabella - publicado en la web argentina WebHistoria

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    pedrocasca
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    "Los Bagaudas: ¿los primeros revolucionarios de la Historia?" - Pablo Romero Gabella - publicado en la web argentina WebHistoria

    Mensaje por pedrocasca el Sáb Oct 08, 2011 1:23 pm

    LOS BAGAUDAS: ¿LOS PRIMEROS REVOLUCIONARIOS DE LA HISTORIA? - Pablo Romero Gabella - publicado en la web WebHistoria

    Pablo Romero Gabella - Profesor de Enseñanza Secundaria en el IES Alguadaira (Alcalá de Guadaira, Sevilla, Andalucía, España).

    "Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán de nombre. Soy capaz de imaginar formas de servidumbre peores que las nuestras,.. que se logre transformar a los hombres en máquinas estúpidas y satisfechas, creídas de su libertad en pleno sometimiento" ... Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

    La palabra "bagauda" o "bacauda" tiene una doble etimología. Por un lado, su procedencia latina la conceptúa como "ladrón" o "revoltoso", por otro, su raíz céltica lo denota como "guerrero" o -como algunos autores han señalado- "asamblea tumultuosa". Sea cual fuere su verdadera significación, el fenómeno baugádico ha sido uno de los temas menos conocidos y apasionantes de la Historia Antigua. ¿Quiénes fueron los bagaudas? ¿Cuál es su verdadera significación? ¿Qué lecciones nos ofrece en nuestro presente? El presente trabajo intentará ofrecer una primera aproximación al tema y responder en la medida de lo posible a estas preguntas.

    LOS BAGAUDAS: LOS HECHOS, LOS PROTAGONISTAS Y SUS PROBLEMAS.

    El movimiento bagáudico en el contexto de los movimientos sociales del Bajo Imperio (ss. III-IV).

    Desde el 235 d.C. comienza un largo período de "anarquía militar". Las luchas de los caudillos militares por el poder acaban por romper el equilibrio inestable que representó la "pax romana" de Augusto y sus sucesores. Se rompe el equilibrio entre el expansionismo y la resistencia al empuje de los pueblos "bárbaros"; entre los gastos para la guerra y el de los recursos estatales; entre la producción y el consumo; entre el campo y la ciudad; entre el poder del Senado (pervivencias republicanas) y las tendencias monárquicas de los nuevos emperadores representados por las figuras de Diocleciano (284-305) y Constantino (306-337).

    Como ha señalado Walbank[1] el reforzamiento del autoritarismo estatal no fue producto de un plan preconcebido sino del resultado de los problemas de las estructuras socio-económicas del fin del "modelo esclavista". El fin de las guerras exteriores representó el estrangulamiento de las fuentes de mano de obra esclava, favoreciendo el establecimiento de nuevas relaciones económicas y sociales. ¿Fue tan importante el descenso de mano de obra esclava? Sobre este punto, las disputas historiográficas no han cesado, pero según el profesor Teja[2], la crisis económica (refiriéndose al caso de Hispania) no se produjo por cambios cuantitativos (mano de obra o producción) sino en cambios cualitativos en la estructura socio-económica. Aparecen nuevas relaciones sociales que tienden a una simplificación-polarización social. Estos cambios se pueden resumir en tres puntos:

    Cambio en la distribución de la propiedad: La clase de los "honestiores" (clase alta terrateniente) tenderá a una progresiva concentración de tierras donde ellos residirán y donde preponderará el trabajo de arrendatarios y colonos. El colono buscará el amparo del señor rural ante la presión de los impuestos estatales y los peligros exteriores mediante la fórmula del "patrocionio". De esta manera el colono sustituye al esclavo como mano de obra principal.

    Nuevas relaciones campo-ciudad. El Alto Imperio representó el florecimiento de la actividad comercial y de la ciudad. En cambio, el Bajo imperio significó lo contrario: la "ruralización" de la sociedad. La clase de los "curiales" o aristocracia municipal compuesta de terratenientes medios que regían la vida urbana y se encargaban de cobrar los impuestos desapareció. Esto se debió a los elevados impuestos que cargaban a las ciudades, los verdaderos núcleos de riqueza. El paulatino empobrecimiento de esta clase significó el fin de la inversión en infraestructuras, de la alimentación de la clase parasitaria (que se lanzó al bandidaje rural). Rostovzeff entendió el fin del imperio romano en términos del fin de "la clase media burguesa".

    Como consecuencia de los puntos anteriores: la polarización social. Por un lado, los "honestiores" que estaban compuestos por los grandes senadores y la alta jerarquía eclesiástica (desde el Edicto de Milán de 313). A estos podemos unir los jefes bárbaros que se asentaron como grandes propietarios y que en caso de Hispania ocuparon un lugar dentro de esta nobleza. Por otro lado estaban los "humiliores", que eran sobre todo campesinos y artesanos de condición libre o semilibre, y donde destacaban sobremanera los colonos.

    La crisis bajoimperial tuvo como una de sus más importantes consecuencias el recrudecimiento de las luchas sociales. No obstante, y como ha señalado D. Plácido[3] la "lucha de clases" no necesariamente tiene que ser una lucha física y violenta, al contrario, bajo el aparente equilibrio de la "pax romana" existieron precedentes de los bagaudas, e incluso durante la República romana se produjo la conocida "revuelta de los esclavos" de Espartaco (73-71 a.C.). Los precedentes más inmediatos de los bagaudas fueron los casos de la "revolución de los desertores" de Materno en 186 d. C. y el de Bulla a principios del siglo III que fueron aplastados sin piedad por Sétimo Severo. Ambos se produjeron en la península italiana y estos cabecillas aglutinaron a esclavos huidos, colonos y granjeros arruinados y desertores. Según E.A. Thompson el primero no dejó de ser un simpático "Robin Hood" que pretendía ser "el emperador de los pobres y lo ladrones", sin embargo, Bulla practicó por primera vez una especie de "bandolerismo social", más cercano al fenómeno bagáudico. Tampoco debemos dejar pasar a los movimientos heréticos con alto componente social como el caso de los "circumdiliores" en el Norte de Africa (segunda mitad del siglo IV) y el "priscilanismo" hispano (siglos IV y V)

    El movimiento bagáudico (siglos III y V)

    En primer lugar, hay que señalar que tradicionalmente se ha establecido cronológica y espacialmente dos fases o períodos, no sabiéndose si es uno mismo o son dos totalmente separados. Geográficamente los movimientos bagáudicos se desarrollaron en regiones periféricas de Galia e Hispania y cronológicamente:

    SIGLO III: Galia: provincias Lugdunenses (regiones entre lo ríos Sena y Loira), especialmente en la Armórica (zona occidental, aproximadamente la actual Bretaña).
    SIGLO V: Alpes; Hispania: provincia Tarraconenese (entre los Pirineos y el río Ebro).
    Para Sánchez León la característica más representativa es que las zonas de origen de los bagaudas se centraban en las regiones menos romanizadas de la Galia e Hispania (Armórica (Bretaña actual) y Vasconia (País Vasco actual)).

    Primer movimiento bagáudico (siglo III)

    Las primeras noticias que tenemos sobre los bagaudas datan del año 284 cuando accede al trono imperial Diocleciano. Su zona de acción se circunscribió enteramente a las Galias. Aprovechando la inestabilidad política debida a la lucha por el poder y a las invasiones de alamanes y francos, un ejército de campesinos al mando de los cabecillas Aeliano y Amando se levantó contra el poder de Roma. La amenaza pareció tan seria que el emperador nombró a César a Maximiano y lo envió con un ejército para aplastar la rebelión y defender el occidente. La rebelión fue aplastada y se impuso el orden. En esta campaña se creó la extendida tradición sobre la llamada "legión tebana" o grupo de soldados al mando del que luego sería San Mauricio, que se negó a luchar contra otros "cristianos" y por ello fue mandado ejecutar junto a sus seguidores, convirtiéndose así en mártir y santo, junto a los dos caudillo bagaudas Aeliano y Amando.

