El Caciquismo.

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    sorge
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    El Caciquismo.

    Mensaje por sorge el Jue Sep 15, 2011 2:16 pm

    pag 10-17-22,27
    La Segunda Republica. Julio Gil Pecharroman
    Primo de Rivera y sus colaboradores intentaron aplicar criterios regeneracionistas a la reforma radical-a veces, a la simple eliminación- de las piezas del sistema que, a su juicio, impedían la estabilidad de la Monarquía y del orden establecido.
    Se persiguió a los grupos reacios a admitir el nuevo estado de cosas y se marginó a los principales representantes de la denostada vieja política restauracionista. Con patrones parcialmente inspirados en el fascismo italiano se intentó imponer moldes intervencionistas y estatalizadores a la vida económica y un paternalista reequilibrio de las relaciones de producción que, sin afectar a las bases del sistema capitalista vigente, mitigara el carácter revindicativo del movimiento obrero. En el terreno político. y una vez superado el carácter eventual que en principio se le atribuía, los primorriveristas pretendieron institucionalizar la Dictadura a traves de una poco representativa Asamblea Nacional Consultiva y de una Constitución vagamente corporativista, que nunca entró en vigor. Parece que el dictador acariciaba la idea de sustituir el sistema de partidos anterior por otro, ajeno a las prácticas viciadas del caciquismo y similar al que se configuraba en la Inglaterra de los años veinte. Consistia en la construcción de una gran derecha a partir de una organización de masas oficialista, la Unión Patriotica, en la que jugaran un papel preponderante los sectores más modernos del espectro conservador, es decir, los mauristas y los populistas católicos. Y de una izquierda laborista domesticada, en la que Partido Socialista ejercería una función dirigente, atemperada por un liberalismo renovado y secundada por un movimiento sindical de caracter reformista.

    Era un planteamiento irreal, como los hechos demostraria en poco tiempo. Entre otras cosas porque intentaban vincular en un mismo proyecto regeneracionista intereses y puntos de vista irreconciliables. Las veleidades intervencionistas y el paternalismo social de la tecnocracia gubernamental enajenaron al regimen las simpatias del mundo del dinero, y en especial de la dinámica burguesia catalana, sensibilizada por la falta de tacto con las autoridades abordaban la cuestión regionalista.
    La oposición republicana, al principio prácticamente desmantelada, se mostró luego superior a lo esperado y acabó movilizando a sectores sociales de gran peso.
    Los conflictos internos del Ejercito sirvieron de caldo cultivo a una creciente malestar de la oficialidad, que condujo al surgimiento de tramas conspiratorias en las que figuraban implicados políticos republicanos e incluso monárquicos.

    A la Dictadura le fallaron hasta los apoyos que podía considerar más seguros. El debate abierto en el seno del socialismo entre los colaboracionistas, preocupados por incrementar con apoyo oficial la fuerza de sus organizaciones, y el sector más comprometido en la lucha por la democracia, condujo a partir de 1927 a un alejamiento progresivo de la colaboración con el Directorio. En la derecha, La Unión Patriotica se reveló como una agrupación de intereses muy variados, que amparaba casi intactos los aparatos caciquiles que el regimen afirmaba combatir.
    Sin otro programa que la defensa del orden social y su perpetuación en las esferas del poder, los upetistas constituían una enorme masa gregaria de perfiles mal definidos, tránsfuga de todos los partidos dinásticos y de dudosa eficacia como valedora del sistema.De hecho, cuando el régimen empezo a tambalearse, victima del acoso de lo que Carlos Seco denomina los tres frentes adversos-el intelectual, el militar y el financiero-, el partido primorriverista sufrió una dramatica merma en sus efectivos y fue incapaz de auxiliar a su líder en los últimos y agónicos meses de la Dictadura.

    Ante esta encrucijada, Alfonso XII optó por ofrecer el Poder al último de la terna de militares que le propusiera Primo de Rivera. El general Dámaso Berenguer era hombre de confianza del rey y jefe de su casa militar. De ideas conservadoras, pero sin filiación partidista, se habia mantenido al margen de las luchas politicas y de las querellas internas del Ejercito en los años de la Dictadura. Su elección respondía a la visión de los circulos palatinos, que deseaban una figura sin significación política y con prestigio en el Ejercito para conducir el proceso de vuelta a la normalidad constitucional, escalonando una transición que permitiera calmar los espiritus y restablecer a todos los efectos la suspendida Constitución de 1876.

