Lo que distingue a nuestro partido (El programa comunista numero 21 , 1976)

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    Lo que distingue a nuestro partido (El programa comunista numero 21 , 1976)

    Mensaje por proleinternacionalista el Vie Jun 03, 2011 11:54 pm

    Cada número de nuestra prensa internacional lleva junto al título una nota:

    Lo que distingue a nuestro partido:
    la reinvindicación de la línea que va de Marx a Lenin, a la fundación de la Internacional Comunista y del Partido Comunista de Italia (Liorna, 1921); la lucha de la Izquierda Comunista contra la degeneración de la Internacional, contra la teoría del «socialismo en un solo país» y la contrarrevolución staliniana; el rechazo de los Frentes Populares y de los bloques de la Resistencia; la dura obra de restauración de la doctrina y del órgano revolucionarios, en contacto con la clase obrera, fuera del politiqueo personal y electoralesco.


    Los fórmulas sintéticos marcan una huella, no pretenden ilustrarla. Pero un rasgo distintivo de nuestro movimiento salta inmediatamente a la visto del lector. Poro nosotros, contrariamente a la mirlada de «actualizadores» del marxismo, existe una lineo continua, inmutada e inmutable, que define al Partido Comunista precisamente porque supera y sorteo los altos y los bajos, los retrocesos y los avances, las pocas pero gloriosas victorias y las muchas devastadoras derrotas de la clase obrera en el difícil curso de su lucha emancipadora. Más aún, el proletariado exista como clase sólo gracias al persistir ininterrumpido de esta línea: ella no refleja de hecho su posición temporal, y a menudo contradictoria, en este o aquel punto de su camino, en el espacio y en el tiempo, sino la dirección en la que se mueve necesariamente partiendo de su condición de clase explotada y subalterno para alcanzar la de clase dominante y, de aquí, en todos los países, la supresión de todas las clases, el comunismo. La doctrina marxista conoce los necesarios traspasos y medios indispensables, como la meto final de este camino, cuyas condiciones materiales son creadas por el propio modo de producción capitalista, pero que no cae del cielo y debe ser recorrido hasta el fin luchando.

    Por ello Lenin dice, parafrasando un célebre pasaje de Marx, que sólo es marxista quien extiende el reconocimiento de la lucha de clase hasta el reconocimiento de la dictadura del proletariado como su producto necesario y como transición obligada
    «a la supresión de todas las clases y a una sociedad sin clases».

    Limitarse a reconocer la lucha de clases y el antagonismo de intereses entre el capital y el trabajo, significa de hecho registrar el hecho crudo de lo que el proletariado es en la sociedad burguesa, pero significa también excluir lo que el mismo determinismo histórico le impone para poder liberarse de la explotación a la cual está condenado en las relaciones de producción capitalistas: volverse el arma de la destrucción violenta del poder estatal burgués que preside y defiende aquel sistema de relaciones, y de la instauración de su propia dictadura, «fase política de transición» (Marx) en el proceso de la «transformación revolucionaria de la sociedad comunista». Significa aceptar la subyugación en que el proletariado no cesa de vivir en el ámbito de la sociedad burguesa aun cuando luche por la defensa de sus intereses inmediatos contra el yugo del capital, e implica negarle la tarea histórica de su propia emancipación y, al mismo tiempo, de la humanidad, que precisamente y exclusivamente hace de él una clase, la «partera de una nueva sociedad».

    Esta línea que enlazo el pasado y el presente de la clase obrera a su futuro, no es otra cosa que la teoría, el programa, los principios del comunismo revolucionario, y en tanto se conserva inmutada por encima de las vicisitudes de la lucha entre las clases en cuanto se encarno en un partido que la hace suya sin reservas, en una organización que la defiende, lo propugno, y la traduce en acción. Es por ello que Marx escribe en el «Manifiesto del Partido Comunista» que:
    «Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defiende dentro del movimiento actual el porvenir del movimiento mismo»;
    y agrega, porque el proletariado «no tiene patria» y tiende en cuanto clase a finalidades que van más allá de todo horizonte de categoría, de localidad, de fábrica, de taller, etc.:
    «Los comunistas se distinguen en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado que son independientes de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento en su conjunto».

    Es la totalidad de estos postulados lo que distingue a los comunistas, y vedo considerar como tales a todos aquellos que reniegan del carácter internacional tanto del fin a que tiende el movimiento proletario come de la lucha para alcanzarlo; que reniegan de la identitad de este fin y esta lucha con los intereses tanto del movimiento en su conjunto como de su provenir; que reniegan de la necesidad de la revolución violenta y de la dictadura proletaria como paso obligado al socialismo; que reniegan de la indispensabilidad del partido, armado con esa ciencia única que es el marxismo, como órgano de esta lucha gigantesca. Ningún anillo de esta cadena puede ser roto sin que la cadena misma se quiebre, y sin que el proletariado sea precipitado en la aceptación servil y resignada de su condición, considera como eterna, de clase explotada.

    Esta es la doctrina que, nacida en bloque hace un siglo medio, y codificada por Marx y Engels en textos a los que nada hay que agregar y en los que nada hay que «innovar», fue restablecida integralmente por Lenin contra la traición socialdemócrata, contra toda capitulación ante el «presente» y contra toda renuncio al «porvenir» del movimiento proletario, contra toda subordinación de sus finalidades e intereses globales a presuntas finalidades e intereses inmediatos y nacionales, contra todo abandono de los principios de la conquista revolucionaria del poder y de su ejercicio dictatorial, en favor de vías supuestas más seguras y menos atormentadas propias del gradualismo legalista, democrático y parlamentario.