    Segundo movimiento bagáudico (siglo V)

    Este fue el más documentado e importante movimiento baugádico. Comenzó en la zona de la rebelde Armórica (Galia) sobre el 409, y fue precedido de incidentes de rebelión social en los Alpes. Como dos siglos antes, la inestabilidad política y las invasiones de "bárbaros" propiciaron el triunfo más completo de los rebeldes. Tras el impacto que representó el "saco de Roma" por Alarico (408-410), Honorio -emperador del Imperio romano occidental- mandó un fuerte ejército que derrotó y reprimió con dureza la Armórica. Pero la inestabilidad permaneció, así entre 435-437 un tal Tibatón lideró otro ejército de campesinos y esclavos que también fue aplastado con la ayuda de la caballería huna. A esta le siguió otra en el 445, reprimida con la ayuda de los alanos (los supervivientes contaron con la ayuda del obispo Germán, lo que influyó en la posterior leyenda que presentan a los bagaudas como "soldados cristianos) y tres años después un médico, llamado Eudoxio (que vivió en la corte de Atila) levantó de nuevo el estandarte de la lucha social terminando de igual manera que Tibatón. Como resultado de todo esto, Sánchez León observa que de todos estos años de lucha los revoltosos armoricanos logaron el estatuto de "federados" por Roma, obteniendo de facto la independencia.[4]

    En Hispania los acontecimientos cuentan con menos fuentes, siendo imprescindible la "Crónica" de Hidacio. Los objetivos de los bagaudas hispánicos que actuaron en la Tarraconense occidental fueron las grandes "villas" y las tierras de los obispados. El clima de descomposición política que sufría Hispania favoreció los levantamientos sociales. Desde el 409 vándalos, suevos y alanos recorrían la península. La clase terrateniente hispana era la más influyente en el imperio (así lo demuestran los casos del emperador Teodosio y del obispo Dámaso). Por otro lado, el trigo hispano era indispensable para la supervivencia de la misma Roma. Así se organizaron cuerpos móviles ("cominnitattis") y cuerpos para las fortificaciones de los valles del Ebro y Duero (los "limmitanni"). A estas tropas se les unían los ejércitos privados (formados por campesinos) de los grandes terratenientes. Como ha señalado A. Balil estas medidas no solamente iban dirigidas a contrarrestar el peligro "bárbaro" sino el creciente fenómenos baugádico. El caso más conocido fue el de Basilio y sus gentes que en el 449 asoló el valle del Ebro, y en Tarazona mataron al obispo León. Como ha estudiado J.M. Blázquez, en estos tiempos Estado e Iglesia formaban una unión indivisible, y ambos eran vistos como elementos igualmente “explotadores”. Los bagaudas pactaron en diversas ocasiones con los reyes bárbaros. Así fue el caso del rey suevo Requiaro que pactó con los bagaudas de la zona de Galicia a mediados del siglo V ayudando a la lucha contra los nobles de la región. Sin embargo, fue uno de estos pueblos "bárbaros", el visigodo (el más romanizado) quién aplastó definitivamente a los bagaudas hispanos. En 454, Frederico, hermano del rey Teodorico aliado de Roma exterminó a las últimas partidas bagáudicas.

    ¿Quiénes fueron los bagaudas? Objetivos y posibles modos de vida

    Ante la pregunta de ¿qué era el movimiento baugádico? habría que plantearse unas cuestiones preliminares. La cultura dominante, influenciada por el poder de los "mass-media", tiende en imponer una visión simplista e individualista de la historia que excluye la complejidad que comporta el análisis del conflicto social. Por otro lado, respecto a la historia social enmarcada dentro de la Historia Antigua los problemas se acrecientan aún más. Plácido advierte que es muy peligrosa la utilización del concepto de "lucha de clases". Según la ortodoxia marxista, solo existe cuando el oprimido tiene conciencia de ello, pero también es cierto que la explotación existe, aunque no exista la tan traída "conciencia de clase". Esto es lo expresara E.P. Thompson como "lucha de clases sin clases"[5]. El problema del conflicto social (no necesariamente violento) siempre ha existido y esto no implica trasladar nuestros esquemas interpretativos actuales a épocas pasadas, pero tampoco aceptar la visión que los "antiguos" se daban a sí mismos.[6]

    Las causas del levantamiento baugádico presentan una doble vertiente. Las coyunturales: las duras cargas fiscales, la corrupción administrativa y el peso desproporcionado de los impuestos. Las estructurales: una reacción al proceso de concentración de la propiedad y el aumento del autoritarismo imperial. Para E.A. Thompson, los bagaudas representaban un modelo "revolucionario" que pretendía desgajarse del poder de Roma. En cambio, según uno de los últimos y más documentados trabajos el bagaudismo, no representó una revolución como la entendemos hoy. Para Sánchez León el bagaudismo puede calificarse como un "bandolerismo complejo" con una doble vertiente la del "separatismo social" (conformar una especie de "sociedad bagáudica libre") y la del "separatismo nacional".[7] Por tanto, estaríamos refiriéndonos a un tipo de "bandolerismo social", como lo definía Hobsbawm, caracterizado por su carencia de organización y de ideología. Para este autor "es poco más que una protesta endémica del campesinado contra la opresión y la pobreza, sus ambiciones son pocas: quiere un mundo tradicional...no un mundo nuevo..." [8]

    ¿Quiénes eran? Para G. Bravo el movimiento baugádico era un fenómeno de revuelta social básicamente de carácter campesino. Estaba compuesto por campesinos libres, colonos, libertos y esclavos contra grandes terratenientes que tienen el apoyo de los ejércitos imperiales. Por último, el autor señala sus posibles vínculos con los movimientos heréticos de carácter rigorista, lo cual supondría encontrar indicios de cohesión ideológica. Para Sánchez León el bagauda como "tipo social" no existe. Así, coexisten diferentes status: a) jurídico-económicos (libres, semilibres y esclavos); b) culturales (vascones, celtas y romanos) y c) social: pequeños propietarios arruinados, braceros, bandoleros, desertores, colonos, esclavos y elementos urbanos marginados (donde aparecen personajes de la alta sociedad).[9]

    El único pasaje, a penas unas líneas, que nos habla de la vida dentro de los territorios controlados por los bagaudas es una obra literaria anónima titulada Querolus que narra una "sociedad bagáudica" en la Armórica en el siglo V. Esta sociedad estaba reglamentada por una serie de leyes (las "leyes del bosque") y reglas no impuestas por la autoridad romana, esto se manifestaba por un rechazo total hacia toda norma romana y restitución del carácter céltico. Al contrario de lo que pudiera parecer, su vida no parece anárquica (en contra de la opinión de Mazzarino de "anarquismo baugádico") ni violenta. En cambio, en los textos romanos aparece el estereotipo de "restituyó las leyes, restauró las libertades y no permitió que los propietarios fueran esclavos de sus propios esclavos". Este último presenta ciertos indicios de que se experimentó algo parecido a la expropiación de tierras y de cierto igualitarismo. E.A. Thompson arrastrado por el alo romántico del tema, llego a decir que se pretendía fundar un Estado rudimentario, con una sociedad sin terratenientes y una justicia más equitativa y "vida más agradable". No hay duda que en este último caso, el “deseo ha impulsado el conocimiento”, en palabras del hispanista e historiador Gabriel Jackson

    La organización de sus ejércitos se basaba en una primitiva división entre infantería formada por campesinos y una caballería formada por pastores. Sánchez León señala la importancia de los caudillos, seguramente los más romanizados y de más alta extracción social. Su modo de obrar era la clásica formación de guerrillas. Se conocen pocas referencias a grandes batallas (como fue el caso de la Batalla de Aracelli en el 443, cerca de Pamplona).