    Para hacer creíble la transición, el Gobierno procedió a una serie de gestos aperturista, que limasen los aspectos más polemicos de la herencia dictatorial: se dicto un indulto, se repuso en sus plazas a los catedráticos sancionados por su oposición al Directorio y se autorizo el normal funcionamiento de instituciones como los Colegios de Abogados o el Ateneo de Madrid. Se disolvio la Asamblea Nacional Primorriverista y se tolero una progresiva actividad a los partidos politicos, así como la celebración de algunos actos públicos de claro signo republicano. Se legalizó a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). El materia económica, el ministro Argüelles desmanteló muchas de las medidas intervencionistas del Directorio, en un intento de frenar la crisis financiera y de atraer apoyos de la alta burguesía con una vuelta a la ortodoxia liberal. Derogo el 11 de marzo el Decreto que otorgaba poderes extraordinarios al jefe de Ejecutivo.
    Pero el plan de transición presentaban graves incovenientes que las medidas aperturistas, interpretadas a veces como un fruto de la debilidad de régimen, no lograrían compensar. El general tuvo que prescindir de la colaboracion gubernamental de los liberales, favorables a una revisión constitucional, y de los primorriveristas, que hubieran supuesto un lastre a la politica de conciliación buscada por el Gabinete.
    Tuvo que recurrir, pues, a las pocas cartas que le quedaban: los circulos palatinos y un grupo de notables conservadores de segunda fila, personaje vinculados a los aspectos más oscuros del caciquismo resturacionista y que se convertiría en el inspirador político del Ejecutivo.

    Este gobierno no representaba a casi nadie y su composición parecía confirmar los temores de la oposición democrática de que la postdictadura no era más que un retorno a las viciadad prácticas del parlamentarismo canovista.El programa gubernamental hubiera precisado, para ser creíble, de un calendario corto que garantizase la pureza del sufragio. Pero el Ejecutivo necesitaba un amplio triunfo de los partidos dinasticos.
    Era necesario, pues, ralentizar el ritmo de la transición, a riesgo de que perdiese credibilidad, y relanzar la maquinaria electoral del entramado caciquil para que supliera la falta de bases y de organización de los partidos dinasticos. Esta contradicción entre lo que el Gobierno prometía y los medios que disponía para lograrlo, se revelaría insuperables y contribuiría mucho a frustrar su proyecto de normalización política.

    Las fuerzas en presencia.
    Los antiguos partidos turnantes, divididos en múltiples fracciones en los últimos tiempos de la Restauración,habian desaparecido prácticamente durante la Dictadura, más por las masiva captación de militantes y de aparatos locales por la Unión Patrióticas que por una represión selectiva que se centrón en figuras concretas como Santiago Alba, Jose Sánchez Guerra o el Conde Romanones.A partir de febrero de 1930, liberales y conservadores intentaron reconstruir sus partidos y recuperar sus ámbitos de influencia electoral. Los grupos monárquicos evolucionaron en medio de una gran confusión, provocada por el renacer de las viejas divisiones. el masivo abandono de la causa monárquica por la clase media y el desconocimiento que creaban en sus filas las disputas entre los notables alfonsinos sobre los ritmos y alcances de la transición y sobre el propio futuro de la Monarquía.

    La defección, en la primera mitad del año, de políticos como Sánchez Guerra, Angel Osorio, Niceto Alcala Zamora y Miguel Maura, que se declararon partidarios de la abdicación del rey o abiertamente republicanos, supuso un rudo golpe para la Corona. Por otra parte, surgieron nuevas formaciones, como el Bloque Constitucional, formado en marzo de 1930 por el Partido Reformista, de Melquiades Alvarez, y los núcleos que seguían a Sánchez Guerra, Bergamín,Burgos Mazo y otros notables liberales y conservadores. El Bloque, en realidad una tertulia de políticos prestigiosos pero sin apoyo popular, se situaba en las zonas más templadas del monarquismo, no muy lejos de los republicanos moderados. los constitucionalistas hacían de la abdicación del rey, de la exigencia de responsabilidad por la Dictadura y de la convocatoria de Cortes Constituyentes, premisas indispensables para la continuidad del régimen.