    • • •

    La lucha no sólo por mantener esta línea intacta contra las presiones materiales, políticas e ideológicas de la sociedad burguesa, sino también para grabar cada vez más claramente sus rasgos esenciales a través de las terribles pero saludables confirmaciones de la historia, y por organizar en torno de aquel hilo rojo, reanudándolo cuando se habla roto, la vanguardia combatiente de la clase obrera y partir al asalto de las fortalezas estatales capitalistas, fue una lucha a la vez doctrinal, programática, política, táctica y organizativa, pues los comunistas no son apóstoles de un nuevo «credo» o ascetas a la espera del Mesías, sino militantes de una gigantesca guerra social.

    Fue la lucha de Marx y Engels por destruir en el seno de la primera Internacional el virus del proudhonismo que negaba la lucha reivindicativa, las huelgas y la organización económica del proletariado; del bakuninismo que rechazaba el partido y la dictadura ejercida centralmente por aquél en nombre y en el interés de la clase; el virus del «cretinismo parlamentario» que se había infiltrado sutilmente entre las filas proletarias gracias al ambiente social circundante. Fue la lucha de Lenin en Rusia contra el populismo, el economismo, el legalismo, el menchevismo y a escala internacional, primero contra el revisionismo bernsteiniano y después contra la capitulación ante la guerra imperialista; fue la lucha no sólo durante el conflicto, sino también por el derrotismo revolucionario y la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Fue la lucha para vencer todas las vacilaciones las inercias de la pasividad y el legalismo, los titubeos inspirados en el respeto de «las normas del juego democrático», y por la conquista dictatorial del poder en el fulgurante Octubre de 1917, sentando simultánemente las bases de la Internacional Comunista finalmente reconstituida.

    «La Internacional Comunista se propone combatir con todos los medios, incluso con las armas en la mano, por el derrocamiento de la burguesía internacional y la creación de la República internacional de los Soviets como estadio de transición hacia la completo supresión del Estado»
    proclamaron solemnemente los comunistas de todos los países reunidos en Moscú en julio de 1920, recogiendo y reafirmando la línea que «va de Marx a Lenin».

    «La Internacional Comunista considero que la dictadura del proletariado es el único medio que permite liberar a la humanidad de los horrores del capitalismo. La guerra imperialista ha enlazado estrechamente el destino de los proletarios de todos los otros países. La guerra imperialista ha vuelto a confirmar todo cuanto habla sido dicho en los Estatutos generales de la Primera Internacional: la emancipación de los trabajadores es un problema no local ni nacional, sino internacional. (...) La Internacional Comunista sabe que, para lograr más rapidamente la victoria en su lucha por la supresión del capitalismo y la creación del comunismo, la asociación de los trabajadores debe poseer una organización rígidamente centralizada. Esta debe constituir de verdad en los hechos, un partido comunista unitario del mundo entero. Los partidos actuantes en cada país sólo figuran como sus secciones. El aparato organizativo de la Internacional Comunista debe asegurar a los obreros de cada país la posibilidad de recibir en todo momento la mayor ayuda posible de los proletarios organizados de los otros países».

    Esta es la línea que va de Marx a Lenin y a la fundación de la Internacional Comunista, y que niega en su ámbito, todo derecho de ciudadanía a los liquidadores de la dictadura proletaria como vía única al socialismo y a los predicadores de las mil y una vías nacionales de la emancipación de la clase trabajadora.

    Es sobre esta línea que se constituyo en enero de 1921 el Partido Comunista de Italia, en cuyo programa esta sintetizado el patrimonio teórico, programático y táctico del comunismo.

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    Baluarte y destacamento de vanguardia de la revolución proletaria mundial, el Poder bolchevique, se ejercía en un país que tenía una base económica espantosamente atrasada y, en gran medida, precapitalista. La estrategia comunista consistió pues en trabajar para preparar en todos los países el instrumento indispensable de la revolución proletaria, el Partido de clase, y en estrechar en torno suyo a la vanguardia decisiva de un proletariado que en todo el mundo, pero sobre todo en Europa Central, y en general en las áreas del capitalismo desarrollado, había emergido de la matanza mundial y del caos de la posguerra con una espléndida voluntad de lucha y con un espíritu de abnegación indomable. Sabia que únicamente el triunfo de la revolución en los países desarrollados, y ante todo en Alemania, habría permitido a la Rusia bolchevique avanzar económicamente hacia el socialismo, a condición de mantenerse sólidamente ejerciendo el poder político indiviso, quemando las etapas del fatigoso tránsito al extremo limite del capitalismo de Estado de una economía que, sobre todo en el campo, era preburguesa.

    Armados de la doctrina marxista, que había sido restablecida sobre sus fundamentos por el partido de Lenin, sólidamente aferrados a la disciplina internacional y a su centralización rigurosa, aquellos partidos hubieran derivado su estrategia y su misma razón de ser del reconocimiento de que los partidos reformistas, que Lenin llamaba «partidos obreros-burgueses», como la socialdemocracia en todas sus variantes, están en adelante constreñidos por los objetivos que se han fijado al romper con los principios basilares del marxismo, y por ende por su integración más o menos directa en el Estado burgués, a desarrollar un papel contrarrevolucionario irreversible en la dinámica social.