    Por último, también se ha enfatizado el carácter "nacionalista" de estos movimientos. Algunos autores han visto los antecedentes de las luchas de bretones y vascones por su independencia[10]. Pero parece que más fue una reacción de las zonas menos romanizadas por su falta de integración y su necesidad de liberarse de un orden opresivo que de los primeros "héroes nacionales".

    La problemática de las fuentes y de la historiografía

    Estudiar la Historia Antigua conlleva el problema siempre difícil de la falta y la fragmentación de las fuentes. Si es así para cualquier tema, imaginemos la dificultad de estudiar un tema tan oscuro. Como señaló Hobsbawm "decir que conocemos su "historia" podría inducirnos a error". Por tanto, el estudio de los bagaudas se presenta como tarea complicada, pero no imposible como lo ha demostrado Sánchez León que plantea la problemática desde una triple vertiente: el replanteamiento de las fuentes conocidas (el eterno "volver a las fuentes" de Fevbre), el análisis de historia regional comparada y el de la "historia de las mentalidades".

    Sin embargo, la fidelidad a las fuentes no significa ser su "esclavo" como han señalado los profesores Plácido y Chic García. Adentrarnos en las fuentes sobrepasa el objetivo del trabajo, pero no está de más repasar a las más significativas. Para el siglo III destaca las crónicas de Mamertino sobre la campaña de Maximiano. Para el siglo V son más abundantes destacando las de Zósimo, Rutilio Namancio, el Querolus antes mencionado, Salviano e Hidacio para Hispania.

    En cuanto a la problemática historiográfica observamos cómo los debates acerca del tema han estado demasiado ideologizados en parte por el propio clima político de los años 50, 60 y 70.

    E.A. Thompson fue el iniciador de los estudios más importantes en el número 2 de "Past an Present" en 1952. Su estela fue seguida autores del bloque comunista, especialmente los soviéticos del "Vestnik Dresnev Istorii". Se hacía hincapié en el concepto de "revolución social". En los 60 dentro del marxismo se abrió un polémico debate entre las tesis de Kovaliov que sostenía la idea más ortodoxa de "revolución social" y la de Staerman que entendía los conflictos sociales como la lucha entre el sistema esclavista y el feudal. En España destacaron los trabajos bajo esta perspectiva de A. Barbero y M. Vigil (1963-1965). La década de los 70 continuó esta tendencia que contempló una ingente cantidad de trabajos. Los 80 representan una vuelta progresiva a revisar las fuentes. Destacable fue la tesis de P. Dockés sobre el tema del "bosque" y de la "liberación de las masas". En España N. Santos y J.J. Sayas publican en la revista "Hispania" trabajos sobre la problemática de la Vasconia Bajoimperial.

    En 1996 la Universidad de Jaén publica la ya mencionada obra de Sánchez León que es sin duda, la obra en castellano más importante y documentada.

    Por tanto, para resumir, las teorías sobre la problemática bagáudica son 3:

    La teoría "social" (mayoritariamente marxista)
    La teoría "nacional" que pone el acento en los elementos "indígenas" (bretones y vascones) como prefiguradores de un pretendido "nacionalismo".
    La "funcional": Es la más actual e incide especialmente en el papel "interclasista" del movimiento, de cooperación entre campesinos y propietarios.

    LOS BAGAUDAS HOY: ENTRE EL MITO Y EL TÓPICO

    La percepción que actualmente se tiene de los bagaudas nace en el folklore y las mentalidades de la Antigüedad y la Edad Media. Los romanos los "demonizaron" y los consideraron simples bandidos, pero también fueron "heroizados" primero por la tradición oral de los campesinos armoricanos y durante la Edad Media por los eclesiásticos entre los siglos V y XI. El "milites christiani" se convirtió en el siglo XIX en los "primeros nacionalistas" franceses, que defendían la libertad y la independencia, sobre todo a partir de la derrota de 1871 se tendió a identificar a los romanos con los prusianos. Esta exaltación patriótica también se divulgó en España a través de Patxot (republicano federalista) y Gebhardt (tradicionalista conservador) en el siglo XIX y luego en este siglo por Sánchez Albornoz.

    Dentro del movimiento socialista los bagaudas aparecieron como los "primeros proletarios revolucionarios" partir de la segunda mitad del siglo XIX. Incluso Zola los cita en su obra sobre los campesinos La Tierra (1887) como referencia de la lucha tradicional del campesinado. Igualmente el "mito revolucionario" pasó a los sectores más ortodoxos de la historiografía marxista ligados a los regímenes del llamado "socialismo real". Esta vertiente de marxismo "instrumental" hizo del historiador un propagandista cerrado en verdades inmutables. Crudamente el disidente yugoslavo M. Djilas nos cuenta como el régimen titista, al referirse a un levantamiento campesino de 1804, obligaba a que "los historiadores practicaran en los hechos una cirugía plástica, catalogándose de guerra campesina con los ingredientes de la revolución burguesa". [11]

    Todo lo visto no puede ayudar a entender la historia desde nuestra propia realidad y liberarnos del "peso de lo imaginario" (Plácido) que como una costra a través del tiempo deforma y "utiliza" los acontecimientos históricos. Según Foucault el conocimiento histórico es "ético y político", ya que procede de una toma de posición por parte de un individuo (el historiador). La Historia se sitúa en el continuo juego dialéctico entre la conciencia de que lo "otro" (pasado) se hace "yo" (presente), permitiendo al sujeto comprender que el "yo" se hace "otro" en el conocimiento histórico[12] . La concepción, desde un punto de vista marxista, puede resumirse en estas palabras de Domingo Plácido: "la Historia nunca enseña para actuar en las mismas situaciones, porque todas las situaciones nuevas... el progreso en el conocimiento científico, enfocado dentro del conocimiento de la lucha de clases es el que permite ampliar la capacidad de poder actuar sobre acontecimientos..."[13].

    Los bagaudas en sentido estricto no pensaron en "revolucionar" el mundo clásico, lo más probable es "que sólo hubieran intentado cambiar de puesto con sus antiguos opresores"[14]. Pero no debemos olvidar, como ha señalado F. Braudel, que significaron una "ruptura" en la Antigüedad: las clases desheredadas entraron en los registros históricos (incluso se acuñaron monedas con efigies de bagaudas), cosa que rara vez sucedía. Esto nos hace pensar que había algo más que simples partidas de bandidos, ya que dejaron para la posteridad un reflejo en esa "historia profunda". Para Braudel "somos herederos de una agua profunda sobre la que navegamos mal, a ciegas. Esa superficie de historia no es propicia, sin duda: nos creemos libre en ella y la libertad es en esencia la ilusión feliz de ser libre..." [15].

    En conclusión, respondiendo a la pregunta que titula este trabajo, ¿fueron los bagaudas revolucionarios?, rotundamente no, simplemente porque no carecían de un modelo de sociedad alternativo. A la vista de los datos que hemos sintetizado, los bagaudas fueron más bien rebeldes al poder de Roma, un poder cada vez más dictatorial y opresivo. Como señaló Albert Camus, el “revolucionario” conlleva en su interior a un “conservador” del nuevo orden que quiere imponer. Por el contrario, el “rebelde” desarrolla una relación crítica al orden existente. El revolucionario se mueve en la esfera de la política, el rebelde procura distanciarse de él[16].
    BIBLIOGRAFIA

    AAVV, Historia de España Antigua, vol. II, Madrid, 1978.