    En el otro extremo del arco dinástico se crea en junio la Unión Monarquica Nacional presidida por el conde de Guadalhorce, los ultraconservadores,umenistas, entre quienes figuraban José Carlos Sotelo, Ramiro de Maeztu y Jose Antonio Primo de Rivera, se constituyeron en defensores de la obra de la Dictadura y en acerbos críticos de la transición berenguerista.Proponian una reforma en sentido autoritario de la constitución que permitiera a la derecha mantener el control del Estado ilimitado.
    Proximo al ala más radical de la UMN se situaba una serie de grupos de muy escasa entidad, nostalgicos de la Dictadura y opuestos al retorno del parlamentarismo liberal, como el Partido Nacionalista Español del doctos Albiñana, el Partido Laboral, fundada por Eduardo Aunós, o la Juventud Monárquica Independiente, dirigida por Eugenio Vegas Latapíe.

    Los sectores más dinamicos del liberal-conservadurismo buscaron durante meses una plataforma de convergencia en torno a la defensa de la Monarquía parlamentaria. La colaboración de la catalana Lliga Regionalista , del Partido Maurista y de varios grupos regionalistas de derecha condujo a la creación, en marzo de 1931, del Centro Constitucional, dirigido por Cambo y Gabriel Maura, y que ofrecia un programa moderadamente reformista y descentralizador.

    Los republicanos llegaban a 1930 divididos en varios partidos y corrientes de opinión pero, a diferencia de los monarquicos, habian forjado lazos de solidaridad en la lucha contra la Dictadura y estaban en condiciones de movilizar considerables apoyos sociales en defensa de sus tesis rupturistas.
    En la Alianza Republicana fundando en 1926 se integraba Partido Republicano Radical, el de más solida implantación territorial, fundado en 1908, y dirigido por la figura más destacada del republicanismo de la época, Alejandro Lerroux, quien se habia dado conocer por su extremismo social y su anticatalanismo. Con el tiemoo, las bases del partido se habían aburguesado y a comienzos de los años treinta el radicalismo era una opción francamente moderada. El otro grupo historico, el Partido Republicano Federal, carecía practicamente de representación y abandono pronto la Alianza.

    Mas a la izquierda era el Grupo de Acción Republicana, fundado como punto de encuentro de las diversas tendencias del republicanismo, y puente tendido a la colaboración con las organizaciones obreras. Su principal figura era Manuel Azaña y militaban destacados intelectuales, profesionales, como Jose Giral, Enrique Martí Jara, Luis Jiménez de Asúa o Ramón Perez de Ayala. El cuarto grupo integrante de la alianza era el Partit Republicá Catalá, creado en 1917 por Frances Layret,Marcelino Dominguez y Lluis Companys y que ocupaban posición muy a la izquierda con un fuerte componente catalanista. Finalmente, colaboraban con la Alianza numerosos intelectuales independientes, algunos tan conocidos como Vicente Blasco Ibáñez, Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Gregorio Marañon.

    Un sector preconizaba el desarrollo de una acción política, que trajera la República por la presión de las masas, mientras otros preferian recurrir a la actividad conspirativa con apoyos militares. Los integrantes mayoritariamente pertenecian a la clase media, pero sus ideas politicas diferian mucho, Finalmente estallaron las tensiones y en diciembre de 1929, los elementos mas izquierdistas formaron el Partido Republicano Radical Socialista, grupo heterogéneo que se dotó de un programa de liberalismo avanzado.
    En 1930 Acción Republicana se convierte en partido, aunque se mantuvo dentro de la Alianza.

    La defección de politicos monárquicos propicio, en julio, la creación de la Derecha Liberal Republicana, que agrupaba a diversos nucelos del antiguo caciquismo dinástico bajo la jefatura del ex-ministro liberal Niceto Alcalá Zamora y del conservador Miguel Maura.El nuveo partido, que preconizaba una República muy moderada, aportó a la causa republicana cabezas y figuras de suficiente prestigio para inspirar confianza a las clases medias conservadores, en opinión de Maura.El Pacto de San Sebastian logrado el 17 de agosto, reunion al Unión Republicana, Alianza, RadicalSocialista, Derecha Liberal Republicana, Organización Republicana Gallega, Estat Catalá, Acció Republicana. Se creo un comite ejecutivo presidido por Alcala Zamora. se acepto la revindicación autonomista de Cataluña y establecer conversaciones formales con las organizaciones obreras.