    La tragedia del proletariado mundial en la primera posguerra consistió en que al gigantesco esfuerzo de los bolcheviques por controlar y dominar las fuerzas burguesas y pequeño burguesas nacientes del subsuelo económico y social ruso, y por extender el incendio revolucionario a todo el mundo, no le correspondió un proceso de formación orgánica y rigurosa de los Partidos Comunistas en el área crucial de la Europa plenamente capitalista. Las tradiciones democráticas, parlamentarias, legalistas y pacifistas, pesaban demasiado sobre el movimiento obrero occidental, y la dirección de la Internacional (a la cual, por lo demás, nuestro corriente fue siempre la última en endosarle la responsabilidad de un curso histórico que tenía sus origines en el pútrido mundo burgués occidental) no siempre tuvo la conciencia lúcida de que la inflexibilidad con la cual Lenin y su partido habían luchado durante toda una veintena de años contra el oportunismo, y la decisión con que habían conquistado el poder y excluido no sólo a los partidos obreros conciliadores, debían ejercerse aún más radical y consecuentemente allí donde la revolución burguesa era un hecho consumado desde hacia más de medio siglo. Apremiaba una selección rigurosa en el seno de los viejos partidos socialistas: desde este punto de vista, hubo largueza en la aceptación de las adhesiones, con la perspectiva generosa de que los despojos del pasado arderían en la pila encendida en Petrogrado y Moscú. Apremiaba establecer una táctica bien delimitada que al agavillar los proletarios en torno del partido revolucionario marxista en el terreno de la defensa de las condiciones de vida y de trabajo dentro de la sociedad burguesa, lo arrancase no solamente de la influencia del reformismo, sino también de la ilusión de que los tránsfugas de la línea «que va de Marx a Lenin y a la Internacional Comunista» pudiesen alguna vez ser recuperados para la causa de la revolución proletaria. Ello habría permitido a la clase obrera defenderse eficazmente incluso de la contrarrevolución burguesa fascista y, si fuese posible, pasar al contraataque; en vez de ello, se lanzaron consignas mal definidas que, contra y por encima de las intenciones de los bolcheviques, dejaban precisamente abierto el acceso a aquella ilusión, especialmente cuando de ellas se apropiaban los viejos granujas del reformismo, o lisa y llanamente del socialpatriotismo, que acudieron prontamente en torno de la bandera de la Internacional. Se lanzó una consigna de «frente único» abierta a interpretaciones extensas, oscilantes y hasta contradictorias; de «gobierno obrero» que era presentado oro como «sinónimo de la dictadura proletaria», oro como otra vía - incluso parlamentaria - de la conquista del poder; hasta, en esa pendiente, una «bochevización» que desfiguraba la faz de los partidos, y que amenazaba con transformarlos en algo similar a los partidos laboristas, cancelando poco a poco su delimitación - tan neta al inicio - con respecto a los partidos y movimientos campesinos en los países capitalistas mismos, y a los partidos nacionalrevolucionaríos en los colonias, preludiando así a la desventurada reedición en China de la menchevique «revolución por etapas».

    Fue incluso como consecuencia de este progresivo relajamiento de las redes de la organización y de la táctica que la Internacional, en vez de controlar y dirigir el proceso de decantación de los partidos comunistas, liberándolos de las influencias del socialismo tradicional, termino por ser condicionada por partidos occidentales que sólo eran nominalmente comunistas, con un doble resultado ruinoso: la perspectiva de la revolución mundial, en vez de acercarse, se alejó a corto plazo y, en la misma medida, las fuerzas sociales burguesas que presionaban la dictadura bolchevique del interior de Rusia y, sobre todo, del exterior, se robustecieron hasta arrollar a lo que había sido el mejor órgano de dirección del Octubre revolucionario y de la guerra civil. El stalinismo no fue más que la expresión de esta inversión de las relaciones de fuerza mundiales entre las clases. Debió masacrar a la Vieja Guardia para avanzar sin ser perturbado en la vía de la acumulación capitalista; antes de ello, debía encubrir su papel contrarrevolucionario con la bandera del «socialismo en un solo país», progenitor de las vías «nacionales, pacificas y democráticas al socialismo», y candidato a la sucesión de la socialdemocracia en el convocar a los proletarios de todos los países a la matanza recíproca en los frentes del segundo conflicto imperialista.

    Por ello, la línea que de Marx a Lenin había conducido a la constitución de la Tercera Internacional y a sus primeros años de fulgor, se prolonga para nosotros con la lucha de la Izquierda italiana contra las primeras manifestaciones de un peligro oportunista (solamente peligro al inicio; cruda realidad determinada materialmente más tarde) en el seno del Comintern, y con la batalla, conducida en 1926 paralelamente a la Oposición rusa, contra el stalinismo y su ascenso al vértice del Estado soviético y de la que fue la Internacional de Lenin.