    AAVV, Conflictos y estructuras sociales en la Hispania Antigua, Madrid, 1981.

    BALIL, A. "La defensa de Hispania en el Bajo Imperio. Amenaza exterior e inquietud interna", en Legio VII Gemina, León, pp. 601 y ss.

    BRAUDEL, F. Escritos sobre la historia, Barcelona, 1997.

    BRAVO,G. "Las bagaudas. Vieja y nueva problemática" en Actas del Primer Congreso Peninsular de Historia Antigua, Santiago de Compostela, 1988, pp. 187 y ss.

    ----- "Las revueltas campesinas del Alto Valle del Ebro a mediados del siglo V d.C. y su relación con otros conflictos sociales contemporáneos (Una revisión sobre Bagaudas)” en Actas del Primer Coloquio sobre Historia de la La Rioja, Logroño, 1983, pp. 219-230.

    ----- Revueltas internas y penetraciones bárbaras en el Imperio, Madrid, 1991.

    FOUCAULT, M. Les mots et les choses. Une archéologie des Sciencies humaines, París, 1966.

    HOBSBAWM, E.J. Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX, Barcelona, 1968.

    PLACIDO, D. Introducción al mundo antiguo: problemas teóricos y metodológicos, Madrid, 1993.

    PRIETO ARCINIEGA, A. El fin del imperio romano, Madrid, 1991.

    ROSTOVTZEFF, R. Historia social y económica del Imperio Romano, vol. II, Madrid, 1981.

    SANCHEZ LEON, J.C. Los bagaudas: rebeldes, demonios, mártires. Revueltas campesinas en Galia e Hispania durante el Bajo Imperio, Jaén, 1996.

    SANTOS, N. "Movimientos sociales en la España del Bajo Imperio", Hispania, nº 40 (1980), pp. 3237-269.

    WALBANK, F.W. La Pavorosa Revolución. La decadencia del Imperio Romano en Occidente, Barcelona, 1997.



    Última edición por pedrocasca el Mar Mayo 07, 2013 12:03 pm, editado 2 veces

    Bostezos
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    Re: "Los Bagaudas: ¿los primeros revolucionarios de la Historia?" - Pablo Romero Gabella - publicado en la web argentina WebHistoria

    Mensaje por Bostezos el Sáb Oct 08, 2011 2:12 pm

    Excelente. Gracias por la labor tovarich

    tartesico
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    Re: "Los Bagaudas: ¿los primeros revolucionarios de la Historia?" - Pablo Romero Gabella - publicado en la web argentina WebHistoria

    Mensaje por tartesico el Lun Mayo 06, 2013 6:08 pm

    PRISCILIANISMO Y BAGAUDAS: CRISIS SOCIALES EN EL BAJO IMPERIO ROMANO




    PRÓLOGO

    Es objeto de este trabajo asomarnos, desde la obra científica que nos precede, a la crisis desatada en el Bajo Imperio Romano. Según José Luis Martín (1993: 75-76), “en la Península [Ibérica], las regiones menos romanizadas (Galicia, Cantabria y Vasconia), vieron surgir en el siglo IV movimientos de protesta que adoptaron la forma religiosa en el primer caso (priscilianismo) y la revolucionaria en el segundo (bagaudas)”. Tomando como referencia estas palabras del medievalista, pretendemos centrarnos en esos dos conflictos sociales como principales referencias de las expresiones de descontento social de la Hispania bajoimperial.

    LA SOCIEDAD BAJOIMPERIAL

    Para comenzar a introducirnos en estos conflictos, parece obligatorio situarnos en el contexto político, económico, social e, incluso, religioso, del Imperio de los siglos IV y V d.C. Bravo Castañeda (1989: 225), nos cuenta que el Imperio Romano se divide en tres fases: Alto Imperio, Bajo Imperio y, como nexo entre ambos períodos, la crisis del siglo III d.C., que supuso la reestructuración socioeconómica del Imperio, lo que permitió su supervivencia entre los siglos IV al VI. El Bajo Imperio, período en el que se encuentran los dos movimientos sociales en que nos vamos a centrar, el priscilianismo y los bagaudas, se caracteriza por “una organización rural, correspondiente a un dominio extra-territorial e independiente de la ciudad.” Esta situación no fue precisamente tranquila, pues implicó una pérdida de poder de las oligarquías urbanas, al perder su peso económico, en detrimento de nuevos grupos sociales.

    La necesidad, hizo que el Imperio vendiese propiedades imperiales e, incluso, de forma perpetua (pues antes dejaban en arrendamiento durante varios años). La adquisición de estas tierras, dio lugar a grandes propietarios rurales, que confiaron su explotación a colonos, que se quedaban con una parte de la explotación de la tierra, acordada previamente con el propietario en función de la calidad de la tierra. Esto provocaba un mayor interés del colono en la producción y una mejora de la economía agrícola. Esto derivó en una relación más estrecha entre los propietarios y los colonos, que habían sustituido prácticamente a todos los esclavos en el cultivo. Además, este estrechamiento de las relaciones, dio lugar al auge de la artesanía en las villas rurales, al convivir en ellas arrendatarios y colonos, lo que hizo desplazarse la economía del mundo urbano al mundo rural.


    PRISCILIANISMO

    Introducción al Priscilianismo

    Según José Luis Martín (1993: 75-76), “en la Península [Ibérica], las regiones menos romanizadas (Galicia, Cantabria y Vasconia), vieron surgir en el siglo IV movimientos de protesta que adoptaron la forma religiosa en el primer caso (priscilianismo) y la revolucionaria en el segundo (bagaudas)”. El priscilianismo estaba liderado por Prisciliano quien, junto a sus seguidores, fue perseguido por la Iglesia y el Imperio, así como condenadas sus doctrinas en Tréveris (año 385), aunque se continuó con la práctica “hasta –según el autor- muy entrado el siglo VI”.

    Juan Santos Yanguas, por su parte, nos indica que Prisciliano fue hecho ejecutar en Tréveris (año 385), aunque sus doctrinas habían sido ya condenadas (sin mencionarlas expresamente), en el año 380, en el Concilio de Zaragoza. Según Santos Yanguas, las doctrinas priscilianistas, como tales, fueron finalmente condenadas en el I Concilio de Toledo, en el año 400, aunque, como antes nos indicase José Luis Martín, el priscilianismo continuó teniendo presencia durante muchos años (Moure, A., Santos J., Roldán J.M., 1991: 560).

    Por el contrario, Ladero Quesada no ve una vinculación tan clara del priscilianismo con estos movimientos sociales. Establece como marco de actuación de Prisciliano la Gallaecia y la Lusitania y afirma de su doctrina:

    mezclaba prácticas ascéticas, y de pobreza muy estrictas con elementos gnósticos, maniqueos y astrológicos y con algunas propuestas morales o de fe que causaron escándalo: negación del matrimonio, justificación de la mentira como defensa, antitrinitarismo, emanantismo, negación de la resurrección, aceptación del demonio como principio supremo del mal

    Asimismo, el autor afirma que, aunque sus tesis se vieron reforzadas por la llegada de los suevos a la región, así como el apoyo de varios obispos, el autor contradice a José Luis Martín afirmando que desde mediados del siglo V, el priscilianismo es ya un hecho residual (Ladero Quesada, 1987: 46-47).