    la segunda mitad del año 1930 fue agónica para el Ejecutivo. La caida de la peseta, que el ministro Arguelles y su sucesor Wais intentaron inutilmente frenar reforzando el control de cambios, auguraban problemas financieros mayores y alarmaban a una derecha econónmica perpleja por el rebrote de la conflictividad social.El resultado de las elecciones del 12 de abril, cuyos datos definitivos no se hicieron públicos, ha sido tema de una larga y apasionada polémica. En puridad, los monárquicos obtuvieron más concejales en el conjunto de la nación, unos treinta mil, según calculos de S. Ben-Ami, mientras que los ediles de la Conjunción no superaba los nueve mil. Pero muchos monárquicos habian sido proclamados por el articulo 29 de la Ley electoral, que evitaba la votación donde sólo hubiera una candidatura, hecho que solía atribuirse a prácticas caciquiles. Además, los antimonárquicos triunfaron en el 41 de las 50 capitales de provincia y en otras grandes poblaciones. El voto urbano, el más dificil de manipular, era republicano, como lo era en proporción hasta entonces desconocida el voto rural. El sistema caciquil habia fallado y los notables alfonsinos, sorprendidos por la magnitud fracaso, se mostraban dispuesto a reconocer en aquel cambio de comportamiento del electorado el plebiscito en favor del cambio régimen que reclamaban la oposición.

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    Re: El Caciquismo.

    Mensaje por Ifkeys el Sáb Mayo 16, 2015 10:20 pm

    "Ruptura caciquil en España, cómo, cuándo y por qué? (wikipedia)

    Durante el reinado de Alfonso XIII el sistema político y social que el caciquismo representaba fue motivo de escándalo para muchos. Pero las relaciones de poder descritas duraron hasta por lo menos los comienzos de la cuarta década del siglo XX. Ante la desmovilización popular y una oposición que no conseguía articular auténticos movimientos de masas en el país, la red caciquil continuó funcionando sin que los intentos por acabar con ella tuvieran éxito. La efectiva democratización no llegaría hasta 1931, cuando la República, que para muchos encarnaba la libertad y la democracia en sentido auténtico, tendría que enfrentarse con obstáculos que impidieron la implantación duradera de un régimen representativo en España.

    Hubo momentos en que parecía que la opinión pública iba en efecto a romper el círculo político oligárquico, como cuando se implantó el sufragio universal (1890), en la crisis colonial (1898) o en la última etapa del período, cuando se descomponían los partidos del turno, pero todas las esperanzas quedaron defraudadas. La impotencia que sentían los que deseaban un cambio político sustancial explica parcialmente la aceptación del golpe de estado del general Primo de Rivera, en cuyo programa figuraban de forma preferente el fin de la vieja política y la regeneración del país. Los objetivos que la dictadura declaraba incluían la simple sustitución de la minúscula política de la etapa caciquil, reducida al servicio de las clientelas, por la «auténtica» política. Se concebía la labor del dictador casi como la de un mesías que milagrosamente iba a sacar al Estado de su postración. Sin embargo, las medidas contra el caciquismo que aplicó el nuevo régimen tuvieron una corta duración temporal: se suspendieron ayuntamientos y diputaciones, y se sometió a estas instituciones a la fiscalización de las autoridades militares de cada provincia primero y de delegados gubernativos enviados al efecto después. Estos delegados acabaron en muchos casos convirtiéndose en los sustitutos de los caciques, o vieron imposibilitada su labor regeneradora por la acción de los jueces, que como sabemos formaban parte de las redes caciquiles.

    La proclamación de la República y las transformaciones de orden democrático que llevó anejas quedaron reflejadas en aspectos como la participación plena de tendencias políticas hasta entonces marginadas como los partidos republicanos y el socialismo, y el establecimiento de una legislación electoral más justa y participativa. Ello condujo en algunas zonas a la crisis definitiva del sistema caciquil, pero en otras este método de dominación secular conservó toda su fuerza al pervivir los fuertes lazos de influencia personal que eran su garantía. Por otro lado, las instancias tradicionales del poder en el ámbito agrario comenzaron a organizarse en defensa de sus intereses a través de partidos capaces de competir en la nueva situación. Así surgieron nuevas fuerzas políticas de talante conservador como los agrarios; otras sufrieron un significativo proceso de moderación como el radicalismo, y también se formaron importantes partidos de masas, como la CEDA.

      Fecha y hora actual: Vie Dic 09, 2016 6:23 pm