    • • •

    Enmascarado cínicamente entre 1928 y 1932 con un barniz de falsa izquierda, el stalinismo significó el desarme político y organizativo del proletario ante la ofensiva nazifascista; inmediatamente después, significó su desarme ulterior en los frentes populares en Francia y, sobre todo, en España, donde extinguió la llama renaciente de la lucha de clase en nombre de la defensa del régimen republicano y por medio de la coalición gubernamental con partidos burgueses y oportunistas. Significo la adhesión a la segunda matanza mundial bajo el estandarte de la libertad y de la patria, la entrada de los partidos «comunistas» en frentes ya no sólo populares sino también resistenciales y nacionales, su participación después de la guerra en los gobiernos de reconstrucción nacional, su coherente paso final con el repudio ya hasta formal de la dictadura del proletariado y del internacionalismo, y su candidatura explícita a la salvación de la economía nacional en crisis y de las instituciones democráticas en estado de coma.

    Por ello, la línea que conduce de Marx y Engels a Lenin, a la fundación de la Internacional Comunista, a la lucha de la Izquierda primero contra la degeneración de la misma Internacional y después contra la contrarrevolución staliniana, es inseparable para nosotros de la histórica lucha contra los frentes populares, de guerra, nacionales y contra todas sus derivaciones, hasta las más recientes manifestaciones de un oportunismo que por su virulencia no encuentra correspondencia ni siquiera en los anales sangrientos de la vieja social-democracia alemana. Esta línea es inseparable de la denuncio, sea del curso esencialmente fascista - aun cuando esté recubierto con democracia - del imperialismo capitalista con su centro en Washington, sea del falso socialismo reinante en Moscú o Pekín, basado su la producción de mercancías, en el trabajo asalariado y en todas las otras categorías económicas burguesas.

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    La reanudación del hilo rojo de la doctrina, del programa, de los principios, de la táctica, de los métodos de organización del comunismo revolucionario impone, para nosotros, el retorno a la visión mundial de la Internacional Comunista en los años de su constitución, completándola, en el plano organizativo y táctico, con el balance que, confirmando la batalla tenaz de la Izquierda, fue aportado por la historia del último medio siglo, y que nuestro partido no ha cesado de extraer en esta posguerra, sobre todo después de 1952, en una larga serie de escritos que fueron publicados en parte sobre el título «En defensa de la continuidad del programa comunista» («El Programa Comunista» n° 24, 26, 29, 34-35, 40).

    No hay punto de contacto entre democracia y comunismo; no existen otras vías de la emancipación proletaria que no sean aquellas que preparan la revolución proletaria ya en el presente, fuera de las instituciones oficiales burguesas y contra ellas, sean las que sean, democráticas o fascistas; dicha preparación excluye, incluso como medio de agitación, recurrir a las tribunas electorales y, lo que es peor aún, parlamentarias; se lleva a cabo, por un lado, a través de la participación constante en las luchas inmediatas de la clase obrera en defensa de sus condiciones de vida y de trabajo, por su extensión, reforzamiento y desarrollo sobre bases y con medios clasistas, y, por otro, a través de la propaganda incansable del fin último del movimiento proletario, con relación al cual la lucha reivindicativa es una escuela - pero sólo una escuela - de guerra, a condición de ser conducida consecuentemente no olvidando ni ocultando jamás sus limites; a través de la organización en torno al partido de los proletarios conscientes de las vías y de los presupuestos insoslayables de la victoria final; a través del acrecentamiento del potencial de los organismos inmediatos que nacen de,. la lucha económica y sindical como reacción a la deserción de las centrales sindicales y que contienen en germen un potencial de desarrollo en un sentido incluso político; y, finalmente, a través de la batalla en el seno de estas últimas con la perspectiva, que no puede excluirse siempre así como no puede siempre considerarse como posible, de reconquistarías, en una situación (hoy lejana) de altísima tensión social, no sólo a la tradición roja, sino también a la dirección comunista.

    En este camino no hay lugar ni para la ilusión espontaneista (por desgracia siempre renaciente) de una revolución y de una dictadura proletaria que no sean preparadas ni dirigidas por el Partido, ni para la quimera trotskysta de una crisis fatal del capitalismo, el que sólo necesitaría la sacudida de una vanguardia organizada para derrumbarse, a través de una etapa intermedio de «gobiernos obreros» compuestos de partidos que pasaron con armas y pertrechos al campo de la contrarrevolución, pero que serian supuestamente regenerables gracias al empuje de las masas en fermento y al hábil maniobrar comunista, así como serian reconquistables a la causa del proletariado revolucionario los «Estados obreros degenerados», como la URSS, China, Cuba y semejantes. Si con el espontaneismo obrerista renace un adversario secular del marxismo, con el ilusionismo «trotskysta» (adjetivo del cual Trotsky - a pesar de sus errores - seria hoy día el primero en enrojecer) renacen, infinitamente empeorados, los extravíos tácticos de la Internacional decadente, y, sobre su tronco, esas desviaciones de principio de la sana doctrina que sólo pueden explicar que se confundan las nacionalizaciones en la industria y la planificación económica, tomadas en si y por sí, con el socialismo.

    Hoy en día, más que nunca, el proletariado tiene necesidad de claridad acerca de los fines, de las vías y de los medios de su emoncipacion. Nosotros esforzamos en trabajar por este esclarecimiento, sin arrogancia pero sin vacilaciones, conscientes de caminar, «pequeño grupo compacto por un camino escarpado y difícil», pero decididos, fieles a la lección de Lenin, a combatir
    «no sólo contra el pantano, sino incluso contra los que se encaminan hacia él».