    Tal vez, Domingo Plácido aporte más luz sobre la cuestión priscilianista, si bien remarca el intenso debate que hay en torno a esta cuestión, tanto en el marco geográfico, como en el religioso y social. Remarca que fue condenado en Tréveris y ejecutado por el brazo secular, siendo así el primer hereje oficialmente ejecutado por el Imperio Romano. Plácido sitúa a los priscilianistas más hacia el interior, hacia el noroeste sobre todo y entiende que el principal conflicto con la jerarquía católica es, precisamente, mantenerse al margen de ésta, sobre todo por el impulso que le dan al monasticismo, aunque fueron condenados por las supuestas prácticas mágicas ligadas a la agricultura, con lo que era fácil obtener el apoyo del campesinado (Plácido, 1988: 393-397).

    Ramos-Lissón (1986: 65-67), antes de sumergirnos en los problemas conciliares de Zaragoza y Toledo de fines del siglo IV, principios del V; nos introduce en la problemática priscilianista para comprenderlos. Nos indica que debió nacer hacia el 345 y que fue discípulo de los gnósticos Agape y Elipidio. Por otra parte, nos remite a la Chronica de Sulpicio Severo1:

    [Prisciliano] Era de familia noble, rico, atrevido, inquieto, elocuente, erudito con muchas lecturas, muy pronto en la disertación y en la disputa. ¡Feliz, ciertamente, si no hubiera corrompido su gran ingenio con malos estudios! Velaba mucho, era sufridor del hambre y de la sed, nada codicioso, sumamente parco. Pero con estas cualidades mezclaba una vanidad sin límites y una hinchazón desmesurada por su ciencia profana.

    El autor continúa indicándonos cómo pronto se gana el apoyo de los obispos Instancio y Salviano, e incluso del obispo Higino de Córdoba, quien fue su primer enemigo, denunciándolo ante el metropolitano de Mérida, Hidacio. En su defensa, Prisciliano hizo algunas profesiones de fe, que hicieron que el obispo de Córdoba, finalmente, se adhiriera a sus postulados. Por el contrario, Hidacio finalmente contó con el apoyo del obispo Itacio de Ossonoba. El autor también nos indica aquí que pronto se extendieron más allá de la Lusitania, donde debió originarse según él, los postulados priscilianistas, llegando a la Gallaecia, la Cartaginense e incluso la Aquitania. Esta rápida expansión tal vez, debió ser lo que originó el Concilio de Zaragoza.


    Prisciliano y el nacionalismo gallego

    Yéndonos a la obra de Fernández Conde (2007: 31-33), vemos que ha habido una importante escuela que ha querido relacionar a Prisciliano y el priscilianismo con un sentimiento nacional gallego, que parece muy difícil concebir para fechas tan tempranas. Se enlaza a Prisciliano con los celtas, como hereje, y se le separa de la Iglesia católica hispana. Si bien es cierto que el priscilianismo tiene una fuerte implantación en la Gallaecia, es igualmente cierto, como nos indica Carmen Cardelle de Hartmann, que el priscilianismo fue un movimiento que causó gran preocupación en otras provincias, como la Tarraconense, donde en el año 419, observamos a un presbítero, Severo, con una serie de apócrifos, lo que en estos momentos, según la historiografía actual (como la propia Cardelle de Hartmann nos indica en el mismo artículo), es sinónimo de priscilianismo. La filóloga nos matiza que la acusación que recae sobre el presbítero es simplemente de herejía, sin indicar el tipo de herejía en concreto. Aún así, Cardelle nos hace fijar en el dato de que el monje Frontón, no contento con la absolución, recurre al balear Consencio y a Patroclo de Arles, siendo el balear el que realiza la acusación de priscilianismo. Además, hay que tener en cuenta lo que nos indica Carmen Cardelle:

    Frontón acude, sin embargo, a dos personajes que notoriamente se ocupan del tema priscilianismo, y el hecho de que la acusación de herejía se asocie casi automáticamente al priscilianismo, nos permite suponer que en esta época todavía había en la Tarraconense simpatizantes de este movimiento.


    1 Sulpicio Severo, Chronica, II, 46; CSEL 1, p. 99.

    Además, el hecho de que ni Consencio ni Patroclo sean de la Gallaecia o de la Tarraconense, también nos indica la preocupación del tema en otras provincias.
    También en relación a la cuestión nacionalista gallega, Fernández Conde nos hace ver que es dicho nacionalismo, por su especial repercusión en la Gallaecia, el que transforma a Prisciliano en gallego, cuando seguramente sería de la Bética o de la Lusitania, y de familia hispanorromana en cualquier caso, lo que le aleja a su vez de los planteamientos que relacionan la figura del heresiarca con los celtas.


    El priscilianismo y las mujeres

    Tal vez sería más válido hablar de la influencia femenina en este movimiento, tal y como reconoce el propio Fernández Conde (2007: 33). Esto queda reflejado en el Concilio de Caesaraugusta del año 380:

    I. Que las mujeres fieles no se mezclen en los grupos de los hombres que no sean sus maridos.

    Sulpicio Severo, en su crónica2, nos llama también la atención sobre el hecho de que “acudían a él numerosas mujeres ávidas de novedades, de intenciones superficiales y de un ingenio proclive a las curiosidades”.

    En el Concilio de Caesaragusta serán condenadas algunas prácticas heréticas, pero no sus miembros, ya que no asistieron y el obispo Dámaso de Roma se opuso a que se castigara a los ausentes, tal y como nos cuenta el propio Prisciliano en una carta al obispo:3 “En él [el Concilio de Caesaragusta] no fue censurado, entre sus reglas, ninguno de nosotros, especialmente gracias a una carta tuya (Dámaso) […] en la cual encarecías […] que no se tomase providencia alguna contra quienes estuviesen ausentes y no fuesen oídos.”

    Así pues, tanto Prisciliano como sus seguidores Instancio y Salviano (los dos primeros obispos que se le adhirieron, que Fernández Conde no ha encontrado sus respectivas sedes), se salvaron, lo que permitió, que un año más después, en 381, Prisciliano fuese nombrado obispo de Ávila, dónde no había sede episcopal aún, gracias al apoyo de los obispos citados (Fernández Conde, 2007: 40).

    Al haber sido dos obispos, cuya ortodoxia estaba en entredicho, quienes habían nombrado obispo a Prisciliano, sin el consentimiento previo de Hidacio, metropolitan de Mérida (Fernández Conde, 2007: 40), y si no era metropolitano, desempeñaba una función similar a la de un metropolitano, tal y como nos cuenta Domingo Plácido (1988: 393), dicho obispo pidió al obispo Dámaso de Roma, patriarca de la Iglesia en pugna por el primado dentro de la misma (Ladero Quesada, 1987: 39), y que tenía competencias suficientes para expulsar a dichos obispos “de sus iglesias, de sus ciudades y de toda la tierra”, lo que fue aceptado en un primer momento.

    Hidacio de Chaves nos informa que, tras esto, Prisciliano marcha a la Península Itálica e intenta reunirse con el Papa Dámaso y con Ambrosio de Milán, ninguno de ellos con éxito. Sulpicio Severo, más extenso, nos indica que avanzan en una gran comitiva, pasando por Aquitania, y aumentando cada vez más su séquito, llegando a Roma donde fueron rechazados por Dámaso, por lo que se volvieron hacia Milán, camino de en el que murió Salviano, para ser nuevamente rechazados, esta vez por el Patriarca latino.

    Es importante remarca que, a continuación, recurrieron al emperador Graciano, al que convencen mediante soborno, para que anule la condena del priscilianismo, pero el problema surge en el año 384, cuando Máximo triunfa con un gole militar contra Graciano, lo que es aprovechado por Itacio de Ossonoba (Faro), para convocar un nuevo sínodo en el que sean juzgados Prisciliano y sus seguidores. Se celebrará en Burdeos, con la presencia de Martín de Tours, en 384 y allí Instancio pierde su cargo episcopal. Con el miedo de correr la misma suerte, Prisciliano recurre al nuevo emperador, lo que será criticado por Severo en su crónica, por intervenir el poder civil en asuntos religiosos.