    Ello exige la dura obra de restauración de la doctrina y del órgano revolucionarios, en contacto con la clase obrera, fuera del politequeo personal y electoralesco.
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    Re: Lo que distingue a nuestro partido (El programa comunista numero 21 , 1976)

    Mensaje por proleinternacionalista el Miér Jun 08, 2011 5:41 pm

    Lo que distingue a nuestro partido

    («El programa comunista»; N° 46; Diciembre de 2005)



    El pequeño texto presente en todas las publicaciones del partido para indicar brevemente lo que nos distingue es modificado, de ahora en adelante este se presenta así:

    Lo que distingue a nuestro Partido: la línea que va de Marx-Engels a Lenin, a la fundación de la Internacional Comunista y del Partido Comunista de Italia; la lucha de clase de la Izquierda Comunista contra la degeneración de la Internacional, contra la teoría del “socialismo en un solo país” y la contrarrevolución estaliniana; el rechazo de los Frentes Populares y de los frentes nacionales de la Resistencia; la lucha contra el principio y la praxis democráticas, contra el interclasismo y el colaboracionismo políticos y sindicales, contra toda forma de oportunismo y nacionalismo; la dura obra de restauración de la doctrina marxista y del órgano revolucionario por excelencia – el partido de clase– , en contacto con la clase obrera y su lucha cotidiana de resistencia al capitalismo y a la opresión burguesa, fuera del politiqueo personal y electoralesco, contra toda forma de indiferentismo, seguidismo, movimentismo o aventurerismo “lucharmatista”; el apoyo a toda lucha proletaria que rompa con la paz social y la disciplina del colaboracionismo interclasista, el apoyo a todos los esfuerzos de reorganización clasista del proletariado sobre el terreno del asociacionismo económico, en la perspectiva de la reanudación a gran escala de la lucha de clase, del internacionalismo proletario y de la lucha revolucionaria anticapitalista.



    PRECISAR MEJOR LO QUE NOS DISTINGUE



    La finalidad de esta modificación no es rectificar posiciones que nosotros juzgaríamos falsas, sino de precisar mejor lo que nos distingue verdaderamente, sobre todo hoy en que a nivel internacional existe una cantidad nada despreciable de grupos que parecieran tener posiciones “cercanas” si no idénticas, a las nuestras, o que, en todo caso, se reclaman de nuestros propios orígenes.

    Nuestra corriente, la Izquierda Comunista (que llaman "italiana" porque fue en Italia en que ella apareció y se desarrolló en el meollo de una encarnizada lucha de clases), ha sido renegada, ignorada, calumniada, falsificada durante decenios y decenios no sólo por los burgueses sino por todos aquellos que pretendían hablar en nombre de la clase obrera –incluyendo aquellos que se afirmaban revolucionarios y anti-estalinianos. No podían, sin embargo, triunfar en esta tarea que buscaba borrar de la historia la única corriente que se colocó desde el principio, resistiendo a través de todas las vicisitudes sobre bases integralmente marxistas rechazando todos los revisionismos, concesiones y renegamientos. Las tesis, el programa, las luchas políticas y prácticas de la Izquierda Comunista documentan la continuidad intransigente y la coherencia teórica que expliquen la fuerza política con la cual ella prueba entre tantas dificultades que se encuentran en la base de sus esfuerzos por mantener viva –incluso durante períodos como el actual donde esta se reduce a un puñado de militantes– la continuidad organizativa necesaria para transmitir a la futura reanudación de la lucha de clase proletaria el «órgano revolucionario» fundado sobre sólidas bases teóricas y programáticas.

    El primer rótulo «lo que distingue a nuestro partido», fue redactado y publicado luego de la crisis de 1951-52 del Partido Comunista Internacionalista entre la corriente de «Bataglia Comunista» (Batalla Comunista, NdT) y la que nosotros reivindicamos, la de «Il Programma Comunista». Allí se trataba de indicar en forma sintética la línea política, continua e invariante, sobre la cual la nueva organización esperaba afirmarse, fuera de todo prurito innovador, activista y contingentista: en poquísimas palabras, ésta remontaba a Marx, Lenin, a la fundación de la Tercera Internacional y a Liorna, año 21’; a la lucha contra la degeneración de Moscú, al rechazo de los Frentes Populares y los bloques de resistencia, para definir, en implícita oposición a la corriente battaglista, las tareas tanto presentes como futuras: «la dura obra de restauración de la doctrina y el órgano revolucionario, fuera de todo politiqueo personal y electoralesco».

    Este texto desde entonces fue impreso en diferentes lenguas y en todos los órganos de prensa del Partido. Sin embargo, al filo de los años, con la aparición de nuevas generaciones políticas apareció la necesidad de hacer más explícitas las formulaciones, no para cambiar su sustancia, sino simplemente para hacerlas más comprensibles: «Liorna 21’», por ejemplo, no significa hoy nada para los jóvenes que ignoran que ¡ese era el lugar y la fecha de la fundación del P.C. de Italia! Luego, en 1976, fue introducida una nueva redacción, que es la que ha sido utilizada hasta recientemente.

    Nada tenemos que decir de esta redacción pero, en los años posteriores, las discusiones y crisis en el partido se centrarán sobre cuestiones de gran importancia, tanto de táctica como de organización, y durante un período marcado por la clausura del ciclo de revoluciones burguesas, por el ataque a las conquistas sindicales y sociales anteriores, la aparición y evolución de grupos políticos de extrema-izquierda y extra-parlamentarios, el nacimiento de grupos lucharmatistas (tipo Brigadas Rojas), la represión legal (a lo que hemos denominado como el blindaje de la democracia) o extra-legal (atentados neo-fascistas), mientras que la ideología y la praxis de la democracia seguían reinando. Las discusiones sobre las reivindicaciones transitorias se cruzaban con la cuestión de las movilizaciones antifascistas; el análisis de los grupos extra-parlamentarios tocaba la cuestión de la pérdida de influencia de las organizaciones sindicales, la cuestión del terrorismo se mezclaba con la cuestión de la auto-defensa proletaria y, en el plano organizativo, a la necesidad de protegerse de eventuales represiones policiales.

    Siempre será necesario hacer un balance de las crisis del partido, cualquiera sea su naturaleza, como la Izquierda lo ha mostrado luego de su batalla en el seno de la Internacional Comunista y en los años que vendrán. Esto fue indispensable para reconstituir una organización sobre bases sólidas después de la guerra, como fue el caso después de la crisis explosiva a comienzos de los años 80’.

    Por esta necesidad de establecer un balance de las crisis del partido, hemos chocado no sólo con los liquidacionistas propiamente, puesto que tenían una orientación diferente que impugnaba abiertamente nuestras orientaciones generales, sino también con un grupo de camaradas que pretenden defender la continuidad por medio de expedientes formales y personalistas, ¡llegando inclusive a pedir a la justicia burguesa de defender su «título de propiedad» sobre el rotativo (Il Programma Comunista)! Liquidacionistas del partido igualmente, puesto que teorizarán dos hechos muy graves para quien pretenda ser un continuador de la Izquierda Comunista:

    1) Inutilidad de hacer un balance de la crisis del partido debida sólo a la intromisión de una «camarilla» extranjera: basta con desembarazarse de ella y «proseguir el camino».

    2) Reconstitución de la organización sólo en Italia, abandonando a su suerte a los militantes de los otros países, esperando ser lo bastante fuertes para retomar los contactos internacionales.

    La crisis fue reducida en los hechos a una banal cuestión personal, no política; y el internacionalismo reivindicado en palabras era renegado en la práctica, en beneficio de la constitución del partido en un sólo país...

    En el fondo, el partido jamás se encuentra delante de situaciones «nuevas», «desconocidas», salvo tal vez en situaciones históricas de grandes sacudimientos sociales y políticos. La situación social y política puede cambiar, la correlación de fuerzas entre las clases puede modificarse, los puntos centrales del programa comunista si que no cambian. Es por esto que el programa jamás debe ser modificado, discutido y adaptado a la actualidad del día. Luego de la crisis de los 80’ en que algunos militantes llegaron incluso cuestionar ese programa, atacando puntos nada marginales ni secundarios, sino de puntos centrales; era necesario hacer un trabajo de balance, afrontando particularmente los problemas tácticos y organizacionales que habían servido de detonantes para la crisis. Las crisis del partido están siempre ligadas a su actividad, es decir a su táctica y a su organización.

    Dos decenios han transcurrido y ello no ha disminuido la importancia y el valor del balance. La situación actual del proletariado, en particular en los países más desarrollados, sus masas permanecen todavía bajo una situación de parálisis, y todavía bajo el control del reformismo y del colaboracionismo interclasista.

    Esta situación no nos da la posibilidad de demostrar en práctica a los proletarios que estamos en la vía justa, de demostrar sobre la base de hechos importantes que hemos llevado y llevamos una lucha política correcta contra los diversos renegamientos o las diversas capitulaciones de los grupos que se reclaman de una forma u otra de la Izquierda Comunista. Los hechos sobre los cuales podemos apoyarnos son tan raros y de alcance tan limitado ante la ausencia de reanudación de la lucha de clase, que debemos forzosamente referirnos a luchas del pasado, desgraciadamente percibidas por las masas proletarias como algo que no le concierne. Puede ocurrirle al partido deber atravesar un largo período en el curso del cual los proletarios no perciban la justeza de sus análisis, indicaciones, y de su actividad.

    Ello no es evidentemente una razón para encerrarse en una torre de marfil, para abandonar la actividad en contacto con la clase obrera, ya que vendrá el día en que esta actividad se revelará vital para el proletariado. El trabajo «gris» y «obscuro» que realizamos hoy en día, haciendo todos los esfuerzos para permanecer ligados al hilo del tiempo marxista es indispensable para mañana.

    La historia nos enseña que las situaciones «objetivamente revolucionarias» pueden presentarse de manera brusca y acelerada, como si estas llegaran de improviso, y en la medida en que el proletariado pueda ser precipitado rápidamente a un enfrentamiento a muerte con la clase dominante.

    Pero la historia nos enseña también que la victoria de la revolución es imposible sin el partido, de un partido sólidamente organizado y políticamente afirmado, capaz de dirigir al movimiento proletario revolucionario. Este partido no se improvisa, él debe ser preparado mucho tiempo de antemano, sobre todo en el plano del programa y la teoría, por lo tanto, en los períodos contrarrevolucionarios como hoy.