    ______________________________________________________________________
    2 S. Severi, Chronicorum, II, núm. 46
    3 Prisciliano, Tratados y Cánones, pp. 54 y ss.

    Finalmente, Prisciliano y otros seis seguidores suyos serán condenados a muerte y ejecutados en Tréveris, en el año 385, por la decisión de Máximo. Fernández Conde plantea que una decisión de este tipo podría deberse a la situación política que atraviesa el Imperio, dónde ha dado un golpe de Estado, lo que le valdrá ser llamado usurpador por Ambrosio o tirano por Hidacio de Chaves. Necesitaba granjearse el favor del clero, de la ortodoxia católica, así como de Teodosio, emperador de oriente, al intentar poner fin a un importante movimiento maniqueo, que Graciano había absuelto. Además, el autor plantea que con esto, Máximo fuese más lejos al conseguir el apoyo de los obispos, quienes controlaban las ciudades.

    Aún así, la condena en Tréveris no fue tan bien como se esperaba, pues buena parte del clero consideró peligroso que el poder civil, laico, ejecutase a un obispo, aunque fuese hereje. “De hecho, San Ambrosio y el nuevo Papa Siricio romperán la comunión con Itacio y sus secuaces. Y el metropolitano Hidacio renunciará voluntariamente a su sede al comprobar que se había extralimitado en sus actuaciones.”

    En lo que respecta a nuestro estudio, debiéramos fijarnos en que Fernández Conde, cuando trata la sentencia de muerte, nos indica que “recayó también sobre otros seis, miembros del clero o de la aristocracia. De los restantes, tres, también de condición social elevada, tuvieron que afrontar la pena del destierro.” A eso, habría que añadir lo dicho por Sulpicio Severo: “Prisciliano era de familia noble, rico […]”, lo que, según Fernández Conde, da pie a pensar que era de la clase dominante.

    Aún así, entre sus seguidores, si bien se hace hincapié en la nobleza de los mismos, así como que había obispos y un rethor, también se nos habla de gente de clase popular y también de mujeres, muchas de ellas humiliores. Vemos, pues, que no es un movimiento determinado por su situación social, si no, como indican Fernández Conde y Cardelle de Hartmann, más bien parece el movimiento cristianizador de la Gallaecia. En realidad, la presencia de estos nobles aportó la base económica necesaria para su difusión, calando entre un campesinado poco romanizado y escasamente cristianizado (Bravo, 1989: 267).

    En cuanto a las consecuencias de la condena de Tréveris, cabe destacar que su cuerpo fue trasladado a la Gallaecia, donde pasó de ser un santo a un mártir, su sepulcro convertido en reliquia y su nombre una expresión de gran religiosidad, por lo que no parece algo extraño que el cuerpo degollado de la Catedral de Santiago sea en realidad el de Prisciliano, que murió también degollado en Tréveris. Hipótesis ésta que hizo primeramente el historiador francés L. Duchense, a comienzos del siglo recién pasado siglo XX y mantenida, aunque no defendida, como una hipótesis muy probable, por el genial historiador medievalista español. Así pues, el movimiento priscilianista, tras la muerte del heresiarca, no solo no finalizó, si no que se expandió enormemente por la Gallaecia, lo cual es algo que trata con mayor extensión la filóloga Carmen Cardelle de Hartmann en su artículo “El priscilianismo tras Prisciliano, ¿un movimiento galaico?”
    Cardelle, trata de discernir en su artículo la repercusión del priscilianismo tras la muerte de Prisciliano. Ya hemos visto cómo la autora nos demuestra que el movimiento se extiende más allá de la Gallaecia, e incluso de la propia Península Ibérica. Una de las primeras cosas que nos indica la autora ya, es que tras el I Concilio de Toledo, el priscilianismo pierde fuerza, reduciéndose, principalmente, a la difusión de apócrifos, como nos demuestra el ya citado conflicto de la Tarraconense.
    Cabe destacar también, por último, que la herejía sigue presente en el siglo VI.


    El movimiento Priscilianista (Concilio de Toledo, año 400)

    HIDACIO: Crónica, 13, 16, 32

    (Hispania se vio afectada por el movimiento religioso creado por Prisciliano, cuya doctrina fue condenada en varios concilios y cuyos seguidores encontraron la muerte en gran número.)


    Prisciliano, cayendo en la herejía de los gnósticos, fue ordenado obispo de Ávila por los obispos que había agrupado en torno suyo en la misma locura. Después de ser escuchado por algunas asambleas de obispos, alcanzó Italia y Roma, donde, al no ser introducido ciertamente a la presencia de los santos obispos Dámaso y Ambrosio, regresa a las Galias con aquellos con los que había ido. Allí, juzgado igualmente herético por el obispo San Martín y por otros obispos, apela al César, porque por aquellos días el tirano Máximo obtenía en las Galias el poder imperial. […]

    Prisciliano fue expulsado del episcopado a causa de la herejía antedicha, y Latroniano, un laico, y algunos de sus seguidores son muertos junto con él mismo en Tréveris por orden del tirano Máximo. Desde entonces, la herejía de los priscilianistas invadió la Galia. […]

    En la provincia cartaginense, en la ciudad de Toledo, se reúne un sínodo de obispos, en el cual, por lo que dicen las Actas, Sinfronio y Dictino, y con ellos otros obispos de la provincia de Galicia que eran seguidores de Prisciliano, condenan su herejía como blasfemia, así como a su propio autor, firmando su profesión. Son adoptadas también ciertas provisiones para su observancia relativas a la disciplina eclesiástica; en el mismo concilio participa el obispo Ortigio, que había sido ordenado en Celenas, pero se encontraba en el exilio a causa de su fe católica, expulsado por la presión de las facciones priscilianistas.

    Comentario de texto

    El presente documento histórico, tiene como fuente las Crónicas de Hidacio. Sin embargo, este Hidacio, por lo relevante del nombre parece indicar que se trata del obispo de Mérida que, según nos cuenta Domingo Plácido (1988: 393), desempeñaba una función similar a la de un metropolitano. Sin embargo, en cuanto echamos un ojo al comentario al Cronicón de Hidacio que hace Casimiro Torres Rodríguez (1956), nos damos cuenta que se trata de un texto que abarca hasta el 468, mientras que el texto que nos ocupa es de un acontecimiento del 400 y sabemos que Hidacio de Mérida ya era un gran enemigo de Prisciliano en el 380. Esto implicaría que, 89 años antes de su muerte, ya sería obispo, lo que resulta una vida excesivamente longeva para las fechas que tratamos. Tendremos, pues, que acudir a la obra de Francisco Javier Fernández Conde para dilucidar esta duda (2007: 48), quien menciona al autor del texto como Hidacio de Chaves. Carmen Cardelle de Hartmann especifica, de hecho, que “no tiene ninguna relación conocida con Hidacio de Mérida” (Habis, 1998, 269-290). También la filóloga gallega nos indica sobre el autor del texto, que es obispo y que “Hidacio era un fiel partidario del Imperio Romano, y podría haber resultado sospechoso de atraer los godos a Galecia”, pues, parece ser que fue por ello encarcelado por el jefe suevo Frumario.