    Trabajar por la formación del partido como órgano dirigente de la revolución comunista futura necesita de la continuidad teórica, programática y política con el movimiento comunista internacional; pero esta continuidad no es posible más que sobre la base de las lecciones sacadas de las contrarrevoluciones y de la historia de los partidos obreros, a saber que, para dirigir mañana al proletariado, el partido habrá comprendido lo que pasó ayer. El esfuerzo para llegar a asimilar el marxismo, para actuar conforme a este en diferentes situaciones, no puede dar resultados automáticamente, es inevitablemente difícil y laborioso, sobre todo en tiempos contrarrevolucionarios en que los revolucionarios se encuentran a contracorriente, sin el apoyo de una potente lucha proletaria. Este toma necesariamente el aspecto de una lucha contra posiciones o teorizaciones erróneas, contra desviaciones o degeneraciones, y el resultado de estas luchas mismas constituyen una lección y adquisición que defender.

    ¿Cuál es la mejor manera para el partido de prepararse contra las posibles desviaciones y degeneraciones, o resistir a las que surjan?

    El banal error consiste en pensar que contra este peligro existen garantías de tipo formal, constitucional u organizacional. Según nuestro movimiento: «Los partidos comunistas deben realizar un centralismo orgánico que, con el máximo posible de consultas a la base, asegure la eliminación espontánea de toda agrupación que tienda a diferenciarse. Esto no se obtiene con prescripciones jerárquicas formales y mecánicas; sino, tal como lo dice Lenin, con la justa política revolucionaria. (...) Un aspecto fundamental de la evolución del partido no es la represión del fraccionalismo, sino la prevención del mismo. (...) Es absurdo y estéril, y además muy peligroso, pretender que el partido y la Internacional estén asegurados misteriosamente contra toda recaída o tendencia a la recaída en el oportunismo. Estos efectos pueden depender tanto de cambios de la situación como del juego de los restos de las tradiciones socialdemócratas. En la resolución de nuestros problemas, se debe admitir, entonces, que toda diferencia de opinión que no pueda reducirse a casos de conciencia o derrotismo personal puede desarrollarse útilmente para preservar de graves peligros al partido y al proletariado en general. (...) Si estos peligros se acentuasen, la diferenciación asumiría inevitablemente, pero útilmente, la forma del fraccionalismo; esto podría conducir a escisiones, no por el infantil motivo de una falta de energía represiva por parte de los dirigentes, sino sólo en el caso que se verificase la maldita hipótesis del fracaso del partido y de su sometimiento a influencias contrarrevolucionarias» (1).

    Las «garantías» contra las crisis internas, contra los errores y desviaciones, no pueden ser sino políticas; ellas no se resuelven sino con la rememoración constante del programa y los principios, de las enseñanzas que el marxismo ha sacado de las experiencias pasadas, y sobre una política justa, fundada en la más grande coherencia posible entre el programa, los principios organizacionales y la táctica.

    Las condiciones políticas que mejor garantizan la solidez del partido pueden ser resumidas en los siguientes puntos:



    1) El partido debe defender y afirmar la máxima claridad y continuidad en la doctrina comunista tal como lo hemos hecho en las sucesivas aplicaciones a los desarrollos de la historia, y no debe consentir proclamaciones de principio en contraste incluso parcial con sus bisagras teoréticas. Por ello el partido prohibe la libertad personal de elaboraciones y elucubraciones de nuevos esquemas y explicaciones del mundo social contemporáneo, prohibe la libertad individual de análisis, crítica y perspectiva, incluyendo al más preparado intelectualmente de nuestros adherentes y defiende la solidez de una teoría que no es la consecuencia de una fe ciega, sino del contenido de la ciencia de clase proletaria, construido con materiales de siglos, no del pensamiento de los hombres, sino con la fuerza de los hechos materiales, reflejos en la consciencia histórica de una clase revolucionaria y cristalizados en su partido.

    2) En cada situación histórica el partido debe proclamar abiertamente el contenido integral de su programa con respecto a la ejecución de planos económicos, social y política, y sobre todo con respecto a la cuestión del poder, de su conquista mediante la fuerza armada, de su ejercicio mediante la dictadura.

    3) El partido debe establecer un rigor de organización estricto en el sentido de no agrandarse a través de compromisos con grupos o grupillos o peor todavía de mercar con las adhesiones en la base, además de las concesiones a pretendidos jefes o dirigentes.

    4) El partido debe luchar por establecer una clara comprensión histórica del sentido antagonista de la lucha. Los comunistas reivindican la iniciativa del asalto a todo un mundo de ordenamientos y tradiciones, saben que son un peligro para todos los privilegiados, y llaman a las masas a la lucha por la ofensiva y no por la defensiva contra pretendidos peligros de perder militantes, ventajas y progresos conquistados en el mundo capitalista. Los comunistas no alquilan o prestan su partido para servir de abrigo a causas no propias y objetivos no proletarios como la libertad, la patria, la democracia u otras similares mentiras.

    5) Los comunistas renuncian a toda aquella rosa de expedientes tácticos que fueron invocados con la pretensión de acelerar la adhesión de amplios estratos de las masas cristalizándolo en torno al programa revolucionario. Estos expedientes son el compromiso histórico, la alianza con otros partidos, el frente único, las diversas fórmulas usadas alrededor del Estado como reemplazo a la dictadura del proletariado –gobierno obrero y campesino, gobierno popular, democracia progresista. Reconociendo históricamente que una de las principales condiciones de cómo se disolvió el movimiento proletario y el régimen comunista soviético fueron estos medios tácticos, los comunistas consideran como enemigos más peligrosos que el mismo estalinismo a aquellos que deploran la peste oportunista de este movimiento pero que, al mismo tiempo, propugnan todo su andamiaje táctico,

    6) La base organizativa del partido comunista es la de la circunscripción territorial y no la célula, los núcleos de empresas o cualquier otro organismo sectorial similar. En el grupo territorial están ubicados sobre el mismo nivel de partida los trabajadores de cada oficio dependientes de muchísimos patronos y, con ellos, todos los demás militantes pertenecientes a categorías sociales no estrictamente proletarias, los cuales el partido acepta como gregarios, y deben en todo caso ser recibidos como tales y si es preciso mantenerlos en cuarentena antes de llamarlos, si el caso lo amerita, a cargos de organización.