    El enfoque del texto, en tanto que hecho por un obispo, antes de la caída del Imperio Romano, podría resultar de ámbito romano entero y no sólo hispano, pues también la lengua usada para ello es el latín, como nos indican las múltiples citas textuales que la filóloga latina nos hace a lo largo de su texto. Además, el propio texto trata de un movimiento que superó las fronteras, no sólo galaicas, si no también hispanas, lo que aparece reflejado como hemos podido leer: “después de ser escuchado por algunas asambleas de obispos, [Prisciliano] alcanzó Italia y Roma […] regresa a las Galias”, si bien podemos leer en la presentación del texto: “Hispania se vio afectada por el movimiento religioso creado por Prisciliano”. Carmen Cardelle de Hartmann, nuevamente nos indica, no obstante, que “si bien aparecen indicios de la extensión del priscilianismo en otras provincias, es el movimiento galaico el que resulta particularmente preocupante para los contemporáneos por ser Galecia la única provincia en la que se encuentran priscilianistas en el episcopado.” Como vemos la presencia del priscilianismo era algo extendido y de gran preocupación, el propio texto nos narra cómo se tuvo que realizar un concilio en la ciudad de Toledo para condenar dicho movimiento que, como hemos visto, ponía en entredicho el naciente poder de la jerarquía católica.

    Si bien la Crónica no viene fechada ni localizada, podemos saber gracias a otras fuentes, como el Cronicón comentado por Torres Rodríguez o por la propia Cardelle de Hartmann, que relata desde el 379 hasta el 468, sabiendo que Hidacio falleció en el 469 y, siendo obispo de la localidad de Aquae Flaviae en la Gallaecia (actual Chaves, Portugal), podemos, pues, suponer que fue escrita en dicha localidad.

    Al tratarse de un texto escrito por obispo sobre lo sucedido a un hereje, debemos descartar toda la imparcialidad del texto y debemos entender que el autor ataque aquí con total dureza al heresiarca, mencionando también su gnosticismo.

    Se nos narra la evolución del movimiento priscilianista, cómo Prisciliano, el hereje, llega a ser obispo, según la opinión del autor. Cómo se van expandiendo sus ideas hasta Italia, y cómo se repliega en la Galia, dónde será ejecutado por orden de Máximo, emperador que, según cronistas como Hidacio, tal y como se refleja en el propio texto, usurpó el poder del Imperio a Graciano, con quién, según Domingo Plácido (1988: 368), creció en su juventud. Finalmente, el texto nos narra el Concilio de Toledo, en que obispos priscilianistas condenan dicha herejía, así como el resto de los asistentes en general.

    Tal vez habría que aclarar aquí también lo que, según Emilio Mitre (2003: 27), significa el gnosticismo ya en aquella época, pues si bien dicha herejía parece surgir con anterioridad al cristianismo, llegándose incluso a dar su origen con Alejandro Magno y la mezcla de las religiones orientales con la filosofía griega. El gnosticismo, según patrólogos como J. Quatsen2, fue considerado más peligroso por los cristianos que la literatura pagana. “El gnóstico, más que creer, conoce, y no tanto como consecuencia de una reflexión, como de una revelación”. El gnosticismo no sería algo concreto en cualquier caso, si no que representaría un conjunto de sistemas filosóficos que tendrían en común la idea de la iluminación personal, procedente de un ser superior.

    Resultan especialmente interesantes las palabras de Francisco Javier Fernández Conde (2007: 42-43), quien nos remite a su vez al cronista Sulpicio Severo. Severo indica que Prisciliano y los suyos consiguieron el favor de Graciano con malas artes, es decir, sobornándolo, quién revoca la sentencia de Martín de Tours, que lo había condenado hereje. Sin embargo, ese mismo año (384), triunfa la sublevación de Máximo, e Itacio de Ossonoba, quién había sido acusado de brujería por los priscilianistas, presentará recurso ante el nuevo César, y aquí es donde llegamos a la otra parte interesante de lo que expuesto por Fernández Conde, quién plantea la posibilidad de que Máximo condenase a Prisciliano para ganarse el favor de Teodosio, así como de obispos tan influyentes como Ambrosio de Milán, Padre de la Iglesia de occidente.

    Aunque lo que cabe remarcar de todo esto, es que el autor de nuestro texto elude de forma deliberada, seguramente, la absolución concedida por Graciano, esto nos hace pensar que el autor, como tantos otros, era contrario al golpe de estado dado por Máximo, pero su condición de católico le habría hecho rechazar la actitud de Graciano, ya en época del catolicismo oficial de Teodosio. Tal vez, simplemente, su objetivo era ocultar un pasado reciente, negativo del Imperio y reforzar el catolicismo.

    Respecto al propio Concilio, se destaca la renuncia de varios obispos, así como varias doctrinas relacionadas directamente con el priscilianismo, pues no hay que olvidar que la historiografía nos dice que es el Concilio de Toledo el que rechaza finalmente esta herejía y, como nos dice Cardelle de Hartmann, “tras el Concilio de Toledo, la presencia del priscilianismo parece limitarse a la circulación de apócrifos, la invocación de Prisciliano como mártir, y la difusión esporádica de algunas ideas heréticas”.

    Por último, habríamos de fijarnos en la referencia a Ortigio, obispo de Calenas, que se encontraba en el exilio, expulsado por los priscilianistas. Ante esto, Fernández Conde (2007: 49), nos indica que en el mismo Cronicón de Hidacio, se encuentra otro obispo de Calenas, lo cual parece raro al tratarse de una pequeña población. Pero en el 433, en la misma población, aparecen nuevamente dos obispos. Esto se explica con una organización especial que tenía un obispo consagrado a la Civitas y otros en poblaciones rurales insignificantes, si bien en el caso de Ortigio, parece que se trata del propio litigio priscilianista lo que fuerza esta situación y demuestra la fuerza del movimiento en la Gallaecia.

    A modo de conclusión ya, podemos destacar tres puntos clave en el texto: expansión del movimiento y búsqueda de apoyos institucionales, condena y ejecución del heresiarca y seguidores suyos y, por último, condena religiosa oficial contra el propio movimiento. Tal vez, podríamos decir que su posicionamiento implícito en defensa de Roma y del Catolicismo, como hemos visto, se deba a una vida en la convulsa Gallaecia del siglo V d.C., donde se enfrentó a la presencia de los suevos, que se convirtieron rápidamente al catolicismo. Sería por ello que podríamos pensar que el autor resulta aquí arbitrario a la hora de mostrar la información, por lo que puede no ser una fuente muy fiable.
    El texto en sí, es una clara denuncia del priscilianismo, en tanto que se fija en la condena por parte del catolicismo y la ejecución de Prisciliano por parte del Imperio, no dando lugar posible a algún tipo de valoración positiva del movimiento. El texto parece alcanzar su interés máximo para la historia, en tanto que nos narra la actividad del priscilianismo desde que nace, hasta que es condenado definitivamente, por un obispo de la propia Gallaecia.


    DISTINTOS ENFOQUES DE LA PROBLEMÁTICA BAGAUDICA


    Al referirse Domingo Plácido (1988: 407-408) a los bagaudas, nos indica que son un fenómeno extendido por la Galia y la Hispania, aunque afirma que sus actividades son mejor conocidas fuera de la Península Ibérica. Engloba este conflicto dentro de la situación de cambio de las estructuras económicas, propia del Bajo Imperio. Estos cambios, según el autor, se traducen en una crisis del sistema esclavista, que provoca un sistema económico con mayor mano de obra campesina libre. “El sistema esclavista permitía, en última instancia, que gran parte de la población se viera beneficiada por el excedente proporcionado por esa mano de obra”.
    Al reducirse esta mano de obra esclava, se apuesta por la explotación de hombres libres, una masa mayor, frente a un número menor de explotadores. El conflicto se vislumbra y al autor no le extraña que cuando penetran en la Península los pueblos germánicos, estos no solo no supongan un problema para el campesinado libre explotado, si no que incluso llegue a aliarse con algunos de estos pueblos, como fue el caso del 454 y la alianza de los bagaudas con los suevos regidos por Requiario.
    El autor también nos indica que en la Armórica, en la Galia, estos bagaudas llegaron a constituir un ejército “con el que alcanzaron una independencia real durante un período determinado”. En la Tarraconense se hubieron de mandar importantes ejércitos contra estos bagaudas, que llegaron a arrasar Tarazona, matando al obispo León junto a una parte de sus fieles. Esto se debe, indica una vez más el autor, a la contraposición entre los bagaudas, de carácter campesino, frente a las masas urbanas, beneficiadas por el patrocinio y protección del episcopado y no a que fuesen un movimiento propiamente urbano. Asimismo, unidos como se ha dicho a los suevos de Requiario, “devastaron la región de Zaragoza y saquearon Lérida”, aunque fueron reprimidos por los visigodos comandados por Federico, hermano del rey Teodorico. En el 456, añade Plácido, se produjeron nuevamente bagaudas, pero esta vez en Braga, en la Lusitania; es por ello que el autor afirma que estos movimientos surgen en territorios en que se había extendido el gran latifundio.

    Por su parte, y tal y como ya se dijo, José Luis Martín (1993: 75-76), indicaba dos grandes formas de protesta: la religiosa (bajo la forma priscilianista), y otra revolucionaria representada por estos bagaudas, que define como “bandas de campesinos poco romanizados que combaten el sistema de gran propiedad imperante en el mundo romano del Bajo Imperio”, en consonancia con lo expuesto por Plácido. El autor nos llama la atención sobre cómo estos movimientos que se aliaron con los germanos y arrasaron diversas villas y ciudades, no tienen ningún problema en resurgir cada poco tiempo de sus derrotas contra las tropas imperiales, como ocurrió en los años 441 ó 443, tras los cuales resurgen en 449, como ya indicara Domingo Plácido, para arrasar Tarazona junto a su obispo, León, y poco después, junto a los suevos, para saquear Lérida. Fue de hecho esta alianza, lo que provocó la entrada de los visigodos en la Península Ibérica, dando lugar a su primer asentamiento en la misma.

    A la pregunta, ¿Quiénes eran bagaudas? Bravo Castañeda (1984), plantea las dos corrientes que hay: por un lado, encontramos quienes afirman que los componían, “’con seguridad’, esclavos, libertos, colonos y campesinos libres (es decir, todos los grados de la escala jurídica entre esclavitud y libertad)”. Para afirmar esto, en concreto la participación de los colonos, tenemos que acudir al texto de Salviano de Marsella “De gubernatione dei”, aunque habla de ellos solo como cultores. Aún así, el autor reconoce que es frecuente asumir su presencia en las fuentes.
    En cualquier caso, Bravo Castañeda continúa diciendo que Salviano señala que estos bagaudas podían ser o no voluntarios; tal vez era la presión fiscal y judicial, la que obligaba a integrarse en los bagaudas, si bien había quienes, voluntariamente, decidían unirse a los bagaudas. Concluye Bravo, finalmente, que

    Puede afirmarse entonces que el contingente bagáudico estaba integrado básicamente por hombres sin recursos, pauperes, del campo y de la ciudad, que habían visto erosionarse su posición social y económica anterior, esclavos urbanos y ciudadanos arruinados se alinearían junto a las diversas categorías del campesinado.

    También señala el autor que convergen aquí quienes no siendo libres, aspiran a la libertad y quienes siendo libres, no podían soportar la presión de las leges. También repara Gonzalo Bravo en la fácil confusión que suponen los bagaudas en las fuentes, pues no siempre aparecen reflejadas con la forma bacauda o bagauda, ésta última forma que le parece más correcta al autor, proveniente del céltico, baga- (guerra) y el sufijo –uda o el gálica –auda, que vendría a significar guerrero. De igual modo, la utilización del término bagaudas, vendría a significar algo así como guerrillas.
    Cuando José María Blázquez se pone a analizar el texto de Salviano de Marsella “De gubernatione dei”, saca como primera conclusión la división social existente “en dos grandes bloques: los ricos que eran los possessores de las fincas, y una masa de pobres, los humiliores, que estaban aplastados por las contribuciones”. Ante esta situación, añade que se abrían dos caminos a los humiliores, o bien buscar la protección de los ricos bajo el patrocinio, o bien unirse a los bárbaros.
    También desprende Blázquez de su lectura del texto de Salviano, que éste se quejaba de la pobreza del Imperio (como estado), frente a la riqueza de sus dirigentes. También señala, en alusión a esto, las palabras de Mazzarino: “la crisis del Imperio se expresa no en la falta de oro y plata, sino en la tremenda taxación y en el peso desmedido que aplastaba a los trabajadores”.
    El cobro y distribución de impuestos, también se señala como perjudicial para los pobres, esquivando a los ricos, para disfrutarlos estos últimos, lo señala Salviano como robo y crimen. Así pues, para Salviano el Imperio moría estrangulado por las manos de estos ladrones.


    BIBLIOGRAFÍA

    -Domínguez Ortiz, A., dir. (1989); Historia de España. Vol.2, La España romana y visigoda: (siglos III a. C.-VII d. C.). Barcelona: Planeta.

    -Ladero Quesada, M.Á. (1987); Edad Media. Barcelona: Vicens Vives.

    -Martín Rodríguez, J.L. (1993); Manual de Historia de España, vol. 2: La España Medieval. Madrid: Historia 16.

    -Moure Romanillo, A., Santos Yanguas, J., Roldán Hervás, J. M. (1991); Manual de Historia de España. Vol. 1. Prehistoria e Historia Antigua. Madrid: Historia 16.

    -Ramos-Lissón, D., Orlandis, J. (1986); Historia de los Concilios de la España romana y visigoda. Pamplona: Ed. Universidad de Navarra.

    http://smashyourenemy.blogspot.co.uk/2012/06/priscilianismo-y-bagaudas-crisis.html

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    Re: "Los Bagaudas: ¿los primeros revolucionarios de la Historia?" - Pablo Romero Gabella - publicado en la web argentina WebHistoria

    Mensaje por incontrolable el Lun Mayo 06, 2013 6:43 pm

    Recomiendo el libro "Dias Rebeldes" de la editorial Octaedro, con historias de inserreciones a lo largo de la historia desde la antigua Mesopotamia a la Grecia del 2008.

    http://www.octaedro.com/octart.asp?id=es&libro=13120&txt=D%EDas%20rebeldes


    A lo largo de todos los tiempos y en toda la geografía del planeta Tierra se han sucedido acontecimientos, hechos rebeldes contra el orden establecido. Hombre y mujeres se rebelan contra la esclavitud, se sublevan contra el poder, afirman su libertad y su dignidad individual y colectiva.



    Días rebeldes que hacen visible lo más humano que hay en nosotros. Crónicas de insumisión que atestiguan que no hay poder sin rebeldía y que nos devuelven el orgullo y la bellaza de nuestra condición humana.

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    Re: "Los Bagaudas: ¿los primeros revolucionarios de la Historia?" - Pablo Romero Gabella - publicado en la web argentina WebHistoria

    Mensaje por pedrocasca el Mar Mayo 07, 2013 11:58 am

    En el Foro está publicado el tema titulado:

    "Días rebeldes - Crónicas de insumisión" - Extracto del libro escrito por varios autores - publicado por editorial Octaedro en octubre de 2009 - Interesante y ameno

    http://www.forocomunista.com/t26835-dias-rebeldes-cronicas-de-insumision-extracto-del-libro-escrito-por-varios-autores-publicado-por-editorial-octaedro-en-octubre-de-2009-interesante-y-ameno?


    Uno de los temas tratados es el de los Bagaudas.

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    Re: "Los Bagaudas: ¿los primeros revolucionarios de la Historia?" - Pablo Romero Gabella - publicado en la web argentina WebHistoria

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