    7) La concepción de la Izquierda Comunista sobre la organización de partido sustituye el estúpido criterio mayoritario copiado de la democracia burguesa por un criterio mucho más alto dialécticamente, el cual hace depender todo del solo vínculo entre militantes y dirigentes a través de la seria y severa continuidad de teoría, programa y táctica.

    Cool El partido considera al sindicato, o mejor, la asociación económica del proletariado, el órgano indispensable para la movilización de la clase en el plano político revolucionario, ejecutada bajo la presencia y penetración del partido comunista en las organizaciones económicas de clase. En las difíciles fases de formación de las asociaciones económicas, se consideran como las que mejor se prestan a la tarea del partido a aquellas asociaciones que comprenden solo proletarios que adhieren a ella espontáneamente pero libres de tener o no una determinada opinión política, social o religiosa. Tal carácter se pierde en las organizaciones confesionales y forzadas o que se han convertido en parte integrante del aparato del Estado (como lo son sustancialmente los actuales sindicatos tricolor).

    9) El partido no adopta jamás el método de formar organizaciones económicas parciales comprendiendo sólo a los trabajadores que acepten los principios y la dirección del partido comunista. Sin embargo, el partido reconoce sin reservas que no sólo la situación que precede la lucha insurreccional, sino también cada fase de decisivo incremento de la influencia del partido entre las masas, no puede delinearse sin que entre el partido y la clase se extienda un concentrado de organizaciones económicas inmediatas y con alta participación numérica, sin que en el seno de las cuales no exista una red que emane del partido (núcleos, grupos y fracción comunista sindical).

    10) Es una tarea del partido, en los períodos desfavorables y de pasividad de la clase proletaria, la de prever las formas y estimular la aparición de organizaciones con fines económicos, de lucha inmediata, que en un futuro podrán asumir también aspectos totalmente nuevos, fuera de los tipos bien conocidos de ligas profesionales, sindicatos de industria, concejos de empresa, etc. El partido estimula siempre las formas de organización que faciliten el contacto y la acción común entre trabajadores de diversas localidades y de diferentes especialidades, rechazando las formas cerradas.

    11) Dado que el carácter de degeneración del complejo social se ha concentrado, y se concentra aún, en la falsificación y destrucción de la teoría y la sana doctrina, está claro que el pequeño partido de hoy posee todavía un carácter preeminentemente de restauración y defensa de los principios doctrinales, al cual le falta desgraciadamente el telón de fondo favorable con el que contó Lenin para realizarlo, luego del desastre de la I Guerra Mundial. Sin embargo, no por esto vamos a alzar una barrera entre teoría y acción práctica, ya que hasta cierto punto estaríamos destruyendo las bases de nuestros propios principios. Por lo tanto, reivindicamos todas las formas de actividad relativas a los momentos favorables en la medida en que la correlación de fuerzas lo permite, y donde el partido no pierde ocasión para entrar en cada fractura, en cada espiral, sabiendo bien que no habrá reanudación sino después que este sector se haya incrementado considerablemente hasta volverse dominante.

    12) Paralelo al desarrollo del Estado capitalista, el parlamentarismo ha perdido progresivamente su importancia, asumiendo claramente la forma dictatorial que el marxismo ha descubierto en él desde el inicio. Incluso, las aparentes supervivencias de los institutos electivos parlamentarios de las burguesías tradicionales se han venido vaciando, permaneciendo como una fraseología, mientras que en coyunturas de crisis sociales aparece la forma dictatorial del Estado, como última instancia del capitalismo y contra la cual el proletariado revolucionario debe ejercer su violencia. El partido, dado el estado de cosas y de la correlación de fuerzas, se desinteresa de las elecciones de todo género y no desperdicia su actividad en tal campo. Por ello, frente a las elecciones democráticas el partido expresa esta no actividad en el campo electoral y parlamentario como abstencionismo revolucionario; es decir, dedica más bien sus energías a la actividad general de orientación clasista del proletariado, en el estudio, propaganda, agitación y proselitismo en el cuadro de la lucha anticapitalista, por tanto, contra la democracia y sus mecanismos de engaño y embotamiento de los cráneos proletarios.

    13) Para acelerar la reanudación de clase no existen recetas expresas. Para hacer escuchar a los proletarios la voz de clase no existen maniobras ni expedientes que como tales jamás harán aparecer al partido tal cual es verdaderamente, más que la desnaturalización de su función en perjuicio y deterioro de la efectiva reanudación del movimiento revolucionario, la cual se basa en la real maduración de los hechos y de la correspondiente adecuación del partido, el único habilitado a ello por su inflexibilidad política y doctrinaria.





    1) c.f. «Tesis de Lyon», punto V «En defensa de la continuidad del programa comunista», Textos del P.C.Int. n° 7, p. 122.





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